Archivo por meses: Julio 2009

Decisiones durante los días…

Y bien, siendo que la nueva rutina se avecina, me han quedado pocas cosas por pensar y sí mucho por ordenar. En efecto, todo el día de hoy (y lo que de él quede) me he empeñado en tomar las decisiones que a su tiempo no pude o dejé simplemente para un tiempo después (véase que ése después es ya hoy). He tomado nota de números, de apuntes, husmeado en la web, he sentido (o dejado de sentir) mi pierna derecha y mi paso aún trastabilla, pero no cae. Siendo así, he leído La casa de los espíritus lentamente porque no quiero terminarla tan de pronto, tengo dos certificaciones en idiomas por gestionar, un par de papeles más para las dos universidades, una que asomará pronto para el trabajo, miles de decisiones que se han reducido en un par de horas en pares de números. Pienso que todo ésto es bueno en demasía, el tiempo que me deja este encierro incauto me hace extrañar las veces en que estuve en el mismo trance como hace tres años, bajo el alféizar de madera que se llenaba de nieve allá en mi casa lejana en HC. En ése entonces, que joven era el deseo de escribir, de retratar mis días recorriendo gente con sus espacios y el propio mundo hecho mil. Ahora mi pelo está más largo, vi las ojeras que aún no me abandonan y el alimento ir y venir en horas exactas. La ingesta de medicamentos y pastillas ha ido disminuyendo (pues el sábado seguramente tendré nuevamente una nueva orden de ellas y no sé por cuántos días más). Extraño (confieso éso a medio término) los días tristes de Lima en este invierno, el roar de las olas en esa Punta entrañable, el café en mis manos huyendo a prisa con la nostalgia del aire y la brisa… hace poco recordé a R., amigo mío entrañable de quien un último recuerdo tras su ausencia (un beso en el cuello rápido y sincero que hasta hoy recuerdo me tomó inadvertida) me hace atesorar esas tardes en las que conversábamos largo y cuestionaba algunas cosas de mi mundo, y él no dejaba de buscar lo que probablemente llegó a encontrar. R. tenía una sonrisa plena, un cabello blondo ensortijado levemente si estaba algo largo, aunque su pelo corto lo hacía lucir perfecto. Sonreía quedo, pensaba mucho, anhelaba demasiado. Quizás si me propongo a buscarlo lo halle, pero después de que nos separamos en pos de nuestras vidas, encontré más placentero saber de él por sorpresa, como solía llegar a mí casi siempre. La última vez en que hablé con él confié en que así sería. ¡Pero R. cómo te extraño!. A pesar que nunca se lo dije, su amistad era tan buena como esos pastelitos que a veces se metía a la boca rápido, como la vez en que le conté del brasileño huído (otro post para ésa historia), como cuando enviaba esos mensajes diarios a mi celular diciendo simplemente hola. Como te haces extrañar R…. si supiera de ti, sonreiría, y confiaría en la suerte para volverte a encontrar…

No tengo una memoria gráfica de aquel tiempo, sólo un símbolo que lo representa…

B&R

ps. Confieso que pensé un par de veces en B. en este corto (largo?) tiempo. Recordé su risa tosida, atragantada y caricaturesca. Esta señorita se lo dijo. Vergüenza. No deseo tener la amistad de quien me provoca un cortesano sentir.

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Historia corta pero cierta.

Estos días echada mirando por tantos minutos al mismo techo pálido e inmenso, soñaba con despertar mejor, correr y visitar los lugares que antes había visitado, y los nuevos, los que aparecían estacionalmente, visitar ciudades, reconocer en el rostro de la sonrisa de mis amigos una nueva aventura, un nuevo quehacer, una nueva historia. Fue así como recordé la historia con H. En efecto, han pasado días interminables y aunque no propiamente convertido en recuerdo, los días últimos antes de dejar de andar, comencé a crecer sentimientos por tan inusitado personaje venido a mi vida de un soplido.

