Archivo por meses: Octubre 2010

Diario enésimo

” Nací con este nombre grabado a priori en mi nebulosa “

Tarde. La mañana fue de limón: ácida, aguada, pronta, distinta. Un par de palabras a la pared, asomé la cara por la cortina para ver el día. Pronóstico: claridad. Sin embargo, el tufillo de verano se dejaba sentir en las calles. Así los paseos se hacen tibios, el viento de tarde hociquea el cuello suavemente, las manos estiran frases breves. Cine, teatro, café, té Chai. El porvenir, como dice Pizarnik, me lo imagino como un reflejo del presente proyectado en un espacio.. bla bla bla, bla bla bla, mis recuerdos ahora son papel.

Camino, respiro, sonrío. Voy yo misma, conmigo misma, consigo misma– dirían los que me ven. No amo al hombre, no amo a un hombre, ni siquiera amo, sólo distraigo la mente tantas veces, tantos días en tantos versos. Calor longevo, elástico y seductor:el otoño pace sobre mis costillas y todo me sabe a cicatriz.

Las conversaciones con xx se extienden sobre las mañanas en las que las clases nos juntan. Nos hemos dicho mucho, nos hemos reído, y más aún, me pidió hablar de ella. Y lo hice, aunque sea hoy muy brevemente.

Que estará haciendo ahora.. Sigue leyendo

-Esta creencia mía de que escribiendo, veré una señal-

Para el segundo en que termine de escribir esta línea, la medianoche se engullirá su primer segundo de vida. Después de que cada suceso tras suceso me distrajera, todo lo que debía hacer fue cayendo como dominó durante el día, la tarde y la noche, como si una sóla conjunción se tosiera breve pero fuerte. Cuando me hallé sóla, grandes lágrimas de impotencia me salieron del alma y de la mirada, imaginándome el porqué verdadero de mi estadía todo aquel tiempo. Mis venas se llenaron de furia y la rabia pobló el siniestro de mis ojos. El otoño asomó gigante y con el rubor de esa ventisca, se cuajó la nostalgia.

Sabes:

Estuve contigo desde aquella lejana tarde donde el viento se comía mis costillas. Cuando la mirada de otras mujeres te consumía la mía, cuando sentados en un café y acercándote a mi rostro, te besé. Desde allí, recuerdo el momento exacto en el que quise saber quien era el hombre que tenía frente a mí, el de la mirada huída, de las manos fuertes y hombros de acero que hacían crecer mi calor en cada abrazo. Allí supe que quería saber quien era el hombre de la risita burlesca caída la noche, el de las primeras llamadas esas noches, el que limpió mis lágrimas en cada partida y el que veía crecer mi pelo por sobre mis hombros y sonreía. Aquel que caminó recorridos extensos para regresar a casa, cuando sólo tenía apenas un puñado de monedas en los bolsillos, cuando el hambre era fuerte y la sed, descomunal. Caminamos retrocediendo, corríamos de espaldas, sonreíamos entre penas. Torpe en destrezas, tonto en razón y calor en invierno. Me quedé, hoy lo supe, porque su ciencia y la palabra de su boca me nacían en el alma.

Quiero saber quién es – me dije.

* * * *

Hoy, 25 de octubre, ha vuelto a nacer. Tiene un nuevo rostro, nueva voz, nuevo mundo. Hace años tenía una madre y un padre y hermanos y un techo. Era el primer hijo, la palabra de impulso, el sigilo sin cariño. Estaba por eso con todo él: con su pelo ensortijado, con su nariz vespertina, con sus ojos que cerraban lentos y sobre todo, con su fuerza. Con ella misma me quedaba yo, y él, aunque nunca lo viera, con toda yo (en ese entonces).

Así me quedé contigo. Porque quería saber quien seguía, quien crecía, quien era la zarza en mis espinas. Nunca fue tolerancia, nunca fue soporte, palabras a las que nos acostumbraba el día, el trabajo y sus noches. Fue magia: así mi alma se prendó de esa ricura de mentón y se perdió en cada uno de los horizontes que el ser humano crea cuando excede su propia expectativa.

Me quedé contigo porque crecías como puño en tierra, como bosque en lo silvestre y porque a mis ojos te hacías gigante e invencible, y por entonces que poco me importaba la misma camisa negra de siempre, y hasta pareciera yo extrañarla.

25.1
25 de 30.

