Teatro y ensueño

Ser actor fue uno de mis sueños infantiles. No sé de dónde nació ese deseo; tal vez en la escuela, pues en toda actuación estaba allí, aunque sea con un papel secundario, pero estaba. Con mi crecimiento, el sueño se fue desvaneciendo, pero me reencontré con el teatro cuando vine a estudiar a Arequipa, pero esta vez sólo como espectador.

Recuerdo que era un asiduo concurrente a una sala teatral que se escondía en el Cine-teatro Municipal. Allí, cada vez que había temporada, veía los montajes de Tito Cáceres y su Asociación Nacional de Escritores y Artistas de Arequipa, ANEA. En esas funciones conocí más a Shakespeare, Lope de Vega, Tirso de Molina o Moliere, pero lo que más me emocionaba era el animoso esfuerzo que

Tito y su grupo hacían por adaptar y montar las obras de esos clásicos con los recursos escasos que tenían. Siendo luego mi profesor, Tito me confesaría que prácticamente todo salía de sus bolsillos. Allí entendí eso del amor al arte.

Ese reencuentro con el teatro me ayudó a descubrir que Arequipa tuvo una época dorada de esta rama de las artes escénicas. Para muestra, sobrevivía el Teatro Fénix, que yo lo conocí como cine, pero que en sus tiempos gloriosos, s XIX, fue el gran animador de la vida cultural de la ciudad. Al Fénix, luego se le sumaría otros teatros como El Ateneo, El Olimpo, Arequipa y el gran Teatro Municipal. Todos ellos terminaron como cine y otros desaparecieron.

Luego vendría mi afición por las obras que se montaban en los institutos culturales, como el ICPN y el ICPA, donde desfilaban Arlequín, Audaces, así como las aventuras teatrales de Hugo Riveros y Pepe Borja; todo ello entremezclado con mis visitas a las obras de Edgard Guillén, Nicolás Yerovi, Oswaldo Cattone, Delfina Paredes y otros, en cada verano de regreso a Lima.

Todos estos recuerdos se me volcaron el domingo pasado mientras esperaba el inicio de Las criadas, pieza teatral de Jean Genet montada por Artescenica, tozuda aventura cultural impulsada por Doris Guillén y Andrés Fernando Luque Ruiz de Somocurcio, a quienes también he seguido en su trabajo, tanto actoral como de directores teatrales. Ellos han convertido una vieja casona yanahuarina en un centro cultural desde donde promueven hace diez años las artes escénicas, ya sea con montajes de piezas teatrales o impartiendo cursos y talleres con el afán de descubrir nuevos talentos locales. Y vaya que lo están logrando, pues en Las criadas, aparte de las ya grandes actuaciones de Martha Rebaza y Doris Guillén, destaca Adriana Zeballos, sangre nueva que se suma a otros proyectos que han nacido de sus talleres.

Tras ser invitados a pasar a la sala teatral, uno se encuentra con 50 butacas y un escenario adecuado y acondicionado pulcramente, respetando el imaginario que inspiró la primera obra de Genet estando en la cárcel. Luego de casi dos horas de actuación que te zumba a los oídos por la cercanía de las tablas con el público, uno comprende por qué este dramaturgo francés  fue considerado el último de los poetas malditos de las letras francesas e inspirador de genios como Sartre, David Bowie, Lars Von Trier o nuestro Oswaldo Reynoso, pues tanto Rebaza como Guillén, Clara o Solange, transmiten lo que quería el autor: meterse en lo más sombrío de la conducta humana donde el odio, amor, rivalidad, deseo, ambición y la muerte se entremezclan.

Fin de la obra, justos aplausos y fotos con los actores y el anunció de que la próxima semana continúa la aventura teatral, esta vez con los cuentos de terror de Edgar Allan Poe. Perfecta elección para celebrar el Día de las Brujas, de la Canción Criolla o de las Iglesias Cristianas, gracias a nuestro “sabio” Congreso.  Iremos. Todos deberíamos hacerlo.

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