Archivo por meses: Enero 2011

Huancayo

Extraño a Ernesto. Mi único amigo escritor que llega cuando el otoño cae en Lima, el hombre que alguna vez me amó, el hombre que juega con sus ríos y sus rumbos sin destino. Extraño a Ernesto al borde de una laguna, echado sobre el pasto infinito. Extraño a Ernesto, extraño el pelo suave que se dejaba acariciar con mis manos, extraño su prosa pequeña y sus pensamientos por miles. Extraño su sonrisa boba, sus ojos de trigo, su pasión a la soledad y su beso en mi frente cuando ya se iba. Extraño a Ernesto, por ende a su padre.

Extraño a Ernesto cuando abro un libro y sueño despierta la vida en Rusia o mi destino en una casa de madera, en el mediodía serrano, viendo al hombre de soledad a cuestas mirar al cielo ciego, sonriéndome leve.

Quiero que empiece el otoño. Pronto.

Muy Pronto. Sigue leyendo

‘Le has ganado a mi muñeca (empuñándola fuerte). Ahora gánale a mi cerebro’

Mi tío había terminado de morir la mañana de domingo, rodeado de blancos y respiros huídos de la impotencia de mis tías y de todos aquellos quienes lo querían. Yo estaba echada en la cama, con mucho frío a pesar de ser una mañana de domingo hirviente. Aquella mañana, después de saberlo, después de ver la agonía de más de un mes huída, pensé en la vida. La vida vista desde la muerte pero no en un libro, sino en mi propia existencia. Yo, en ese momento, tenía de por sí la vida cambiada. Renuncié a un trabajo largo que comía mis costillas, dejé el amor indeciso en aquella quincena de diciembre, dejé de leer con impresión y dejé los amigos y la rutina y dejé todo en realidad para volver a conquistar un nuevo rumbo. Un gran secreto y una gran pena (ajena) llegó a mis manos. Entonces, la verdad me quitó parte de la vida y maldije muchas veces estos treinta años que tengo y que a veces quisiera no tener. La muerte acecha para recordarme que hay vida también. Esas ironías de la vida me hicieron desear irme a La Punta. Lo haré esta semana para tomar fotos, mojar los pies.. y sonreir.

Eran las dos y treinta de la mañana, casi. Cuando abrí la puerta del taxi, él estaba dentro. Cerré la puerta, él me dio un beso fuerte. En el camino, las luces de la madrugada eran intensas y su voz era buena compañía. Tomé su mano al salir del taxi. Sonreímos. Luego reímos como nunca, brindamos, mi cuerpo estaba perfectamente encurvado a su propia tentación. La luna llena ya se iba anunciando, sus palabras cerraron mi silencio y quise ser eterna en ese momento, porque sin querer, volví a deleitarme de ese ensueño.

Hoy es lunes ya. El tiempo y la impaciencia. Enemigos totalmente dispares.

Ps. Yo también extrañaba verte…

Maitena

Y entre las muchas cosas que ensemillé en su vida, esta fue una de ellas.. arrancarle una risa en mi ausencia, fue un placer..

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15 de diciembre (en inicios de enero).

Comienzo escribiendo estas líneas recordando a Don Víctor quien apareció fugaz en mis sueños esta semana y quien siempre soslaya su recuerdo en mi mente.

Aquella noche el viento corría ligero. Ernesto estaba de lado. Lo pude ver al final de la calle, en esa chompa gigante que danzaba su cuerpo según el compás de sus pasos. Iba a acercarme y divisé a alguien cruzar su paso. Yo seguí defrente, entré a la que fuera su facultad y caminé no tan lento, viendo el tumulto de gente y lo diferente que se veía todo de noche en aquel lugar, lugar donde mi madre alguna vez también paseó. Esa fue una tarde que mutó en noche en chasquidos de segundos. Caminamos juntos un buen trecho, nos sentamos juntos en una banca frente a la biblioteca. Los primeros fríos de junio corrían prontos. Su nariz fría se empozaba en mi mejilla al detener palabras. Sus manos blancas se hundían en mi ilusión. Aquellos primeros tiempos del año dos mil en que apenas crecía mi pelo y mis sueños se hacían en versos.

Hace unos días Ernesto me volvió a sonreír. En la segunda semana de diciembre Ernesto agregó a mi nueva situación laboral una frase enternecedora:

– Tú sabes que estoy orgulloso de ti.

Llámese como deseen: Ernesto me ha provocado las hendiduras de sentimientos más extensas. Y sé, como lo dije alguna vez, que – él es mi cicatriz en esta mano derecha- quien escribe asomó tranquilidad al saber ese gesto en boca suya. En mayo habíamos corrido las calles ajenas riéndonos de gentes miles, ignoramos a un hombre que era un fantasma y vivimos aquel mes como si fuera un siglo y no paré de escuchar sus sueños y burlarme de algunos y sollozar quizás con el resto. Esa tarde precisa la ausencia de comida me rugía la entereza y Ernesto, tomando mi mano y burlándose de la curva de mis piernas comparada con las suyas, me dio un beso en la frente, imperecedero.

Bueno, Ernesto titila, como esas estrellas ya muertas cuya luz se extiende a pesar de no existir ya, a modo de un Finis Desolatrix Veritae…y aquel sauce del que Valdelomar contó con nostalgia de amor alguna vez.

tras el mar

Tras el mar..

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