Afectos

Apenas cinco minutos y comencé a llamar. El teléfono sonó, su voz cual siempre estaba allí detrás, lejana y muda. “Ya bajo”-me dijo. Esperé. Su cabello seguramente estaría cano, sus ojos tendrían esos surcos de arrugas que el sol habría dibujado en su frente pequeña y su mirada sabia… Años habían pasado desde la última vez en que lo había visto y la verdad es que físicamente, ya nada me recordaba a él. La puerta del hospital, amplia y llena de gente, me ponía nerviosa. Miraba inquisidora de rato en rato, esperando encontrarlo entre la multitud. Sorbí tragos de saliva apurada, la respiración se me hizo agua en los pulmones y mis manos enfriaron. Tosí un par de veces… odio el chicle y recuerdo que ese día tenía algo en la boca que mordí repetidas veces. Escupí a un cesto de basura. Reía… cuánto habría cambiado… y cuando volteé la mirada allí estaba. Tan delgado, tan enjuto de carnes, tan ensimismado en su propio tiempo, con el cabello hecho maraña (parecía una calabaza cubierta de trigo) y con la piel cobriza. Un grito se apoderó de mi interior y me dije “así no deseo recordar el primer momento”. Fingí toser y sentí su cuerpo pasando rápido detrás de mí. Enroscada en mis brazos giré sobre mis talones, pretendiendo buscar a quien ya había encontrado. Lo recordaba torpe para las citas (nunca habíamos tenido una última nosotros) así que esperé a que diera un par de vueltas. La nariz me picaba, me daba frío en las piernas, las palabras me salían atoradas, repasé dos bienvenidas (HOLA!, holaaaaa..) sin mucho éxito, supuse que me iba a dar un fuerte abrazo. El teléfono volvió a sonar..

– Donde estás? Estoy al frente de….
– Yo? Aquí estoy desde hace más de quince minutos. Visto una casaca a cuadros. Tengo una gorra..
– Voltea. Estoy aquí.
-NO! no lo haré. Que verguenza….

Y comencé a reir nerviosa pero a reir de verdad. No quería verlo. Ah! si ya lo había visto, ya tenía la primera impresión cuajada en la memoria. Ya había sorprendido su rostro travieso y su paso serio.

Cruzó la avenida. Me vio. Son momentos que creo ninguno de los dos recuerda bien. Sin embargo se puso frente a mí y abrió los brazos. Fue uno de esos momentos que se tragan como las más grandes penas. Así de gigante fueron los cuatro segundos siguientes, llenos de confusión y sonrisas. Extendiendo sus brazos, me dijo “como estás?” y en silencio sólo pude musitar “Vaya, por fin puedo abrazarte y decirte sin palabras lo mucho que me alegra verte, lo mucho que todo este tiempo te imaginé… lo mucho que siente mi pecho al sentir el revoloteo de tu cariño hoy aquí…

Me dio algunos golpecitos torpes (habría sido de otra manera acaso?) en la espalda… pum, pum, pum… mis brazos cayeron a los costados. Caminamos unos pasos, el aire crecía y la historia comenzaba a escribirse lento..

ps. Dedicado a mi buen amigo Ernesto, tratando de justificar mi sinceridad en su prosa y complicidad secreta..

Puntuación: 5.00 / Votos: 1

Un pensamiento en “Afectos

  1. Anónimo

    Ah, me enamoré del "Fingí toser (…) pretendiendo buscar a quien ya había encontrado".

    Creo que es algo que alguna vez se hace, siempre.

    Responder

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