Archivo por meses: Marzo 2010

Universidad

Sea un lujo o no, héme aquí. Dejo, como dice la canción que escucho, el invierno llegar apacible, mis lecturas crecer, poblar más y mejor mi nueva casa… debe ser (sigo el ritmo de la canción) el deseo que tengo de hacer mi vida ya, sin intenciones de cocinar para satisfacer los ojos de un hombre, sin un par de pechos que alumbren el exterior de un deseo muerto, sin la carta que escribí de puño y letra una noche en una hoja de papel pigmentada de rocíos y esquemas, sin el beso de despedida aquella noche de lunes mientras sentía que se me iba la vida misma. Ahora somos yo y mis escritos, mis lágrimas teñidas de felicidad absoluta, abriéndole a la templanza ese camino esperado desde hace mucho. Voy a tener una decena de años más, el treintaiuno se avecina ligero y rápido, mi voz hace cinco años era pura y hoy, rugosa y quebrada, ha hecho madurar mis silencios. He mirado atrás muchas veces, recordar triunfos, esquivar derrotas, olvidar amores, revivir obligaciones y he dejado atrás la palabra inútil de animales y jumentos que tienen voz humana (a veces). Son muchas noches, muchas mañanas… mientras sujetaba mi cabello y ponía algo de música, mi paso encabritado (nuevamente) me hizo sentir que éste señores, éste es mi año uno. Es hora de acomodar la vida (vivida en tercera década), o de vivirla per sé, desde donde quiera uno verla y seguirla.

Sigue leyendo

Almuerzo

Hoy comí en principio sóla. Lo lamenté en un inicio porque necesitaba escribir y vivenciar. Deseé que las sillas removidas me dieran el espacio para invitar a alguien a mover una silla. Diez minutos después, mientras me preguntaba que haría más tarde sucedió: un muchacho joven, quizás de mi misma edad, interrumpió mis ideas y con una sonrisa grácil me preguntó si podía sentarse conmigo. Asentí con una sonrisa curtida, moví los libros que traía de lado, pero él se movió en dirección contraria, así que tuve que regresarlos a donde estaban. Tenía una sonrisa como hace mucho no había, la clase de sonrisa que me prendaba a los quince o dieciséis años, mientras recorría el centro de Lima para poder estudiar. Tenía pecas salpicadas en ambas mejillas, las suficientes como para hacer sus gestos temiblemente encantadores. Su rostro pulido de blanco, cabello marrón: sí, el prototipo que abandoné de mis gustos al recién ingresar a la universidad porque me distraje en diversos personajes de quienes hoy sólo me agarra el recuerdo.

Luego él se retiró, hizo un gesto que me dió a entender que necesitaba atención, y con la comida en la mano regresó a la mesa. Me mencionó cosas inmediatas pero comencé a ganar sus gestos y seguí el ritmo de sus palabras. Jamás me había sentido tan silvestre como para iniciarle conversación alguna a alguien que no conozco de la nada, pero en seguida él sonrió, y fue allí donde le pregunté algo que pensé él no replicaría. En el preciso momento un amigo suyo le dio alcance, se sentó con nosotros y mis esperanzas se poncharon cual globo en el aire (a propósito de la metáfora y de D.), sólo moví mi pelo a un lado y deseé el hiciera algo. Sentí que por dentro mi voz gritaba, entonces volví a girar mi pelo y callé discreta, no sin evitar soplar al aire ideas que gesticulaba con las manos o los labios, como ya dije, en completo silencio.

Me dispuse a arreglar mis cosas y él se percató que me iba. “¿Habrá sido posible que él notáse que yo quería saber su nombre?” – pensé. Su amigo hablaba de gente y semestres, yo iba distraída por pensar de donde podía haberlo conocido. Respondí una llamada, y cuando colgué, con toda la rabia de ser tan estúpidamente tímida, lo miré a los ojos, sostuve la mirada y sólo prorrumpí un vacío y hueco nos vemos a lo que él respondió – chau cuídate.

