parte de ese ayer..

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7.30 de la mañana. Aun no estaba muy convencida de lo que haría, pero sabía que si no me lo proponía seriamente, definitivamente toda mi experiencia junto a aquel hombre solitario, hubiera sido vana. Así las cosas empecé a arreglar todo de una manera inconsciente. Pensaba, cavilaba, respiraba fuerte y por breves espacios me olvidaba de hacerlo… encontrarme con D…., aquel buen padre del que tantas veces mi buen y lejano amigo Ernesto había hablado… tenía temor de ir, de regresar…

La primera vez que aparecí fue movida por el cariño dentro de mi pecho. Me decidí un día a pasear por entre las calles y las plazas… de esa pequeña localidad llena de gente y ruidos. Las calles se hacían estrechas y se ensanchaban a mi paso. Las risas disminuían y casi como preguntando y jugando, sonreí nerviosa y hallé mi rumbo por instinto. Había llegado a una casa bonita según mi gusto, y unas risas provenían desde dentro, y toda esa algarabía se mezclaba con los gritos infantiles de otoño. Unos pasos apresurados recorrían la sala (aún desconocida por mi) y al minuto se había apagado el bullicio. Una ráfaga fría recorrió mi pecho. Me contuve de llorar al ver aquel vetusto carro verde que me hizo reconocer de inmediato donde estaba. Mis ojos, hambrientos, sedientos, ansiosos por recordar cada rincón, cada espacio de calle, cada color en las paredes, el pasto pequeño que anidaba a la entrada de la casa, las ventanas grandes, el polvo posado en aquel autito verde que había poseído las horas y la emoción de las manos en aquel buen Ernesto, un pequeño arbusto caído me hizo pensar… si acaso el había hecho nacer la semilla de un otrora pino… o cedrón… me detuve frente a la puerta, desde la acera contigua, y mire todo alrededor, y me quedaba ciega empozándose la emoción en mis pupilas, y recordaba todas las palabras de cariño suyas para con sus memorias en esa pequeña morada. Mi pecho sonreía, mientras las risas nacían fuertes e imaginaba una mesa donde todos los convidados se querían… miré por última vez aquel espacio que había hecho mío desde hace mucho, me puse a pensar por donde sería que los libros estaban regados en esa casa, en que piso estaría aquel su espacio personal y privado.. por donde entraba el sol con más fuerza, por donde correría el agua con más prisa… me senté de repente en aquella loza fría de cemento desde el frente, mientras cruzaba las piernas, mientras limpiaba mis mejillas aún húmedas, mientras el viento me cortaba la inspiración… me levanté lentamente, deje de espiar en silencio y me marché sin querer marcharme en realidad… había ya pellizcado aquel pequeño arbusto con algo de fuerza para atrapar entre mis dedos algo del calor de ese hogar y en mis manos se quedó un olor a verde opaco fuerte…mis pasos se arrastraban uno tras otro, y sin querer, se abandonaron al ritmo habitual con que camino. La bonita casa desapareció entre los arbustos y la calle contigua. Antes de abandonarla completamente cerré los ojos y mordiendo mis labios, volteé a despedirme de ese recuerdo. La contemplé como una radiografía, y veía desde fuera a todos aquellas personas reunidas en la mesa del fondo, entretenidos en la pirueta de alguno de los nietos. Creo que aquel día aprendí a mirar hacia atrás, con nostalgia y resignación. Para sobreponerme, me senté en el parque contiguo más cercano, en forma de media luna. Me aproximé a una de las bancas, me senté. Las pequeñas hojitas arrancadas a ese arbusto estaban aún en mis manos. Las miré y dejé que cayeran poco a poco al suelo frío hecho de piedras. Sentí con mis yemas la suavidad de aquellas plantitas que no llegarían a sobreponerse al otoño… y conté las lágrimas que caían al suelo, y del surco de mis ojos brotaron las lágrimas como pocitos de agua. El viento soplaba violento, mi cabello se alborotaba, la tarde se iba cerrando y los niños ya exhaustos jugaban a ser mayores, y se escondían en ademanes reacios a la dulzura de su inocencia. Me puse de pie, sin evitar recordar, sin poder olvidar… aquel recuerdo de entonces, y los escritos que motivó no se comparan ni en un ápice a la visita que realicé al padre de mi buen amigo. Aún emocionada, reconozco que mi mente nunca llegó a imaginar este momento en mi vida. Nunca me bastó la voluntad para ver este sueño inmenso hecho realidad…

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