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1 am.

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Lunes,14 de febrero de 2005

UN DIA NORMAL

Desperté. Cansada, en silencio, con aire en los pulmones y los ojos a medio abrir, logré respirar muy fuerte. Sonreí. Carcajeé. Bostezé inusitada, alborotados los cabellos, comencé a enredarme entre las sábanas. Me quejaba en silencio, hasta que con los ojos medioabiertos mascullé dios mío. Un breve escalosfrío me recorrió los brazos desnudos. En la mesita de noche yacían aún los lentes, el teléfono descolgado, una botella de agua a medio beber, un libro (página 67 aún!), una postal de la Virgen del Rocío, el despertador… como siempre, demoré casi quince minutos en desperezarme… la luz entraba débil por uno de los pequeños espacios que la persiana dibujaba. Miré sin embargo todo alrededor con extrañeza. Aún no estaba en casa.

Empujé mi cuerpo al borde de la cama. Mientras sujetaba mi cabello, la primera mirada me la robó Ramona, aquella sutil y tristona compañera, con cara de tontuela, con la manito rota, con la cabeza dura. La miré con cariño. La memoria me decía que ella había sido testigo de muchos retazos de tiempo en mi vida… y ahora yacía hundida entre la almohada y la frazada, medio asfixiada, muda… le di unos golpecitos con la yema de los dedos en sus mejillas rosas tratando de acercarle una sonrisa a esa carita inerte mas fue imposible. Está bien– le dije con el ceño fruncido hipócritamente. Sonreí.

La alarma comenzó a sonar mientras enjuaba mis dientes. Un chorro de agua fría me congeló la respiración mientras carraspeaba un carachosin fuerza. Siempre era la misma rutina: agua, agua, agua y más agua. Mientras más rápido el agua recorriera mi cuerpo (cabeza, tronco y extremidades) más rápido podría liberarme de aquel fastidio. ¿Por qué negarlo? Lo último que quería en la mañana era despertar a la fuerza…

(Durante el día se va y se viene de otros mundos, se sonríe, se platica y se vuelve a sonreir, comiendo quizás entre algunos espacios breves de tiempo. )

Se hacía de noche mientras los pendientes del día se iban terminando. Apurando el paso con alguna nueva novedad en la cabeza, dirigí la mirada hacia el cielo. ¡Cuán desnuda estaba ésa noche, salpicada de un ébano tenue! …La quedé mirando boquiabierta, escondiéndome por entre unos arbustos. El viento empezaba a silbar agitado. Está bien – me dije, es hora de regresar a casa. Silbando una cancioncilla sin título ni ritmo, convertí el paso en brincos. Llegaba a casa, que no era mi casa, otra vez.

El abrigo caía al suelo. El teléfono aún descolgado.

La música recorría el silencio. Los cuervos regresaban en tropel caída la noche. Era de madrugada.

Y el teléfono empezó a sonar…

usa

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Carta a P.

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P.,

He querido escribirte sin tener la intención cierta, al contrario, me he perdido horas invariables imaginando como comenzar esta carta. He perdido rimas que ya olvidé y frases que pensaba citar pero se me perdieron en la vaga intención de cautivar tu cariño. No sé que podrás esperar de estas líneas, más sabes por qué te escribo? Oh, te he visto tantas tardes perdido en tus pensamientos, he visto caer tu mirada sobre la mía. He tentado escribirte aún sintiendo que todo esfuerzo es vano si quiero detenerme para no pensar en ti. Tus manos buscarán las mías? He soñado tardes diversas con sentarnos a la orilla de esa playa tuya también seguramente, sentados cogiendonos las manos y sintiendo el calor de nuestros cuerpos en ese gesto pequeño y tierno. He visto tus ojos como el regalo más divertido y dulce. Tu mirada, divertida… y tú sabes bien porqué lo digo. ¿cómo podría resistir tus besos si de pronto te siento cerca, muy cerca? He sentido la piel de tu rostro en mis manos, he pedido un deseo contigo, hemos sonreído a veces a un mismo son y te he mirado con indiferencia sabiendo bien que toda yo era observada por ti.. He sentido tus latidos cerca mio, tu respiración, sé de memoria tu voz grave en seriedad tiesa embromando a cuánta persona hiciera lo mismo contigo. ¿Qué haré ahora que ansío abrazarme a ti? Esta es una tonta carta de amor, no he dicho nada, que verguenza poblará mi pecho si supiera que leerás estas líneas? P. , tan querido, de boquita tierna, de gestos miles.. hoy me confieso ajena a mi ser.. estoy esperando esta ansia tuya por verte llegar. Y sé que cuando te vea simularé indiferencia, en ese ritual de guarique o cuartel femenino que me resguarda del recato cuando por dentro el fuego consume el rito y deja llevar la sangre y la ilusión al infinito..