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Yo soy

Yo soy quien cobija la esperanza caída la noche. Yo soy la curva de mi propia costilla, en la misma Eva de hace seis vidas. Yo soy la que canta una canción haciendo sorda la voz. Yo soy la que cocina en ideas, y la que prende la hoguera de todos sus amantes. Yo soy la que te mentía en mayo diciéndote que sería para toda la vida y yo soy la que llora su pena en mares y empieza a escribir descomunalmente. Yo soy la que ansía, la que desea, la que realiza, yo soy la que camina contigo y la que sueña en cuerpos ajenos la fantasía de hacerse eterna y más humana. Yo soy la que brinca cuando una idea nace solitaria y soy yo la que ríe de soslayo mirando a la mujer del espejo. Yo soy la que camina cerca al mar, la que expira en un puñado de humo, la que dice un par de palabras groseras, la que toma sus dedos a los tuyos y yo soy la que te sonríe cuando ya sólo fe queda. Yo soy la que enfría sus ideas cuando baña sus costillas de sal, soy la que peina su pelo despacio mientras le lanzan un beso en papel, yo soy la que te llama, te escribe y te recuerda, yo soy la que columpia su alegría cada veinticinco desde hace dos años, cada quince desde hace diez, yo soy la que te crece rimas como enredaderas cuando siento tu presencia, tu olor y tu risa. Yo soy la de esa noche, la que en su boca dejo el placer último del cuarto oscuro, la de la pierna sin sangre, la de la mano sin huella. Yo soy la que te hace sentir eterno, la que contigo se mueve sin estar cerca, la que contigo sueña sin pensar y la que sin pensarte te sueña. Yo soy la que te oyó ese mayo, la que secó tus fiebres en el frío, la que se fue, la que nunca termina de irse. Yo soy la que ahora sueña sola, vive en el mundo y desmenuza la noche y escribe ahora para terminarse de ir, para acabar de llegar, para empezar a morir, para volver a nacer.

Esa, soy yo. Sigue leyendo

Siempre

Esta mañana me desperté con todo el frío del mundo en mis huesos. Estaba realmente cansada, tendida de lado, con el pelo apenas rozando mis hombros, con los ojos perdidos en el mundo de mis sueños y con la boca tensa, los labios apretados, la sonrisa latente pero huída. He pensado en tantas-cosas-tantas-veces-tantas-cosas y sólo me ha quedado la sensación de nada, de vacío, de ligereza, de pérdida quizás no lo sé.. de desazón. Yo quisiera ser la que dice estoy aquí , mírame, despierta , imagina, vive…. Pero la sucesión de ideas hizo que me perdiera en mi propia fe, en mi destino ya elaborado desde hace un año y que formaliza de sueño al papel. Y no tengo espacio para nada o nadie, a menos que ese nadie sea alguien y se atreva a empuñar con una mirada el sosiego en mi mundo, entonces supongo repararía en él, no lo sé.

Si, han sido meses, en los que sin alguien per sé, me dediqué a fundirme en el agua. El agua, generosa, gigante, extensa, mar. Ahora mis piernas no terminan su marcha, el miedo ya no me cruza la sangre.

En fin, pensaba en miles de cosas, en los montones apilados de papeles, libros, sucesos, recuerdos, eventos, presentes, futuros… ya nada me ata a nadie. Este es el último montón de cosas que tuve de lado, no sé porqué ese montón es inmenso cuando lo imagino y tan nada cuando lo realizo. En fin, demasiadas miradas cortejándome y todas me agradan, ahora con mis lecturas y con Jon en los oídos, me voy…

Efebo..

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Domingo, miércoles, Domingo nuevamente..

Mucho más allá…

Era domingo. Ya lo había previsto en la mente miles de veces, había ensayado quizás sin evitar reír algo, que la siguiente vez en que lo viera pasaría de largo. O no, quizás lo abofetearía un par de veces. O mejor aún, tomaría su boca en la mía y cerraría tanto pasado longevo con un nuevo presente de papel. Sin embargo, sólo lo pensé.

Aquella noche llegó él con más de media hora de retraso. Después de todo, mi propósito era diferente, esta noche no habían poemas de Heraud cruzándome la mente, ni amores cansinos escondidos en las esquinas de esas calles que siempre nos recibieron en Pueblo Libre. Tampoco tenía una foto que ver, un lugar que guarecer en la memoria de los que olvidan el querer que jamás sintieron. Que sé yo.

