Archivo por meses: Junio 2010

Vuelta de tuerca.

El dolor en mi espalda había aumentado. Eso ya lo sabía – me dijo.

Sonreímos, el café era fuerte pero había muy poco. Tomó mi mano intempestivamente y no la moví, ruboricé. Caminamos un par de cuadras y el frío del mar en Barranco soplaba fuerte. Mi nariz fría y sus ojos de bosque, inmensos. En ése momento su brazo rodeo mi cuerpo, me así a su lado, y comenzó a relatarme sus sueños en voz alta, como lamentando que yo hubiera estado lejos sin entender yo bien porqué. Extrañaba el olor del mar en La Punta, las mañanas heladas pero con el ruido de las gaviotas chillando en bandadas. Hacia la primera mañana se podía escuchar los propios pasos recorrer las cuadras mojadas de ése vaho musgoso y solitario: las casas de madera lucían opacas y todo alrededor daba un aspecto realmente sabatino a las esquinas: así de eterna era La Punta de mis años mozos.

Al golpe sobre la mesa, desperté de ese sueño y escuché mi nombre. En el palco improvisado (hecho de cartón quizás o algo de papel) había un letrero pequeño que decía PREMIACIÓN. Tenías las manos algo frías, nunca me expuse ante auditorios de más de veinte o treinta personas. Las botas me protegían del frío pero me distraje contando con los dedos de los pies los segundos que faltarían en anunciar mi nombre y me distraje del ensoñamiento de aquellos parajes en donde la última noche, mi mente había antojado de ir.

De pronto una marea de manos hicieron palmas y el silencio cayó cuando aún no estaba ni cerca de los hombres que habían hecho el escrutinio de las rimas y prosas presentadas. Acomodé mi cabello, no sin antes toser pues la saliva recorría mi boca ya seca de tanta impresión ajena. Allí, frente a todos en esas pequeña gradas, me sentí el ser más pequeño y frío. Ellos no querían a la mujer en vestido, en botas y casaca. No querían ver a la mujer de ojos café – pensé. Quieren a la mujer que les habló de esa misma letra cada segunda mañana de más de un año. Quieren a la mujer para que les cuente como era todo exactamente. Quieren a la mujer que escribió del hombre, en frases diversas y sobre todo, quieren a la mujer que en líneas escritas, en verbos parafraseados y sustantivos inventados, hizo nacer una memoria.

Cuando estuve frente a todos ellos, recorrí la mirada rápida, como queriendo buscarlo.

“Quiero agradecer esta voluntad que me nace de la vida misma, y que sin ella, nada podrían hacer mis manos ni los verbos atados a mi existencia. Quiero dejar esta primera luz abierta en los ojos de quien me acompañó en estas historias y a quien dejé, como dice aquella prosa ganadora, en el umbral de la puerta aquella noche, sin saber si quiera si debía cruzar aquel destino. Quiero decirles – muy tempranamente- que soy la semilla de mis abuelas y mis padres, la nostalgia de mi sangre mezclada de lenguas y hurtos al pasado, la mano asida a la historia de una mujer que apenas en su treintena de años,(re)juvenece. Soy sólo la mujer vertida en esta vida palíndroma y cartesiana, con su propia vuelta de tuerca. Agradecida de más estoy, sonrojo, y vuelvo a decirles, gracias. El hombre de quien hablan mis rimas y yo encontramos satisfecha la saciedad y rapidez de la fama.”

Al instante bajé las gradas. Sostuve mi pelo entre mis manos. El ruido estalló rompiendo el silencio.

Y mi corazón retumbaba..

“…quédate todo el tiempo que quieras, pero huye cuando puedas porque tú eres una mujer de sueños locos que necesita libertad para escribir, vivir y por tanto producir más..”


Me acerqué a estrechar algunas manos, mi discurso improvisado pero esquematizado había resultado. Al instante una pregunta al aire resopló: “Quien es aquel B que es el protagonista de varios de sus cuentos?”

El mismo aire tosió mi serenidad y sonriendo – como las mejores cosas que en esta vida nos dan tanto placer – sólo pronuncié..

– Él aún está aquí conmigo, pero sin mí.

Me reí.

Camino a casa soplaba mis manos para mantenerlas calientes. A lo lejos divisé a B. en lo que pensé era un oasis de sal. No: Era él. Lo vi ausentarse al dar la vuelta a la avenida gigante, que parecía engullirlo. Recordé una noche sentados, él con sus zapatillas blancas, yo con mis zapatos bajos.

La noche era extensa, el diploma lo hice pedazos, cobré el dinero que por ese evento me dieron y lo gasté en un par de libros que empecé a leer desde esta mañana.

ps. “Quédate todo el tiempo que quieras..” – Palabras de Ernesto, en el tiempo en el que le pedí consejo para poder vivir tranquila. Ernesto, de quien alguna prosa, alguna vez comentará…
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La medalla, la moneda, el anillo y el beso.

