Archivo por meses: Mayo 2011

El hombre y la carne.

Aquella media mañana, algo cercanos el uno del otro, la conversación empezó de la nada. Me hacía recordar en parte a nuestras usuales conversaciones ya caídas las horas. Mi garganta ardía débil y las palabras se pausaban y gemían adoloridas. Su voz empujaba fuerza en breves segundos al punto de aspirarse en cada frase terminada, en cada sílaba escogida en su relato. En efecto, en su relato, sus ganas de ganar mi experiencia eran vívidas. Siempre había sido el hombre soberbio, falto de conjugaciones y verbos, con tos inmediata para esconder su torpeza al conducir sus sentencias brevísimas cargadas de nombres, lugares y embrujos. Sin embargo, sabiendo ya el desgano que todo me producía, proseguí en la dinámica que él había creado y que yo nunca defendí.

¿Y qué defendía yo? Las calles que recorríamos mientras él hablaba, los lugares que nos acompañaban mientras las historias nacían. Defendí hasta antes de esa mañana su integridad ante mi verbo, su genialidad incipiente, sus ojos gigantes y frente amplia. Defendí sus risas hecha la broma torpe y sobre todo aún, defendí el tiempo que crecía encrespando mi inspiración cada noche, tiempo como el que me hizo crear la historia que proseguirá a esta misma que reza sobre cinco nombres (o quizás seis) historia que -con algo más de burla y perogrulladas -después contaré.

Érase, cual fábula de Esopo, un trozo de carne. Carne, comida, piel que envuelve el muslo de animales silvestres, fibra que engulle los huesos humanos y los recubre de forma. Carne hendida en el alma soporífera de tanta inacción humana.

Érase el hombre, la hermana, la sinrazón y la obediencia sorda.

“Si es mío, no se toca. No se coge no se huele ni se husmea. A mí se me avisa, se me pide, se me respeta. Si pido que algo se haga se hace, se cocina, se filetea, se fríe, se me sirve. Nada de lo que hago es gratuito. En mi mente cruza todo pero no lo digo, lo guardo como guadaña para refilarlo cuando mi voluntad desee. Yo sé del culpable. Yo lo sé, pues mi mente aguarda. Mi voz te habla, te conmina, te pregunta sin saludo si eres tú el culpable. Sé que me mientes, tu voz susurra mentira. Otras voces me distraen pero yo no soy débil. Mírame de soslayo, no soy débil. Puedes adularme, pero mi venganza es ortiga a tu halago. Estoy cubierto de harapos y aún así, mi voluntad no se oculta: el día primero de la semana morirá tu actuar. Yo descubriré tu error y mi triunfo estará en tu culpa. Pues así, queda hecha mi voluntad y mi venganza, en mi soberbia”

Érase mi incomprensión que jugaba a entender y escuchar lo que la memoria no podía.

La breve fábula terminaba extendida en un carraspeo:

– Es que yo soy… así…

En fin, lo relato como distractor de la soberbia que se fundió en el instinto fatuo de aquella noche postrera… Sigue leyendo

El Olor del Miedo

Media mañana. Un manojo de gritos colapsaron la tranquilidad domiguera de medio dia. Apenas mi hermano y yo nos habíamos asomado al patio para saber que sucedía y el cielo estaba fundido en un blanco desesperante que ondulaba en bocanadas de humo cirroso y ocultaba los gritos de todos alrededor. Mis manos se congelaron y ante esa turbulencia de momentos, lancé mis sandalias en la habitación más próxima y mientras me iba poniendo zapatillas, enérgica, le dije a mi hermano que iríamos a averiguar que sucedía y sacar a quienes estuvieran metidos en el fuego mismo, aún a costa de su resistencia. La gente gritaba, y el panorama fuera era aniquilador: a la entrada de mi casa tenía a una mujer y su hijo, dueños de aquel sueño de morada, gritando y abrazándose sin consuelo, viendo como su pequeña casa se consumía ágil. La cogí por el brazo, la empujé hacia la sala de mi casa y con su hijo y sin consuelo, se los encargué a mi mamá, como quien encarga a los parientes un hijo pequeño. Los siguientes minutos fueron sin embargo, solidarios. El viento detuvo su hocico, el humo arrasaba cada habitación pre-hecha y en unos minutos, habían largas colas de brazos llevando agua de un lugar a otro ante la ridiculez policial que no hizo nada, tan sólo un hombre de verde hurgando su nariz bajo el pórtico de la casa, mientras yo tenía en guarida un odio incontenible que me llevó a gritonear y exhortar su retiro, porque como bien dijo mi abuela, “mucho ayuda quien no estorba”. A los minutos el agua brotaba sucia y negra por entre los vértices del techo. La gente , cual gente, rodeaba a los que trabajaban en conjunto. Supongo recuperé la fe en todos los que ayudaron a que la cadena de brazos fuera efectiva y rápida. Los bomberos llegaron más de media hora después, y el abucheo gironeó- sin embargo ahí todos descubrimos que mi distrito ya no tenía cuerpo de bomberos y peor aún, la duda: ¿Por qué sin embargo existe como tal en nuestro mapa urbanizacional?

* * * * * * *

Ya por la tarde, aquella mujer y su hijo miraban todo alrededor con impotencia y resignación. No supe incluso hasta hoy que lo originó. Pero aún no olvido el olor a miedo por toda la calle ese mediodía. Un olor ferroso y salino, como una herida de la que brota incontrolable la sangre. Un olor de azufre, a herida encostrada.

Mientras la noche caía, me sobrecogí al recuerdo de mis días de infancia donde jugábamos con fuerza y hasta que la noche nos detuviera. Al primer grito paterno, todos corríamos porque sabíamos que ya había terminado la hora de jugar. Y sentí, tal como aquella vez, que nuestra felicidad se vio interrumpida por toda la gente que empezó a morir, como si fuéramos todos un Macondo a punto de extinguirse. Hacía mucho que no veía tanta gente en las calles, amontonadas en una sola esquina…como en un canto fúnebre, aquel mediodía se engulló de pronto mucha soledad y con ella, el rebrote de tantos recuerdos huídos que no puedo evitar sentir nostalgia por lo vivido.. por segunda vez. Sigue leyendo