Recuerdo aún su nerviosismo e incomodidad al verme, probablemente por las diversas sensaciones que le causaba verme y escucharme. Solo en febrero lo había visto más de cerca y en aquel momento, sin pensarlo ni meditarlo por largo tiempo, comprendí esas tretas de la que se vale el destino para jugar antojadizamente con uno. Siendo así, dejé los días correr en un intento inútil de distraer mi atención eventual de él. Luego todo se sucedió cual efecto dominó: los días corrieron, lo veía por temporadas, se dieron invitaciones, tratabamos de salir en grupos de amigos (yo, lo confieso, sin buscarlo realmente), cine, salidas frustradas, lattés, noche de fina lluvia, moccas, palabras por miles y smoothies, ya a solas. ¿Cómo se sucedieron estas cosas unas a otras? Nunca lo noté realmente. Verlo era abrazarlo extensamente en un gesto de sincera alegría, pues nunca mi mente concibió sentimiento distinto a su amistad y encargar mi palabra a su voz era mi mayor resguardo. Recuerdo también que tuvimos tres (o más) salidas a solas, y alguna de ellas para mí, la más conmemorable. Aquella última noche, mientras la música sonaba lejana en su auto, mientras las luces de los carros corrían veloces, mientras reíamos sabe-dios-de-qué, mientras veía esa mirada tan pequeñita en sí misma, sentí que me iba acostumbrando tanto a todo eso, que lo quería tener cerca, casi siempre, ésa misma imagen de él haciendo ruidos extraños con sus manos, jugando a enojarse, abrazándonos en ratos intermitentes, dándonos golpecitos breves… yo sólo imaginaba un “más allá” donde pudiera verlo mas cómodo y mucho más sencillo. Yo siento que ésa exacta (última) noche todo terminó. Luego todo cayó, como ya dije, como efecto dominó también. Ciertamente lo que recuerdo es que teníamos conversaciones en las que, por su reacción, todo cambió. A pesar de desearlo cerca y presente, su voz hablaba diferente y entonces todo se convirtió en una lenta agonía, como después noté. No era el hombre que se había aparecido de la nada, sorprendiendome (ésa noche de cumpleaños en que yo estaba tan cansada) con una bolsa de chocolates que desaparecieron con los primeros sorbos de vino, no era el hombre que me había dicho una vez, secretamente (sólo a mí) que si no fuera por ese destino, otro sería el cantar… Estas noches en que no tenía más límite que el palido cielo de la habitación pensaba en H., en los momentos realmente buenos que había pasado a su lado, en todas las cosas que nos dijimos sin propiciar ni buscar algo realmente, en aquella billetera en la que guardó aquella frase en portugués que le regalé la última noche que lo vi con ojos de verdad… esa frase debe haberse perdido en la misma billetera que le robaron, como él me lo dijo, semanas después. Hace ya semanas, en alguna de las conversaciones más largas entre los dos y con el sueño venciéndonos, él me decía muy a consejo que debía publicar toda ésa conversación en éste blog. Pues bien, en lugar de éso, en lugar de lamentarme por no poder moverme, pensé que sería mejor publicar esta corta historia pero cierta, en la que, siendo como son todos los finales, me prendé de H. de un modo que aún no comprendí sino hasta mucho después, entonces decidí – como ya dije- publicar toda esta historia desde fuera y no de dentro…

Aquella última noche, después de pretender miles de enojos, me dijo casi en silencio “ven acá”. Nos abrazamos y todo mi rostro, torpemente, se posó sobre su cuello. Al instante reaccioné. No sin dejarme llevar por un minuto.

Minuto que acabo de recordar.

ps. aún tengo perdida en mi cuarto esa flor de papel que me regaló una de las noches en que habíamos salido. Ojalá cuando la encuentre…aún lo deje estar cerca de mí.

moccas
los tres últimos moccas

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Respuesta

Ernesto:

He querido contestar prontamente tu carta sin resultado alguno. Escribí unas líneas y al descubrir en ellas que habías visto una de las cosas que tu viaje me había dejado, sonreí. No tengo mucho tiempo para explicarte como el miedo se ha ido salivando en mi voz, ni como mi paso acostumbrado ha dejado de ser costumbre, ni puedo explicarte que sienten mis manos (solamente el puro deseo de escribir). Hace unos minutos me levanté en silencio, cuando ya todos habían dormido. Vi mi rostro en el espejo, mis ojos están hundidos y los cubre ese velo negro que me anuncia la llegada del día que no parecia llegar. Quiero andar por miles de lugares antes que mi voz muera en tierra. Quiero volver a sentir la energía poblar mis alegrías y más aun, quiero escribir sin dejar de soñar.

Estos días mi voz se ha encerrado en mi propio eco. Es la primera vez que el miedo invade espacios ajenos en mí…

Si esta enfermedad es una buena amiga, entonces prefiero seguir volando, como tú dices, con paciencia, valor y palabras en mano.

Primer Sabado de Julio, lejos de todos, ajena a todo..

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Primer dolor físico.

El dolor se ha ido apoderando de mí hasta no encontrar más espacio donde asilarse. Me ha sonreído la constricción de mi quejido silencioso, y mi cuerpo, inútil, se ha despojado de salud y se ha echado al abandono. No sentía mis piernas, pero ya no las quería. Puedo volar, como diría Frida Kahlo acerca de sus eternas alas (sus pinturas). Yo sólo tengo palabras que me comunican con el resto del mundo. Así, para llegar a mi corazón, baste un puchito de flores con aroma, un manojo de helechos verdes, un pedazo de pan llevado a mi boca o un sorbo de agua en aliento. Solamente me tengo en estas manos que a esta hora de la madrugada me piden continuar. Estos días, hacinada en un rincón, echada, sin color, estos días sólo tenía el techo (literalmente) como límite. Mientras tocaba mi cuerpo pude darme cuenta que esta enfermedad podría llevarme más lejos de lo que yo misma quisiera. Hace dos mañanas cerré los ojos con fuerza y miré hacia arriba, con ganas de despertar del alcohol de mi propia inmunidad, de esa prudencia vana que rodea mi cuerpo cuando todo está dicho.

