Archivo por meses: Enero 2008

Nostalgia

El dia primero despues de que prendio el verano con fuerza, me levanté de golpe. Probablemente un mal sueño -pensé- y dejé a la deriva las pocas horas que había pasado en mi cama, desperté con algunos chorros de agua rápidos y fríos en mi rostro y sonreí al espejo todos los días. Mis ojos tenían una gruesa línea negra en los párpados. Recordé el poco tiempo que tenía para dormir y el cansancio aniquilante de las últimas semanas. El agua terminaba de enjuagar mis mejillas y en un momento exacto de esa habitual rutina, sus ojos pardo tristeza se metieron en mis pensamientos. Enjuagué mi boca y mis mejillas lentamente. Sequé mi rostro y dejé a Lucio por una de las esquinas de ese espejo abandonado en el baño. Cerré la puerta y el silencio volvió a la habitación.

La ropa aún echada en la cama me recordaba los pocos minutos que ya me iban quedando de la mañana. El sol crecía fuerte y el calor impregnaba a mi cuarto de un suave olor a canela. Abrí las cortinas cuando ya me iba, recordando que el dia anterior no habia parado de llover durante toda la mañana a la misma hora.

Ese día anterior, Lucio había estado esperando quizás por diez minutos en esa misma esquina donde consigo transporte para salir de casa. La lluvia inesperada regó las calles de humedad y a mi corazón de nostalgia, pues siempre perdía lo más querido en días tan plomos como aquel. Cuando entramos al carro, comencé a secarme el cabello y acomodarme. Lucio me rodeó con su brazo casi todo el camino y así, tendida cerca de él, musité algunos consejos y el rió y olvidamos todo. Luego nos separamos y eso fue lo último que supe de él, además del beso de despedida, ligero y huidizo..

Sin embargo hacía calor, más que de costumbre.Pasé las horas viendo a la gente ir y venir. Me serví algunos sorbos de agua intermitentes durante el día y no tuve hambre. LA noche empezaba a encallar fuerte y el viento comenzó a correr más fuerte que siempre. Una rara zozobra me sobrecogió pero no inquieté mi ánimo, y busqué las llaves que él había dejado olvidadas en mis manos y las presioné fuerte, como tratando de buscar algo de él en ellas.

Pasos, sólo pasos me faltaban para llegar a casa cuando sentí un escalosfrío inundar mi alma y maldije mi temor. Entré a casa rápido, prendí las luces. La ropa estaba deshecha sobre la cama. Prendí la televisión.

Caí de rodillas al borde de la cama sin poder contenerme. Ahora, ahora sí jamás podré saber porqué sus ojos parecían mentir siempre, ni porque el dolor del brazo lo aniquilaba de cuando en cuando, nunca podré saber porqué tenía una cicatriz larga rozando sus mejillas y porque tenía la risa tan pequeña y divertida. Desnuda, con las rodillas al suelo, la voz de la televisión era sorda. Como pequeños haces de luz, los momentos con Lucio pasaban uno a uno en mi mente persiguiendose unos con otros. Allí estaba la madrugada y la callejuela ancha por donde vimos nacer el sol, allí se escondía su cariño por mí, la vez en que hurgué en sus papeles y tomé la foto suya que guardé en mi billetera……. allí, frente a ese frío y desconsolador aparato, sóla de él y para siempre, me vencí en llanto y mis entrañas gritaron su nombre y un silente “por qué” … Donde habían quedado nuestros sueños? Dónde?

Habría que perseguirlos por la misma esquina que engulló nuestros pasos por las madrugadas y su risa en el día..

La noche apenas crecía, el teléfono sonaba…encendía una vela larga y la puse al final de la ventana. Lloré y reí al recordarlo toda esa madrugada en que no dormí. Lucio se había ido para siempre…

Aún todo por aquí pareciera tan ayer..

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Regresar a lo que fuimos

Él me habia respondido debil. La noche era gigante, las horas ya habian crecido. Sentada a su lado, recordé todo lo que había dicho el segundo anterior. Sus ojos, pardo agua de tristeza larga, me miraron fijamente. “Dime que piensas… que mas quieres decirme?” – prorrumpió. Sólo pensaba si era cierto todo lo que me pedía, todo lo que decía…

Horas después, el silencio reinaba en la habitación. Podía escuchar los pies suyos frotando el frío del suelo. Sentí su respiración y entonces me di cuenta que nos habíamos quedado dormidos, uno al lado del otro, sentados en un frío sillón a la entrada de la sala. Solté su mano, que cayó ágil por sus piernas. Se movió un poco, inquietó su respiración y balbuceó unas palabras que no reconocí. Mi boca aún sabía de la suya.

