Archivo por meses: Mayo 2010

El canto del río.

Llegó el cumpleaños número diecinueve de la mujercita de ojos vivarachos y pestañas largas. Aquella tarde anterior a la que naciera, mi madre hizo pastel de manzana. Lima era fría, el otoño se vivía pleno. Horneamos el pastel un par de horas, y la panza de mi madre, redonda como el mundo que le esperaba fuera a esa pequeña vida, tenía vida propia.

Aquella tarde mi madre dijo muy en broma que mi hermana nacería a la mañana siguiente.

Lo cierto es que un treintaiuno de mayo, después de media noche, nacía ella a la vida, alguien que sin saberlo se convirtió en mi propia sangre.

El caleidoscopio anoche la entretuvo por horas. Al dárselo, sonreí. Sabía que era el regalo perfecto. Además del libro que le regalé.

Son tiempos de siempre. Los tiempos perfectos de vida, donde no se me ocurre nada más placentero que seguir viviendo de aquello.
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Amanecer

Esta semana, ha sido plena. Me alegra haberme reencontrado con Steven (seudónimo cercano), hombre al que le regalé un beso en la mejilla pasada la media noche de aquel viernes, quien me enseñó a beber el pisco como se debe, fumándoselo un poco y aspirándolo tenue, lo que me dejaba entrever lo eterno y solitario de la noche. Yo tenia las mejillas llenas de temor y lo confieso: ya lo habia visto escondido sobre los arbustos cuando llegué aquella noche, algo más tarde de lo pactado. Estaba algo nerviosa (casi cinco años no pasan en vano, menos aún tres o dos), así que comencé a dar vueltas e ir en círculos infinitos. Desde luego que cuando él me dio aquel beso cortés de saludo, no dije nada. Mi piel olía a violetas y fresas, y pude sentir en él un olor acidulado de madera que rodeaba su mentón al saludarme. Gustó de mis aretes, lo que mencionó dos veces. Ruboricé.

En efecto, al tenerlo tan cerca, recordé la vez en que llegué a su casa y con ella, todas las veces en que veíamos juntos televisión. Yo tenía recién 23 años. Quizás 22. Alguna vez reparé en mi rostro reflejado en el espejo de su sala (y el modo en que yo sujetaba mi cabello tímidamente, pues aun era una niña que crecía a la vida), cartas de amor y fotografías que vi junto a él, el agua interminable y los sábados largos, todos divertidos mientras duraron, hasta que nos besamos por vez primera, como dos chicuelos jugando a las escondidas y el encanto se disipó.

Ahora Steven y yo habíamos vivido. Nuestros ojos miraban diferente, la expresión de sus manos era desigual. Camino a casa, el pisco prorrumpió una nueva velada y la noche de luna llena, cómplice de muchas miradas más. Hablamos de mucho, sin embargo fue poco. Reímos de todo y de todos, y el pisco, tan peruano y tan extasiante, se hizo memoria en ambos. El jazz sonaba por todos los rincones y entonces quise bailar con él pero mis pasos trastabillaban. Hablamos de la salsa, los ritmos, las melodías, el inglés, el portugués. Puse una canción que pobló el silencio nocturno y madrugador, entonces escuché a Steven cantar..

Porque se fosse inteligente esse povo já teria agido de forma mais consciente, eliminando da mente todo o preconceito, e não agindo com a burrice estampada no peito..

Cuando desperté en la mañana, la cabeza me daba vueltas. Sonreí.

Hacia media mañana, mientras entraba el brío de un sol ajeno en otoño, Steven husmeaba mis libros. Conversamos algún momento de ellos, yo le contaba historias, él escuchaba. Hice un par de promesas factibles, lecturas inmediatas, tuvimos un par de visitas medianas y echamos paso al destino, que nos abría en senderos opuestos.

Caminando bajo el sol, Steven conversaba con fe y ahínco. Me enamoraron el modo en que su voz soñaba despierta, y más aún, lo noble de sus ideales, algunos paralelos a los míos (lo que me causó sorpresa). Traducir nobleza en fiereza fue un adjetivo inmediato para mi.

Mis sueños hicieron eco. Él sonrió, dijo que era un gusto caminar conmigo por esas calles, en ese tiempo, en ése ahora.

