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Venganza

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Dicen que la venganza es humana. La venganza huele a sangre a veces, hiede a temor, envenena la dulzura del primer encuentro y pudre el simplismo del amor. Durante estos días, mi cuerpo había cambiado, el agua torcía mis piernas, las lágrimas dibujaban hondos surcos de desesperación en lo que apareció, en el horizonte, como una primera sonrisa de verde claro, de aquella que llaman turmalina.

Esta tarde, odié mi ominosa mitad. La odié al punto de expeler los verbos más hirientes y las palabras mas extensas en desasosiego e impotencia. Me sentí como una rima de Sthendal, en vaivén, de lado a lado. Sentí como un polvo sucio sacudía mis ojos y a la vez, el pulso me temblaba. Mi boca empujó las últimas palabras de amor, de consuelo, de conmiseración.

“Quiero que estés bien. Ya no te voy a ser de utilidad, porque estoy hecha una fiera. Me han herido y hasta que mis heridas no sequen, te voy a destruir (…) en este momento, me tengo miedo..”

La progresión siguiente de ideas, sucumbió a mi propia mente. Hablaba, mi otra mitad hablaba pausada cada palabra. Escuché. Tosí desesperadamente un respiro mientras los carros corrían rápidos en la avenida. Que diferente – pensé – aquella tarde en Magdalena, mientras con algo de dulce y sal nuestros rostros se contentaban en mirarse y abrigarse a modo de huir de la extensa humedad otoñal de esta ciudad. Quise tomar su mano, pero se hallaba huída, como su corazón y su abrazo aquella tarde misma en la que le di tres besos que mucho me temo anunciaban la traición.

No quise darme por vencida. No quise ciertamente, perder el color de sus ojos de mi mirada, su voz caída la noche, su risa atolondrada. No quise perder ello.

-Siempre estaré allí- dijo. Yo supe sin embargo, que no sería así. Y al momento, subí al carro, dejando una lágrima caer débil sobre mi sonrisa ausente, y sin volver la vista atrás.

diente de leon

Florecilla silvestre en San Miguel, que fotografié una de las primeras mañanas de mayo..

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