Archivo por meses: agosto 2010

Parece Mayo.

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Anoche tan solo me parecía mayo. Venía camino a la casa, el largo trayecto a veces me dejó entrever entre tantos rostros uno solo que me cautivase. Seguía el camino, mi propio sendero. Ernesto había terminado de aburrirme durante la noche del lunes, haciendo una mala ironia sobre el evento de la bahía de Cochinos. Con esas sutilezas, además de quizás huirle importancia a mi propia rutina, cerré la conversación con él. Quizás algo de la luna llena que se fue le quitó el eclipse de mis frases, pero a este tiempo no importaba. Yo seguí mirando tras la ventana y recordé las dos primeras noches de mayo, donde la soledad y la compañía se me unieron indistintas, allí estaba sentado a la mesa, allí estaba sonriendo y desperezándose, allí estaba el recuerdo de la noche anterior y la sombra que ocultaba su tez.

Abrí un libro, era como la media noche. Me eché a la cama, miré al techo.

Era mayo, parecía mayo.

Pero habían miles de ausencias, ahora mis piernas corrían rápidas, un sólo plan me tosía en los pulmones.

Canción sin nombre…

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Revuelo

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Apenas bajé del bus y di los dos pasos necesarios como para arremeter contra mi natural curiosidad y evitar lo indecible. Sin embargo, eran las tres de la tarde y algo más – no es posible, me dije. Al segundo miró de soslayo, vi su rostro de lado y me sentí tranquila, pues comprendí que no era él, que las tres de la tarde anunciaban definitivamente mi equívoco pero que, en un segundo de tiempo, me dejó inerme e insensibilizada. No estoy segura si hubiera querido que sea él – no, no , no. Los recuerdos con él ya no son contempóraneos, y a decir verdad, en mi horizonte su mirada se me pierde con las miles que ahora me surcan la rutina.

El agua hacía caminar mis piernas, moverlas de lado a lado. Contuve la respiración con fuerza y vi las burbujas de aire que se dibujaban sin control en el gran rectángulo azul. Las voces caían sordas, mis manos empujaban con fuerza el segundo anterior al hundirse por sobre mi pecho.

Y esta vez, ya no era su rostro el que veía en el fondo del agua. Sigue leyendo

Predisposición.

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Ayer lo soñé en una habitación azul. Estaba rodeado de aparatos sofisticados como equipos de sonido, consolas de video y apenas y veía las luces de la mañana entrar con dificultad. Me llamó a su lado, tenía el mismo cabello ensortijado. Lo vi a los ojos y su rostro estaba lleno de sudor, como si hubiera corrido, como si hubiera estado encerrado en un lugar pequeño por horas, pero no. Me asió a su lado y sus críticas, cual siempre comenzaron a caer. Mis manos tomaron las suyas, pasó su hermana cruzando nuestro espacio y me desconcerté. Pero a pesar del silencio, sus ojos no eran los mismos que yo guardaba. Me besó un par de veces, lo atesoré conmigo, pero cuando abrí los ojos en este propio sueño noté mi propio desdén. Esa imagen me acompañó durante el día, recordé lo que me dijo una amiga y sí, me invadió la nostalgia. Pero ahora más que nunca extraño su carcajada eterna, sus múltiples defectos eran detalles en su persona pero algo me dijo en secreto una vez y eso es lo que llevo conmigo a veces, a veces, algunas veces… Sigue leyendo

Regreso

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He regresado a algunas de mis antiguas costumbres: hablar con mi madre entrada la mañana, a veces refunfuñar silente al ver desorden a mi alrededor, intercambiar un par de frases con Ernesto (a veces) y sin embargo no tener una cita o en su defecto, no provocarlas, me ha liberado de tiempo que invierto ahora en alisar a veces mi pelo, o de pararme dando la espalda al sol (si es que se encapricha y arde falso, como el sol serrano) o más aún, de pensar en los muchos libros que no he leído, en el devenir del día, en las obligaciones, en mi propio cuerpo, en mis escritos y los muchos diarios que escribí alguna vez, algunos diarios de viaje perdidos por algún recoveco en el cemento. Estas últimas semanas me he hallado sumida de ideas al día, vale decir, ya no me estoy preocupando del aciago atardecer del día siguiente, aquel que Ernesto soñó y en el cual me imaginó a su lado en una serranía amplísima y prometedora, y menos aún me preocupa el día aquel en que B. me prometió un sendero exploratorio bienhechor a mi lado. Ernesto, muy sigiloso, me dijo que el poco tiempo del que dispongo debido a mi flujo de responsabilidades y antojos le hace sorprender en mí una rutina ocupadísima. Aunque no me puse a reparar fehacientemente en ello, haciendo el cálculo de horas incluídas además las horas en que he ido a sumergirme en el agua y aquellas noches en que salí a bailar, sí, algo de reducido hay en los minutos que se van incluso ahora mismo. Disfruto cada una de esas responsabilidades adquiridas sólamente por mí, me complazco en esos minutos que me hacen moverme de lado a lado, cruzando el puente algunas veces, interactuando con más gente a mi alrededor, sonriendo leve a veces, frunciendo el seño como gesto inadecuado de desaprobación. Mi rincón está aún desorientado (palabra que implica mucho más que dirección, y espero Ernesto lo comprenda), saqué los libros de la maleta ploma que nunca le regresé a B. (y no me interesa en lo más mínimo devolver, dado que él mismo terminó de llevarse todos los regalos hechos por mí una mañana cualquiera y de algún modo estamos a mano) y los apilé en una esquina más de mi habitación, que empieza a pedirme soledad en cada resquicio. Agosto ha aprontado siniestro, mi pelo ha crecido por sobre mis hombros, mi talle dibuja la línea de Eva en mi ser… una dulce tentación me sorprende respirando más de la cuenta. Un misterio de seis letras, enfundado en el sexo de Adán. Qué se yo, el invierno me ha dejado tan solo unos días de gripe en el cuerpo. Y el nombre de esa tentación furtiva en la mente..

calderondelabarca

Me vi forzada a pensar en un modo de definirme. Más que mi nombre, una frase de esa vida que es sueño, que copié de mi último post y del buen Calderón.

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