Archivo por meses: febrero 2009

De cómo volví a encontrar un pedazo de mi vida, por segunda vez.

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Y así fue como pasó.

Había venido buscándolo cerca de tres meses o probablemente más. Había visto su nombre, estaba registrado en mis clases. Había visto sus clases, estaba registrado en mi mismo edificio. Había recordado su risita bribona, había recordado aquella vez en el parque fumando (yo sin saber hacerlo ciertamente), había recordado su emoción al hacerme escuchar algunas cancioncitas en inglés, Janis Joplin y también había recordado su inútil cobardía.

Ya había ensayado muchas excusas, encuentros y saludos. Le diría hola que tal como estas tanto tiempo – pero después pretendería frialdad. Hace algunas semanas tenía todo calculado a la perfección: busqué por todas las aulas. Me asomé a algunas ventanas. Me puse de puntillas, salté, subí dos pisos y los bajé con relativa rapidez. Toqué puertas, corrí cortinas y asomé mi cabeza hasta que ruboricé al verme frente a frente con los profesores que dirigían sus clases. Vergüenza. Pero que más daba: cuando eso sucedía, sonreía leve, hacía una media venia ensayada y premeditada y daba media vuelta en mis talones. Todo por ese trocito de vida que a veces me falta.

Entonces pasó.

Decidí comer fuera. Decidí salir. Decidí tomar un carro.

Llegué al paradero. Esperé breves segundos. Prendí la música. Cantaba o intentaba hacerlo, en inglés. No me sobraron los minutos cuando vi de soslayo. Era él. Y ahora (pensé…) – a dónde se iría todo el ensayo preparado para éste día, cómo lo abordaría, qué le diría, cómo me acercaría, que murmuraría, aún me recordaría (?), pero si dan ganas de abrazar el pasado en éste sólo segundo… y mientras las ideas corrían en un haz de luz rápido y diligente, sobrepasé su sombra. No tuve el valor de decir algo. No dije nada. Estaba hecha un manojo de nervios por dentro, un raro sentido de intuición abandonado a su suerte…

El apuró el paso, me miró. Grande fue mi sorpresa cuando vi que me reconoció, que me sonrió, que recordaba mi nombre, que ….

– ¿C….? vaya….. eres tú…
– ¿Rocío? …. que haces por acá…. ¿cómo estás?
– ¿C…..? (tosiendo nerviosa)………. eres la última persona que imaginaba encontrar por acá… Voy en ése carro (señalándolo)…
– Yo también. Voy a …

Subimos. Ambos de pie. Comencé a recordar como un dominó caído del cielo todas nuestras historias, mi amigo, mi buen (in)feliz amigo, el pedazo de vida, el rompecabezas, el espíritu huído de mi mundo y la palabra dicha a destiempo…

Sonrojada de emoción, abracé los últimos días de nuestra amistad. Recordé sus últimas palabras hace tantos años. Reí. Me dijo que estaba bien, pero lucía veinte años mayor. Su barba siempre ahí, enjuto, parecía enredado en sus hombros. A los pocos segundos ya había reparado en el anillo que encerraba su dedo y la respuesta a mi pregunta calló cuando le repetí dos veces como había estado y me respondí a la vez…

– Sin embargo, tú, estás igual desde la última vez que supe de ti. (Y señalé su anillo).
– Ah, pues sí…

Pasaron las calles. Estaba tan contenta que la emoción probablemente tiño mi ánimo. Fueron minutos rápidos de qué-haces-cómoestás-trabajas-estudias-quesucediótodoéstetiempo. Mi pedazo de vida estaba ahí, a su lado. No podía dejarlo ir sin embargo, se fue. Para cuando dejó el carro me sorprendí encogida de manos sobre las rodillas. Miré a la ventana. Pensé que las cosas menos esperadas vienen más pronto. Despidió su huída con un breve adiós, y sólo dijo..

– Te veo…

Pasó media hora, algo más. Intranquila, dejé todo y junto a mi ya clásico ya vengo emprendí una lucha incesante por calles desconocidas antes para mí. El sol quemaba. Apuraba el paso. Dos y treinta de la tarde, minutos antes. Esperé según mis cálculos en la esquina paralela a dónde creí haberlo dejado. Miré a todas las esquinas posibles. Dieron las tres de la tarde. Ni un teléfono, ni una dirección dónde saber de él. Se me ocurrieron miles de porqués. Sólo los datos escurridos de la conversación. Un pensamiento, y sus treinta años a puertas.

En fin, quizás pueda verlo hoy. Recorreré los mismo pasadizos. Quizás sin suerte.

esquina

Quizás confundí las esquinas… no lo sé.. ésto es prueba de que por allí estuve..

Ps. Ah claro, me preguntó por Ernesto. ¿Yo?…. Sonreí tranquila, después de mucho tiempo….
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Del regalo perfecto..

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Ese lunes en que salí con C., la tarde caía tranquila. El calor intempestivo sin embargo, me tenía inquieta. En el camino, algo largo, pensaba en las cosas que tenía que hacer hacia las cinco de la tarde. Releí un par de líneas de un libro, una tonada se repitió en mi cabeza, y de pronto me perdí en el verso de otras melodías que acompañaron mi recorrido. Llegué al edificio donde trabajo, tenía intenciones de dejar mi bolso, pero al instante lo olvidé. Entré al baño, me vi al espejo y pasé los dedos por mi pelo. Entré al computador a revisar algunas cosas. Había tenido una mañana intranquila por los pensamientos de siempre (hoy calmados por una respuesta a destiempo) y buscaba algún tema algo impersonal que postear en mi página para de algún modo sentirme compartida. Entonces comenzó la espera: nadie por las bancas (como acordamos), nadie en la cafetería (quizás quiso comprar algo), nadie por los pasillos ni por la entrada del estacionamiento, ni por la puerta principal…solo el viento. El viento que hizo de ésa tarde agradable. Amable. Incierta.