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ayer

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aunque con más que contar y decir, el roce de su mano llenó mi tarde y sus ojos, juntandose y haciéndome reir, hicieron que recordase a P. toda la tarde, esperando inútil el fin de semana que no llegó hoy. Tenía la piel tan suave,rosa.. pude tocarla con mis manos… reparaba en sus ojos y reía, reía al ver sus labios y mi boca no contenía su pudor… ya más tarde mi mano buscó la suya y aunque no pude estrecharla en mí, sentí su calor y quedé distraída unos segundos…

Pedimos un deseo, a pesar de que no me tocó la pestaña, yo tenía lo que había pensado..

ps. me pregunto que habrá pedido P. , será posible que… Sigue leyendo

algo simple (1)…

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Conocí a P. entrados los primeros días de abril. Su rostro entre miles de otros parecidos a primera vista, su sonrisa aún no esbozada, y un puñado de palabras que solía salir de su boca caída la tarde era lo único que sabía de él. Poco a poco, como esas costumbres buenas que se construyen a sazón de cariños encontrados, comencé a reparar en él. Algunas mañanas me recibía con una sonrisa enorme, dejando ver sus dientes y con ellos, su pequeña alegría. Tenía emoción, descubrí su gran sentido del humor conforme las tardes llegaban. A veces simplemente se quedaba en silencio y me robaba miradas a hurtadillas. Hablar de P. es hablar con sesgos: no puedo decir todo lo que quisiera (mis lectores ahora son diversos y el miedo a que P. sea descubierto me cubre la verguenza de rosa), sin embargo, P. tiene una plenitud en sus labios que he imaginado dulces y exageradamente apasionados. Es la primera vez en que lo reconozco: Su boca es esa mar azul que acompaña mi paso en esas mañanas en que suelo verlo. Todo esto es silencio. A veces repara en mi cabello, en mis ojos, en el perfume de mis manos o mis labios empañados. Es solitario hablar de P. porque dejaré de verlo muy pronto, y entonces sus sonrisas huirán, tendré que fingir un rostro serio y abyecto, tendre que abandonar esos suaves golpecitos torpes y sordos al coincidir nuestras manos juntas con -anhelo- intencional picardía. De este primer último día que lo vi, tenía una sonrisa gigante. Sus labios proyectaban los surcos por donde los míos podían yacer fugaces. Ya nada más se puede hacer, nada más a delatar, pero por un minuto de esta noche, pensé en P. con la más dulce de las nostalgias… aquella que me hace sentir algo suyo cerca… y que me hace recordar el puñado de palabras que puso en mis manos y que diciendo algo simple me hicieron contener el arrojo de devorarlas en esa boca en la que -me confieso entonces más humana que siempre- ansío reposar…