Olvidamos sus lentes la primera vez, motivo por el cual regresamos a casa. Los hallé dentro de la maleta de ropa, huídos. Caminamos unas cuadras más y regresamos nuevamente: había ahora yo olvidado un llavero con información.

Creyendo que nada más nos detendría, carcajeamos. Nuevamente en el paradero de buses, sentí una breve nostalgia ceder mis recuerdos. Steven era desde mucho un hombre que me interesaba, y yo estaba ya sóla…

Mientras mi taxi recorría las avenidas rápidamente, pensé en toda la ausencia que yo le impuse de mi persona.

Terminé el día con él dándole un beso en la mejilla, siendo enérgica. Al irme, simplemente le escribí..

Gracias por decirme b….a, desde mis palabras claro está.
Te extrañaba, bienvenido a mi mundo…

El sol cedía fuerte a la tarde: era un sol falso, como aquellos soles serranos donde el naranja enciende el cielo y los vientos atrapan los pensamientos en las esquinas. El camino a casa fue corto, pero Steven disculpó su proceder de hace tantos años, tantas veces, tantas ya..

Creo que empezaba a olvidar ello, y más aún, a gustar de tantas de cosas suyas.. después de todo, la voz y mis escritos se debían ahora sólamente a mí.

Débiles melodías de jazz hacían eco mientras las trestreinta de la tarde llegaban prontas.

pisco

Era poco más de la una de la mañana. Las palabras surcaban la imaginación. Sus lentes, nuestras bebidas, mi cámara, sus ojos, mi sonrisa..

ps. Existen más detalles… momentos impresos, pero aquellos serán (por ahora) sólo para Steven.

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Voz y Sueño

En efecto, cuando Ernesto aún estaba aquí, él me dijo que pronto despertaría yo del sueño. Pronto sus manos que empezaban a llenarse de surcos no tomarían el sendero como propio, pronto su voz callada no esbozaría monosílabos por el teléfono. Sus visitas ya no sucederían, su risa no acompañaría la mía y sus ojos de bosque pronto se fundirían en el recuerdo de lo que pude reconocer en su mirada aquellas tardes, mañanas y ocasos en que pude verlos con vida.

Una de las tardes en que fui a estudiar, el teléfono sonó. Escuché su voz y en unos minutos, después de acceder a verlo por una ráfaga de tiempo, su cuerpo delgado y enjuto apareció sentado en los banquitos que cruzaban la puerta de entrada. Había venido de Huancayo. Sonreía como siempre, y a lo lejos pude distinguir como miraba a la gente, esperando encontrarme entre ellos mientras uno a uno, se sucedían los muchachos y muchachas de ese centro.

Sacó de su bolsillo un gorrito pequeño y me lo dio –y cómo me emocioné– pues los regalos (sobre todo los cedidos en incauta sorpresa) siempre han sido mi deleite. Al instante lo puse a mi cabeza, y carcajeamos al ver lo pequeño que era en mí. Aquella tarde la brisa corría fuerte, los primeros vientos de otoño se hacían sentir con fuerza y los carros pasaban rápidos por la avenida. Nos sentamos por un rato, el sol se metía ligero, sus recuerdos quizás asomaron en melancolía extensa, cual siempre. Aquella biblioteca había sido testigo de nuestro primer encuentro hace diez años.. Aquella noche él llevaba una chompa azul gigante que aprisionaba su cuerpo. Yo tenía el pelo largo y las mejillas de acero, por el frío intenso.

Después de unos minutos, decidimos dejar todo e ir a casa. Entró conmigo y comenzó a proferir bromas miles, y encontró en mi risa la adición perfecta. Íbamos por los pabellones sin preocuparnos siquiera de la gente alrededor, diciendo yo cosas miles y enredada en su brazo, él como un chicuelo travieso contrariándome en todo lo posible y caminando a la par, sin deshilvanar el nudo que mi brazo hacía en el suyo propio.

Hizo un par de piruetas. Yo disfruté ver su cuerpo ágil impulsarse en lo alto del pasadizo. Frente a mi salón de clases, me dispuse a sacar mis cuadernos y bolso. Hice todo mirándolo a los ojos, culpándolo de aquella decisión – lo cierto es que estaba yo cansada también, y tenerlo como motivo era un pretexto imposible de abandonar.

