Archivo por meses: Junio 2009

Correo

Hoy me levanté temprano, motivo de sorpresa para mí. No hacía demasiado frío, había tenido un descanso reparador. Mi garganta aún silbaba mi voz. Mi espalda aún resentía mi dolor.

Hace una semana o algo más, me habían anunciado que vendría el correo con un encargo pequeño para mí. No dije nada en casa, el correo llegaría con sigilo y allí entonces habría algo por comentar.

El correo llegó hoy temprano a casa, una breve sonrisa me poseyó por un espacio de tiempo suficiente, tiempo en el que sentí un beso de mi madre en la frente y me dijo:

– Hijita, qué bien..

ps. post que escribo por emoción de mi madre más que mía…

Fosforo1 fosforo2
si desean relajarse con una bonita melodía, acompáñense con esta pieza de Bach*.

Conciertos de Brandenburgo n° 3

* Antes una pieza de piano que removí por capricho. Sigue leyendo

Once años ya…

Este lunes fue como aquel. Rodeada de voces, de gente, el frío sobrecogía mi entereza y sólo quedaba esperar la noticia que llegó entradas las dos de la tarde. En ése momento el cielo se cerró, nubes negras acecharon fieras a una mañana gris y polvorienta. Mis ojos no veían, mis pies ya no marchaban. La pena comenzó a cortar mi pecho en haces, y sentí lo que era el miedo, el pavor, la resignación. En ése momento fui muy humana, y las escenas se dibujaban en mis ojos pero ya nada era real: no más tardes como aquellas. He tomado un segundo para hablar de ése dolor en mi costado, ésa lágrima nacida de alegría, de esa nostalgia, de ese nombre, de parte de mi vida misma. Nadie sabe lo que sucedió ese lunes hace once años ya, y quizás sea éste el momento de callarlo para siempre.

Sabina…

Sigue leyendo

Conversaciones

La última vez que vi a Ernesto, se despidió con un beso rápido y sentido. Volteó para dejarme impresa una de esas miradas en las que uno pareciera decir todo pero finalmente se embarga de silencio. Hacia la noche siguiente, él desde el aeropuerto, yo tras el teléfono, musitábamos algo contentos una buena despedida. Sin percatarme, al saberlo irse por casi un año más, un nudo gigante crecía en mi garganta. La gente a mi lado miraba sorprendida, mientras mi voz se rompía en ecos, Ernesto despedía de mi esta su última visita con el mismo recuerdo del año pasado: Yo no lo recordaba pero fue la misma manera en que sucedió… mi voz había sido la última en acompañarlo en tierra.

Cuando colgué las lágrimas se quedaban en los surcos de mi sonrisa y mientras las luces rompían rápidas a través de la calle, me sorprendí a mí misma tosiendo penas mezcladas de alegría. Recordaba su sonrisa al verme por vez primera después de tanto tiempo, allí, en esa universidad… Fue el último sábado de sol en Lima y sólo recuerdo que tomé su mano, nos abrazamos, me regaló el libro más bello y más bueno que sabía bien yo podía recibir, una caja de chocolates, unos llaveros que llevo conmigo, y una foto bonita que él había tomado hace ya un tiempo.

Lo llevé a la Punta. Nuestro paso encabritado y contento, contrastó con lo que hallamos en plena plaza. EL cortejo fúnebre avanzaba rápido. Paseamos un par de horas, mirábamos a la gente, alguien me reconoció y Ernesto hallaba sorprendido mi mirada, mi paso, mi ropa y mis palabras. El sol prendía fuerte, le pedí que me fotografiara en un par de lugares y luego, echados sobre las piedras, las ideas comenzaron a correr calmas frente al mar.

Después de nuestra conversación, ambos decidimos marchar. Su padre lo esperaba en el hospital. De vez en cuando sostenía su mano y jugábamos inadvertidos a emular situaciones ajenas. Fuimos a comprar pastel de acelga (aquello por lo que declaro mi más franca predilección) y tomamos un taxi. Estaba tan contenta de verlo que la alegría me duró hasta el día de su partida y las veces en que volví a verlo, bajo nuestras conversaciones siempre caía una sonrisa a tiempo, una palabra bien dicha, recuerdos bien guarecidos, compañía… me preguntó un par de veces por alguien que mencioné en esta página, y al igual que cualquier otro desconocido, cité su inicial. El sonrió diciéndome que ese alguien muy tarde se daría cuenta de la gran pérdida. Yo sólo la padecí ésa tarde en la plaza gigante donde la gente veía mi melancolía, después ignoré el rumbo de su vida y desestimé algún tipo de amistad con un ser tan dispar a mis ambiciones y sentidos, con un ser que vive en un pellejo de hombre para satisfacción suya. Ernesto me miró contento y sentí muy fuerte esa emoción de saberlo cerca en el momento exacto.

Sin embargo, después de diez años, Ernesto volvía a mi tierra. Pocos saben de él, pocos saben quien es realmente.

Esto es por lo que vale la pena mi admiración por el retazo de tiempo con él.

handshake

La Punta, Mayo 2009

Sigue leyendo