Presentación de “Batallas por la teoría. En torno a Marx y el Perú”

GR

Introducción.- Nuestro colega y maestro Guillermo Rochabrún ha presentado hace poco su más reciente obra Batallas por la teoría. En torno a Marx y el Perú. Rochabrún fue nuestro profesor, y en Arequipa, específicamente a la UNSA, cuando fuimos Director de la Escuela de Sociología, lo trajimos para que dicte varios cursos. Allí se fortaleció nuestra amistad y se acrecentó el aprecio a quien, consideramos, ha hecho de la sociología un motivo de permanente reflexión teórica. Por eso comparto con ustede la presentación del libro que hiciera, otro colega y alumno suyo, Martín Tanaka.

Ha sido publicada recientemente una antología de textos de Guillermo Rochabrún, que reúne trabajos dispersos y de difícil acceso, así como algunos inéditos, que permite apreciar en toda su magnitud el aporte de varias décadas de trabajo académico (Batallas por la teoría. En torno a Marx y el Perú. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2007, 559p.). Este libro es, entre otras cosas, un merecido homenaje y reconocimiento al gran maestro de generación tras generación de estudiantes de sociología de la Pontificia Universidad Católica, quien a través de los cursos de teoría nos formó como sociólogos, y a un autor importante, cuya valiosa producción lamentablemente no ha tenido la resonancia que merece.

Todos los que tuvimos el privilegio de tenerlo como profesor podemos decir que Rochabrún no solamente hace lo que debe hacer un profesor de teoría, que es reseñar autores y corrientes, y mostrar su utilidad, pertinencia y aplicación práctica. Lo que hace único a Rochabrún es que nos enseñó a pensar, a razonar, con rigor, disciplina, precisión, con un sentido profundamente crítico. Esto lo ha convertido en un auténtico maestro, por lo que tantas generaciones de estudiantes le guardamos gratitud y cariño. Evidentemente, Rochabrún está exonerado de toda responsabilidad por lo que hayamos hecho sus alumnos después…

Pero no me referiré aquí a su trabajo docente, sino a su producción académica, reunida en este libro. Dije que se trata de una producción valiosa sin la recepción, influencia, que mereció: ¿por qué? Creo que porque Rochabrún ha sido un intelectual insular y un marxista crítico. La clave de su relativo aislamiento acaso explique también su lucidez.

Respecto a su carácter insular; el autor menciona en la fascinante introducción del libro, en la que reseña su biografía intelectual (“Un marxista académico ante el espejo”), que ha sido básicamente un profesor universitario, que no ha pasado por partidos políticos, no ha trabajado en ONGs, no ha sido activista en colectivos sociales o parte de grupos intelectuales (salvo su paso por la Revista Sociedad y Política, en la que Rochabrún era un “junior” al lado de figuras como las de Aníbal Quijano o Julio Cotler), es decir, no ha tenido un grupo que haya hecho suyas sus ideas, que las defienda y promocione, a pesar de la importancia de sus aportes, como veremos a continuación. Otro asunto que explica la difusión de sus ideas es que lo fundamental de sus aportes se ubica en una perspectiva marxista crítica, lo que, en un país poco acostumbrado al debate, en medio de una comunidad académica que en cierto modo renegó del marxismo, reforzó también esta insularidad. Volveré sobre este asunto más adelante.

Llama la atención, al releer los textos de Rochabrún, constatar su lucidez, anticipación de temáticas de desarrollo posterior, y contrastar esto con su escasa difusión. Veamos algunos de sus textos de teoría marxista, la base del pensamiento del autor. Está su crítica a los fundamentos de la economía neoclásica, “La zanahoria y el asno: para un análisis crítico de la noción de escasez”, de 1977, pero publicado recién en 1999, en donde se adelanta el análisis de lo que hoy llamaríamos la existencia de bienes públicos y privados, la presencia de externalidades, y la internalización de externalidades a través de precios para compensar las externalidades negativas, ideas centrales de la teoría de la elección pública, pero que en su momento no generaron mayor debate.

Uno lee hoy trabajos como el clásico “Base y superestructura en el ‘Prefacio’ y en El Capital”, de 1977, y se pregunta por qué Rochabrún no estuvo terciando en debates centrales de la teoría marxista como los que enfrentaron a Louis Althusser, Edward Thompson, Perry Anderson y otros. Recuerden que Miseria de la teoría de Thompson es de 1978, y Teoría, política e historia. Un debate con E.P. Thompson, de Perry Anderson, es de 1980. Lo que estos autores están debatiendo son temas centrales referidos precisamente a la relación entre base y superestructura, debate fundamental en la historia del marxismo y del pensamiento social en general, que se puede frasear como el debate entre agencia y estructura, para ponerlo en los términos de Giddens, quien también parte de la obra de Marx para abordar esta discusión (en su libro La constitución de la sociedad, de 1984).

