Archivo por meses: Noviembre 2007

Un martes en setiembre..

Esta es una de esas noches en que todo me recuerda a todo: la brisa a la soledad, las lagrimas al mar, el frio a enfermedad, las luces de la noche a la esperanza… y todo lo malo, curiosamente me ha llevado a recordar su inesperada visita en mi vida.

Era setiembre, aun lo recuerdo. El trayecto a casa, como si fuera hoy, fue el mas largo de todos. El sol terminaba de quemar, la vida sonreia leve. Harta, me abandone a la calle y mis pasos. Espere minutos interminables. Y por fin, en la mas inexplorable ausencia un auto blanco aparecio.

Despues de negociar el precio, subi. Exhale el aire que consumia mi cansancio y en un segundo nada mas nos pusimos en marcha. Tenía un perfil agradable y gracioso. De pronto interrumpió mis pensamientos.

– Parecías querer salir de allí , no? Por qué?

En líneas cortas le dije que el camino había sido largo, la gente no paraba de discutir , había tenido una clase dificil, el sol seguia ardiendo, tenia que llegar a casa antes de las 6 pm, etc.

– Entonces, trabajas no?

Y un no-se-que se apodero de mi. Conforme las calles pasaban el seguia conversando. Era aviador, esperando la entrada del año siguiente para comenzar todo formalmente. Tenia una sonrisa risueña y pequeña. Sus ojos relucian en rima a sus palabras. Yo respondia nerviosa.

– Y bueno, si quieres te llevo a conocer donde estudio, y quizas si esta mi instructora de vuelo, podamos volar un poco.

No hice mas que asentir con la mirada. Calcule su edad, su nombre y su modo de vida a tientas. Pregunto mi nombre, y yo el suyo. A pocas casas de la mia, me estaba invitando a salir.

– Bueno, yo trabajo, mucho. Generalmente no paso el tiempo aqui.

Busco un papelito cualquiera, anoto mi nombre, mi telefono, las monedas cayeron vacias a su mano y en unos segundos me estaba despidiendo de el con un gesto simple. Abri la puerta del carro y al cerrar la puerta lo vi desde el espejo retrovisor. Vaya! – pense. que manera de terminar el dia.

Hoy, tantos dias despues recuerdo el martes en el que iba a llamar, recuerdo su voz traslucida al robar mis problemas y hacerlos historias, recuerdo sus manos blancas y el contraste de sus ojos al mirarme de lado. Desde aquella tarde he repetido el mismo trayecto y ni rastro de el. Alguna vez he deseado encontrarme con el y compartir un cafe. Entonces, he pensado que hablariamos de todos los cafes habidos y por haber, y luego le diria que el Te Chai con Leche es mi favorito, le preguntaria si lee a Ribeyro y si acaso se atreveria a pasear conmigo por las tardes de junio o ser mi voz en abril donde usualmente me quedo a guarecerme del invierno. Acaso volariamos el cielo infinito para soñar sin limite? Con suerte y quizas le gusten los Beatles, las caminatas en un atardecer de playa, las galletitas dulces sin relleno… acaso le gustaria ir conmigo a husmear las esquinas colmadas de libros por doquier?

Y pensar que ese dia fue tan parecido a hoy, donde el dia se hizo tan largo que solo era todo noche, no habia mañanas ni horas interrumpiendo la rutina.

– Te llamo el martes. Temprano.
– (Sabiendo que no lo haria) Esperaré ..

Quizás algún dia lo vuelva a ver, mientras tanto soy toda pensamiento..

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Una cicatriz en mi mano derecha.

Por qué nunca acercó mi último aliento a su rostro ahora huído? … ya la mañana había llegado y no habían rastros de él. Pasó el verano, el invierno, pasaron tantos días y mis ojos antes tullidos y vespertinos empezaron a crecer en sendos brotes de colores y risas, poco a poco me fui acostumbrando a su vacío y mi cuerpo antes frío inerme encontraba calor en una nueva vida después de su muerte. En efecto, Ernesto habia muerto, y ya tantos los años y sin embargo la pena a veces me sobrecogía y sin mucho que hacer, las lágrimas se iban como ríos infinitos sin rumbo. A veces alguna canción oscilaba en mi recuerdo, y entrelazando mis dedos soñaba a sentirlo cerca aún.

Ernesto era torpe. Por las mañanas un gracioso remolino de deseo lo consumía y después de fustigarlo en su propio ser, su sonrisa aprontaba leve. En su habitación los libros estaban por los cuatros costados, apelmazados por entre los bordes de los papeles viejos, los puchillos inútiles de algún humo prohibido, las sandalias a medio romper cabritaban abandonadas debajo de su cama… cortinas turbias, un techo corto, cuadros de paisajes errabundos, fotos pocas y recuerdos de viajes lo acompañaron siempre. Algo de música se enterraba a la puerta de su cuarto: “esta canción me acompañó allá en mi tierra querida cuando niño”. Todos los retazos de cada esquina tenían más melodia si se les veía por separado. “Algún día tendré dinero” me dijo. “Soñé eso desde niño, soñé que no tendría más ropas prestadas ni roídas, no más carencias, no mas puños llenos de imposibles..” Aquella noche Ernesto juró que jamás volvería a ser el de antes. Y su juramento había sido una despedida. Después de esa noche, jamás volví a verlo con los mismos ojos, menos aún, mi admiración se había teñido de resignación y temor.