Las consecuencias de aquel suceso corto me dieron una rara felicidad por dentro. Sé que está aquí también donde yo estudio, sé que puede tener mi edad, y si el destino no es tan terco conmigo, con suerte, además de volver a verlo, podré saberlo sin relacionamiento alguno.

ps. Y si lees esto, muchacho de las pecas y del arroz con lentejas, mi nombre es Rocío, mucho gusto. Sigue leyendo

Fin de semana

A ver.

Hasta donde lo veo, esta semana será la última con respiro.

Luego tendré el doble de responsabilidades y compromisos que me estresarán, presionarán pero muy en el fondo, todo ese reto sumado al sueño de la casa propia, son prioridades.

El fin de semana fui a la playa y sentada a la orilla, debajo del sol, sonreí.

Son nuevos tiempos. Me gustan. Sigue leyendo

Prosa

En dos semanas regreso a la universidad.

Sólo quería poner por escrito esta alegría sucinta y emprendedora, he empezado a construir los cimientos de esta aventura propia y siniestra, y todo fue tomando más forma cuando por la tarde arremetí con alegría frugal hacia la tienda más cercana y comí un helado largo de vainilla al lado de mi (ya) compañera de cuarto. Mis palabras tendrían más precisión, mi pasión tomaría su rumbo esperado y sin límites, mi motor inspirador andando, como dice el poema, haciendo camino al andar..

No he dejado a Julio Ramón toda la noche de hoy. Entran las tres de la mañana y el sueño agrieta mis párpados. Camino al trabajo mi día empieza con retos.

Y en mi cama, solitarios, mi cuerpo y mi espíritu, esperando la mañana para despertar y sentir este poder ciego de saberse fuerte, con los deseos volando alto, con la sonrisa puesta, con el conocimiento cediendo al mundo en sí…

ps. En menos de dos semanas debí decir. Sigue leyendo

Paseo asolado.

He venido con paso acostumbrado y ligero, he cruzado el puente, he sentido el sol quemarme con fuerza. He sonreído, me he mirado de lado mientras cruzaba vitrales extensos, he mirado cada retazo de cuerpo mío y he dejado mi cabello brincar mientras la brisa comenzaba a crecer en las esquinas. El sol ha llenado mis brazos de luz y color, me han ganado los pensamientos por miles porque mi vida se va encaminando y me gusta esa saciedad de no saber que sucederá. He estudiado mucho estos días, porque es el elemento que me mantiene viva: leer. Mi música se ha constreñido a los Beatles, y eso me ha hecho recordar mis tiempos cuando tenía 15 años, casi dieciseis, y comenzaba a forjarme una vida de adulta por obligación.

En algunas semanas más viene otro cumpleaños más, una fecha más. Soy mujer, soy a veces un puñado de recuerdos y soy ahora lo que vivo en este preciso segundo: una botella de agua me acompaña de lado, el sol fiero que espía a través de las paredes, los muchachos me sonríen, asiento con un gesto gentil un breve respiro, me siento llena de energía pero mi cuerpo está gritando su dolor porque algo sucedió en la operación que no me ha dejado hasta hoy. Hoy sentí mi paso dejarme y eso me quiebra, sin embargo, mi abuela pasó por algo parecido, y como ella dijo, la vida está llena de retos, y ése entre otros, es un reto que comienza cada día.

Sigue leyendo

Julio Ramón

Mi prosa encuentra secuencia. Las cosas más cercanas a mí tenían forma. No quería escribir antes. Me refugié en JR para animar mis nostalgias que ya no eran las mismas de antes. Ahora tenía muchas ganas de ver como se daría todo en este mes de cumpleaños: JR y sus cuentos me sobrecogían en una inspiración larga y tendida, entonces sólo me bastaba empuñar mis tiempos al suyo propio y seguir viviendo, como dicen. La noche de ayer J. (el muchacho de la sonrisa) y yo hablamos caída la madrugada y después de tantas frases me gustó saber de su compañía. Me gustaron sus frases, me gustaron sus aseveraciones, su lucha por un sentimiento y el amor que profesaba por sus dos pequeñas semillas. Siendo así, sé que he ganado un nuevo amigo. Mi semana de cumpleaños se acerca, mi compañera de cuarto es una chica linda como yo, mis escritos van por su propio rumbo, mi música sigue su marcha, mis sentimientos atorados en una esquina, mi familia al lado contiguo… en dos semanas empiezo la universidad y el comienzo de la formalidad de mi prosa está por llegar.