Llevó mis cosas mientras el nudo seguía intacto en su otro brazo. Caminamos desde donde salimos. Me así a su cuerpo pues el frío comenzaba a recorrerme inclemente. Mis manos, libres, frías, contaban historias mientras caminábamos. Le dije a Ernesto tengo hambre y después de decirlo tantas veces, él seguía sonriendo.

Camino al restaurante, alguna observación suya en el taxi me molestó. El se reía, y comenzó a frotar mi espalda para intentar calmar mi furia. El rojo me subía intenso, la voz se me iba.

– No te enojes, cuando te enojas , lo haces en serio.. Vamos, era una broma.. ya estás enojada, no? estás muy enojada.. no te enojes..

Y mientras mis mejillas se llenaban de fuego, su mano calmando mi espalda apaciguó la hoguera.

Compramos la comida para llevarla a mi casa. Ernesto no tenía mucho tiempo. Había sido una visita corta pero bienhechora.

Camino a casa, él me contaba de su viaje. De sus ríos, de sus plantas, de su tierra. La Buena Tierra entonces iba tomando forma. Yo sólo sollozaba ligera, no sabía que decirle. Estuvimos un rato más en casa, aquella tarde que se hacía de noche los recuerdos me aprontaron todos. Ernesto era imposible de definir a mis ojos. Pero algo en él que reconocía en todos mis libros y sueños me hacían recordar aquella prosa que escribía cuando recién entraba a la vida.

Ernesto ahora no está, la voz se me corta en hilos, profundos. El único hombre que me podría imaginar en soledad… el único hombre que me podría imaginar escribiendo, aquel, ya no está.

Anoche soñé con él y en los brazos llevaba todas las cosas que yo tenía al momento de verlo. Me dijo: está bien, entonces te espero una hora pero nunca llegó esa hora porque desperté, tal y como lo hice la mañana siguiente al saberlo cruzar el mundo.

Una intensa llamarada me prende la vista de emoción. Tiene un libro mío. Yo, sólo llevo un suéter marrón largo, que en algunas noches de frío me cobija y me hace recordar lo extenso de la emoción en el cuerpo y el tiempo.

ps. Carta para ti, recordando el momento exacto en que dijiste “espero que ahora sí escribas de Ernesto en tu blog”.
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Viaje tercero.

Cerré la puerta de golpe y me así a su brazo. Comenzamos a correr, a reírnos mientras recorríamos las calles, vi su piel llenarse de rojo intenso, sus ojos de emoción. Por fin, después de tanto tiempo recorrido, me sentía cómoda. Por fin podíamos reír tranquilos, conversar, soñar fuerte. Apoyado sobre la pared de la habitación, me dijo en secreto…

– Sólo tú conoces mi tristeza. Pienso que algún día..

Y comenzó a hablar de un balcón, la brisa golpeando de norte a sur. Él leyendo, yo escribiendo.

– Yo estoy seguro que si tuvieras sólo a dos personas por salvar y uno de ellos fuera yo y el otro tu hermano, me salvarías a mí.

Prorrumpí con sorpresa. Carcajeé. Prosiguió.

– ¿Y que haría yo? Matarme. Así podría salvarte a ti.

Aquella media mañana, lloré. Gruesas lágrimas me aprontaron cuando hablé de su padre. Hablamos de libros, él habló de Huancayo, yo de B. muy ligeramente debido a su acostumbrada ausencia desprometida e indiferente para con quien escribe, mi corazón ensimismado le contó de mi nueva publicación, los sueños de la revista, la inspiración me sobrecogía en esta diferencia de diez (once?) años curtida. Mi nombre: oculto, aún. Yo a Ernesto le copié la música que le hacía leer tranquilo. Y sabía que en sus penas más extensas, yo estaba ahí. Porque fui siempre nostalgia, aunque la disfracé en una sonrisa para seguir mi propia soledad. Soledad: virtud que le robé a él también alguna vez, hace ya un tiempo.

Y otra mañana diferente, simplemente me dijo..

