Archivo por meses: febrero 2010

Manzano en flor.

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El domingo, después de las últimas charlas familiares, apuré mis ideas, terminé el examen pronto y puse música a mis oídos. Subí las mangas de mis shorts y más cortos que siempre, mis zapatos se convirtieron en ésas alas que eran las que me llevaban a recorrer miles de caminos, allá cuando yo vivía enamorada de E. y cada frase suya escrita en mi correo era el motor para seguir queriéndolo a pesar de que su rostro ya se borraba de mi mente y su voz sólo me venía en ecos desde un sitio ya lejano. Luego, cuando dejé que E. se fuera con sus sueños, me quedé solamente yo. Yo y mis escritos, mis cartas sin destinatario. Y comencé a caminar por lugares que no reconozco pero donde el piso agrietado me hacía ver líneas de hormigas trabajando solidarias, donde el sol secaba el agua empozada en el césped, donde las risas se apagaban porque el invierno había caído gris y lastimero… en esos tiempos que feliz era recorriendo todas las calles y de cuando en cuando me sentaba en alguna banca a ver correr el molino de hojas que se formaba en un lejano Barranco o las voces de ancianas enjutas tejiendo con lentitud y mirándome de reojo para hablar seguramente a mis espaldas de algún detalle mío.

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Vacío – Sin título.

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Aquella tarde de viernes, tenía mucha alegría transida de emoción en el alma. Nada de recuerdos, nada de soslayos. Había estado pensando, ciertamente, en el matiz de algunas de esas conversaciones robadas a Cr., su sueño inadvertido, sus palabras ahora diferentes al hombre que yo conocí. Nunca quise a ése hombre como tal, o quizás un poco, sí. Aunque ya había un gran trecho recorrido, Cr. me trae a la mente los recuerdos más vanos de una amistad sencilla y abigarrada de fotos, música, trayectos de auto, agua, y risas. Para entonces yo aún no veía a la mujer reflejada en el espejo. Los sábados era placenteros porque en su casa sentía que iba ganando un amigo, un tiempo diferente. Ahora mucho de aquel entonces se me nubla como pena hecha lágrima. En ése tiempo sin querer empecé a necesitar su ruralidad y sentido de campo, el olor a tierra de sus manos y su emblemática chompa azul. Las tardes de invierno eran diferentes al verlo, pasamos algún par de ellas conversando y agigantando el deseo. Ese deseo se materializaba en los estudios, en esas ganas que se tienen cuando uno es mozo y se llena de silbidos la vida para acompañar la nostalgia y hacerla canción.

La última tarde de viernes, escuché su voz y prorrumpió..

Quiero hacerlo, quiero encontrarme contigo, me gustaría pudiéramos hablar Rocío…tengo muchas ganas de que éso se concrete..

Mucho me temía que Cr. se llenaba de palabras al hablarme y aseverar conclusiones. Me gustaba la cadencia que le daba a su voz al dirigirse a mí, me gustaba las risas que se le cortaban en el pecho producto de mis ironías. Me gustaba ése ser calmo pero lleno de sentencias. Cr. había estado en mi presente desde aquel entonces y aún más. Esa tarde de viernes el licor pobló su rubor y razón, reía y decía que no podría recordar mucho. Me dejó con esta frase que titula mis ideas hoy. Y una parte mía sólo alcanzó a pensar…

Ps. Y si…..? Sigue leyendo

Sobre el des-hacer y la motivación, los extremos y la humildad.

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Ante el eventual momento difícil, Ernesto decidió marcharse por milésima vez. Su juicio probablemente sometió a sus sentidos, y la corta historia aquella noche, quizás contada por error, rompió el lazo fraterno que desde la muerte de su padre Ernesto había retomado conmigo. Con mucha tristeza pero más aún, con indiferencia, recordé las veces en que hablaba de ríos, de montes, de chasquidos de agua, de polvo, de pasos gigantes y de soledades ingentes. No sabía, como le dije aquella noche..

No sé cuánto más la vida me estire el latido en el pecho, pero si llegase a irme antes que tú, cuando llegue mi muerte dejaré una caja con cosas que quiero que tengas. Sólo tú podrías saber qué hacer con ellas…

Después del fin de semana apacible con B., el vaivén de sensaciones desapareció. Su voluntad sólo le permite llegar hasta sus propios vértices. Todo lo que quede más allá de ello es ajeno para él. Vimos a todo cernirse de tiempo y de voces, la gente tosía y caminaba rápido. Decidimos ir al cine, el que abandonamos para ir a tientas a un café. Yo por un té, él por un poco de café helado pero ambos por su trabajo. Comimos algo de comida japonesa (a manera de celebración atrasada por su cumpleaños). Nos cogimos de la mano algunas veces, pero el sentimiento se me iba del momento porque veía en su rostro la misma originalidad del inicio de nuestros primeros tiempos. Una de sus virtudes más grandes (su buen humor) acompañada a su sencillez (que admiré desde que empecé a ganar su tiempo y su espacio) no me eran ya suficientes. Ahora yo estaba lista para el gran paso, pero pedirle a B. que formáse parte de mi vida de esa manera estable y gigante soliviantaba su tranquilidad. No tardó mucho en replicar a mis ideas, seguido de sorbos de comida intempestivos para desarmar la tensión inhóspita del momento:

Simplemente ahora no deseo hacerlo. Cuando llegue a tener cuarenta años quien sabe, ahí recién estableceré lo que ahora no puedo porque tengo otras metas, terminar mis cosas… sin eso yo no seré feliz.

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