Archivo por meses: octubre 2007

Posdata

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“Mi carta la motivan la admiración y el cariño fraterno que siento por su hijo”…

Hoy salí presurosa y en las miradas distintas, sorprendí la vieja costumbre mía de sonreir de más… el sol se hizo una sombra extensa sobre el agua de la Punta, una miriada de sal escarlata bañaba todo el borde de la playa y mientras otras voces llenaban la habitación, solo me dediqué a pensar …. que cerca que Australia ahora está…

PD. hasta los mejores recuerdos un día se van… a veces ahogados en nostalgia otros, como hoy, se van quedo y en silencio…esos son los que dejan libertad.. Sigue leyendo

parte de ese ayer..

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7.30 de la mañana. Aun no estaba muy convencida de lo que haría, pero sabía que si no me lo proponía seriamente, definitivamente toda mi experiencia junto a aquel hombre solitario, hubiera sido vana. Así las cosas empecé a arreglar todo de una manera inconsciente. Pensaba, cavilaba, respiraba fuerte y por breves espacios me olvidaba de hacerlo… encontrarme con D…., aquel buen padre del que tantas veces mi buen y lejano amigo Ernesto había hablado… tenía temor de ir, de regresar…

La primera vez que aparecí fue movida por el cariño dentro de mi pecho. Me decidí un día a pasear por entre las calles y las plazas… de esa pequeña localidad llena de gente y ruidos. Las calles se hacían estrechas y se ensanchaban a mi paso. Las risas disminuían y casi como preguntando y jugando, sonreí nerviosa y hallé mi rumbo por instinto. Había llegado a una casa bonita según mi gusto, y unas risas provenían desde dentro, y toda esa algarabía se mezclaba con los gritos infantiles de otoño. Unos pasos apresurados recorrían la sala (aún desconocida por mi) y al minuto se había apagado el bullicio. Una ráfaga fría recorrió mi pecho. Me contuve de llorar al ver aquel vetusto carro verde que me hizo reconocer de inmediato donde estaba. Mis ojos, hambrientos, sedientos, ansiosos por recordar cada rincón, cada espacio de calle, cada color en las paredes, el pasto pequeño que anidaba a la entrada de la casa, las ventanas grandes, el polvo posado en aquel autito verde que había poseído las horas y la emoción de las manos en aquel buen Ernesto, un pequeño arbusto caído me hizo pensar… si acaso el había hecho nacer la semilla de un otrora pino… o cedrón… me detuve frente a la puerta, desde la acera contigua, y mire todo alrededor, y me quedaba ciega empozándose la emoción en mis pupilas, y recordaba todas las palabras de cariño suyas para con sus memorias en esa pequeña morada. Mi pecho sonreía, mientras las risas nacían fuertes e imaginaba una mesa donde todos los convidados se querían… miré por última vez aquel espacio que había hecho mío desde hace mucho, me puse a pensar por donde sería que los libros estaban regados en esa casa, en que piso estaría aquel su espacio personal y privado.. por donde entraba el sol con más fuerza, por donde correría el agua con más prisa… me senté de repente en aquella loza fría de cemento desde el frente, mientras cruzaba las piernas, mientras limpiaba mis mejillas aún húmedas, mientras el viento me cortaba la inspiración… me levanté lentamente, deje de espiar en silencio y me marché sin querer marcharme en realidad… había ya pellizcado aquel pequeño arbusto con algo de fuerza para atrapar entre mis dedos algo del calor de ese hogar y en mis manos se quedó un olor a verde opaco fuerte…mis pasos se arrastraban uno tras otro, y sin querer, se abandonaron al ritmo habitual con que camino. La bonita casa desapareció entre los arbustos y la calle contigua. Antes de abandonarla completamente cerré los ojos y mordiendo mis labios, volteé a despedirme de ese recuerdo. La contemplé como una radiografía, y veía desde fuera a todos aquellas personas reunidas en la mesa del fondo, entretenidos en la pirueta de alguno de los nietos. Creo que aquel día aprendí a mirar hacia atrás, con nostalgia y resignación. Para sobreponerme, me senté en el parque contiguo más cercano, en forma de media luna. Me aproximé a una de las bancas, me senté. Las pequeñas hojitas arrancadas a ese arbusto estaban aún en mis manos. Las miré y dejé que cayeran poco a poco al suelo frío hecho de piedras. Sentí con mis yemas la suavidad de aquellas plantitas que no llegarían a sobreponerse al otoño… y conté las lágrimas que caían al suelo, y del surco de mis ojos brotaron las lágrimas como pocitos de agua. El viento soplaba violento, mi cabello se alborotaba, la tarde se iba cerrando y los niños ya exhaustos jugaban a ser mayores, y se escondían en ademanes reacios a la dulzura de su inocencia. Me puse de pie, sin evitar recordar, sin poder olvidar… aquel recuerdo de entonces, y los escritos que motivó no se comparan ni en un ápice a la visita que realicé al padre de mi buen amigo. Aún emocionada, reconozco que mi mente nunca llegó a imaginar este momento en mi vida. Nunca me bastó la voluntad para ver este sueño inmenso hecho realidad…
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la soledad y otros decires..

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Mi recorrido usual me dejo en la memoria los últimos recuerdos de la noche. Cuando no hay mas compañia que el silbido de los arboles golpeando su follaje entre ellos..a veces un paso apurado y encabritado me deja mecer mi cuerpo grácilmente, de lado a lado. Una de esas noches como me contó una vez Ernesto en secreto…. “una noche de esas me quedé en la entrada de ese lugar enorme y en los diversos rostros jamás te encontré… no pude alcanzar tu respiro agitado al hablar ni tus manos moviéndose al compás de tus rimas. No, no pude ver tus ojos alzarse al cielo mientras dibujabas historias que yo nunca conocí…tu mirada…. nunca pude escuchar tu risa tullida de alegría, ni tus mejillas sonrojarse al detener tu voz con un beso..”

