Archivo por meses: julio 2010

Colofón(es).

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Aquellos nombres de pocas personas.. aquel chico que teme cruzar los puentes, el individuo de lentes que le robó un beso al hombre de camisa negra en una noche de copas, el mismo tipo de la camisa negra que también comía papel tantas-veces-tantas-noches en dos veranos y que en mi propio rezago de vodka hace unas semanas salió con nombre pero sin sentido, quizás el muchacho que manejaba cuentas de dudoso provenir, el chico del auto con televisores todos, el que sólamente hablaba como yo cuando trabajo, el chico que gusta del jazz y que hablaría en voz lusitana quizás, aquel quien me hizo recordar Chosica, el que estudiaba Geografía, el que adoraba Roxette, mi primer beso, el hombre de carcajada characata, la prima nocta, el de nombre y oficio tan común, el ser extraño que se quiso suicidar, el que me envió desde Canadá té chai, la sonrisa más espléndida desde Bulgaria en Estados Unidos, el hombrecillo de tierra abajo, el que siempre rompe la promesa de encuentro, el que me encuentra pero no promete, el que ni promete ni me encuentra, aquel que intenta hacerme tocar la guitarra, el joven enfundado en sus lentes, su terno y su distracción, y quizás un terceto más… pero sobre todo aquel que rascaba sus sarnas sin encontrar calma, aquel que tenía el pelo tupido y cuyo nombre ruso me constituyó la falsa alarma de creer acaso que sería único, inteligente y con algo de lealtad a la palabra dicha y sentida… sobre todo a aquel que francamente ya no recuerdo en materia, esta melodía.

Que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar…

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Escritos de antaño vertidos en este hoy.

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“ Apenas puedo leer tus cartas, peor responderte, pero me agrada saber que existes y que engrandeces a este solitario y extraño personaje que aún no puede comprenderte..”

Estas son las líneas que me escribieron hace casi diez años ya, y que sin querer volví a leer, a propósito de la vida que en esos giros inesperados nos hace aterrizar en una solitaria absurdidad de presente, vida que nos hace vivir, soñar..vida que nos hace desear más..

Estos días he movido mi inanimado ánimo cercado de expectativas pero lleno de quehaceres. Estoy tratando de armar lo que debe ser un plan a largo plazo, por lo menos un par de años. Dos ofertas tientan mi ser, una más generosa que la otra. Lo tieso del invierno me empuja a tomar el camino adecuado quizás por ahora. No sé porqué pero JRR (Julio Ramón, el hombre más tímido del que alguna vez he leído) me ha dado vueltas todas las noches, todas las semanas. Se ha revolcado en mis dudas y mis aciagas alegrías. Mi cuerpo ha ido ensanchando su preocupación, me siento en ese remolino de conturbación donde se únen la última gloria servida, la sazón de ganarle a la enfermedad que desde el año pasado me quiso robar el paso, y la inminente y postrera soledad de saberse encaminando lo que es de uno, pero sin llegar a serlo en realidad.

Julio Ramón me ha recorrido con sus azoteas. Con sus roperos, con sus insignias y sobre todo, con su vino. Con su timidez externa o interna, eso no lo sé.

En fin, sentada frente al computador, me ha entrado la duda. Quizás como dijo Ernesto, ya no nos volvamos a ver. En cuyo caso, sólo diría que este año fue el mejor que pudimos tener para vernos y compartir todo lo que se dijo. Lo llevé a mi entonces casa, conversamos, reímos, escuchamos música, caminamos, fuimos a algunos lugares de los que recuerdo poco (mi memoria también escarba en sus días) y sobre todo, sus ojos de bosque extenso, que siempre me hicieron mirar el horizonte. En ése entonces yo ya no tenía amor ajeno de por medio, tampoco amé ni me volví a enamorar de alguien… aunque puedo aceptar que Ernesto me volvió a prendar el alma al regresar, y es que ahora sabía como calmar mis rabietas empequeñecidas, los golpes sordos y débiles sobre su espalda cuando lo empujaba por las calles, las veces en que me tomó de la mano y sobre todo, lo que ahora más recuerdo de él, es el haber bailado en lo pleno de la sala mientras escuchábamos nuestra música y reíamos. Sin embargo, las lágrimas ganaban mi sosiego. Ernesto fue eterno en este abril y mayo que se fueron ligeros. Ahora otra vida nos deshace en la propia senda. Anoche tan sólo reencontré el libro que quedó en el recuerdo, que escribí cuando yo tenía 21 años. Ahora, los que me conocen saben que ya no tengo veinte y tampoco el treinta. Los que me conocen, quisiera decir, no saben ni siquiera lo que de verdad me úne a él. Los que me han visto con él, sólo han visto el asomo. Ernesto es el buen hombre que me hace esperar el sendero de aquel horizonte tras el propio mar. No hablo de amor señores: hablo de lo que mi alma tendrá huída si él se me va.

