El Olor del Miedo

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Media mañana. Un manojo de gritos colapsaron la tranquilidad domiguera de medio dia. Apenas mi hermano y yo nos habíamos asomado al patio para saber que sucedía y el cielo estaba fundido en un blanco desesperante que ondulaba en bocanadas de humo cirroso y ocultaba los gritos de todos alrededor. Mis manos se congelaron y ante esa turbulencia de momentos, lancé mis sandalias en la habitación más próxima y mientras me iba poniendo zapatillas, enérgica, le dije a mi hermano que iríamos a averiguar que sucedía y sacar a quienes estuvieran metidos en el fuego mismo, aún a costa de su resistencia. La gente gritaba, y el panorama fuera era aniquilador: a la entrada de mi casa tenía a una mujer y su hijo, dueños de aquel sueño de morada, gritando y abrazándose sin consuelo, viendo como su pequeña casa se consumía ágil. La cogí por el brazo, la empujé hacia la sala de mi casa y con su hijo y sin consuelo, se los encargué a mi mamá, como quien encarga a los parientes un hijo pequeño. Los siguientes minutos fueron sin embargo, solidarios. El viento detuvo su hocico, el humo arrasaba cada habitación pre-hecha y en unos minutos, habían largas colas de brazos llevando agua de un lugar a otro ante la ridiculez policial que no hizo nada, tan sólo un hombre de verde hurgando su nariz bajo el pórtico de la casa, mientras yo tenía en guarida un odio incontenible que me llevó a gritonear y exhortar su retiro, porque como bien dijo mi abuela, “mucho ayuda quien no estorba”. A los minutos el agua brotaba sucia y negra por entre los vértices del techo. La gente , cual gente, rodeaba a los que trabajaban en conjunto. Supongo recuperé la fe en todos los que ayudaron a que la cadena de brazos fuera efectiva y rápida. Los bomberos llegaron más de media hora después, y el abucheo gironeó- sin embargo ahí todos descubrimos que mi distrito ya no tenía cuerpo de bomberos y peor aún, la duda: ¿Por qué sin embargo existe como tal en nuestro mapa urbanizacional?

* * * * * * *

Ya por la tarde, aquella mujer y su hijo miraban todo alrededor con impotencia y resignación. No supe incluso hasta hoy que lo originó. Pero aún no olvido el olor a miedo por toda la calle ese mediodía. Un olor ferroso y salino, como una herida de la que brota incontrolable la sangre. Un olor de azufre, a herida encostrada.

Mientras la noche caía, me sobrecogí al recuerdo de mis días de infancia donde jugábamos con fuerza y hasta que la noche nos detuviera. Al primer grito paterno, todos corríamos porque sabíamos que ya había terminado la hora de jugar. Y sentí, tal como aquella vez, que nuestra felicidad se vio interrumpida por toda la gente que empezó a morir, como si fuéramos todos un Macondo a punto de extinguirse. Hacía mucho que no veía tanta gente en las calles, amontonadas en una sola esquina…como en un canto fúnebre, aquel mediodía se engulló de pronto mucha soledad y con ella, el rebrote de tantos recuerdos huídos que no puedo evitar sentir nostalgia por lo vivido.. por segunda vez.

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