Archivo por meses: diciembre 2007

Hogar

[Visto: 867 veces]

Este año me ha dejado un sinsabor con sabor dulce -me dijo. Hemos sido uno pero a la vez he recordado todo ese sendero que se aleja de mi…

Bostezó por largo rato y luego escuché sollozar a alguien bajo el inmenso y largo árbol de eucalipto tendido en plena calle, solitario.

Eres tú? – le dije.

“Si, soy yo… pero sientate a mi lado y olvidemos todo ese ayer, quieres?”

Sostuvo mis manos en la suyas y vi como una a una caian sus lagrimas, y en silencio lo miré con un cariño inmenso, pero su mirada no encontraba la mía… su pena, ahora entiendo, le hacía eco al follaje del eucalipto meciendose de lado a lado. Cuando por fin me miró a los ojos, una hojita larga cayó a su rápida a su frente, arrugando su ceño. Yo reí y él, sin mucho por decirme, sonrío con el mismo brío que desde pequeño tenía.

Su pelo manzanilla brillaba en lo espeso de aquel pedazo de tierra suyo hoy ajeno, su sonrisa henchida de paz hacía relucir esos dientes perla que siempre temblaban en el frío mas intenso.. le di un beso en la frente y comencé a recoger las semillas, apurandonos un poquito pues ya se hacía tarde y había que regresar a casa y poner el agua a hervir…. Sigue leyendo

15 de diciembre

[Visto: 1641 veces]

Cuando recuento los dias, Ernesto se hace algo mas que un dulce recuerdo. ¿Donde está nuestro café? – le diría.

Quizás lo prepararía ágil, mientras el hambre hacía retorcerlo de ansiedad. Cogería un par de sillas y las llevaría a la mesa. Calentaría algo de pan en el horno, se lavaría las manos, y mientras el agua silbara fuerte su siiiip siiipp mientras hervía, él me haría señales como “servilleta” , “cuchillo”, “platitos”, etc. Cierto es que el invierno pasaba ya débil. Me guiñaría el ojo mientras se comía un pedacito de pan. Después de todo el que siempre moría de hambre era él… Sigue leyendo

la carta

[Visto: 992 veces]

Sus manos temblaban. Su rostro usualmente solía regalarme sonrisas varias. Ese día no había amanecido como otros días… hacía algo de frío y soplaba repetidas veces a sus manos, como queriendo calentarlas.

En una esquina, la mujer lloraba desconsoladamente. Me acerqué con cierto temor, no sin antes darme cuenta de que en realidad no sólo sus manos sino todo el cuerpo le temblaba.

Me senté a su lado, y trataba de no mirarla. Perdí la noción del tiempo después del minuto once. Vi que escribía una carta larguísima, llena de garabatos pero esmerada, en una hoja de papel pequeña. La veía escribir apresurada y nerviosa, su mano corría la tinta en el papel rápidamente. La gente nos miraba, pero no reparaban más de lo necesario en ambas. El tiempo corría, sus palabras también. De pronto se levantó presurosa. Sacudió su ropa ligeramente, se alisó el pelo con las manos y comenzó a titubear y me trataba de decir algo, pero no pude entender nada. Alargó su mano derecha y trató de abrazarme. Tenía los dedos largos y fríos. Enrolló en mis dedos la carta que había estado escribiendo casi por media hora y ahora la ponía en mis manos sin pensarlo. Vi una lágrima gruesa correr por su mejilla… no entendí nada en absoluto hasta que ella se marchó y por alguna razón comprendí que debía leer la carta, que debía guardarla contra mi pecho y así fue y lo hice hasta que la vi desaparecer entre las callejuelas estrechas del centro.

El papel donde había escrito la carta estaba arrugado. Comencé a caminar rápido y cuando ya estaba lejos de la esquina en donde la mujer había estado sentada escribiendo, muy de cerca ya a la orilla de la playa, saqué nerviosa el papel. Grande fue mi sorpresa al ver que ella sabía mi nombre, porque con mi nombre fue que comenzó la carta.

“Te vi llegar a lo lejos. Caminabas de lado a lado y me mirabas. Me habrás reconocido? – pensé. Ruboricé. Quise esconderme pero no pude. Quise alargar mi mano para que tu me dieras la tuya… Ha pasado tanto tiempo! Como podrías reconocerme! Aún recuerdo cuando tu corazón latía fuerte, cuando comenzabamos a acostumbrarnos una a la otra, cuando empezabas a reír, mirábamos a los muchachos sonreirnos y les hacíamos réplicas. Tu rostro juvenil y fresco, con ese porte grácil en tus mejillas.. y poco a poco llegaban las tardes, y las noches, salíamos a bailar, a tomar, hicimos planes…tantos… ahora en que te veo llegar no sé si darte la mano o echarme a correr… “

Arrugué la carta y la hice rodar por entre las rendijas de la calle. Bah, no recordaba a la mujer, después de todo mi memoria era frágil… quizás algún día estuvo en mi vida… pero no la recordaba y todo olor a pasado era eso simplemente… pasado..me aprontó la frase: “las buenas cosas llegan a aquellas personas que saben esperar..”

Probablemente ella aún seguía esperando… sin suerte..

Sigue leyendo