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A mí también.

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Hace mucho que no fumo. Antes de entrar a los 20 lo hacía  (y no mucho)… porque cuando uno tiene esa edad se quieren hacer cosas de adultos para parecer adulto… y termina siendo remedo de adultos que hicieron lo mismo a su edad y así el círculo sigue y sigue… y la vida también.

Hace unos días veía fotos de hace ya algunos años atrás. En muy pocas de ellas me reconozco. Algunas de esas fotos me gustaron, me hicieron recordar momentos que sucedían en esos tiempos en los que aún no llegaba ni a vivenciar la mitad de cosas que hoy tengo a cuestas: accidentes, trabajo, viajes, familia, y pocos amigos (o ninguno). Lo que me vino a la mente fue ese haz de tiempo pasado donde mi vida era la vida de otros. No es un secreto; vivía en la promesa de otros tiempos. A mí también me prometieron amor a los 20, me hacían pasar ratos inhumanos (ahora lo sé) pensando en que viviríamos en una casa de madera, un lago, un café y algo de viento. Me tuvo en vilo la idea del amor romántico y perfecto en su devaneo, con atisbos de Gorki, Madame Bovary y Ana Karenina. Toda esa nostalgia en mis lecturas veinteañeras terminaron por hacer un culto al sentimiento que tenía en ese entonces por alguien que hoy no es sustancialmente algo en mis recuerdos.

Es como describir el verano en Lima. Imposible de distinguir.

Entonces recuerdo también las ilusiones en aquel tiempo, mis lecturas aparecidas en recorridos largos hacia casa o en soledad. Mi pelo fue corto por un tiempo, apenas y tenía algo de dinero para comprar dulces o un nuevo libro… esperaba que esa promesa tomara vida propia y entonces terminaría de leer para empezar a vivir aunque de algún modo ya lo venía haciendo.

Por cierto, el verano en Lima no existe. De diciembre a marzo vivimos en la espera de una primavera sobrecogida en pleno fin de año. En la sierra llueve algo. Y de pronto, ya es marzo y nos sentimos a veces melancólicos porque el otoño tarda en aparecer.

A veces pienso que la mentira es premiada, que el cinismo es emprendedor y la mirada puede llegar a no ser esquiva. Conozco mucha gente con éxito material y engrandecen su situación a su empuje. Yo, que conozco dos seudo personas de éxito lo puedo decir: viven de algunas mentiras cosechadas en su haber, ganan dinero no porque encuentren alguna satisfacción en lo ordinario de haber limpiado un excusado o vivir hacinados mientras llegaba el buen vivir… a mí también me decían me gustas (porque te quiero era traicionar su fe) y me ofertaron comprar mis entrañas para tener una herencia fructífera y bienhechora. Me dijeron princesa sin tener un reino (o terreno) por heredar, me dijeron bonita cuando miraban a mis ojos (y que ahora sé era el preludio a buscar un cuerpo desnudo).

Y cuando a veces pienso en todos esos premios injustos sonrío a la vida y lo que acabo de leer hace un rato. Yo, la de todas esas fotos y todos estos años no ha cambiado.

Pero ni por asomo es la misma.

Quise escribir mi nombre al final de este manifiesto, como para escribirme a mí misma en estos días en que el trabajo resume algo de mi sueño. Porque yo sí soñé (despierta y con ignorancia de mucho)  y hasta donde sé, tengo lo que siempre quise. Y eso sin limpiar un excusado y sin inventar un tequiero para comprar una visa, tener hijos, lloriquear frases absurdas de poemas que eran panfletos a la austeridad … sin la necesidad de comprar un auto que no manejo o una casa donde no vivo para demostrar posesión, abyecto mal humano.

 

Ventana

Rocío, 2011

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