Aquella tarde en que tenía que salir del lugar donde pensé viviría por algún tiempo, encontré arrimado con un par de libros, la medalla. Recuerdo que la había comprado en México, en aquella peregrinación intensa por el Tepeyac. Después del recorrido extenso, mi hermano se sentó en una de las bancas alrededor y yo fui a la tienda de recuerdos y escogí medallas para regalarlas a mi madre, mis tías, y me quedé con dos. Una de ellas era para mí. La otra, aún no lo sabía, pero la guardé en mi pequeño cofre de metal hasta ahora, ya por cinco años.

Y en una tarde cualquiera, cuando salía aún con B., pensé que llegado el momento además de llevar una caja de los mejores chocolates, debía llevar también la medalla. Esa medalla estaba en una cajita pequeña, en el cajón de uno de mis estantes. Cuando la vi, supe que sería el regalo perfecto: tenía todo ese misticismo mexicano, la fe de la gente rodeando el lienzo sagrado, tenia mis veinticinco años impresos y mi cariño sustentado en una sola imagen. Claro, si ellos me dejaban o no, igual iba a relatar mi estadía por allá, por tierras ajenas. Imaginé a B. viéndome posar esa medalla sobre las manos de su madre y mi corazón estrujó: era el regalo perfecto. Ahora que ya nada nos úne sólo lo pienso, no me invade la pena sino una alegría ajena porque nunca pensé que una persona desconocida, ajena me iba a inspirar cariño sincero. Pues después de hablar tanto de Doña J. R, creo que sí, creo que así fue.

Volví a ver la medalla en el cajón, junto a otros papeles. Ahí estaban también los otros símbolos huídos : la moneda que Ernesto me dio antes de irse (y que gasté sin querer hace sólo una semana), el anillo de Boris sujeto a un collar de acero, mis diarios escritos y la taza de té que tenía una breve inscripción que decía escorpio, y que ahora guardo por ahí.

Tengo más recuerdos impresos y etéreos, que aquellos materiales. Ahora en que escribo estas líneas, el suéter marrón de Ernesto cubre mis brazos. Acabo de hablar con él y descubrió el momento exacto en que yo comenzaba a enojarme. Me enterneció: Sonreí.

Es curioso verme cortejada por muchachos diversos en estos tiempos… tiempos en los que recuerdo a B. y sus consejos y me río de muchos de ellos. Pero sí, en esta cuestión idealizada de la realidad, no puedo contener el deseo de verlo y tomarnos un té chai y un café batido de esos con chocolate, que él gustaba. Luego algo de cine, de palabras.

Y más tarde, algo de emoción amazona.

Sin embargo esta tranquilidad propia avasalla y congestiona..

ps. El beso como símbolo está al final de mis escritos. El último: aquel robado sobre la cima del puente, a vista y paciencia del mundo y la realidad.

La medalla…

Una canción, a modo de definir lo que siempre sentiré por B.

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El libro aún abierto.

Estaba inundada de recuerdos y era jueves. De pronto vi a Ernesto en línea, y nuestras conversaciones usuales aprontaron rápidas y ligeras. El computador tan frío, pero la memoria tan impresa en todo aquello que nos unió cuando firmó su regreso tercero a esta tierra, pero el matiz era diferente: su padre, el gran escritor, ya había marchado. Por eso Ernesto esta vez tenía en los ojos un ligero sollozo mudo, una tristeza perenne y diferente. Sentados uno al lado del otro alguna vez, en el lugar en que ahora vivo, él me prohibió hablar de su padre pues sentía que lloraría. Allí me confesó que su padre lo había querido quizás más cuando todo el frenesí universitario y/o académico se había ido en años de estudios y diligencias. Las reuniones con los alumnos, los techos de tejas y barro, las lluvias, las lecturas, los nombres diversos y los corazones entusiasmados: ya todo se iba quedando atrás. Esa tarde, mientras mis ojos lloraron amargamente al saber que su padre no estaba entre nosotros, comprendí lo mucho que había aprendido a quererlo en las palabras de Ernesto: cada historia sobre su padre se acopió en mi mente y no ha habido un momento (incluso ahora) en que haya dejado de desear haber tenido mayor tiempo con quien vi un par de veces ofrecerme su mano y un sincero abrazo. Ese abrazo lo guardo conmigo y lo haré siempre, pues yo, mujer extraña en aquel tiempo (como ahora) gané el tesón de un hombre que me miró con ternura y me dio un beso en la frente. Recuerdos de aquel día, miles.

