Archivo por meses: diciembre 2011

Uno.

[Visto: 575 veces]

Hedía. Toda la calle había amanecido llena de neblina. Nadie salía, se escuchó un par de puertas azotar. No llovía. El suelo hedía. Cada esquina era un remolino, y del aire salía un sabor a muerto, a soledad, a angustia. La pierna me dolía más que de costumbre. Despidiéndome con un beso, eché a Judas a la mente. Seguí mis pasos. Eran poco más de las cinco. Mi hígado reventaba. Hedía.

Lloré pasadas las cinco. Caminé un par de cuadras. cuando se hizo de noche, la voz me faltaba. Tosí mucho, el frío engarrotaba mi garganta. Regresé a casa sin manos. El frío era fuerte. Seguí tosiendo, dejé de sentir mis pies a más de medio camino. Leí algo de Ribeyro, pero lo dejé a tientas. El olor se levantaba como fuego por las calles. Hedía por doquier.

Abrí la puerta. La llave giró rápida. Iba a la cocina por un vaso de agua cuando decidí dormir pronto, pues sería un día largo.

Llegué a cama y nunca había deseado morir, pero esta noche lo deseé. Así que me temo, me temo a mí misma. Pero deseé estar muerta, lo deseé con el dolor más impune y la lágrima más triste. Con la impotencia, rabia, soledad, con la negación más abyecta.

F. sonreiría y me diría lo viejo que está; B. escupiría su indiferencia algunas cuadras y se enfundaría en conversaciones extensas sobre su trabajo; J. me enseñaría todos sus artefactos (los de más brillo). No sé, miles de letras más, todas seguían el mismo rumbo.

Hiede. No reconozco dónde es que estoy. La noche hiede estéril.

Sigue leyendo

(Sin) Invitación.

[Visto: 654 veces]

Si cuento, intento contar o pienso recordar acaso las veces en que alguien tuvo a bien invitarme a algún evento, perdería horas en tamaño ejercicio. He estado de lado y al lado de mucha gente de la que no recuerdo mucho, a la que recuerdo con frecuencia, y a la que (ojalá, memoria a corto plazo, me hagas el milagro pronto) apenas y recuerdo. Suena bonita la rima, pero no el entramado. Suena bonito pensar y desear que se olvida, y que no se recuerda. Me pregunto, ahora en que el soporte de mi cuerpo se posa sobre mi pierna izquierda, me pregunto que recordaré mañana y si acaso eso signifique algo per sé, que sé yo.

Durante mis viajes al trabajo, leí su diario. Sus últimas páginas me arrancaban desesperación: ¿PORQUÉ NADIE LO VIO? ¿PORQUÉ NADIE HIZO ALGO? – tantos sentimientos consumados en cada línea, tantos verbos minimizados erizaban mi piel. Comenzó contándome que leía (y ahí ganó mis afectos). Como tantas (y pocas) buenas amigas que tuve, se fue. Cuando pasé algunas líneas, me tiñó la vergüenza al haber usado sus páginas para asociar heraldos emocionales muertos. Tosí para disimular mi propia lectura, miré hacia fuera y los mismos vendedores de chicles rodeaban mi paso, los mismos cerros de ida y venida, el mismo dolor sordo por sobre mi espalda, y más aún, mi pelo creciendo. Soñé entonces estar en Buenos Aires, contemplando su falda bajo las rodillas. Sus zapatos marrones, anchos, de hebillas. A veces tenía soledad de lado, y a veces, sólo de costado.

El amor me sigue ahora que tengo 31 sendas inacabadas. El amor de lado, de costado, por encima, sobrevolando. Las lágrimas a veces me gimotean en el camino. Yo sólo siento su mano y es, sin explicación, un futuro intenso. Me siento como ahora sobre la misma pierna torpe que se va quedando sin sangre. La misma pierna que recuerda esa operación, esa sala, esos trajes verdes y las libélulas sobrevolándome los pechos. Cerré la vista aquel invierno, aprendí a caminar nuevamente. Me crucé con animales que pastaban helechos. Quise que comieran vegetales, trigo y mies. Sin embargo pastaban helechos y musgos y ensalivaban su hambre en el hedor de sus pisadas al dejar su paso en huellas. Algunas de ellas las seguí, todas se borraron. Se borraron en el camino, y me sentí perdida. No tuve encrucijadas (no Julio Ramón, yo no tenía encrucijadas, sucede simplemente que no tenía ciudad a dónde llegar).

Encontré su mano extendida hacia mí mientras el sol me quemaba el mentón, mientras mis ojos se desplumaban de inexorable pena y aceptación a un destino que nunca escogí. Extendió su mano, tanto como pudo. Me dijo que sonriera. Y que saldríamos de allí, juntas, esa mano y la mía, de ese estéril sol que sólo secaba y no traía vida.

He recorrido sendas, he leído diarios. He leído el tuyo con sigilo. En mis caderas intento arreglar el motor que huyó cuando las libélulas me sobrevolaban. Viajé por mundo y ciudad, viaje por campo y por sierra. Viajé quizás más que los sueños. Quizás.

Y encontré descansando su mano en la mía, mientras yo leía sentada llena de trigo y mies. Su mano tenía voz, mirada, cuerpo y sonrisa.

Su mano tenía mi nombre.

Ale  jandra

Libros que hablaban sin voz.

Sigue leyendo