El fin de semana los ojos de Ernesto y sus gestos poblaron mi mente y rehusé cualquier cercanía por respeto. Es curioso, este fin de semana podía haber pecado tres veces, pero contrario a lo que hizo Pedro, jamás negué, como escuché por ahí, ojos que no ven, corazón que no siente. Que pena, pero es la primera vez en mucho tiempo en que el destino me tiene sin cuidado, debe ser por la indiferencia que todo esto me provoca. Debe ser porque no me conformo ya con poco.

Siendo así, hay un escrito a punto de empuñarse. Por ahora, es momento de ir a trabajar.

Sigue leyendo

A propósito de los sueños…

Hoy he tomado un vaso de agua gigante. Son casi las tres de la mañana y todo lo que escucho es el eco de la noche aunado a mis pensamientos con sigilo. Recuerdo esta noche como única: recuerdo la orquesta planeada allí afuera, la carta escrita a puño y letra, las flores en su oficina, la caja de chocolates, la cena de lujo, sus amigos al lado, y luego la noche mía y suya al lado del mar, celebrando el año número veintiocho en su vida. Un pequeño pastel contendría un mensaje corto y exacto: Feliz cumpleaños…Sonreí ante la avalancha de recuerdos y escribí un par de capítulos cortos en el pequeño libro que preparo, a la vez que el sueño consumía mi cariño con cosas diversas sucediéndose por doquier. El rubro de mi libro marchaba seguro: una historia sobre Jack, pequeño hombre que pasaba su tiempo abriendo ventanas por doquier. Construía puentes y cosía ropa. Cocinaba con fuego y con inventiva. Al final de esa historia Jack inventa un par de alas, y se pierde en lo alto del infinito cielo para nunca más regresar.

Lo cierto es que podía recordar su risa confundida, y ese silencio que inundaba la vida de sosiego, mientras el vivía parte de ella misma conmigo. Soñé tanto y tan en voz alta que las cosas volaron ligeras.

Este diciembre está por irse y pienso encontrar al hombre que escribe en dirección opuesta a la mía…

Ojalá tuviera tantas cosas más cerca, siempre con un vino de lado, con un sitio por recordar, una canción por escuchar y un recuerdo por sentir…

CD

Discos que compré desde noviembre, esperando aquel catorce de diciembre que terminó de irse ligero

ps. y los sueños, sueños son. Sigue leyendo

Voz y Sueño

En efecto, cuando Ernesto aún estaba aquí, él me dijo que pronto despertaría yo del sueño. Pronto sus manos que empezaban a llenarse de surcos no tomarían el sendero como propio, pronto su voz callada no esbozaría monosílabos por el teléfono. Sus visitas ya no sucederían, su risa no acompañaría la mía y sus ojos de bosque pronto se fundirían en el recuerdo de lo que pude reconocer en su mirada aquellas tardes, mañanas y ocasos en que pude verlos con vida.

Una de las tardes en que fui a estudiar, el teléfono sonó. Escuché su voz y en unos minutos, después de acceder a verlo por una ráfaga de tiempo, su cuerpo delgado y enjuto apareció sentado en los banquitos que cruzaban la puerta de entrada. Había venido de Huancayo. Sonreía como siempre, y a lo lejos pude distinguir como miraba a la gente, esperando encontrarme entre ellos mientras uno a uno, se sucedían los muchachos y muchachas de ese centro.

