la carta

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Sus manos temblaban. Su rostro usualmente solía regalarme sonrisas varias. Ese día no había amanecido como otros días… hacía algo de frío y soplaba repetidas veces a sus manos, como queriendo calentarlas.

En una esquina, la mujer lloraba desconsoladamente. Me acerqué con cierto temor, no sin antes darme cuenta de que en realidad no sólo sus manos sino todo el cuerpo le temblaba.

Me senté a su lado, y trataba de no mirarla. Perdí la noción del tiempo después del minuto once. Vi que escribía una carta larguísima, llena de garabatos pero esmerada, en una hoja de papel pequeña. La veía escribir apresurada y nerviosa, su mano corría la tinta en el papel rápidamente. La gente nos miraba, pero no reparaban más de lo necesario en ambas. El tiempo corría, sus palabras también. De pronto se levantó presurosa. Sacudió su ropa ligeramente, se alisó el pelo con las manos y comenzó a titubear y me trataba de decir algo, pero no pude entender nada. Alargó su mano derecha y trató de abrazarme. Tenía los dedos largos y fríos. Enrolló en mis dedos la carta que había estado escribiendo casi por media hora y ahora la ponía en mis manos sin pensarlo. Vi una lágrima gruesa correr por su mejilla… no entendí nada en absoluto hasta que ella se marchó y por alguna razón comprendí que debía leer la carta, que debía guardarla contra mi pecho y así fue y lo hice hasta que la vi desaparecer entre las callejuelas estrechas del centro.

El papel donde había escrito la carta estaba arrugado. Comencé a caminar rápido y cuando ya estaba lejos de la esquina en donde la mujer había estado sentada escribiendo, muy de cerca ya a la orilla de la playa, saqué nerviosa el papel. Grande fue mi sorpresa al ver que ella sabía mi nombre, porque con mi nombre fue que comenzó la carta.

“Te vi llegar a lo lejos. Caminabas de lado a lado y me mirabas. Me habrás reconocido? – pensé. Ruboricé. Quise esconderme pero no pude. Quise alargar mi mano para que tu me dieras la tuya… Ha pasado tanto tiempo! Como podrías reconocerme! Aún recuerdo cuando tu corazón latía fuerte, cuando comenzabamos a acostumbrarnos una a la otra, cuando empezabas a reír, mirábamos a los muchachos sonreirnos y les hacíamos réplicas. Tu rostro juvenil y fresco, con ese porte grácil en tus mejillas.. y poco a poco llegaban las tardes, y las noches, salíamos a bailar, a tomar, hicimos planes…tantos… ahora en que te veo llegar no sé si darte la mano o echarme a correr… “

Arrugué la carta y la hice rodar por entre las rendijas de la calle. Bah, no recordaba a la mujer, después de todo mi memoria era frágil… quizás algún día estuvo en mi vida… pero no la recordaba y todo olor a pasado era eso simplemente… pasado..me aprontó la frase: “las buenas cosas llegan a aquellas personas que saben esperar..”

Probablemente ella aún seguía esperando… sin suerte..

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