Archivo por meses: Enero 2010

Evas

Aquel día yo estaba trabajando y la noticia me llegó por la tarde. Mi abuela, mi segunda abuela, acababa de irse. Así terminaba una generación larga de Evas sucediéndose a través de los años. Hasta donde siempre recordaré, mi abuela era una mujer en apariencia fuerte, con una devoción única por su familia y sus hijos y con una tendencia a arruinarle la hombría a cualquier hombre, empezando por mi abuelo. En esas tardes en que éramos chicos, aunque no la tenía tan de cerca, todos los nietos nos reíamos al ver como trataba a mi abuelo y ella gustaba de aquello. Las propinas iban y venían, el pan chileno con algo de jamonada, la pepsi, los regalos. Mi abuela nos daba en cosas lo que no nos daba en tiempo. En aquellas épocas no la veía mucho. Cuando fui creciendo, fui llegando más cerca de donde vivía. Me llenaba de comida, de dulces, de descanso. Cada vez que iba a verla me daba dinero, cosa a la que yo comencé a huirle hacia los trece o catorce años, porque me hacía sentir culpable. Me gustaba escuchar sus historias norteñas, su hacienda, sus padres, su dinero, sus mucamas y la comida exquisita que servían para ella cuando el dinero crecía por doquier. Siempre veía sus fotos al llegar a casa, todas en blanco y negro. Su ropero fue siempre un secreto y no fue sino hasta su muerte que mi abuelo, mi mamá y mi tío lo abrieron, y comenzaron a hurgar todo para cerrar con ello una generación que ya se iba.

Cuando la vi en el hospital no era la misma mujer. Había olvidado el nombre de mi madre, su hija, otra Eva. Pero recordaba el de mi padre, sus hijos hombres, el de su nuera… mi nombre no lo sabía. La miré más de una vez con gruesos lagrimones y entre risas fingidas, le decía que sólo la había venido a ver.

El día en que falleció le dije a mi madre que me tenía a mí. Creo que desde aquel día me volví en la hermana que ella nunca tuvo, lloró amargamente a mi lado y luego se limpió los ojos.

Mi abuela usaba pañoletas, su pelo era suave, sus manos siempre tomaban las mías al llegar. Hablaba fuerte, se reía mucho, era cariñosa, tenía un corazón noble para con su familia. Y la verdad, siempre tuvo muy altas expectativas conmigo. Yo tengo mucho de ella, muchísimo. Siempre sonrío al reconocerme en sus rabias o alegrías, en mi piel que ella llamaba de canela fina, contrastada con la suya muy blanca y muy dócil.

No en vano mi madre me llamó también Rocío Eva…

ps. Ahora la casa donde vivía ya me es ajena, porque en cada rincón ya es imposible volver a verla..

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Sin Voz en tierra.

Todo el fin de semana mi cuerpo se acurrucó a mi silencio. Los huesos se me enfriaban y la repentina llovizna, huída y melancólica, me hacía recordar los más eternos eneros de mi vida. Ahora es diferente todo, quizás más que siempre, porque ahora las riendas de mi vida me empujan a ir por un sendero diferente y esperado. Sabía que los cambios llegarían en algún momento en mi vida, pero tan solamente (y con aquello, un vago suspiro me entrecorta la nostalgia) hubiera querido compartir ese cambio con alguien, para que fuera testigo de mi motivación y felicidad… pero ahora todo es mucho más grande e inmenso.

He pasado los días y el fin de semana en realidad tejiendo historias acerca de muchas experiencias que se han ido sucediendo según los meses y las horas. He mirado el reloj, he hecho una breve pausa al escribir esta línea…hay gente a mi alrededor pero mi ser solitario desea estar cerca, a la orilla de la playa, mojar mis dedos con las barbas de agua que escurre el mar en sus olas y hundir mis fuerzas en la arena, porque como ya dije, este cambio propio es inmenso, esperado, y parecía hace unos meses quimero.

No tengo recuerdos de letras de alfabetos, no amo a ningún hombre, en meses cumpliré treinta años y no he llegado a amar…

Y probablemente no lo haré en mucho tiempo… Sigue leyendo

Tarde..

Mi cuerpo ha comenzado un malestar general huído, y de pronto mis piernas se sienten débiles. Los brazos me impiden gesticular mis ideas y mi voz arde al ser dicha, y todo el sol y el brillo de fuera sólo me constriñe y me aturde. Ganas de muchas cosas, ganas de soñar con lo real, de querer ver realizados los días, las horas, el trabajo es largo pero mi mayor preocupación es ésa propia consigna que empieza el quince de marzo, y desde luego, mis escritos.

En fin, como decía anoche Cromwell, mientras caía dormido seguramente…

“Abre bien los ojos Rocío…”

ps. Lo que me gustó es que replicase a mis ideas con un entrecortado “ay Rocío……..las cosas que te pasan…” Sigue leyendo

JJ .

Tenía una herida pequeña en la mano. Me dijo que se había cortado el dedo una tarde en la que estuvieron celebrando en familia un cumpleaños. La botella de vino se le rompió en la mano y le hizo diversos cortes, dejándole sólo uno profundo en el dedo en la mano. Fue al hospital, cosieron la herida. Le dijeron que estaría bien y un par de cosas de rutina.

Noviembre.

Esa noche me dijo que la herida le estaba molestando. Sentía poca sensibilidad pero aunque no le causaba mayor preocupación, mi intuición me hizo decirle que algo de rehabilitación sería necesaria. En esos tiempos la presión huía de su libertad y poco a poco las cosas se dejaban atrás, aunque él me prometió en medio de gestos tiernos que atendería aquello. Para mí no fue suficiente desde luego.