Sacó de su bolsillo un gorrito pequeño y me lo dio –y cómo me emocioné– pues los regalos (sobre todo los cedidos en incauta sorpresa) siempre han sido mi deleite. Al instante lo puse a mi cabeza, y carcajeamos al ver lo pequeño que era en mí. Aquella tarde la brisa corría fuerte, los primeros vientos de otoño se hacían sentir con fuerza y los carros pasaban rápidos por la avenida. Nos sentamos por un rato, el sol se metía ligero, sus recuerdos quizás asomaron en melancolía extensa, cual siempre. Aquella biblioteca había sido testigo de nuestro primer encuentro hace diez años.. Aquella noche él llevaba una chompa azul gigante que aprisionaba su cuerpo. Yo tenía el pelo largo y las mejillas de acero, por el frío intenso.

Después de unos minutos, decidimos dejar todo e ir a casa. Entró conmigo y comenzó a proferir bromas miles, y encontró en mi risa la adición perfecta. Íbamos por los pabellones sin preocuparnos siquiera de la gente alrededor, diciendo yo cosas miles y enredada en su brazo, él como un chicuelo travieso contrariándome en todo lo posible y caminando a la par, sin deshilvanar el nudo que mi brazo hacía en el suyo propio.

Hizo un par de piruetas. Yo disfruté ver su cuerpo ágil impulsarse en lo alto del pasadizo. Frente a mi salón de clases, me dispuse a sacar mis cuadernos y bolso. Hice todo mirándolo a los ojos, culpándolo de aquella decisión – lo cierto es que estaba yo cansada también, y tenerlo como motivo era un pretexto imposible de abandonar.

Llevó mis cosas mientras el nudo seguía intacto en su otro brazo. Caminamos desde donde salimos. Me así a su cuerpo pues el frío comenzaba a recorrerme inclemente. Mis manos, libres, frías, contaban historias mientras caminábamos. Le dije a Ernesto tengo hambre y después de decirlo tantas veces, él seguía sonriendo.

Camino al restaurante, alguna observación suya en el taxi me molestó. El se reía, y comenzó a frotar mi espalda para intentar calmar mi furia. El rojo me subía intenso, la voz se me iba.

– No te enojes, cuando te enojas , lo haces en serio.. Vamos, era una broma.. ya estás enojada, no? estás muy enojada.. no te enojes..

Y mientras mis mejillas se llenaban de fuego, su mano calmando mi espalda apaciguó la hoguera.

Compramos la comida para llevarla a mi casa. Ernesto no tenía mucho tiempo. Había sido una visita corta pero bienhechora.

Camino a casa, él me contaba de su viaje. De sus ríos, de sus plantas, de su tierra. La Buena Tierra entonces iba tomando forma. Yo sólo sollozaba ligera, no sabía que decirle. Estuvimos un rato más en casa, en aquella tarde que se hacía de noche dolos recuerdos me aprontaron todos. Ernesto era imposible de definir a mis ojos. Pero algo en él que reconocía en todos mis libros y sueños me hacían recordar aquella prosa que escribía cuando recién entraba a la vida.

Ernesto ahora no está, la voz se me corta como hilos profundos. El único hombre que me podría imaginar en soledad… el único hombre que me podría imaginar escribiendo, aquel, ya no está.

Anoche soñé con él y en los brazos llevaba todas las cosas que yo tenía al momento de verlo. Me dijo: está bien, entonces te espero una hora pero nunca llegó esa hora porque desperté, tal y como lo hice la mañana siguiente al saberlo cruzar el mundo.

Una intensa llamarada me prende la vista de emoción. Tiene un libro mío. Yo, sólo llevo un suéter marrón largo, que en algunas noches de frío me cobija y me hace recordar lo extenso de la emoción en el cuerpo y el tiempo.

ps. Carta para ti, recordando el momento exacto en que dijiste “espero que ahora sí escribas de Ernesto en tu blog”.
Sigue leyendo