Y los cuchicheos de personas cercanas callaron de momento cuando a los minutos sonó mi teléfono. Respondí con monosílabos y frases cortas (Sí? – ¿Por dónde? -Está bien – Voy para allá ). Al instante sus miradas cruzaron las mías y en un gesto perspicaz y risueño, con aliento a travesura, prorrumpí el silencio intempestivo.

– Bueno, ya regreso.

Escuché un murmullo, pero repetí que “ya venía”. Cuando salí hacia la puerta principal, no pude verlo. Entonces el alzó los brazos con una sonrisa grande. Sonreí. Y nos saludamos con un abrazo fuerte, como se le saluda a los amigos. Y emprendimos el paso.

– ¿Cómo has estado? Ya tanto tiempo – me dijo.

Sonreía. Una alegría ajena encendía mi interés y curiosidad. Después de quejarme de caminar tres cuadras y después de que él me llamase interesada por no haber él llevado su auto, nos sentamos en una banquita de un parque inmenso. La gente paseaba libre, con mascotas o con niños. Los árboles se mecían débiles. Las primeras luces del atardecer crecían.

Por primera vez pude escucharlo hablar. No era ya el muchacho que trataba de iniciar una conversación inopinada con alguien unas semanas mayor que él (hablo de mí). Y por vez primera pude notar el color de sus ojos marrones. A través del sol, lucían colmados de un rubor atrayente, y su mirada me enamoró los siguientes minutos…

Entonces le abrí mi pensamiento. Él escuchaba. Cuestionaba. Añadía. Comentaba. Susurraba. Sonreía. Y se burlaba a veces, porque muchas de esas veces en que murmuraba lo hacía con doble intención. En ése momento quise detener su voz y estar más cerca de él, hasta llegar a sus labios.

Despedimos al tiempo y debíamos marcharnos. Al instante se me ocurrió qué regalo hacerle por su cumpleaños. Lo mantengo aún en secreto. Caminábamos, se reía al verme, escuché algo como “¿por qué no me besas?” en alusión a algún comentario mío, que seguramente también tentaba a provocarlo. Buscaba persuadir su ánimo, mis ojos se tendieron como oceáno a su instinto y yo y mis diversos mundos éramos un sólo propósito unido en el péndulo temporal del deseo.

Entonces cambiamos el rumbo, dimos la vuelta a otra calle, un par de pasos más, y me cogió por el talle. Rendida ya, después de una hora de lucha silenciosa pude sentir sus labios delgados, su boca pequeña, su (y mi) respiración agitada… Con ese gesto, cerré la tarde, ambos temblábamos torpes pero quizás uno más que el otro. Frente a él, murmuré frases. Él me miraba con el rostro enceguecido de algo que lo consumía. Un abrazo largo seguido de un gesto de cariño. Intenté tomar su mano pero algo me contuvo y dejé de buscarla, y la dejé caer, confundida.

Tengo más pensamientos sobrevolando mi espacio ésta noche. Esa tarde ajena que recordaré a bien me dejó un no-se-qué de nostalgia y alegría.

A veces me cuestiono lo atemporal de la cercanía y lo especial de un sólo momento hecho humano, miles de momentos a decir verdad…

Y no mentí cuando dije que “ya venía”. En efecto regresé al lugar que dejé pasadas las cinco diez de la tarde..

jardín

ps. a propósito de ése día, el mismo parque, la misma banca, a las seis treinta de la mañana unos días después.. Sigue leyendo

Tiempos Blandos..

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Cuando despierto por las mañanas, generalmente el sopor se apodera de todo a mi alrededor: las paredes hierven, la cama es insoportable, el sol no deja de quemar, las sábanas caídas en el suelo o a medio caer, la radio escondida, mi biblia bilingüe en uno de los bordes, mis aretes en la mesita de noche. A tientas busco las sandalias, pero seguro que a medianoche las dejé más lejos de donde recuerdo. La ropa cuelga en desorden del mismo perchero, y dos amantes cuelgan de la pared emulando un beso largo, sentido y discreto. Hoy amaneció con ese mismo calor descomunal, haciendo que las siete de la mañana parezcan las nueve. Un sorbo de té azucarado, un trozo de pan para callar el hambre. Y el mes que no termina de empezar…

Aún tengo el pelo húmedo mientras escribo éstas líneas. El dinero se ha ido acortando y la ociosidad mediana acumulando en las esquinas. Detesto aceptar que no he leído con esmero éstas últimas semanas. A decir verdad no he leído. Me siento estéril, inmerecida, apocopada, nueva pero cortada, el tiempo se marcha pero no es contundente. ¿Rostros que recuerdo? Muchos. ¿Rostros que voy recordando? Varios. En fin, éste fin de semana sólo quisiera salir con ese hombre ingenuo que sonríe leve, a quien veo algunas noches disiparse entre las esquinas donde los carros corren rápido. ¿Cómo podría él saberlo? Bah, todos éstos maniqueos atemporales del dime-que-te-diré…en fin, locuras del tiempo..

tiempo

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