Era jueves ya y Ernesto estaba en la cocina. Yo preparaba algo ligero, me quejaba del vaivén de la vida y sus miserables– giros de tuerca- , me quejaba de tenerlo sí, pero lejos. Me quejaba de sentirlo real cuando ahora era sólo un sueño y su nueva vida comenzaba allá. Sólo aseveró..

– Vamos, siempre tendrás aquí a otro solitario que te hará compañía cuando más triste te encuentres..

Su rostro era el mismo: cuando le abrí la puerta de la casa aquella tarde de abril, mi corazón encabritado saltó de alegría en compases desconocidos para mí. El me abrazó con fuerza y apenas pude cerrar la puerta: yo lo sujeté fuerte hacia mí y me sentí tan bien y en familia: él estaba de mi lado, era mi amigo, era el hombre cuya tristeza asomaba intermitente y cuya dureza lo llevó a construir un propio castillo de arena que se fue diluyendo con las olas de aquellas islas y los ocasos infinitos, muchos de los cuales yo también vi.

– Sabes? cuando voy por esas playas, el mar rompe sus olas, me alejo y estoy solo y me siento triste, pienso en ti Rocío y tú estás allí, conmigo, sólo lo pienso..

E hizo pensamiento tal vez el eco de un deseo anclado en un futuro incierto: la casa de atardecer y sol serrano que sólo sabe mentir, el chasquido de los ríos, los montes solitarios y su cuerpo reclinado mientras los balaustres cercan lo extenso de los sueños y la libertad. El escritor en su guarida, leyendo. Y la lectora en su morada: escribiendo. Todo ello mientras el rojo del cielo se hundía en las últimas horas del día y el viento, con sigilo, montaba sobre los árboles, cimbreándolos de lado a lado…

Aquel jueves Ernesto se quejó levemente. Mis cartas no remitían su nombre y mis palabras escritas no tenían eco en él.

En efecto, así fue, pues en ese entonces y hasta algo después, escribía a un hombre cartas de puño y letra, detallando a veces lo inmenso de su mirada en mi propio verso, la fuerza de sus manos, aquellos incólumes hombros que cargaban siempre miles de anhelos hechos realidad. Escribí tantas cartas que algunas se me perdieron sin querer. Escribí a la vida que por él sentía era vivida más intensamente, escribí de su madre, mujer a la que nunca conocí pero me hizo admirar en su rima propia. Escribí sobre sus días, sobre su presente del que poco sabía y del futuro que algún día llegaría. Escribí sobre nuestro amor, sobre sus tardes en Cañete (escrito a puño y letra que nunca le hice llegar) y en cada párrafo alguna vez le dije lo tan único que representaba a mis ojos: como una espada en el aire.

Él admiraba mi prosa y al leerla y verse en esas líneas, sonreía. Su cariño me alcanzaba con brevedad: acariciaba mi cabeza con ternura aunque algo torpe, y sintiendo su fuerza tocarme, sonreía. Otras veces sólo me dejaba un beso en la frente.

La mayor de las veces sonreía y para mí, era el soporte necesario que me hacía desear una vida larga a su lado, imaginando lo buen hombre que llegaría a ser: sus sueños relatados me hicieron soñar despierta. Deseaba ver todo ese trayecto, como un proyecto. Lo conocí un verano. Me conquistaron su potencia, sus metas y aquel pelo ensortijado que acaricié en la plenitud de muchas noches.

Casi siempre me tomaba de la mano y que bien sentía esa protección. Siempre quise decirle sobre la unicidad de su nombre en mis labios. Pero la vida en sus mares y sus ríos miles, me hizo alejar mi sendero y muchas tardes se sucedieron, y su voz sólo era un eco lejano de invierno.

Aquella noche dejé a Amidey (seudónimo amable) y no volví la vista atrás. Aún en estas noches y mañanas negras (porque tienen mucho de noche) lo deseo sentir cerca y sonriendo, como siempre lo hacía, carcajeando una historia y recorriendo las calles de mi mano..

Ojalá supiera como arreglar la medida de los días, sus conteos depresivos, sus segundos aislados.. Ojalá ese mi hombre regresase.

Ojalá mi sendero no hubiera sido tan accidentado, y ojalá él no hubiera tenido el corazón de metal, para poder sentir como sentí yo la noche en que me confesó que me quería y que quería que yo fuera feliz.

Ojalá comprendiera lo brutal de la vida y lo etéreo que el ser humano es.

Mientras, me refugio en la vida que no traiciona, pero que sabe entregar todo a su debido tiempo, aunque ese tiempo sea eterno y aún, aciagamente imperecedero.

ps. Escrito a la luz de esta madrugada sorda, abandonada mi prosa, ausencia de Amidey por cada costilla, ganas internas de todo, aguas que marchan prontas, sal que crece en mis mejillas.. Sigue leyendo