Ernesto nació un puñado de años antes que yo (quizás dos). Su gusto ensimismado y su sed de tenerlo todo hicieron de él una primavera de hombre en su primera treintena de años. Su mirada ya rugosa y un par de ojos ajenos abandonaron mi historia cuando comenzó a escribir en un libro historias que yo ya no conocía. Pero en ese entonces, creo que éramos dos buenos amigos que se abrigaban a un imposible inalcanzable: escribir. Yo tenía el cabello cubriendome las espaldas, y él escondía su mirada en mechones de pelo lacio rubio salpicado de sol.

– Y entonces, que hiciste? te quedaste en la puerta sin hacer nada? – le dije

Sonrió. Los siguientes minutos de esa conversación fueron tristes y ensordecedores. Quizás debí decirle que aún recordaba la rara forma de sus dedos y el color pálido de sus mejillas. Quizás debí preguntar por sus silencios, por sus ronquidos y por el mar que ahora lo rodeaba. Con la voz entrecortada sólo musité un hastaluego vespertino y acostumbrado. Las primeras luces de la noche recogieron migajas de sus palabras y entre la breve historia una canción hizo eco de nuestra despedida.

Ernesto se marchó y parecía mentira.. nadie lo notó, poco a poco se apagaba y todos los recuerdos de nuestra charla enfriaban. Lloré mirando por el sesgo de luz que la cortina dejaba entrar a la habitación y con la mirada borrosa, lo despedí de la vida. Fue mi mayor amistad en un tiempo dispar donde pude robar las ideas más tiernas y donde crecí las esperanzas más largas.Y ahora ? – pensé…

Sé fuerte me dijo. Estas cosas pasan. Mientras el moría, yo le recité los versos que el más amaba. Murió escuchando sobre los diversos mundos de Pearl Buck, y su aliento último calló en aquella quijada que antes se doblaba de risa. La cama ancha se hizo pequeña entonces… me asomé a su lado y su respiración se detuvo. Soplé suavemente a sus ojos, su mirada se borró y en ese último momento lo besé, dejando la sombra de mis labios en su frente pálida. Crucé sus manos asidas al libro que leí en su lecho de muerte. Cerré la puerta y Ernesto se hizo sal en mis mejillas. Cuando dejé su casa -había sido en realidad tan nuestra- dejé su recuerdo en ella. Dejé la llave tirada en el suelo. Nunca más regresé. Su familia se hizo cargo de todo lo que vino después, y yo huí para olvidar…

Y hoy, sentada en esta playa a la deriva, lo volví a ver en estas olas que se engullen entre ellas, calmas y serenas. Lancé, inútilmente, miles de piedrecillas… escuché el agua arrastrarse por horas… el sol se escondía y recordé que Ernesto decía “tras el cielo y el mar, en ese horizonte, ahí es donde siempre estaremos… siempre..”

Es noche otra vez. Y un nuevo recuerdo abriga esta noche ciega que ya se enfría.. Sigue leyendo

Primavera

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El primer aire de la mañana rompió en mi rostro. Quería escribir sobre esos rostros que alguna vez compartieron una mirada conmigo, o quizás sobre la última palabra dicha cada vez que he visto a alguien partir… oh, tanto! y sin embargo esas memorias se hacen burbujas y se pierden en el cielo gigante… quizás por eso mi deleite al observar el cielo queda, sin minuto ni tiempo…

Yo recuerdo haber escrito por casi seis años (siete?), sin detenerme. Creo que eran cartas, dirigidas a un destino común -pensaba. En ellas dibujaba mis días futuros, pensando hacerlos realidad. Algunas cartas se hicieron melodía, algunas se convirtieron en amor, otras en desdeño y las más en olvido.. De las cartas? bah! aún enfundadas por ahí seguramente, no las he vuelto a ver (ni leer)…

El sol allá afuera se asoma débil… He de escribir mucho pero ahora.. sólo quiero recordar..

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Seja Bem-vindo! / Welcome/ Bienvenido / Benvenuto

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Sean bienvenidos a mi página personal, lugar de esparcimiento en este noctámbulo y particular rumbo en los diversos mundos que me han tocado vivir. Me gustaría decir que soy cándida, mas tener esta veintena de años me lo prohíbe. El buen gusto me permite huir de los escotes apresurados o los labiales hechos injerto en mi cautiva sonrisa. Leo, a mas sazón que años anteriores – sin embargo, en la memoria envanecen recuerdos de aquellos primeros años en que, con la nariz (y quizás hasta el tabique!) husmeaba a Julio Ramón Ribeyro, inalcanzable quizás en esos escaparates de piel de cedro… ah, pero de aquello, alguna otra historia más que contar. Como alguna vez musité, mis retazos de vida son en realidad aquellos mis diversos mundos sometidos a la mas ruin pasión: escribir. ah!, se ha dicho tanto de los escritores, tanto.. que placer escribir estas primeras líneas a modo de diario, tan tullidas quizás… pero sirven de sendero a mis pensamientos..

Sea bienvenid(o/a). Siéntase como en casa. Fume un cigarrillo, baile, sonría, corra, coma (despacio, eso sí!) en fin, sórbase un poquito las narices y platiquemos a gusto, como viejos amigos…
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