Defendiendo a Ollanta

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Como suele suceder cada vez que nos acercamos al 28 de julio, los periodistas ya empiezan a recolectar información para hacer el balance de gobierno que este año es particular, pues es el primer año del ollantismo que, como sabemos, lo recibe en medio de una grave crisis por los sucesos de Cajamarca. Me parece que ese hecho hace que los periodistas busquen evaluaciones catastrofistas que yo no comparto.


Es pública mi aversión al ollantismo; sin embargo, eso no me impide reconocer que al primer año de su mandato las cosas las está haciendo mejor de lo esperado. Hay varias razones para sostener eso. Lo primero es que, contra todo pronóstico, la economía sigue con cifras azuladas. Aunque muchos digan que la economía la viene manejando en automático, lo cierto es que no hay sobresaltos, y sólo eso es desde ya, un gran logro.

Pero hay más, pues es justo reconocer que varias de las promesas de campaña ligadas a lo social han sido cumplidas, e incluso ampliadas. Por ejemplo, no sólo se ha elevado el presupuesto asignado a políticas sociales, y ampliado el programa Juntos, sino que hay otros como Pensión 65, Cuna Más, Beca 18, etc. que ya están en marcha y que evidencian que las promesas inclusivas se han puesto a caminar. A la vez, promesas como la revisión de los contratos petroleros, el aumento salarial, etc. también se han cumplido. Es decir, en un solo año, Ollanta cumplió con lo que prometió y se encuentra en la paradoja que para sus próximos cuatro años, ya no tendría más que hacer.

Entonces, qué es lo que ha fallado? Porqué esa sensación de insatisfacción en la población? Creo que por un par de razones: la primera tiene que ver con su poca o nula experiencia gubernamental que se manifestó en ese estilo caracterizado por el silencio o la evasión cuando las papas han estado quemando, al extremo que ese vacío fue llenado por su esposa (que la catapulta como una candidata de fuerza para el 2016). Ese defecto no habría que criticarlo tanto porque, reconozcámoslo, Ollanta no se preparó para gobernar, su meta era postular y punto. Sabemos que la “aparición de la Virgen” hizo que ahora ocupe el sillón presidencial y, ojalá, esté aprendiendo a manejar el Estado. Esa impericia también se manifestó en la incapacidad de armar equipo de gobierno. Reconozcámoslo: el ollantismo no tiene cuadros, y mucho menos operadores políticos. Los dos gabinetes que ya ha tenido son en su mayoría, no sólo son anónimos, sino también de una gran medianía. Lerner fue un fiasco y Valdéz un fiasco mayor.

La otra razón que genera esa desazón en la población respecto al ollantismo, es el tema de la inseguridad ciudadana del que poco o nada se ha hecho, y justamente en el campo de la inseguridad, se sitúa el de los conflictos socioambientales, cuya culpabilidad recae en gran parte, en el propio Ollanta, ya que sus aliados de campaña, le pasan hoy la factura por la promesas incumplidas o la incoherencia de su discurso. Ese es el principal talón de Aquiles de Ollanta: la resolución de los conflictos socioambientales y en especial, el de Conga, pues el contenido de su discurso del 28, depende mucho de la forma cómo ser resuelva ese conflicto en las próximas semanas.

Pero hay otro aspecto que linda más con lo anecdótico, pues Ollanta todo este año ha tenido que lidiar más con su propia familia que con la oposición, encabezada por su propio padre y seguida por sus hermanos. Eso no ha hecho más que demostrar la familia esquizoide de la que proviene nuestro mandatario, a quien hay que desearle la mejor de las suertes, porque, al fin y al cabo, su éxito o fracaso termina arrastrándonos a todos.

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