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(Sin) Invitación.

Si cuento, intento contar o pienso recordar acaso las veces en que alguien tuvo a bien invitarme a algún evento, perdería horas en tamaño ejercicio. He estado de lado y al lado de mucha gente de la que no recuerdo mucho, a la que recuerdo con frecuencia, y a la que (ojalá, memoria a corto plazo, me hagas el milagro pronto) apenas y recuerdo. Suena bonita la rima, pero no el entramado. Suena bonito pensar y desear que se olvida, y que no se recuerda. Me pregunto, ahora en que el soporte de mi cuerpo se posa sobre mi pierna izquierda, me pregunto que recordaré mañana y si acaso eso signifique algo per sé, que sé yo.

Durante mis viajes al trabajo, leí su diario. Sus últimas páginas me arrancaban desesperación: ¿PORQUÉ NADIE LO VIO? ¿PORQUÉ NADIE HIZO ALGO? – tantos sentimientos consumados en cada línea, tantos verbos minimizados erizaban mi piel. Comenzó contándome que leía (y ahí ganó mis afectos). Como tantas (y pocas) buenas amigas que tuve, se fue. Cuando pasé algunas líneas, me tiñó la vergüenza al haber usado sus páginas para asociar heraldos emocionales muertos. Tosí para disimular mi propia lectura, miré hacia fuera y los mismos vendedores de chicles rodeaban mi paso, los mismos cerros de ida y venida, el mismo dolor sordo por sobre mi espalda, y más aún, mi pelo creciendo. Soñé entonces estar en Buenos Aires, contemplando su falda bajo las rodillas. Sus zapatos marrones, anchos, de hebillas. A veces tenía soledad de lado, y a veces, sólo de costado.

El amor me sigue ahora que tengo 31 sendas inacabadas. El amor de lado, de costado, por encima, sobrevolando. Las lágrimas a veces me gimotean en el camino. Yo sólo siento su mano y es, sin explicación, un futuro intenso. Me siento como ahora sobre la misma pierna torpe que se va quedando sin sangre. La misma pierna que recuerda esa operación, esa sala, esos trajes verdes y las libélulas sobrevolándome los pechos. Cerré la vista aquel invierno, aprendí a caminar nuevamente. Me crucé con animales que pastaban helechos. Quise que comieran vegetales, trigo y mies. Sin embargo pastaban helechos y musgos y ensalivaban su hambre en el hedor de sus pisadas al dejar su paso en huellas. Algunas de ellas las seguí, todas se borraron. Se borraron en el camino, y me sentí perdida. No tuve encrucijadas (no Julio Ramón, yo no tenía encrucijadas, sucede simplemente que no tenía ciudad a dónde llegar).

Encontré su mano extendida hacia mí mientras el sol me quemaba el mentón, mientras mis ojos se desplumaban de inexorable pena y aceptación a un destino que nunca escogí. Extendió su mano, tanto como pudo. Me dijo que sonriera. Y que saldríamos de allí, juntas, esa mano y la mía, de ese estéril sol que sólo secaba y no traía vida.

He recorrido sendas, he leído diarios. He leído el tuyo con sigilo. En mis caderas intento arreglar el motor que huyó cuando las libélulas me sobrevolaban. Viajé por mundo y ciudad, viaje por campo y por sierra. Viajé quizás más que los sueños. Quizás.

Y encontré descansando su mano en la mía, mientras yo leía sentada llena de trigo y mies. Su mano tenía voz, mirada, cuerpo y sonrisa.

Su mano tenía mi nombre.

Ale  jandra

Libros que hablaban sin voz.

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