Una cicatriz en mi mano derecha.

Por qué nunca acercó mi último aliento a su rostro ahora huído? … ya la mañana había llegado y no habían rastros de él. Pasó el verano, el invierno, pasaron tantos días y mis ojos antes tullidos y vespertinos empezaron a crecer en sendos brotes de colores y risas, poco a poco me fui acostumbrando a su vacío y mi cuerpo antes frío inerme encontraba calor en una nueva vida después de su muerte. En efecto, Ernesto habia muerto, y ya tantos los años y sin embargo la pena a veces me sobrecogía y sin mucho que hacer, las lágrimas se iban como ríos infinitos sin rumbo. A veces alguna canción oscilaba en mi recuerdo, y entrelazando mis dedos soñaba a sentirlo cerca aún.

Ernesto era torpe. Por las mañanas un gracioso remolino de deseo lo consumía y después de fustigarlo en su propio ser, su sonrisa aprontaba leve. En su habitación los libros estaban por los cuatros costados, apelmazados por entre los bordes de los papeles viejos, los puchillos inútiles de algún humo prohibido, las sandalias a medio romper cabritaban abandonadas debajo de su cama… cortinas turbias, un techo corto, cuadros de paisajes errabundos, fotos pocas y recuerdos de viajes lo acompañaron siempre. Algo de música se enterraba a la puerta de su cuarto: “esta canción me acompañó allá en mi tierra querida cuando niño”. Todos los retazos de cada esquina tenían más melodia si se les veía por separado. “Algún día tendré dinero” me dijo. “Soñé eso desde niño, soñé que no tendría más ropas prestadas ni roídas, no más carencias, no mas puños llenos de imposibles..” Aquella noche Ernesto juró que jamás volvería a ser el de antes. Y su juramento había sido una despedida. Después de esa noche, jamás volví a verlo con los mismos ojos, menos aún, mi admiración se había teñido de resignación y temor.

Salía muy temprano y regresaba ya muy tarde. No podía verlo en ese entonces demasiadas veces. Sus zapatos siempre sucios descoloridos y a veces viejos nunca me hicieron preguntarle por su día: en silencio respondía sola. Quizas fue un vagabundo de su propia suerte. Pero nunca dijo mucho. Y yo ya estaba cansada de preguntar sin respuesta.

Pero ahora la casa estaba tan ancha y vacia… un oscuro abismo de celo, deseo y emoción consumieron mis primeros pasos esa primera mañana en que regresé a ver lo que había quedado de él. La entrada de la casa era ahora un camino de piedras sucias, apiladas por al aire que fuerte golpeaba las ventanas. Antes el pasto subía hasta por las paredes de aquella su (nuestra)casa. Apenas llegaba el abría la puerta y sonreía quedo, lanzaba un hola ligero y extendía su mano hacia la mía, jugaba con mi pelo y desnudaba la poca verguenza de ambos en segundos. La gente nos miraba siempre con indignación…nosotros solamente corriamos descalzos por toda la entrada de aquella verde morada y nos revolcabamos por el jardín llenando nuestros cuerpos de helechos y plantitas miles, secas.. reíamos tan fuerte.. jadeando aún, el se detenía a mirar al cielo y cerraba sus ojos mientras el sol tostaba su piel pálida. Contaba mis lunares y yo mordia su nariz. Con una palmada en las nalgas nos dábamos una tregua…

Ahora la casa era un páramo erguido en la mas plena soledad. Ya no estaban nuestras voces alrededor, ya la gente había casi huído de un lugar a donde escasamente llegaba el agua. El chasquido de los ríos a la falda de la montaña había secado, y más lejano aún estaba el día en que cabizbajo confesó un teamo arrepentido. A donde se habían ido nuestros días cuando él aún vivía? Los últimos años Ernesto, dentro de su torpeza, me dijo que se iba a morir.

– No seas tonto, eso no sucederá..
– Más, para cuando eso suceda, quiero que seas fuerte, y que no olvides nunca lo orgulloso que siempre me has hecho sentir.

Aquella noche lloré amargamente hasta que el llanto me creció en las costillas. Sostuve su mano todas las noches después de que él anunciara su muerte. Breves semanas después sus ojos dejaron de verme y pronto dejó de escuchar. La noche en que terminó de morir yo ya estaba resignada. Cuando estaba poniendo su libro favorito para cerrarle las manos y dejar que muriese en paz, el me miró con ojos cansados. Sus ojeras eran negros sacos de llanto y soledad. Musitó ” la Buena Tierra, tonta…” pero nunca lo encontré así que cogí mi libro predilecto, Mis Diversos Mundos, lo entrecrucé en sus brazos, y cuando me acerqué a besarlo su aliento débil rozó mi pecho. Lo miré a los ojos sin respuesta. Y entonces, su voz casi muda me exigió sacar algo debajo de su cama.

-Abre la caja marrón, rápido..

Rompí la tapa y encontré todas mis cartas. Pero una encima tenía en tinta negra mi nombre. Palidecí. El acercó su mano intentando tocarme. Exhaló.

– Abrela.

Y comencé a leerla mientras mis manos temblaban.

“He tenido tu nombre en la mente pero nadie lo sabe. Existes en mi prosa pero no escribo de ti. Te veo en mis recuerdos pero nadie puede ya saber de ti…. He vivido de tu nostalgia, de tu pena y tu belleza. Para mi serás todo eso que yo no puedo entender. Siempre hemos vivido ocultandonos de otros seres como si en realidad nos importara eso.. siempre ajustados de tiempo en pasadillos, calles o buses, siempre apurados hemos dejado intacto el instante que quizas algun dia se convierta en un dia entero donde me contaras un cuento y yo te contare el mio…

Si somos dos granitos de arena en la inmensidad pero que no se apartan de su playa, si hay silencio entre los dos es solo para buscar la reconciliación despues, despues de todo un poco de drama en toda esta inexplicable historia que mas da…El dia paso y que rescato?… tu poesia asi como tus primeras palabras que me dan vida y me llenan de una paciencia infinita…”

Quedé un rato en silencio. Desde la calle los niños seguían jugando. Ya se hacía tarde. Ernesto terminaba de morir.

– He querido volver a sentir tu calor para irme. Esta carta te la iba a dar en nuestra última cita pero nunca llegaste.

Me abracé a él y deseé sentirlo en mí. Pero Ernesto se me iba y nada podía hacer.

Buscó mi mano y la yema de sus dedos encontró mi cicatriz.

– Recuerdas aquel día, me dijo. Te cortaste al sacar un rosa silvestre. Sangrabas. Cerraste la mano y la sangre se secó sola. El agua sólo dejó una cicatriz…

Comenzó a toser fuerte. Le recé nuestros deseos. No sabía que hacer. Sólo me acerqué y lo abracé a mi pecho. Su respiracion abandono su cuerpo en un solo segundo al mismo momento en que lo besé fuerte en la frente. El murió una tarde tranquila de octubre. No había sol. Hacía frío.

Han pasado doce años ya, y solo hoy he vuelto a recordarlo cuando distinguí equivocada su paso entre las miles de personas que caminaban a prisa, en los primeros minutos de la mañana. Aquella tarde de primavera me dijo sin embargo:

– “Eres este minuto sin respirar, esta cicatriz en mi mano derecha …”

Puntuación: 4.75 / Votos: 4

3 pensamientos en “Una cicatriz en mi mano derecha.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


*