Diciembre.

Incierto. Sólo tomé su mano furtivamente una noche y sentí el corte y la pequeña herida. Pronuncié un par de palabras y la promesa se movió al año siguiente.

Enero.

Huído. Es hora de marchar y soñar. Y sonreír al verte.

ps. Y estos sueños que tengo están hechos de cosas reales.. Sigue leyendo

Y al cuarto día.

Para mí, el cambio de la primera semana del año fue intensa. A decir verdad, los primeros días del año. He ido tan lejos de casa, después de haber pasado tres días casi durmiendo, moviéndome de lado a lado. En un sólo día me reencontré con más de cien personas en diversos lados y a todas les prodigué un holaquetal. Hacia media mañana conversaba con un amigo en la parte trasera de su auto y él escuchaba mis historias de fin de año. Nos despedimos con un abrazo fuerte. Luego marché a un café, apenas cinco o diez minutos todos marcharon y me quedé con mi más querida amiga, aquella que también es madre para mí. Después de una charla corta, nos despedimos, y salí a trabajar. El mediodía era intenso, pero pasadas un par de horas me distrajo la gente a mi alrededor. Comí una manzana, y pensaba en lo que tenía que hacer. Pasé por el restaurante de comida japonesa, que ya no me provocaba recuerdos. Después de la mentira hallada en la parte final de aquel cuaderno, todo asunto relacionado a ésa experiencia me daba igual. Sin embargo tenía fechas diversas en mente: tres exámenes por venir, reincorporaciones, estudios, trabajo, actividades de tiempo libre, sueño y la llegada de gente importante a mi vida, mas aún mucho de ello significa un reto para mí.

Después de estar cinco horas bajo presión, marché al baño. Gente iba y venía. Eché agua a mi rostro, vi mis mejillas. Mis ojos, brillando intensos. La noche llegó tenue y mis pasos, allá tan lejos de casa, fueron guiando mi propio ritmo. Pasé calles diversas, mientras distraía el hambre con una mordida de manzana, fui caminando y en una esquina próxima me detuve. Me sorprendí de estar en ése preciso momento en ése pedazo de tiempo y espacio lejano de todo.

Comencé a fotografiar gente y lugares, pero ésta esquina se me quedó grabada mientras la brisa ausente de verano sobrecogía mis deseos que ahora son gigantes, ahora más aún que siempre.

Hay tanto por contar pero ahora, voy a trabajar.

Calles..

ps. La mañana de nuevo año, el escritor apareció tan usual y de repente. Sigue leyendo

Esa flor en el río

Aquella noche en que conversaba con B. , la espalda (nuevamente) comenzó a fastidiarme en algo que comenzó como un dolor ciego y sordo. Cantó cumpleañosfeliz para mí. Yo sentí aprisionar su recuerdo más en mí, pues la idea de tenerlo cerca es agradable. Conversador extenso, risueño empedernido, soñador incansable, luchador eterno. Así podría definirlo en sus propias palabras. La primera vez que sollozé al escuchar de sus labios una historia tiernísima y mis lágrimas rodaron tenues por primera vez frente a él, no supe escabullirme de su abrazo. Me abrazó tanto que esa sensación infinita imposible de definir, nos hizo uno en ese sólo segundo. Pasó sus deditos torpes las veces que fueron necesarias sobre mi cabeza y aunque no propiamente triste, sino con un leve mareo de nostalgia, proseguimos nuestros versos y toda yo y todo él nos hicimos un eco noctámbulo en esa experiencia de vida que nos ha hecho lo que somos y nos hará lo que llegaremos a ser.

Aquella tarde en la panadería, entrados el sol y la brisa con fuerza, B. conversaba de sí para conmigo. Yo lo escuchaba, viendo el trasluz de la rapidez de sus manos agitarse mientras sus historias crecían. Sonreía al recordar sus eventos -todos para mí ajenos aún pero interesantes- y me miraba con un gesto aprobatorio, quizás pensando en que mis pensamientos completos estaban con él en ése momento. En efecto, no fue así. Mi mirada reposó en la manera como caían las migajas de pan a la mesa, como sorbía el jugo rápidamente, como pidió el sánguche de la forma exacta en que lo quería, como sonreía…

Aquella tarde segunda, mis ideas cayeron más en cuenta. Lo extrañaba, como un buen amigo al caer la tarde. En esas tardes en las que sólo se desea un abrazo, una palabra y el mar de soslayo.

ps. Y me dijo, “quien es esa flor en el rio, me lo dijo con suspiro el agua y flor que miro..” Sigue leyendo

Abril en marzo.

Llegó a media tarde y despedimos la misma como nunca. No tengo palabras para describirla, pues como él mismo dijo, fue un sueño. Fue un sueño desde que lo vi a media calle y traía escondido bajo el brazo la caja de chocolates diciéndome que son buenos para el corazón, y mientras ponía su chompa verde al hombro puso un beso rápido en mi mejilla. Al igual que hace un año, abril fue el mes que lo volví vi.

Las horas pasaron y cuando por fin pudimos estar a solas, conversamos lo que estos diez años nos dejaron en el recuerdo. Emocionada, comencé a enseñarle mis libros uno a uno, y la luz se hizo en sus ojos pequeños. Le pedi comprar más libros y el accedió, y reímos al ver nuestra emoción sentida de ambición. De pronto preguntó por mí, por mis ojos, por mi corazón y mis escritos. Yo me puse seria, lo invité a la sala y de pronto olvidé todo lo de antes y viví, (tal como dijera envilecido un vagabundo(, viví ese único momento. Sigue leyendo