– Qué se siente hacer tantas cosas, estudiar tanto..

En efecto Ernesto estuvo presente varios días en los que me vio salir, volar con el tiempo, aleteando rápida y ligera. El otoño llegaba eterno, y los balaústres de aquella que fuera mi casa, se llenaban de humedad, de moho y de noche.

Hace ya unas semanas pero tengo muchas impresiones. Esta tercera aventura de Ernesto por estas tierras, me dejó impresiones miles. Nos despedimos cual siempre, tres veces, esperando quizás que con ellas significásemos algún rito o una costumbre. No fue así sin embargo. Esta vez fue diferente.

Nunca me había divertido tanto con él. Algunas de las veces en que lo tuve sentado a la mesa, sonreíamos del pasado: diez años no pasan o se suceden en vano. En ése entonces era pequeña de edad, tenía el cabello largo, las manos más tersas, muchas más penas y mucha más sangre en las venas. Ernesto apenas calzaba sesenta kilos, los cuales no ha perdido. Ernesto tenía la inspiración de lado, y probablemente, ahora en que escucho su canción al relatar estas líneas, sonrío también al recordar su mirada riéndose conmigo estas seis semanas, siendo cómplices de algo que sólo él y yo conocimos a (des)tiempo: la palabra.

Tenía intenciones de que conociera a quien ahora me une algo diferente. Tenía intenciones de viajar con él a Arequipa, y me fotografiase por cuanto rincón sucediera. He recibido regalos pequeños suyos, los cuales provocaron mi alegría.

Ayer en que lo viera por última vez, mi hermana y yo lucíamos como en aquel entonces. Era tan temprano, mi aliento era frío. Metí las manos a los bolsillos, conversamos algo. Luego de dejar a mi hermana, fuimos a casa de mis padres. Subimos a mi cuarto, y encontré el libro que le quería dar, que había olvidado de llevar en esa mañana primera.

Mentí un par de veces, sabiendo que él lo notaba. Su mano llena de lunares, su piel sin la lozanía de hace tanto pero con la mirada de bosque, de río y otoño de siempre.

Como diría Chabuca Granda, que ganas de juntar el puente, el río y la alameda: el hombre, su corazón y su andar por esta vida.

Tengo ganas de morirme mirando al mar. Es mi primer pensamiento ahora en que ansío ver el ocaso en esa sierra naranja en la que no pude nacer por antojo de mis padres, y por destino.

Mi abuela hablaba quechua: de ella aprendí la tristeza por vez primera.

ps. Ahora en que escribo estas líneas, Ernesto cruza los cielos. Llamé a su teléfono por última vez. Fue un nuevo adiós.

Su canción, la que me hacía escuchar él cuando la nostalgia le entraba de golpe…

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‘Yo no te voy a besar’

La nota irónica de la noche, y por ende curiosa, la puso Cr.

Estaba sentada al computador, leyendo unos artículos, cuando vi que mi teléfono había comenzado a echar luces, pues estaba en silencio. No reconocí el número. Pero al contestar, no reconocí su voz . B. también estaba al otro lado virtualmente hablando, pero no inició ninguna conversación y mi propia sensación serena me mantuvo discreta porque por mucho que uno quiera, es necesario mostrar la incomodidad, desaprobación o decepción de ciertas conductas mal aprendidas en sociedad con uno mismo o con el mundo. Es una pena que B. sea tan dispar en algunas conductas suyas, pero mientras lo pienso más nos veo comiendo juntos en la que pronto será mi casa, viendo alguna película, contándole mi día, escuchando sus historias, etc. No creo conservarlo como amigo si el desenlace de todo nos lleváse a dirigirnos en sendas lejanas sin embargo. Y mientras B. seguía en su propio ensimismamiento, Cr. estaba al teléfono con una voz que me confundió pues ignoraba quien era. Sonrió y carraspeó. Dijo no tener mucho tiempo. Yo a decir verdad no lo tenía tampoco porque estoy leyendo más exigentemente y sin embargo me gustaba dialogar con él sin darnos tregua y complicarnos y reir y que sé yo. Tantas cosas más. Fue allí cuando Cr. me preguntó como me encontraba, que tal tu día? – prosiguió. Hablamos en inglés, yo dije una sola palabra en portugués y entre el español metido sigiloso, me dijo ya al finalizar la conversación…

– Pero Cr. , pareciera que el destino se empeña en no encontrarnos. Ya te expliqué porqué ese fin de semana no pude verte, pero ahora parece (y siempre pareció) que eres tú, no lo sé..