Pocos minutos antes de que él llegase, las luces en el cielo se abrían como primavera. Diferentes luces quemaron sus fuegos en un espectáculo inmenso y enceguecedor. Salí a ver por la ventana y me senté a los pies del banquito instalado afuera para posibles consumidores de cómida rápida. La avenida Sucre estaba tan silente, había estado lloviznando, pero sentada viendo las luces en el cielo y sonriendo, sentí la nueva fascinación de la espera envolvente y cautivadora.

¿ Y si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?

Cuando él llegó, tarde cual siempre, su pelo estaba mojado. Yo estaba escuchando música. Compré una botella de agua y antes de verlo, la abrí, tomando tres sorbos sumidos en un tamborileo de expectativa. Después de todo casi cinco meses habían transcurrido, y mi memoria lo citaba en ecos. Asumí que se había dado un baño, sonreí al pensar porqué lo hacía. Sólo le espeté el hecho de detestar esperar, pero lo hice de tan buen humor, que en realidad tampoco a mí me importó (en realidad me importó y mucho, uno de los corolarios que luego citaré por segunda vez). Segundos nada más y lo besé al saludarlo en la mejilla. Lucía la misma casaca con la que lo vi por tercera vez y puedo numerarlas ahora en que las recuerdo: el primer adiós, la noche del cine y su gripe, y ahora ésta. Por dentro quise encontrarlo diferente, y no me equivoqué. Su rostro, sus ojos miraban jaspeados de nerviosismo. Sus palabras se arrastraban esbozando frases cortas. Sonreía. Su cuerpo estaba algo más curvo que la última vez en que dejara de verlo, su pelo lucía largo y poco ordenado. No recuerdo que zapatos llevaba, sin embargo caminaba a mi misma altura: la idea de estar ambos del mismo tamaño me desconcertó, por lo que pasos más arriba, le pregunté si había empequeñecido. Esa pregunta, retórica por cualquier lado, me hizo sentirme más cómoda. Ahora Borya (leerse como en el ruso, Bo-ri-a) y Rocío (yo) estábamos al mismo nivel de aquel presente. Eso me gustó sobremanera.

¿Y qué?
¿Y qué me das a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?

Cuando ya estuvimos sin el eco de carros apresurando su destino, ni pisadas de nocturnidad en aquellas primeras noches de octubre, tosí sin remedio. El comenzó a hablar, fue directo al punto de inicio. La televisión anunciaba los resultados electorales. Él se dirigió a ellos, habló de los mismos. Yo? torcí la vista hacia el lado opuesto de la habitación y pensaba en lo mucho de ese horrendo fin de semana antes de verlo, en las malas juntas y malos hombres que él definió al escucharme hablar como el resto. Sonreí. Sentí posarse un beso intenso bajo mis labios y por sobre parte de ellos. El fuego del cielo había desaparecido, el calor huído. Todo el momento mío a su lado comenzó a caer como dominó. Más de tres horas, ya sóla y conmigo misma, dormí con algo de frío. Imaginé sin embargo que él tocaba a la puerta, se excusaba por llegar tarde (como siempre) y se echaba a mi lado, abrazando aquel mi costado de Eva, envolviéndome en un sueño profundo al sentir sus brazos asirme a su cuerpo y darme esa protección suya, ausente durante tanto tiempo de mí.

¿A qué , a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?

Nunca supe si fue sueño o realidad. Su forma, la forma, era el fondo de todo este asunto. En casi cinco meses mi mirada había sobrevolado variopintos horizontes, habían habido noches de pisco y madrugadas extensas. Hube tenido la noche conmigo a veces, y con ella, la mirada y sonrisa de Brazil y Estados Unidos conmigo. Borya entonces quizás entendió, por sobre mis hombros semidesnudos, que mi mirada era su otoño, cosa que asumo no le afectó. Sucumbió en el aire el recuerdo de otros hombres, aquellos que hablaban y sonreían de puño y tiempo. Enamorada ya no estaba, pero verlo me produjo una alegría reproducida en mi primer verso de despedida. Siento mucho haber sido infiel a mis pensamientos, (pero tú terminaste de irte y yo terminé por irme de ti sin quererlo).

Quisiera hablar de la vida .
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados , este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
“¿es que yo soy? ¿ verdad que sí ?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?”.

