El hombre y la carne.

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Aquella media mañana, algo cercanos el uno del otro, la conversación empezó de la nada. Me hacía recordar en parte a nuestras usuales conversaciones ya caídas las horas. Mi garganta ardía débil y las palabras se pausaban y gemían adoloridas. Su voz empujaba fuerza en breves segundos al punto de aspirarse en cada frase terminada, en cada sílaba escogida en su relato. En efecto, en su relato, sus ganas de ganar mi experiencia eran vívidas. Siempre había sido el hombre soberbio, falto de conjugaciones y verbos, con tos inmediata para esconder su torpeza al conducir sus sentencias brevísimas cargadas de nombres, lugares y embrujos. Sin embargo, sabiendo ya el desgano que todo me producía, proseguí en la dinámica que él había creado y que yo nunca defendí.

¿Y qué defendía yo? Las calles que recorríamos mientras él hablaba, los lugares que nos acompañaban mientras las historias nacían. Defendí hasta antes de esa mañana su integridad ante mi verbo, su genialidad incipiente, sus ojos gigantes y frente amplia. Defendí sus risas hecha la broma torpe y sobre todo aún, defendí el tiempo que crecía encrespando mi inspiración cada noche, tiempo como el que me hizo crear la historia que proseguirá a esta misma que reza sobre cinco nombres (o quizás seis) historia que -con algo más de burla y perogrulladas -después contaré.

Érase, cual fábula de Esopo, un trozo de carne. Carne, comida, piel que envuelve el muslo de animales silvestres, fibra que engulle los huesos humanos y los recubre de forma. Carne hendida en el alma soporífera de tanta inacción humana.

Érase el hombre, la hermana, la sinrazón y la obediencia sorda.

“Si es mío, no se toca. No se coge no se huele ni se husmea. A mí se me avisa, se me pide, se me respeta. Si pido que algo se haga se hace, se cocina, se filetea, se fríe, se me sirve. Nada de lo que hago es gratuito. En mi mente cruza todo pero no lo digo, lo guardo como guadaña para refilarlo cuando mi voluntad desee. Yo sé del culpable. Yo lo sé, pues mi mente aguarda. Mi voz te habla, te conmina, te pregunta sin saludo si eres tú el culpable. Sé que me mientes, tu voz susurra mentira. Otras voces me distraen pero yo no soy débil. Mírame de soslayo, no soy débil. Puedes adularme, pero mi venganza es ortiga a tu halago. Estoy cubierto de harapos y aún así, mi voluntad no se oculta: el día primero de la semana morirá tu actuar. Yo descubriré tu error y mi triunfo estará en tu culpa. Pues así, queda hecha mi voluntad y mi venganza, en mi soberbia”

Érase mi incomprensión que jugaba a entender y escuchar lo que la memoria no podía.

La breve fábula terminaba extendida en un carraspeo:

– Es que yo soy… así…

En fin, lo relato como distractor de la soberbia que se fundió en el instinto fatuo de aquella noche postrera…

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