Salía muy temprano y regresaba ya muy tarde. No podía verlo en ese entonces demasiadas veces. Sus zapatos siempre sucios descoloridos y a veces viejos nunca me hicieron preguntarle por su día: en silencio respondía sola. Quizas fue un vagabundo de su propia suerte. Pero nunca dijo mucho. Y yo ya estaba cansada de preguntar sin respuesta.

Pero ahora la casa estaba tan ancha y vacia… un oscuro abismo de celo, deseo y emoción consumieron mis primeros pasos esa primera mañana en que regresé a ver lo que había quedado de él. La entrada de la casa era ahora un camino de piedras sucias, apiladas por al aire que fuerte golpeaba las ventanas. Antes el pasto subía hasta por las paredes de aquella su (nuestra)casa. Apenas llegaba el abría la puerta y sonreía quedo, lanzaba un hola ligero y extendía su mano hacia la mía, jugaba con mi pelo y desnudaba la poca verguenza de ambos en segundos. La gente nos miraba siempre con indignación…nosotros solamente corriamos descalzos por toda la entrada de aquella verde morada y nos revolcabamos por el jardín llenando nuestros cuerpos de helechos y plantitas miles, secas.. reíamos tan fuerte.. jadeando aún, el se detenía a mirar al cielo y cerraba sus ojos mientras el sol tostaba su piel pálida. Contaba mis lunares y yo mordia su nariz. Con una palmada en las nalgas nos dábamos una tregua…

Ahora la casa era un páramo erguido en la mas plena soledad. Ya no estaban nuestras voces alrededor, ya la gente había casi huído de un lugar a donde escasamente llegaba el agua. El chasquido de los ríos a la falda de la montaña había secado, y más lejano aún estaba el día en que cabizbajo confesó un teamo arrepentido. A donde se habían ido nuestros días cuando él aún vivía? Los últimos años Ernesto, dentro de su torpeza, me dijo que se iba a morir.

– No seas tonto, eso no sucederá..
– Más, para cuando eso suceda, quiero que seas fuerte, y que no olvides nunca lo orgulloso que siempre me has hecho sentir.

Aquella noche lloré amargamente hasta que el llanto me creció en las costillas. Sostuve su mano todas las noches después de que él anunciara su muerte. Breves semanas después sus ojos dejaron de verme y pronto dejó de escuchar. La noche en que terminó de morir yo ya estaba resignada. Cuando estaba poniendo su libro favorito para cerrarle las manos y dejar que muriese en paz, el me miró con ojos cansados. Sus ojeras eran negros sacos de llanto y soledad. Musitó ” la Buena Tierra, tonta…” pero nunca lo encontré así que cogí mi libro predilecto, Mis Diversos Mundos, lo entrecrucé en sus brazos, y cuando me acerqué a besarlo su aliento débil rozó mi pecho. Lo miré a los ojos sin respuesta. Y entonces, su voz casi muda me exigió sacar algo debajo de su cama.

-Abre la caja marrón, rápido..

Rompí la tapa y encontré todas mis cartas. Pero una encima tenía en tinta negra mi nombre. Palidecí. El acercó su mano intentando tocarme. Exhaló.

– Abrela.

Y comencé a leerla mientras mis manos temblaban.

“He tenido tu nombre en la mente pero nadie lo sabe. Existes en mi prosa pero no escribo de ti. Te veo en mis recuerdos pero nadie puede ya saber de ti…. He vivido de tu nostalgia, de tu pena y tu belleza. Para mi serás todo eso que yo no puedo entender. Siempre hemos vivido ocultandonos de otros seres como si en realidad nos importara eso.. siempre ajustados de tiempo en pasadillos, calles o buses, siempre apurados hemos dejado intacto el instante que quizas algun dia se convierta en un dia entero donde me contaras un cuento y yo te contare el mio…

Si somos dos granitos de arena en la inmensidad pero que no se apartan de su playa, si hay silencio entre los dos es solo para buscar la reconciliación despues, despues de todo un poco de drama en toda esta inexplicable historia que mas da…El dia paso y que rescato?… tu poesia asi como tus primeras palabras que me dan vida y me llenan de una paciencia infinita…”

Quedé un rato en silencio. Desde la calle los niños seguían jugando. Ya se hacía tarde. Ernesto terminaba de morir.

– He querido volver a sentir tu calor para irme. Esta carta te la iba a dar en nuestra última cita pero nunca llegaste.

Me abracé a él y deseé sentirlo en mí. Pero Ernesto se me iba y nada podía hacer.

