Archivo por meses: Enero 2009

Texto apócrifo

Iba saliendo con algo de prisa de casa cuando al dar la vuelta y comenzar a cruzar la avenida, su voz me sobrecogió. Él iba saliendo del lado contrario, tenía una mirada seria. Acercó unos cuantos pasos y cuando estaba ya bastante cerca lo miré y sonreí algo.

– (Fingí sorpresa) ¡Hola…que tal!
– Que tal Rocío…

Y de la nada sentí el cuerpo helado. Por alguna razón que jamás he comprendido, toda yo era una mujer tembleque cuando surgían situaciones inesperadas. Me invadió el miedo, el rubor me cubrió las mejillas y una ligera suposición del ayer cobraba importancia después de haberlo soñado exactamente la noche anterior, en la que en sueños lo llamé con cariño hacia mi costado.

No sabía ya nada de él. Estaba como siempre muy distante. Yo sin embargo traté de aparentar indiferencia, pero noté que era imposible pues en algún momento ése hombre tuvo un lugar especial en parte de mis días. Sonreímos.

Después de holas y quetales y algunas miradas de más, nos separamos. Yo quería sentir un fuerte abrazo suyo, quizás en un breve recuerdo.. pero al instante los malos ratos regresaron en mi mente así que lo despedí con un buen apretón de manos. Saludé mi entereza ante inusitada reacción, dado que mis sensaciones no dejaron vencer a mi razón. Su vida ha seguido, la mía también. La suya al lado de alguien, la mía al lado de siempre: conmigo misma.

Caminamos unos pasos y sobrevolé dos adioses. La tarde quemaba y el calor me invadía las entrañas. Hace mucho que no sentía ese calor agitarme, pero después de que desapareció en la luz infinita, seguí caminando con el puño de llaves en la mano. Sujeté mi pelo despacio. Tosí. Volteé en dirección contraria.

Ya eran las seis casi y el sol no terminaba de irse…

rosatel

Sigue leyendo

Retazo

Pero aun estaba en USA. La ultima noche, en la lavanderia del sotano de mi edificio, supe que me iria para no volver. Mis ojos recorrieron todas las esquinas de esa pequeña cuevita humeda y solitaria. El ultimo cesto de ropa que me faltaba lavar lo traia cargado con algo de dificultad en los brazos. Mis pies estaban desnudos. Eran las tres de la mañana. Las lagrimas me corrian por las mejillas, ya nada estaria otra vez. Cuan feliz y cuan triste habia sido en ese pais que no hablaba mi lengua, ni comia mi comida ni conocia mis caprichos ni quehaceres… que sería de mi familia, pense. Y con las lagrimas haciendo borrosos los recuerdos, comence a hurgar entre la poca ropa que traia en el cesto. Un sumido cascabeleo venia de la lavadora, y al echar mi ropa, sorprendi algo mas extraño todavía: mi ropa se movia. Lo que en principio me temia (un animal no identificado que alarmaria mi sordo temor) no era tan incierto… un murciélago yanqui me habia asustado dejando mi cuerpo languido y mi respiración huida y tiesa. Deje el cesto, la ropa y viendo las columnas de madera, me despedi de ese sotano a tientas, dejando todos los recuerdos alli, y llevandome la mano al pecho subi despacio las escaleras de madera, evitando que crujan para que el murciélago prosiguiera su lucha cansina por entre mi ropa interior y mi vestido nuevo. Una vez arriba, azote la puerta que daba al sotano rapido, atravese una silla y nuevamente me converti en mi propia compañía. Quise hablar con alguien pero estaba sola. Encendi la tele, saque algo de helado del refrigerador, me desnude y me eche al sillon, repasando mi lengua por entre mis labios, aun llena de temor, llena de un miedo que dibujo una sonrisa perogrulla y entre la tele y la mañana que seguia marchando a paso acostumbrado, recorde que tenia que empacar, mas pense que lo haria al irse las horas… no dormiria, pero al menos comeria lo ultimo de helado sobrante antes de irme por completo de alli…
Holy Cross, entrada

copia de hoja de diario. sin correcciones. Sigue leyendo

15 de diciembre

Aquella mañana había perdido la concentración. Recordé muy temprano que ése día, quince otra vez, un año más le pasaba por la mente y el cuerpo. Entonces, ya lejos, Ernesto sólamente estaría en un lugar rodeado de agua, de cielo, de recuerdos y gestos moribundos de felicitaciones, quizás con suerte soñaría sus usuales imposibles. Con suerte diría estoy bien y el eco de su mirada que jamás se ha borrado de mi pecho, se haría infinito.