Este post lo escribo con la más plena tristeza, los sueños proféticos han aparecido, Ernesto ha dado el ultimátum: su vida no tiene los años que yo desearía pudiera tener… Soy un resto de conciencia. Ernesto se me va y con él, una gran parte de nostalgia de mi furia se la traga el mar.

En la frente se me dibuja una flor blanca torcida de tallo. En la mirada se me posa la sonrisa gigante suya, sus manos lunarejas, su sencillez y el amor que me une a él por su padre, por quien a veces sueño despierta admirando la calidez con la que me abrió su mundo un día. Todas estas líneas deseando enterrar el temor.

Que humanamente aciago se siente todo este vil desenlace.

Una de las canciones con las que Ernesto me piensa. El piensa en cielo. Yo en soledad y mar…

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Del año que se fue.

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A la par del sueño, la noticia de lo que parecía algo huído aprontó. Quizás mis piernas no volverían a ser las mismas, entonces La Punta y todos esos paseos parecerían sueños vividos en su momento, pero lo cierto es que dentro de tanta marea, la noticia surgió débil pero imponente.

Aquella mañana todo parecía una rutina simple: una cama, agujas, líquidos en recipientes limpios, registros, pruebas, placas y medicinas. Echada, mirando el techo, me sentí el ser humano más solitario en el mundo. Después de ello, sería una mujer diferente. Más humana no lo sabía, pero si diferente. Como en un haz de tiempo la gente salía y entraba, hasta que una buena mujer metió mi cabeza dentro de un gorrito blanco. Limpió mi rostro, pellizcó mi mejilla con débil fuerza y comenzo a decirme cosas que debían hacerme sentir tranquila. Error: todo me parecía un infierno a punto de ser cruzado.

Mis piernas las envolvieron en vendas. Mis brazos se llenaban de agujas y líquidos y mis ojos, aún despiertos, no alejaron la vista del centro del techo, que era verde y gigante. Las luces estaban por doquier, un reloj anunciaba las dos treinta de la tarde y a decir verdad, después de un año, puedo decirlo. Aquella tarde algo mío se quedó allí, entre la mentira “del sueño de la fuente” (no hubo fuente, no hubo regreso, no hubo voz) y en cambio, cuando cerré los ojos y escuché ruidos de cascadas, seguí brincando sóla en el vacío de mis horas. Cuando desperté ya eran las diez de la noche, ya el vómito me había arrancado la tranquilidad y más aún, mis piernas habían huído.

Hace unos días, conversando con la responsable de aquel desenlace, sentí regresar a esa fuente de agua , en cuyo borde me senté a esperar a que me llamaran. Jamás hubo alguien en aquel recuerdo, estaba tranquilamente sóla esperando la voz de alguien quizás o algo familiar para poder tener una motivación y regresar. Cuando mi cirujana me explicó que mi pierna derecha jamás sería la misma, un raro sentimiento me poseyó y sin embargo, ese fuego consumiendo mi desenlace, se apagó.

Nos dimos un largo abrazo, lo peor (e inminente) había pasado. Cuando iba saliendo, sonreímos, y al dar la vuelta me dijo “un año ya eh?”

Asentí con una sonrisa. Todas las paredes de esa clínica iban cayendo una a una, algo surreal y rápido me aprontaba al pecho.

Ha sido un año ya, nuevas cosas me han venido a la vida, el dinero huye, mis letras aumentan, el hombre que quería conmigo ya no está, el libro que nunca cede a la lectura apronta, mi cuerpo es el mismo, el trabajo persuade, pero aún camino. Quizás sin sentir todo al apurar el paso. Después de un año he vuelto a recuperar viejos amigos, el paseo de mayo me trae el mejor de los recuerdos a mi vida todos los años en que se dio, mudé mi vida y la traje de regreso al ver la desesperación ajena poseída en algo que yo dejé de ver hace mucho, escribí 53 títulos a merced de un latir ausente ya, escribí en unas solitarias líneas la historia 101 a un ser que morirá a antojo de su propia vida, en unos meses podré ver el sol y viajaré a la tierra, en cualquier lado, porque de algún modo es la buena tierra de la que Ernesto hablaba.