A los tres o cuatro días después de aquel encuentro, su voz apareció en el teléfono. Exactamente dos lágrimas me brotaron de los ojos cuando él me dijo que me había notado distinta, pero sobre todo, que todo tenía un tiempo y ese tiempo… ya había pasado. Quizás muy por dentro todo ese valor del que me había llenado para empuñar mis manos y llamarlo había sido inútil. Yo no sentía el calor de sus palabras, hasta que él hizo alusión a aquel dos de mayo. Entonces recordé las muchas veces en que repitió que me quería (muchas, muchas aquella noche), y para mí había sido suficiente, pues yo también lo quería a él. Es cierto que nunca supe que sucedería luego, pues sólo me preparé para aquel desenlace. Pero tampoco tuve que pensar en aquel tiempo, pues nunca llegó aquella segunda vez.

Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.

Luego intempestivamente desapareció y con él, yo. Reencontrarlo en la sima de mi cima fue la pobrísima ilusión vestida de destino frente a mí. ¿A dónde se había ido el amor que llegué a sentir por él, la fuerza que su mano me proveía, la mirada que yo pugnaba por conservar cada noche juntos, y sobre todo, a donde se había ido el hombre del que yo me había enamorado por ser mi exacto opuesto, mi antítesis, mi verso en mis palabras?

Probablemente se había hecho realidad. Y confieso que sin todo ese arraigo de costumbres, en esta carta larga que escribo para Borya mientras el resto la lee conmigo curioso, quisiera conocer por fin al verdadero, al jetón, enojón, tenso, vespertino, estresado, sonriente, buenhumorado, sencillo, apasionado, preocupado, escaso-de-detalles, al irremediable indistinto, al conversador eterno, al que es mi antípoda exacto, a quien-fuera-mi Borya.

Pues esto es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.

Que ganas de ver a Borya en este instante en que la noche hace eco, en que los animales cantan el amanecer que ya llega, en que las ojeras se esconden por entre los treinta años que me encienden y sobre todo, que ganas de que Borya pueda saber que sensación le provocó mi regreso, algo de lo que ya hablaré a él y escribiré, a pesar de lo mundano que hacerlo público pueda parecerme.

Por lo pronto, encontré la firma para finalizar mis escritos. Me la esbozó alguien que me provoca el deseo del mundo entero.

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Rocío Oré, a decir de quien la dibujó.

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Desenlaces

Hace mucho no he hablado de mí misma, pero podría intentarlo hoy. Después de nadar hoy, mientras el agua corría siniestra, noté por sobre mis muslos los moretones producto del forcejeo inútil hacia un pasado que terminó de irse ayer. En efecto, estas últimas semanas me prendé de una mirada perdida en un infinito ajeno. Sus mensajes llenaron mis tardes y mañanas, produciéndome un escozor generoso y ese vaho inundó mi ser, haciéndome desear cosas ya huídas pero deseadas en la línea del tiempo.

Después de que los hechos voltearan su destino, llamé al hombre que fue el personaje de muchos de mis escritos. Hacia la noche lo vi parado en la esquina. Su cuerpo flácido y sin forma fueron el primer golpe a mis propios recuerdos. Los escritos se iban deshilvanando uno a uno en frases y verbos mal escritos, en memorias de tiempos vividos pero borrados. Cuando estuvimos por fin solos me dio un beso gigante y sólo mi ánimo creció algo de un pasado corto que ya lo había robado el silencio. Después de eso, sus palabras me eran aburridas, las mismas que se escuchan en un discurso aprendido de memoria sólo para cautivos inocentes. Su pelo no era más el bosque liso por donde mis manos cruzaban a su antojo, sus sentencias eran voces de panfletos escasos de orden y todo aquello que lo constituía leyenda y mito no era más que remedo de rumor y palabra llana y depreciada.

Cuando amaneció y sentí su beso de despedida sobre mi boca, supe que sería el fin. Ya mis ojos no miraban igual, mi deseo no era ya tenerlo cerca y menos aún colaboraría su recuerdo en alguna línea mía al papel. Despedí lo que quedó de ello mientras pensaba en aquella mirada de tarde que sonreía y gustaba sobremanera de la brisa. En aquella mirada yo me posé ligera y por la armonía de sus gestos, me supe demasiado cómoda, burbuja que pronto rompería su curso, al romperse…

Y hay un hombre que nace del agua, y me sonríe a destiempo. Pero de él, ya otro tiempo habrá.

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