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Los días todos.

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Si alguien voltea la mirada atrás, es acusado quizás de distraído, meláncolico, ignoto o acaso solitario. Además de estar en la Biblia, mirar hacia atrás es arte en una línea de poema. Es dolor si se posa en el alma propia ante la incertidumbre – aquel famoso “que hubiera sucedido si” y no sólo eso. También es metáfora en el alma que acalla dolor y genuflexión en el presente.

Mis días han recorrido intensos, muy largos, ingenuos a veces, llenos de silencios inexplicables a veces, supongo por eso en gran parte mantuve ausente la rima en esta bitácora, todos estos días. Otras veces de barullo incontenible. Enero, febrero y marzo, se han acompañado de lado, uno tras otro, dándome nombres para recordar, sucesos que admirar y tristezas que tuve a bien recorrer. La soledad, guadaña de la vida, me ha demostrado que el hombre está aún más solo cuanto más cree en ello. Bostezo, y con ello cierro estas ideas revoloteando la poca memoria que de muchos hechos me queda.

El año comienza inerte. Diversos rostros me aprontan al recuerdo. Algunos divertidos. Algunos con nombres distintos. Ya no tengo el amor-de-hombre de lado (inútil por donde se le mire pero detalle al fin y al cabo), el amor a un hombre dicho en lenguaje de vida real. La ilusión se tiñe de rubor en la mirada del hombre que por ahora me roba más de una sonrisa. Peculiar distinción que subrayo pues apenas sé su nombre y algunos detalles, y sin poder acercarle más palabra que aquella, sonrío. Con osquedad, un hombre de barriga peluda y cogote por cuello desistió en mi recuerdo y mi presente, y fue echado de bruces contra su destino. Luego, tan de pronto, un hombre de incierto y ausente origen chino asomó a mis tardes. Pero tal y como viniera el otoño, muchos de ellos consintieron su propio ocaso. Por esas tardes me dediqué a leer a Pizarnik, en aquellas sendas conversaciones conmigo misma durante el largo camino a casa, donde las luces se tragaban los minutos en que soñaba con bosques extensos, donde el páramo de sentimientos ajenos me hacía sollozar en libertad, por fin. Entonces, sabiéndome sóla de esa costilla de Adán, cogí un par de letras del abecedario y su nombre (en inglés pero corto, bonito) me abrazó la emoción días enteros por dentro. Así ha surgido durante estos últimos días. Meses, fines de semana..

Noté que calzaba una pulsera de plata. Eso noté aquel sábado.

Ernesto, Pizarnik, lagrimones, carcajadas, banco, jardines, risas, Ximena, Rocío, facultad, universidad, agua, literatura, mamá, Lucho, caderas, música, fruta, respiración, tos, pelo largo, gente demente, abrazos.

Todo ese conjunto de cosas llevadas a la par de estos pies que parecieran no sentir el piso que andan, pero sí el paso que corren mientras el verano se esconde en la piel cobriza que ahora me cubre de costumbre ausente.

Nueve, estamos a nueve días de mi cumpleaños.

Ausencias por miles. Presencias en decenas.

Ah, que no sé diga que soy un ser triste. Canciones como esta me abundan en los segundos que llevo de lado, cuando pienso en el día mismo.. y en el destello de sombra de algunos de ellos..

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