Descalza, después de acostumbrarme a la ceguera de la noche, pude reconocer el lugar que tiempo antes me era familiar. Las luces entraban fuertes por entre los lados de la cortina. No había rastro de gente en la calle. Había un silencio gigante que crecía más y más… lo vi durmiendo de lado, apoyado en uno de los brazos del mueble. Me acerqué y rocé sus labios, delineé su rostro en mi silencio y recordé sus manos suaves y pequeñas, su respiración agitada, el dolorcito sordo de su brazo y su risita musitada al eco de sus historias… De pronto recordé cuando una de aquellas noches, nos quedamos acompañando a nuestra soledad. Allí, sin más fuerzas que las palabras, comenzamos a reir. Comenzamos a enterarnos uno del otro de lo que hacíamos, de lo que veíamos día a día… la gente que encontrábamos, la gente que nos miraba, la gente que hablaba con nosotros, la gente que nos criticaba, la gente que solía ganar espacios en nuestra vida. Allí, en esa noche tenue, sentados uno al lado del otro en un peldaño de cemento frío, me dijo que nunca lo dejara.

– “Nunca me dejes” – pidió

Yo quedé en silencio. Los carros andaban aún por la avenida, tenía algo de sed y la mirada perdida en sus palabras y mi cansancio.

– “Júramelo” me volvió a pedir.

Sonreí y me acerqué a abrazarlo. Rechazó mi calor para esperar mi respuesta.

– “Siempre estaré contigo” – dije. “Siempre, aunque tú no supieras nunca de mí y todo esto termine mañana mismo…”

En efecto, a las semanas siguientes, él se había ido ya. Nunca más volví a escuchar su nombre, los ecos de luces entraban fuertes por la avenida pasadas las seis de la tarde. Ya era de noche hoy, y sin embargo, una lágrima gruesa recorre las últimas páginas de un libro de Pearl Buck. “Te habré extrañado?” – me quedé pensando…

Y más aún, me habrá extrañado él sin saber más que mi nombre y un puñadito de cosas más..

La mañana crece débil. Solo queda descansar..

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Promesas..

Aquella tarde Lucio estaba solo en casa. Cuando me abrio la puerta, su cuerpo se dejo ver por la luz que escondia la tarde. Me recibio con un “hola” y respiró rápido. Me invitó a sentarme y me señalo con la mano donde hacerlo. Algo nerviosa con el cabello humedo cayendo sobre la frente, sonrei. EL solamente me miraba de lado y se sento frente a mi. Me ofrecio algo de tomar (solo coca cola) despues de media hora creo. En el fondo la simpleza de todo era arrolladoramente tierna: un muchacho que dejaba ver sus pies desnudos era sencillo y audaz. Era robusto pero la mirada en su rostro era la misma que adivine en sus ojos a través de la única fotografía que vi de él. Las paredes de la casa estaban pintadas de un amarillo palido. Las ventanas opacas, sillas grandes de madera pulida, adornos navideños aun alrededor.. cuando entré una breve brisa de familia me entró al alma. Así que era él -pensé. Era él aquel que me regalaba pensamientos en la noche y me sentía sin conocerme… aquella noche el rozó mi mano sin querer y yo no la moví de la suya: dejé reposar mi calor en la palma de su mano mientras mi cabello grácil aún húmedo me cubría las mejillas. Nos besamos instantes después, y cuando cerré los ojos, recordé todo lo que había dicho de mí en una fotografía. Había prometido un beso, una palabra, y una historia de vida. Ahora era cuando mas seriamente Lucio se convertía en parte de esta vida mía de diversos mundos.. Sigue leyendo

Dias y noches..

Mientras sentia sus pies frios, Lucio respiraba debil. Mis pies buscaban sentir el suelo que cobijaba tibio nuestros cuerpos. El aire era pesado y tibio, y sin embargo, como fuera desde el primer dia en que lo conocí, sus manos estaban frías y su nariz respiraba rápido, enfriandose aun mas..

La primera vez que lo vi, me inundo su sonrisa de una curiosidad tenue. Era tan simple en sus gestos, tal y como comprobé después de nuestra primera cita, sonreía grácil y me inundaba el pecho de emoción. Sus pies, como esa noche, estaban desnudos…. usaba pantalones cortos y ropas ligeras..

Sin saber exactamente que decirle, la primera vez que lo vi solo respondía en monosilabos. Extendia mis palabras en inutiles esfuerzos, para evadir temas personales. Lo quise, quizas mas ese día que nunca antes. El sol se había ido y los colores se perdían en lo largo de la noche.

Recuerdo que asomó sus ojos a los míos y entre la confusión de su voz y mis miradas expandidas por toda la habitación, acercó sus labios a los míos. Quizás el verano había llegado más rapido a esta tierra – pensé- pero aún no termina por crecer. Se le siente, como breve dolorcito en las costillas después de una tarde frustrada de ejercitarse sin lucro o lujo…. la gente camina mas corta de ropas, con más sonrisas que siempre… el polvo se levanta en las esquinas y cubre los ojos a los miles de nombres que ya no recuerdo.. solo recuerdo sus manos tomadas a las mias y unas breves palabras que mi corazon guardo hasta quedar dormido…

Y era enero, la primavera se extrañaba por su noble ausencia desde setiembre.. y solo me dejaba un nombre de cinco letras que hacían larga esta ya anunciada llegada.. Sigue leyendo