Conversaciones

La última vez que vi a Ernesto, se despidió con un beso rápido y sentido. Volteó para dejarme impresa una de esas miradas en las que uno pareciera decir todo pero finalmente se embarga de silencio. Hacia la noche siguiente, él desde el aeropuerto, yo tras el teléfono, musitábamos algo contentos una buena despedida. Sin percatarme, al saberlo irse por casi un año más, un nudo gigante crecía en mi garganta. La gente a mi lado miraba sorprendida, mientras mi voz se rompía en ecos, Ernesto despedía de mi esta su última visita con el mismo recuerdo del año pasado: Yo no lo recordaba pero fue la misma manera en que sucedió… mi voz había sido la última en acompañarlo en tierra.

Cuando colgué las lágrimas se quedaban en los surcos de mi sonrisa y mientras las luces rompían rápidas a través de la calle, me sorprendí a mí misma tosiendo penas mezcladas de alegría. Recordaba su sonrisa al verme por vez primera después de tanto tiempo, allí, en esa universidad… Fue el último sábado de sol en Lima y sólo recuerdo que tomé su mano, nos abrazamos, me regaló el libro más bello y más bueno que sabía bien yo podía recibir, una caja de chocolates, unos llaveros que llevo conmigo, y una foto bonita que él había tomado hace ya un tiempo.

Lo llevé a la Punta. Nuestro paso encabritado y contento, contrastó con lo que hallamos en plena plaza. EL cortejo fúnebre avanzaba rápido. Paseamos un par de horas, mirábamos a la gente, alguien me reconoció y Ernesto hallaba sorprendido mi mirada, mi paso, mi ropa y mis palabras. El sol prendía fuerte, le pedí que me fotografiara en un par de lugares y luego, echados sobre las piedras, las ideas comenzaron a correr calmas frente al mar.

Después de nuestra conversación, ambos decidimos marchar. Su padre lo esperaba en el hospital. De vez en cuando sostenía su mano y jugábamos inadvertidos a emular situaciones ajenas. Fuimos a comprar pastel de acelga (aquello por lo que declaro mi más franca predilección) y tomamos un taxi. Estaba tan contenta de verlo que la alegría me duró hasta el día de su partida y las veces en que volví a verlo, bajo nuestras conversaciones siempre caía una sonrisa a tiempo, una palabra bien dicha, recuerdos bien guarecidos, compañía… me preguntó un par de veces por alguien que mencioné en esta página, y al igual que cualquier otro desconocido, cité su inicial. El sonrió diciéndome que ese alguien muy tarde se daría cuenta de la gran pérdida. Yo sólo la padecí ésa tarde en la plaza gigante donde la gente veía mi melancolía, después ignoré el rumbo de su vida y desestimé algún tipo de amistad con un ser tan dispar a mis ambiciones y sentidos, con un ser que vive en un pellejo de hombre para satisfacción suya. Ernesto me miró contento y sentí muy fuerte esa emoción de saberlo cerca en el momento exacto.

Sin embargo, después de diez años, Ernesto volvía a mi tierra. Pocos saben de él, pocos saben quien es realmente.

Esto es por lo que vale la pena mi admiración por el retazo de tiempo con él.

handshake

La Punta, Mayo 2009

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