Hoy quise ver a Cr. y contarle estas cosas, y un par de cosas más, además de burlarme de su rostro al escuchar lo que de verdad me ha pasado en este tiempo. Es domingo ya.

Hora de salir, quizás a caminar.

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Sueño

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Aquella vez había tomado un bus. Me dejó en un lugar lleno de gente, lugar en el que a veces detengo mi camino para cambiar de auto. Sin embargo, era de día y no de noche. Era de día, y sigiloso lo vi correr entre las personas y después de recorrer un par de esquinas con algo de prisa, pude tomarlo del antebrazo. Habían mecánicas rodeando la escena: él, escurridizo, sonriente, ligero. Yo, enojada, riendo, ofendida. Le increpé el no haberme dicho que ya estaba en Perú. El no decía nada, me abrazó fuerte, corrió conmigo un par de cuadras, nos dimos de empellones. La noche cambió el día tan rápido y entonces, yo subida a un carro que parecía manejar a la perfección, estacioné. Dejé el carro postrado a la entrada de la universidad, quería quedarme con él y mi familia me pedía irme con ellos. Le dije – espérame, diré que iré luego contigo a casa- pero no quise que mis papás vieran que efectivamente me quedaría tan lejos, con alguien que no era precisamente – en la lógica de mi sueño – simplemente un amigo.

Viendo que mi papá se acercaba, le di un fuerte empujón a aquel secreto a voces para no ser vista con él. Mi empujón resultó mortal sin embargo. Grande fue mi sorpresa cuando lo vi caer contra la acera sin que yo pudiera hacer nada. Pensé que era sólo mi idea, finalmente no había tenido intención de nada. Pero su cabeza hizo eco en el frío concreto. Me acerqué veloz, quise levantarlo, no me importó ya que alguien nos viera. Mi mano sintió tibia la sangre que aprontaba de su cabeza, cerraba los ojos de bosque que encierran mi propio secreto también y lo tomé en mis brazos. Sonrió, pero luego sus ojos se apagaron. Mi corazón se apagaba a latigazos crueles: Ernesto nuevamente se moría en mis brazos, y esta vez yo era su verdugo.

Aquel lunes pasé toda la mañana pensando en él..

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Misterio.

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Leyendo libros y pasajes miles, recordé como siempre, los días pasados. Sin embargo, nunca esos recuerdos hablaron de mí. Hablaron de los rostros, las iniciales, los nombres y sus sonrisas. Pero no de mí.

Cuando llegó aquella tarde, Ernesto apoyó su espalda contra la pared. Comenzamos a zigzaguear ideas, pensamientos, y en un momento cualquiera,me detuve frente a su rostro. Me es aún imposible definir sus ojos, pero, a la luz de mi lectura anoche al venir a casa lo supe: ojos de azúcar recién quemada. Tenían mucho de follaje, de bosque, de madera y de viento. Tenían toda esa inconmesurabilidad del instante en que fueron hechos, lo que vieron y lo que el tiempo borrará con su destino.

“Tu piel de pan apenas dorado..y tus Ojos de azúcar quemada”

Aún no comprendo la relación que a él me úne, el lazo que a él me lleva, el camino que con él recorro en haces de luz, menos aún imagino el vínculo que me unirá a él, entonces sólo encabrito mis pasos, sonriéndole a veces cuando descubro que su vida es una ajenidad en sí misma, me pongo a pensar en los momentos ausentes que convivimos aquí y en esas vueltas de tuerca que hacen de mi ausencia un misterio en sí mismo. Sus viajes, casas, dinero, amor… a veces sinceramente me pregunto que halla él en mí.. Sin embargo, ante la nostalgia de lo vivido, él no se cansa de hacer muecas y cerrar los ojos, y si pudiera hacerme cosquillas lo haría, todo por arrancarme una sonrisa, que no le cuesta mucho a veces. Y que siempre consigue, hasta en mis penas más mediatas.

Hoy en la mañana, como algunas durante esta semana, su rostro era el mismo. Ganas de estirar un abrazo no me faltaron.

* * * *

Hacia la noche de ayer, recordé la mano que tomaba la mía, y más que ello, recordé su rostro tras las luces que se engullían unas a otras, conforme la noche me sucedía.

Que será de ti mi ensimismado y perfecto recuerdo….Aquel quien me dijo alguna vez..

“Vuelas en tu nube y nada ni nadie te detiene… en cambio yo soy realidad..”

ps. Comía papel, vestía de negro y reía como jamás he vuelto a ganar la picardía ajena.. Sigue leyendo