Archivo por meses: Diciembre 2008

Ya son veintitrés

Salí apurada, esperando así las nueve treinta. Los pasillos del edificio son todos iguales: no hay forma de escapar del aire casi ensordecedor que encoge los pulmones. Como todas las noches busqué música y la puse en mis oídos. Busqué esas canciones que me gustan y mientras bajaba por el ascensor (5, 4, 3, 2,1..) recordaba la noche anterior.

Me quedé despierta como hasta las cuatro de la mañana. Como a la una de la mañana estuve revisando información sobre lectura musical. Eso me hizo recordar mi antigua amistad con algún amigo que mi memoria guarda de manera tan desgastada, tan particular. Estuve revisando las páginas en línea, y de pronto recordé que quería renovar la lectura de éste espacio con un nuevo blog. Y recordé diciembre. Y recordé que de algún modo, era especial.

A punto de salir a casa, un llamado peculiar (dos dedos golpeando mi hombro izquierdo rápido y ligero) me distrajeron. Era aquel amigo del que ahora sólo tenía el recuerdo. Creo que sacudió su voz un pocó, se notaba algo entrecortada. Yo presté atención a su pelo, que se veía agitado. Llevaba una polera ploma. Y la verdad me sorprendió mucho verlo allí.

Sonreí. Ambos usamos esos espacios físicos al encontrarnos para guarecernos de la presencia del otro. Lo que me turbó más fue que segundo antes lo había recordado, lo había recordado la noche anterior, pues la luna llena estaba a punto de ser plena. Había recordado su voz y su manera de tocarse el mentón cuando piensa o cuando está nervioso, y la manera en que su brazo izquierdo cruza todo su pecho para sostener la quijada que toca su mano derecha. Entonces, deshaciéndose en palabras cortas, monosílabos, aclaraba la voz en suaves espacios de aire. Y luego dejó el nerviosismo para convertirse en el acusador de mi comportamiento.

– “Venía pensando en ti (no hay nada de malo en ello pensé apenas lo dijo) y luego te vi cruzar la avenida. Los carros corrían. No sabía que hacer. No sabía si correr hacia donde tú estabas o seguir de largo, era curioso porque no sabía que hacer. Bueno corrí te di alcance. Quería saludarte, por eso crucé la pista en cuanto te vi. Si, crucé…”

– (Dándome cuenta que en efecto, había corrido) Ah…. ya veo. Y dime, ¿de qué quieres hablar?

Entonces fue cuando realmente lo puse en aprietos. Con algo de rubor, incursionamos en una conversación ligera. La abandonamos. Después de algunas breves sentencias, y mi inusitada forma de “incomodarlo”, él no tuvo más remedio.

– “¿Por qué haces esto? ¿no te das cuenta que hace tu comportamiento en los demás? Yo quiero conversar contigo y de pronto me di cuenta por qué no podemos hacerlo. (Enfático) ¡Es por ti Rocío, no por mí!

Entonces comprendí que había algo de mí que hacía de sus sensaciones un abanico de tormento, cosa que admito me encantó sentir. De algún modo me era divertido ver lo confuso de mis pensamientos traducidos en palabras pues él sabía que no podía coger al menos alguno de mis argumentos y marcharse con ellos. El cielo estaba claro. La luna llena había llegado a su plenitud.

Fuimos interrumpidos por una llamada. Al silencio después de terminarla, le sucedió una revelación de escándalo.

– ¿Por qué quieres ser mi amigo, conversar conmigo, en fin no entiendo cuál es tu interés… por qué yo?

Y aclarando la voz y sacando las manos de la quijada y del pecho, prorrumpió.

– Porque eres una persona interesante y nunca he conocido a alguien como tú.

Vaya! Ahora sí estaba confundida. Hace unos años nada más era ignorada después de muchos sábados en qué comencé a crecer mi amistad con él. No sólo ignorada pero también rechazada cuando los sentimientos de ambos degeneraron en vértices opuestos, cuando el caldero de lo humano tomaba el control de la posesión de nuestra razón. Y ahora, ahora en que el tiempo estira, ahora en que me terminé de ir por completo… como se riega de emoción lo árido de ese pequeño – en aquel entonces- infierno?

A veces extraño mucho a aquel moleque. Aquellos sabados extensos, huidos de la rutina, donde el agua llenaba la panza de ingrata hambre, donde las miradas eran el conjunto de una complicidad que nunca nos hizo daño… Extraño demasiado a esa mirada de razón en el vórtice de mi ilusión y a ése pedazo de hombre que leía mis líneas breves.. El sabe que lo extraño, y lo vuelvo a repetir, lo hago, pues nunca conocí a alguien que poseyera a su razón como bien amado. Inútil describir más de lo que no se tiene.

Siempre lo recuerdo, pero dudo que alguna vez retenga esa idea en la mente. Entonces su recuerdo se esfuma, y por segundos varios me gustaría olvidar ese nombre, volver a la playa, escuchar gente reir al final de la orilla… y escuchar sus aburridas conversaciones sobre polímeros (¡Dios me coja confesa y me absuelva!). Esbozé un adiós mientras él se marchaba. Le volé un felizcumpleaños con la mano, no volví la vista atrás. Mi última pregunta:

– Acaso…ya crees en Dios?

Fue replicada con una amable invitación y un beso de despedida.

– ¡Ya ves! Por eso tenemos que hablar.

Caminé luego entre las personas. Puse música a mis oídos. Lo admito…. lo volví a extrañar …y mucho.

Ps. Sí. Yo si sé lo que mis palabras causan.

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Carta de Presentación

Hoy no es un día como cualquiera… Sentada, solitaria cual siempre, mi memoria se pierde en lo infinito del silencio. Apenas tengo sentada pocos minutos, pero la gente no ha cesado de murmurar saludos ni cortesías varias. Afuera aún se siente un frío vespertino e inusual. Falta mucho para que el día termine, mas sé que las horas se irán como se van estos segundos y para cuando caiga la noche, nuevamente me hallaré sola. A la espera, quizás, de una nueva ilusión…

Conocer(me) implicaría un absurdo innecesario. Tengo más o menos la misma cantidad de años que siempre, las mismas ilusiones que ayer… El mismo coraje que me empujó a salir de casa a los diecinueve, el mismo temor en mis manos cuando escribo al vacío… la misma sonrisa que siempre está conmigo y las mismas lágrimas…toda yo soy lo mismo que era antes…sólo que quizás la gente y los rostros a mi alrededor son distintos..el resto es exactamente igual. Así que no habrá mucho que contar de mí: quizás sólo mi nombre – Rocío- es lo único que podría decir de mí misma, sin temor a equivocarme…

Las cartas son mi sustento. Son la fuerza que hace que traiga a la vida todas esas cosas bobas que me suceden mientas los días me recorren a su antojo. Conocer(te) y ver(te) y aprender(te) y sentir (te) no me estaba previsto. Pero sea cual sea el motivo, eres una de las constantes frases que repite mi recuerdo, incluso en esta tarde que pareciera volcarse de tristeza. No puedo mirar(te) sin sonreir, ni recordar(te) sin nostalgia, ni nombrar(te) sin alegría. Si has de marchar, sólo me quedará este recuerdo, esta tarde que se marcha ya y la única palabra que en el fondo de esta sinrazón me hace querer (te): quiero que seas todo, más por hoy sólo eres el verbo que conjuga mi existir… que díficil será olvidar. Pero que intenso a la vez…..

nombre

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