Buscó mi mano y la yema de sus dedos encontró mi cicatriz.

– Recuerdas aquel día, me dijo. Te cortaste al sacar un rosa silvestre. Sangrabas. Cerraste la mano y la sangre se secó sola. El agua sólo dejó una cicatriz…

Comenzó a toser fuerte. Le recé nuestros deseos. No sabía que hacer. Sólo me acerqué y lo abracé a mi pecho. Su respiracion abandono su cuerpo en un solo segundo al mismo momento en que lo besé fuerte en la frente. El murió una tarde tranquila de octubre. No había sol. Hacía frío.

Han pasado doce años ya, y solo hoy he vuelto a recordarlo cuando distinguí equivocada su paso entre las miles de personas que caminaban a prisa, en los primeros minutos de la mañana. Aquella tarde de primavera me dijo sin embargo:

– “Eres este minuto sin respirar, esta cicatriz en mi mano derecha …”

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“Éramos abril y marzo..”

“te has dado cuenta de que ya estamos en julio”- me dijo. Era su peculiar distingo al referirse al tiempo y a las cosas que vivimos y que a veces pasan desapercibidas. Con una carcajada siniestra y pícara, probablemente le respondí tantas veces, pero el jamás escuchó…

La última vez en que nos vimos, caminábamos por las cortas calles de Miraflores. Jamás lo vi fumar, y un presentimiento me dijo siempre que no lo hacía. Alguna vez vi una colilla de cigarro en su apartamento, pero sé que mentía… al menos él no lo hacía. Eran algo más de las seis de la tarde. Yo pegué mi nariz a alguna de las librerías. Era domingo, y la gente andaba mas ociosa que de costumbre. Vi el libro de Louis Hay en el primer escaparate y aunque perdida en mis pensamientos por unos segundos breves, sentía al instante un tibio calor que acompañaba de lado mi abstracción. Era él, probablemente veinte minutos más tarde que siempre, en un chalequito azul panda y con la mirada traviesa que nunca cambió hasta el día último en que me dejó subir al carro, y yo volteé la vista atrás sabiendo que jamás volvería y más aún, sabiendo que yo ya no quería volver a verlo, nunca más…

Oh!.. aquellas horas después de las seis fueron tontas y divertidas. Caminábamos hablando no sé muy bien de qué, pero siempre había una pregunta en sus labios y una respuesta le hacía réplica en los míos. Comimos algún pastelillo dulce a medio camino y entonces la tarde se hizo noche y no quedó otra cosa que asirnos más a la poca luz que ya se iba… ese rumbo nos llevó al mar..Mientras más nos alejábamos del ruido, jugábamos y reíamos tanto y creo que en ese momento me enamoré de él. Corríamos pequeñas distancias y luego otra vez, caíamos en nuestras propias voces y nos piropeábamos sin cesar y con ternura. Sin cesar… Quería sostener su mano, pero siempre (o casi siempre) las llevaba en los bolsillos así que hice que mi cuerpo se juntara al suyo mientras caminábamos y sentía su calor, como el primer momento en que lo vi llegar cerca al escaparate de vidrio.

Antes de llegar al mirador del mar, cruzamos la última avenida que nos separaba del malecón. Un auto cruzó intempestivamente y alli pude sorprender su rabia cuando gritó no sé cuantas cosas al auto que sin embargo ya se había marchado. Fue uno de los momentos en que sorprendí sus mejillas hinchadas y sus ojos antes chillones, enfundados en un ceño adusto que se borró en cuanto le di una palmada en las nalgas y lo miré con una picardía increíble. En este instante volteó los ojos y se rió en un estruendo que me (nos) hizo olvidar su mal humor..

Recuerdo que había mucha gente en aquel ocaso. El sol ya se engullía en el horizonte. Las voces crecían y cuando la noche cayó las risas se iban volando y de rato en rato caían silencios que me hacían verlo mucho mayor que yo. Le dije “tengo una piedrita en el pie” y comencé a saltar sin más. Buscamos un sitio donde sentarnos y luego cogió mi zapatilla y comenzó a reírse y a caminar con ella en la mano. No recuerdo los rostros de la gente, menos aún si decían o mascullaban algo al vernos jugar. No paró de reírse y me retaba a seguirlo hasta que alcancé su mano y me puse la zapatilla otra vez. El se atoraba de risa, es raro, solo recuerdo eso de aquella noche…

“Es bonito este sitio no?”- me dijo. Le pedí permiso para acercarme al malecón y pude ver la playa y a la gente caminar por todos lados, en todas direcciones. Me quedé un largo rato sola, a la orilla. Él se acercó después de verme de espaldas por algún rato. Me dio un beso en el cuello y me abrazó fuerte. Creo que nunca ninguno supo que era un despedida, y en ese momento, en sus brazos, supe que nunca olvidaría ese momento..

” Te has dado cuenta que ya es noviembre” le diría hoy… Ya es noviembre y mira todo lo que hemos hecho.. Sigue leyendo