Archivo por meses: Septiembre 2010

Pescado Frito

Aquella media mañana en que llegué, la casa estaba vacía, contrario a lo que sucedería horas después en que los hijos y los nietos comenzaron a llegar y llenar la casa en cada una de sus esquinas. Los brazos gigantes del abuelo, enternecido ante el gesto de sus nietos al saludarlo cálidamente, se extendieron enormes y fuertes. El ya tenía en la mano la carta que le había escrito yo para presentarme a su lado, ya me había preguntado de su hijo en secreto, ya me había dicho que lo extrañaba y sobre todo, me había comentado algo que ya sabía yo a voces: aquel hijo suyo era el más sensible de todos, por ende, había conocido al hijo correcto.

La mañana se hacía tarde. Llegué a tientas, intentando buscar no una dirección con nombre y número, sino el árbol de eucalipto que estaba frente a la casa donde Don Víctor vivía, única referencia que se me diera, además de un parque en media luna, y nada más. Yo tenía los sueños puestos en el papel que llevaba en las manos, en el nudo en la garganta, en una mezcla de nerviosismo y expectativas cifradas ante la sonrisa del buen hombre que dejó mi frente marcada con un beso suyo de agradecimiento y un abrazo eterno, quizás tanto como aquel que vi posar en sus nietos aquella mañana de la que he hablado ya varias veces.

Tres años después, ya no podía escuchar bien. Mi segunda visita fue en el hospital donde su piel antes lozana y fuerte, estaba hendida de pinchazos y medicina. Tuve que llenar de aire mis pulmones para que el valor de volver a verlo no me venciera en lágrimas. Aquella tarde Ernesto me sujeto de los brazos y mirandome a los ojos me dijo:

– El viejo está bien, sécate las lágrimas porque no puede verte así…

Mis brazos temblaban, mi voz lacerada asintió un sí y entramos a la habitación. Quise abrazarlo, pero las lágrimas se agolpaban en mi pecho. Nos sentamos frente a frente. Yo no dejaba de mirarlos a ambos, padre e hijo, mientras la vida me había dado la fortuna tan grande de haber sido parte del destino de ambos en ése momento.

* * * *

Aquel setiembre austero, mis piernas apenas y recuperaban movilidad. Pasé la mayor parte del tiempo sentada, evitando el mínimo de esfuerzo en un gesto de alas rotas plañidero, pues perdí el invierno y todo ese vaho limeño que llena el puño de inspiración. Había una única sóla cosa que le había pedido a Ernesto en todo el tiempo que tenía de conocerlo, y lo prometió a pesar del vaivén de la vida. La tarde se iba cerrando. Una sóla frase murió al nacer..

– El viejo escritor se fue ayer por la tarde….

En una sóla línea, la tarde en que Don Víctor me recibió en su casa, era ya un recuerdo imperecedero. Me fui a mi habitación, lloré amargamente y pensé en Ernesto, deseando que todos sus horizontes me dejaran llegar a su silencio.

Aún me pareciera escuchar chirriar el pescado frito en esa cocina donde don Víctor me sirvió el más rico desayuno, a mí, una perfecta extraña. Su voz calma, sus pasos calmos. Su eterna luz, su propio Ernesto y un puñado de cenizas el viento…

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Scorpio

Mis abuelas habían determinado mi herencia. El pelo fuerte, negro, largo. Las manos duras (que muchos años después demostraron destreza y tersura en sendas frases al ser que-fuera-amado y que en octubre tendrá mi edad) la mirada honda y por veces solitaria, que se perdía en los mares lejanos de La Punta y en las calles de Boston allá donde la vista me la llenaba las casas de masones y la tosida de invierno ahuyentando la nostalgia peruana de mis costillas. Mis palabras habían crecido, mis rimas habían aumentado. Sin premedirlo (y por ende, sin premeditarlo) me enamoré de un hombre que lleva su vida a cuestas de una manera descomunal y cuestionable, pero “igual que ayer y antier” los recuerdos eran sólo zumbidos dentro de este sol serrano que miente y confunde mi soledad. Siempre un verbo me roba su recuerdo: entender, hacer, crecer, conversar, acompañar, y la palabra prohibida en sus labios: querer. Su nombre de origen ruso, de origen de jungla entre osos y enseñanzas, es lo poco que puedo recordar ahora. Pero aquella primera mañana, mientras me moría de ganas de llenar mi estómago con jugo de naranja, me confesó que ése nombre se lo puso su padre. En silencio, comencé a hurgar más sobre aquel origen y a casi dos años desde aquello, aún recuerdo la calle por donde pasamos y lo sorpresivo de su última confesión, la última noche de mayo, en su último gesto de cariño para conmigo, y en la última vez que de él hablé con orgullo.

Ayer lo recordaron a fuerza de ajenidad, y aunque tenga que comer papel, hundir el rostro en el agua sin aire o acaso columpiarme por horas… no, yo no cambio su recuerdo en mi vida. No al menos hasta el veinticinco de octubre, o un par de semanas más quizás.

Scorpio

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Decires

Aquella madrugada desperté de repente.

– “Rocío….qué decirte.. “

Yo pretendí ignorar la voz pero la voz era la suya. El teléfono me hacía recordarlo, pero de todas las veces en que había pensado si me recordaba, si recordaba mi risa, si recordaba mis manos al tomar la suya o si acaso el modo en que lo despedía de mí al llegar la mañana, si recordaba mi mirada al hacerlo mío o si recordaba el sentir por el que lo hice mi cómplice y mi amigo esta vez, sabía, ya no sería lo mismo.

En efecto, recordé sus palabras, pero ya no prendían mi imaginación y mi cariño, no muerto pero huído me hizo esbozar una lágrima gigante. Sin embargo, en ese momento sólo carraspeé fuerte y respondí.

– “Quién?”

Mi mirada ahora se dirige a un extraño porvenir, por entre las horas ganadas y obligadas, entre la libertad que el agua le da a mis planes y el poder de sentirme más unida a lo que me interesa. Y es por esos recovecos donde el interés se asoma silente, clandestino, turbio, mezquino, inexacto, impreciso. Una nueva mirada ha empezado a llamar mi atención, ha llenarme a veces de rubor si pienso en su rostro huído, en el fastidio del destino y sus hechuras, en la ropa que él calza y más aún en sus palabras escritas.

Hace unos días, después de tanta vehemencia, lo vi casi frente a mí. La sola sensación produjo en mí efectos inesperados, al punto de sentir mis mejillas arder cual infierno, motivo por el cual tuve que echarme agua un par de veces y continuar mi rutina. No sé que otros efectos me produzca ese nuevo devenir, pero por ahora, el misterio, la razón huída, la emoción siniestra.. todos ellos factores para mantenerme con un brío en la mirada, produciéndome algo más que un golpe de aire en el pecho, es lo que la semana que se fue me pudo dejar. Sigue leyendo