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Afectos

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Apenas cinco minutos y comencé a llamar. El teléfono sonó, su voz cual siempre estaba allí detrás, lejana y muda. “Ya bajo”-me dijo. Esperé. Su cabello seguramente estaría cano, sus ojos tendrían esos surcos de arrugas que el sol habría dibujado en su frente pequeña y su mirada sabia… Años habían pasado desde la última vez en que lo había visto y la verdad es que físicamente, ya nada me recordaba a él. La puerta del hospital, amplia y llena de gente, me ponía nerviosa. Miraba inquisidora de rato en rato, esperando encontrarlo entre la multitud. Sorbí tragos de saliva apurada, la respiración se me hizo agua en los pulmones y mis manos enfriaron. Tosí un par de veces… odio el chicle y recuerdo que ese día tenía algo en la boca que mordí repetidas veces. Escupí a un cesto de basura. Reía… cuánto habría cambiado… y cuando volteé la mirada allí estaba. Tan delgado, tan enjuto de carnes, tan ensimismado en su propio tiempo, con el cabello hecho maraña (parecía una calabaza cubierta de trigo) y con la piel cobriza. Un grito se apoderó de mi interior y me dije “así no deseo recordar el primer momento”. Fingí toser y sentí su cuerpo pasando rápido detrás de mí. Enroscada en mis brazos giré sobre mis talones, pretendiendo buscar a quien ya había encontrado. Lo recordaba torpe para las citas (nunca habíamos tenido una última nosotros) así que esperé a que diera un par de vueltas. La nariz me picaba, me daba frío en las piernas, las palabras me salían atoradas, repasé dos bienvenidas (HOLA!, holaaaaa..) sin mucho éxito, supuse que me iba a dar un fuerte abrazo. El teléfono volvió a sonar..

– Donde estás? Estoy al frente de….
– Yo? Aquí estoy desde hace más de quince minutos. Visto una casaca a cuadros. Tengo una gorra..
– Voltea. Estoy aquí.
-NO! no lo haré. Que verguenza….

Y comencé a reir nerviosa pero a reir de verdad. No quería verlo. Ah! si ya lo había visto, ya tenía la primera impresión cuajada en la memoria. Ya había sorprendido su rostro travieso y su paso serio.

Cruzó la avenida. Me vio. Son momentos que creo ninguno de los dos recuerda bien. Sin embargo se puso frente a mí y abrió los brazos. Fue uno de esos momentos que se tragan como las más grandes penas. Así de gigante fueron los cuatro segundos siguientes, llenos de confusión y sonrisas. Extendiendo sus brazos, me dijo “como estás?” y en silencio sólo pude musitar “Vaya, por fin puedo abrazarte y decirte sin palabras lo mucho que me alegra verte, lo mucho que todo este tiempo te imaginé… lo mucho que siente mi pecho al sentir el revoloteo de tu cariño hoy aquí…

Me dio algunos golpecitos torpes (habría sido de otra manera acaso?) en la espalda… pum, pum, pum… mis brazos cayeron a los costados. Caminamos unos pasos, el aire crecía y la historia comenzaba a escribirse lento..

ps. Dedicado a mi buen amigo Ernesto, tratando de justificar mi sinceridad en su prosa y complicidad secreta.. Sigue leyendo

Enero

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Tengo tantos recuerdos de mi primera estancia con I. Su sonrisa estival me conquistó en las primeras mañanas que el sueño irrumpía en mis ojeras. En ese entonces no sabía mucho de él, pero si me daba curiosidad su temperamento reservado. Me gustaba imaginarlo en un día cualquiera, cansado, pensativo, hambriento, solitario. Físicamente nada llamaba mi atención más que lo escaso de su cabello. Por el resto, viéndolo de perfil, lo encontraba bien parecido, apuesto. Llamaba la atención por miles de curiosidades. Su ropa, sus oídos y el eterno cangrejito azul que tantas veces escondí en mis manos, su computador personal, los teléfonos que colgaban como pendientes en su cintura, un par de jeans sobrios y el paso encabritado que a veces lo acompañaba. La primera vez que estuvo cerca de mi, me abrazó como nunca lo sentí antes. Mi cuerpo recibió su calor en una suerte de hoguera débil. Sus labios rozaron los míos, pero de aquello más nada- el primer beso había tardado en llegar. En efecto un par de días después, sus labios aprisionaron los míos en un frenesí reposado. Mi cuerpo sucumbió a ese simple beso, lo miré con ojos encendidos y abrió la puerta del carro para que pudiera bajar de él. Me despedí con un beso más fuerte en su mejilla, y aquel día, perdí la razón.

Tengo tanto de aquel enero sólo mío, pero nada que se pueda hacer extraño. De ése enero, Iván fue ése sentimiento encontrado con el estío a media luz de mañana.
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