Archivo por meses: marzo 2008

Sal..

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Cerró los ojos y llorando débil , dijo:

– “Me enamoro Rocío. Y para no dejar de hacerlo, debo irme”

Nunca pude entender sus palabras, pero la dulce Beatriz de quien apenas y recuerdo su mirar, se escabulló de la vida y tomó al primer hombre que vio. Le dijo que lo quería, tomaba sus manos al atardecer, besaba sus labios con ternura y aquel hombre se enamoró de ella tan profundamente que en repetidas noches, cuando dejaban ver sus ombligos al desnudo (como ella risueñamente me contaba) le gritaba amor eterno. Ella y él eran felices.

Yo conocí a Beatriz por una casualidad libresca. Husmeaba libros (en éste tiempo yo salía con un hombre de barbas cortas y uñas recortadas al borde). Ella traía un café a la mesa contigua que daba con los vidrios de la librería. Sonrió a un hombre. Yo hablaba bajito por teléfono con aquel entonces la persona que más quería tener cerca. Proferí unos adioses y colgó dejándome un beso. Beatriz apareció por sobre mi hombro, mirándome atrevida y murmuró “él es como todos. Déjalo ir”. Reímos. Y en efecto, aquel hombre terminó por irse unos meses después de mi vida…

Beatriz, sin embargo, conoció a Iván. Tenía él 24 años , tez morena. Siempre vestía camisas elegantes que resaltaban su mirada lejana. Se encontraron, como ella me dijo, por una casualidad tonta. Me dijo que la conquistó porque él apareció en su vida cuando más necesitaba de alguien. Lo abrazó en su voz y él le dijo que le gustaba. Todo se dio en menos de una semana, y ya por entonces se habían dicho que se amaban. A la semana se disculpó con ella y dijo que debía irse. Iván la dejó con el corazón en la mano, tomó un par de cosas en su auto con llantas de magnesio (pulidas en un falso plata rechinante) y la dejó sóla. Lo volvió a ver un par de días después, con sus amigos, tomando algo de cerveza en una cantina local. Ella cayó al suelo y quedó en un estado de tristeza total. Desde allí, me había dicho, sintió que iba muriendo.

Dejó de comer. Pensé que era temporal. Pero no fue así. Comenzaron a metérsele las carnes por las costillas y su risa había huído. Llamé a su casa un par de veces hasta que por fin nos vimos. Allí fue cuando me dijo que su corazón había huído del cuerpo y que dejaría que todo pasara, para bien o mal. Sigue leyendo

Arequipa

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Una de las últimas tardes en que vacacioné en Arequipa tenía la nariz tullida de sangre seca, los labios a medio romper y las mejillas estiradas. Los turistas iban y venían de Yanahuara y mirando hacia el cielo profundo que ya se escondìa a media tarde me preguntaba porque una ciudad tan bonita era tan lejana de mi horrenda y exultante Lima… fueron dias tan plenos que solo me llené la barriga de dulces (leáse tocino del cielo)… fui feliz en un rincon de tierra ajeno, sóla (pues mi compañia abandono-me a medio camino) fui feliz mientras me engullían los recuerdos y recordaba todo el pasado extenso vívido en mis pupilas cual ocaso apagándose en mis lágrimas que copiosas, abandonaban mi cuerpo a la felicidad del cielo y el momento… Sigue leyendo