Yo a él lo conocí hace mucho. Un gusto inadvertido por leer. Por rehacer historias sin pensar mucho en elquedirán. Por quizás soñar como siempre, más de la cuenta.

Hace unos días supe de él. Y como por arte de magia, desde la última vez que lo viera, todo es silencio. Ya no es la persona bondadosa que era conmigo, no es el hombre que solía reírse y disfrutar de nuestras voces. Sus lecturas ahora escasean. Ahora vive de retazos, de tiempo, de puñados de centavos, de obligaciones, de engaños y hastíos. Ya va entrando en años, ya las ojeras se le dibujan gigantes y su pelo antes castaño (sobre el que mis dedos jugaron tantas veces) ahora se caía sin remedio, sin emoción. Su corazón: seco. Sus palabras: mudas, vacías.

Cuando por fin lo encontré, a casi diez años de no verlo ni sentirlo como en ése primer momento, mi corazón se detuvo. Sin tener el valor de voltear la mirada, sonreí nerviosa, encogí mi cuerpo pensando esconder en mis entrañas las lágrimas de felicidad que me crecían al verlo. Me abrazó tan fuerte y tan torpemente que sonreí. Allí estaba él, frente a mí, enjuto como siempre. Su sonrisa cascabeleaba y sonreía como aquel pequeño niño que había guarecido su ternura en mis manos. Ya no habían cartas, ya no habían tequieros y tampoco el más mínimo susurro de esa historia que nos había unido. En ése abrazo, ése sólo instante, sólo inició nuestro más grande adiós.

Tuve semanas de encontrar tiempo, ganas y motivación para dedicárselas y hacerle saber que no lo había olvidado. Que -muy al contrario- lo extrañaba. Y el desorden me ganó al punto de no poder decirlo. Pero ésa es la magia del tiempo, de los sentimientos sinceros, del cariño verdadero, de ése finix desolatrix veritae que he releído varias veces: lo infinito jamás tuvo comienzo y jamás tendrá fin.

“Yo te recuerdo” – deberían ser mis primeras palabras, y a cambio, ensayé un pequeño texto teniendo la esperanza de regresar a él con miles de emociones.. y lo guardé y lo esbozé como sigue:

“Cuando muchas de esas tardes se sucedieron unas a otras, hubo solamente una única en la que Ernesto sonrió leve al dejar el pasillo y esperar mi mirada inadvertida, confundida, que sé yo.

Yo tenía diecinueve años en aquel entonces, apenas y conocía a las personas y poco a poco muchos ganaron confianza y cariño en mí, y mis ropas antes largas, se hicieron a veces más fruncidas y a la medida. Mi pelo creció, mis manos dejaron de escribir tanto para sosegar su ánimo en lecturas y pensamientos cotidianos. Mis manos entonces comenzaron a dibujar senderos antes secretos…”

Aquella mañana de navidad recibí su voz casi irreconocible para mí. Tosí. Supe que era él por esas cosas imposibles de entender. Volvió a decirme que la primera vez que me vio le había antojado abrazarme, que le llamé la atención por razones ajenas a mí, y que cuando vio que bajé del carro en el mismo sitio a donde él seguiría yendo por un par de años más , sonrió.

– Así fue Rocío, así te conocí, después tú comenzaste a trabajar allí y te conocí…

Y así se iban las tardes, despidiéndolas con ese gesto suyo de adiós que no podré olvidar jamás. Al marcharse él esperaba mi sonrisa de buenasuerte y en los años siguientes fue el hombre que con más fuerza y constancia amé, a quien me entregué en alma más que en cuerpo, a quien le dediqué muchos de mis textos, mis pensamientos, mis sentires y mi nombre y toda yo fuimos parte de ése hombre que nadie conoce, o quizás que tantos han visto solitario con las manos en los bolsillos, paseando ligero y pensativo sabe dios donde..

Sé que nunca está lejos de mí ni yo de él, pero por ésas leyes del destino…

Diario, Eucalipto

Sigue leyendo