Esta misma situación se había repetido por dos semanas. Algo tarde para reaccionar a pesar de mis precauciones, me cobijé en el tiempo de A., personaje distante pero a quien traté de llevar hacia mí. En efecto, entre las noches en que gané su mirada, el dolor parecía esconderse. Al sonreír, encontraba su respuesta rápida y entonces sentía que el cobijarme bajo sus torpezas de hombre y bajo su rima poco sentida, podrían sanarme sin que mi cuerpo lo resintiera. Sin embargo, todo terminó por escapar a mis propias fuerzas. La última noche antes del desenlace en este cuerpo mío, A. me había regalado dos abrazos extensos. ¿Yo? Les hice espacio en mí. Un par de malentendidos me llevaron a la noche del sábado. Después de (intentar) escapar de mi propio dolor físico en una huída a la Molina a encontrarme con C., camino a casa, llamé por teléfono a A. casi por sorpresa. Sorpresa la mía cuando al escuchar su voz encontré mi dolor físico renacer en cada una de las palabras de él, en cada extenso gesto, en cada oración. Ya sin fuerzas, con dos lágrimas surcando mi mirada mientras las luces cortaban mis mejillas, decidí abandonarme al dolor que ya no era sordo. En un par de días más fui este dolor andante en cada costilla mía. Mis piernas enmudecieron y me ausenté de éste mundo que quizás ya me había dado un espacio en esta esquina, desde la que dejo mis palabras decir y sentir lo mucho que yo no puedo.

Así, después de extensas conversaciones con A., mi intuición me abandonaba. Traté de buscar en su voz la calma que semanas atrás me había dado pero nada resultó: A. era un ser inerte ya para mí, y en los días siguientes, viendo frustrado mi sueño de recuperar esa felicidad, el dolor en mi costado aumentó. Desperté la mañana de miércoles hecha un mar de sensaciones diferentes unas a las otras. Mis manos, mis brazos, mis muslos, mis rodillas, mis caderas, mis ojos, mi respiración, mi pelo, mis labios, todo éste cuerpo mío y querido se abandonaba por espacios de tiempo. Sólo miré hacia ése techo, de frente, mientras mis ojos surcaban gruesas lágrimas de incomprensión. A. desapareció en éste propio dolor físico que me impide ya caminar, C. había ya desaparecido ése sábado al dar yo media vuelta, mis palabras ya no dirían más: empecé a enmudecer.

Para sorpresa mía, descubrí que alguien lee éstas palabras mías que no hablan más de lo etéreo sino de lo tangible de mis experiencias. Un pedazo de mis mundos está aquí, el otro está en mi sonrisa huída. El dolor me ha ahuyentado de mí misma. Me gustaría saltar de puntillas de extremo a extremo en esta habitación, ver al pie de mi cama un puñado de flores hechas a mano, un libro, un café recién pasado… me gustaría sentir la brisa limeña cerca al mar y la lluvia de invierno acercarse ya a mi gris ciudad. Me gustaría volver a mis lecturas y dejar de pensar en Isadora Duncan o en Frida Kahlo, me gustaría coger mi cámara y recorrer a pie ese mar que extraño con los pies desnudos sintiendo las piedras…me gustaría ver el brillo en mi pelo renacer, el rosa en mis labios regresar… me gustaría abrigarme en un cuerpo diferente al mío ésta noche, descansar en él, mientras el amanecer nos enfría las manos y llegan los primeros ecos de la mañana, el ruido de los carros, las voces de los niños corriendo, las olas golpeando…

Me gustará regresar sobre mis pasos en unas semanas, cuando el sol ya no caliente más, cuando no tenga que seguir llenando mi cuerpo de medicamentos para poder sobrevivir al dolor que me aqueja y consume, cuando ya no tenga que usar siglas escondiendo nombres y recuerdos, cuando mi pelo quizás más corto pero dócil brille al atardecer, cuando me llene el alma de música y la alegría me llene el pecho de emoción…

Que ganas de sostenerme, que ganas de irme – cuando esté en ésa orilla – que ganas de huir…

ps. Estas líneas las escribo con el dolor renaciendo en mi cuerpo de abajo a más abajo. La dosis de calmantes y medicamentos siguen su curso, más no mi entereza, huída después del segundo diagnóstico médico.

orilla

Esta es la orilla donde me he tenido por única compañía, a donde regresaré cuando despoje a este cuerpo de su dolor…

Melodía para asilarse a la orilla del mar, caminar, escribir y soñar..

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Primeros días de Julio

Anoche describí mis sentires por el teléfono y siendo ya tan entrada la madrugada y la emoción, sólo dejé a mis palabras definir lo que yo no podría.

Esa misma voz fue una buena compañía, pero que deseos de que la rima congelara momentos exactos, tiempos exactos.

diario

la palabra hecha emoción

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