Archivo por meses: septiembre 2012

Ocaso

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Todos los años venía el mismo tiempo, los mismos meses, y los rostros diferentes. La primera vez que se asomó al mundo, lo vio todo literalmente, tras un vidrio (diría cristal, en tono falsamente poético) pulido. Las calles corrían rápido. Era abril, quizás mayo. Su cuerpo estaba manchado de naranjas y blancos perfectos, su nariz redonda y negra. Sus ojos eran marrones, muy diferentes a los míos. Las orejas, tullidas. La abrigué con cuidado y la metí al bolsillo de la mochila. Desde allí, en más de una hora de recorrido, se empecinó en ver a través del vidrio la vida que corría tal como las calles y los sucesos. Fue hace casi quince años, pero como hoy tengo frío húmedo de Lima en otoño en el recuerdo, intacto y vívido.

Cuando llegamos a nuestro destino, estaba calientita. Se movía rápido, la abracé a mí. Caminamos calles, mientras gente confundida en su propio mundo miraba de reojo, si acaso preguntaba. Cuando llegamos a la casa el mismo silencio reinaba, la misma angustia, la misma pena. Cogí un cesto de uvas, compré un lazo rojo, le puse un cascabel y se la di a mi abuela, que ya no era ella misma en cuerpo pero sí en espíritu. Apenas pudo verla, sonrió y siguió el rumbo de su cuerpo. Pegó un ojo, y descansó.

De pronto ella sería dueña de su nombre, tomado de canciones que a mí me gustaban allá en mis dieciocho. Me puso triste ver que no crecía en alegría plena. Mi abuela se fue a los meses, no sin antes decirme que cuidara de ella (en otras palabras y gestos que no detallaré aquí).

Los años pasaron todos. El día que llegué de Pisco, después de un largo mes de ausencia, se lanzó a mis brazos. Corría como un cohete, saltaba como conejo, trotaba como caballo… que sé yo. Toda la energía del mundo estaba en ella.

Aquella tarde en que caí hincada de dolor, lamió mi rostro con fuerza y desesperación. Engulló mis lágrimas, y buscó ayuda. Tiempo después las heridas asomaron. Nunca supimos todo lo que ese pequeño cuerpecito pasaría. La luz iba y venía.

El dolor asoma, la pena abigarra. La alegría de todo este tiempo es gigante, sin embargo. Yo escojo quedarme con ello, y regar de energía todo ese camino que recorrimos junto a ella, porque es parte de la vida.

Mientras escribo estas líneas, ella aún allí, dormida.

Nosotras.

ps. Fue un largo tiempo, eh?

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