– (Aseverando) No te voy a besar… (me quedé totalmente incómoda), eso malogra las cosas.

Al instante me excusé en un tono de voz sin modular, diciéndole que estaba equivocado: ahora era yo la que se sentía incómoda.

– Yo no pienso hacerlo, ni siquiera he pensado en la posibilidad (le dije)… lo siento.

ps. noche de escritos y reflexión de sueños próximos. Sigue leyendo

viernes, 14 de mayo

Tengo miles de ideas y toda esta semana he podido llevarla a cuestas con algo de intuición. Hacia el lunes me la pasé metida en una sala de urgencias donde la muerte vecina se llevó a gente que nunca conocí pero enfrió mi entereza. Mi madre, postrada en la cama, mirándome de reojo, consumía mis penas. La tomé de la mano, sequé su frente repetidas veces.. esperamos resultados hasta que su aliento se hizo débil entonces me sentí una madre para ella. Preocupada dejé el mundo alrededor para hacerme una sóla con ella: hacia la tarde, teniéndola cerca, ya en cama, sonreí. Mis momentos con ella desde pequeña, su vientre rozagante al tenerme creciendo por dentro.. pasé tres noches enteras sin entender porqué se sentía tan mal pero jurándome que jamás la dejaría sóla, al menos no hasta que ella decidiera contrario..

Miércoles entonces cuando llega mi hermana y con lágrimas en los ojos y una sonrisa nerviosa al inicio, me dice que a alguien se le fue la vida. Verla llorar oprimió mi corazón, ella de algún modo es mi hija y nuestra madre, mi hermana. Tenía que trabajar y seguir con mis mundos, aunque las ganas de dejar todo (y a todos, por ellas) parecían persuadirme. Sin embargo, mientras el aire me enfriaba las mejillas (al irme camino al trabajo) pensaba en los momentos que me han tocado vivir: muertes, alegrías, nacimientos, triunfos, enfermedades, lágrimas, furia, pasión, pobreza, abundancia, risas, presión, prisa, obligación, sensatez, calma, impresión, libertad…

Viernes ya.

Extraño su sonrisa. Extraño sus manos fuertes, sus hombros tan míos, tan imponentes, sus ojos al mirarme, su lejanía, su cercanía..

Como dice (nuestra) aquella canción…

“quero você aqui pra sempre… do meu lado “

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Escribir de madrugada…

Yo no quiero abriles sin domingos: no quiero más veinticincos sin octubres.
No quiero más inviernos sin ese abrazo que me unió a tu nombre cuando nos llenábamos de avenidas y calles, cuando nos recorría entera la emoción.

Boris Huamán, declaro que la primavera que nos cobije en setiembre sea testigo de todo lo que aquí en el pecho nos acontece desde hoy.

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Tiempos Modernos (2)

Este nuevo comienzo en realidad ha sido la elongación de un proceso largo que definitivamente me enseñó mucho. He querido, quisiera o querré hacer todo como debía, pero el tiempo en su propia magia ya no me deja regresar. Aquella noche vi nuevamente mi presente con un halo ligero de futuro, con una sonrisa escueta, con la mano en la manga del abrigo negro, y es la primera vez en que me estoy arriesgando sin saber bien si hay algo eterno o duradero al final de este ensueño.

Sólo quería escribir estas líneas, porque mientras las primeras lluvias de mayo llegaban a Lima, mi pulso se hizo de fierro y sentada en aquella mesa, sin un café miserable que me abrigara las manos o un té chai, vi a mi otra mitad reflejada en manos gruesas y mirada culpable.

Esta es la última vez que regreso a ese invierno por moción, más no por emoción. Este es un sentir sólido.

Sin tiempo para perderlo.

ps. La inseguridad me invade el alma. El objeto del deseo ya lo poseo. Pero el deseo ya no me posee a mí. Sigue leyendo