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Baúl

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Aquella tarde, tenía muy poca comida conmigo. Llegué su casa, comimos ligero. Queríamos jugar monopolio, pero la tarde se hizo larga. Fuimos a su habitación y con JM de lado, nos echamos a la cama. De pronto, mi mirada se dirigió hacia el baúl que estaba cubierto de ropa. Sacamos todo, y el gran baúl de madera se abrió, para nuestra sorpresa, rebalsante de recuerdos: habían papeles, cartas, fotos (algunas de terrible mal gusto), juguetes antiguos y recuerdos de circos. Habían tantas cosas pero JM se detuvo en las fotografías y allí estaba ella: pequeña, sonriente, seria, enojada, sentada, de perfil, con el pelo sujetado, comiendo algo, con las piernas cruzadas, con JM a su lado, en Arequipa, rodeada de gente desconocida, en uniforme, frente al negocio de su padre, en casa. Fueron tantos detalles que aquellos momentos cruzaron como arcoiris aquella tarde en que el sol se metió tarde y ella moría en la tos que le producían las cosquillas que le hacía JM. Encontramos juegos de magia, cartas, diapositivas armadas en conos diminutos desde donde se podía asomar fugaz a esa tarde de circo, encontré fotos de mal gusto también las cuales no me antoja recordar ni mencionar ahora.

Cuando me iba, JM me abrazó fuerte. Prometí regresar cual siempre, la siguiente semana. Las luces de la noche engullían los kilómetros que recorríamos. Al bajar del carro, le di un beso. Sus ojos miraban encendidos a los míos.

Camino a casa tomé una determinación:

– No quiero ser una hoja en el recuerdo doblada en ese baúl, bajo esas fotos y los juegos de magia. No quiero ser un recuerdo. Quiero un presente que llegue a ser pasado. No un pasado que ya no exista a su lado.

La siguiente semana yo regresé. Pero las cosas serían entonces diferentes. Sigue leyendo

Agosto

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La lluvia finita e insípida roció las calles del usual vaho de medio año. Mi aliento sentía cada espacio húmedo filtrándose en los recovecos del esternón y las vertebras. Mis pies subieron torpes la escalera, eran las seis de la mañana , no había dormido desde la noche anterior y mi nariz era un témpano. Vi a través de la ventana, no era la mañana que tenía en mente. Pero en efecto, el todo era una parte de esa cosa que define felicidad en el corazón de la gente.

Ya es agosto, ya he respirado de Arequipa por un largo tiempo, ya mi mano no se guarda solitaria al bolsillo del pantalón ni la tristeza se hunde como los pies en la arena. Lima está llena de invierno, llena de moho y de humo al hablar. Mis caderas entumecidas a veces trastabillan lentas, mi garganta busca el agua en perfecta ebullición para ser engullida. Tengo tanto por contar y se me cierra el verbo aún sin conjugar en el intento de darle vida y rodarlo y hacerlo andar por ahí.

Justamente de eso se trata (la) vida. De cerrar los ojos y perpetuar en ese ciego segundo todo lo que queremos ver. Y sentir.

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