El aporte de Rochabrún es resolver este debate apelando a la idea de que se trata de una oposición falsa, cuya naturaleza es revelada mediante el análisis de El Capital. Según el autor, en El Capital las cosas están planteadas de modo que los elementos “superestructurales” son parte intrínseca del orden económico-social. En el análisis del capitalismo Marx muestra cómo en su dinámica, que da lugar a las clases sociales, se entrecruzan elementos económicos, sociales e institucionales. Sobre esta base, no se erige la superestructura jurídico-política, sino discurre la historia, los conflictos entre las clases sociales, en un escenario abierto y contingente (el mundo de lo político), donde cada realidad requiere un análisis particular. De esto se deriva que el estudio de las clases y de la política concreta no debe consistir en “aplicar” las categorías marxistas, sino partir del estudio del funcionamiento del capitalismo en la realidad concreta, y cómo allí surgen las clases y se desarrolla la política con contornos particulares. Un intento de hacer esta aproximación al estudio del caso peruano es otro texto clásico, “Apuntes para la comprensión del capitalismo en el Perú”, de 1977, que da pistas fundamentales para no deducir la realidad desde la teoría, típico vicio estructuralista, sino analizar cómo las determinaciones del capitalismo adquieren perfiles propios al operar en el medio peruano. Rochabrún habla así de un capitalismo “subdeterminado”.

A propósito, desde este punto de vista podría pensarse un tema de debate actual, la capacidad del desarrollo capitalista para articular al conjunto de la población del país, especialmente a los sectores pobres y excluidos. Para Jaime de Althaus, en La revolución capitalista en el Perú (FCE, 2007) el actual tipo de crecimiento, a diferencia del pasado, tiene mayor capacidad de generar eslabonamientos y dar lugar a un desarrollo inclusivo. Algunos críticos de Althaus cuestionan lo que consideran un optimismo excesivo, señalando que se trata de la extrapolación de un periodo todavía muy corto de crecimiento. Desde el punto de vista sugerido por Rochabrún, el problema no sería cuantitativo, sino cualitativo: en el país se amplían los circuitos mercantiles, los mercados, el uso del dinero, pero no desaparecen relaciones sociales no capitalistas, lo que termina debilitando la expansión y los procesos de acumulación. Estas ideas permiten entender porqué a pesar del crecimiento económico la pobreza persiste, así como el descontento ciudadano con el rumbo del país.

De este modo, en la década de los años setenta, mientras la izquierda y los académicos de izquierda, al inicio de la crisis asociada con el modelo nacional-popular-estatista, proclamaban el inminente colapso del capitalismo y diagnosticaban la existencia de una “situación prerevolucionaria”, Rochabrún por el contrario llamaba la atención sobre la debilidad del capitalismo para dar cuenta de la dinámica general del país. Aquí encontramos a un marxista crítico, lejano del predominante “folklore marxista” tal como lo califica el autor, en medio de los debates sobre la feudalidad, semifeudalidad, el carácter dependiente o periférico de nuestro capitalismo, entre otros.

El tipo de aproximación de Rochabrún habría permitido encarar de manera provechosa el debate sobre la relación entre la teoría marxista, las clases sociales y la realidad latinoamericana, debate que no llegó a darse de manera cabal en nuestro país. Esta manera de pensar las cosas estuvo relativamente ausente, soterrada en el contexto del peso abrumador de la influencia del estructuralismo. Estos temas se debatían en la región sin participación peruana. Ver por ejemplo lo que considero una verdadera joya bibliográfica, de Raúl Benítez, coord.: Las clases sociales en América Latina. Problemas de conceptualización. México, Siglo XXI, eds., 1973; donde debaten sobre el tema, entre otros, Alain Touraine, Nicos Poulantzas, Hernando Henrique Cardoso, Manuel Castells, Florestan Fernandes, Rodolfo Stavenhagen, Francisco Weffort, Gino Germani, Edelberto Torres Rivas, reunidos en un seminario en Mérida de 1971 (ningún peruano allí: aunque en la introducción se menciona la lamentable ausencia de Aníbal Quijano, que por alguna razón no llegó). Aquí uno encuentra, sobre todo en las intervenciones de Cardoso, el llamado a historizar la temática de las clases en el contexto latinoamericano, a analizar las características específicas del desarrollo del capitalismo en la región; esta fue una línea de reflexión presente en otros países latinoamericanos, pero casi ausente en el Perú, más allá de los trabajos de Rochabrún.

1977. El Perú, junto a toda la región, iniciaba procesos de transición a la democracia. El sentido común marxista pensaba la democracia como una mera fachada legal que encubría la dominación de clase. ¿Cómo pasar al escenario democrático desde estas premisas? En el cono sur el aprendizaje del valor de la democracia se realizó por el trauma de la represión de las dictaduras, como señalaron Norbert Lechner y muchos otros autores . En el caso peruano la cosa fue más difícil, dado el carácter reformista del gobierno militar de Velasco. Es más, el velasquismo de algún modo implementó y agotó el arsenal de reformas de la izquierda peruana (“Izquierda, democracia y crisis en el Perú”, de 1988). Sin embargo, hay otro texto de Rochabrún que permite salir del atolladero, “Economía y política en el análisis del capitalismo y de la sociedad en América Latina”, de 1981. En ese texto la democracia aparece no como el resultado necesario de la forma de producción capitalista, sino como resultado contingente de la lucha de clases. En esto Rochabrún se pone a la par de trabajos como los de Adam Przeworski, quien defendería tesis similares en libros posteriores, como Capitalismo y socialdemocracia, de 1985, o Paper Stones. A History of Electoral Socialism, de 1986, entre muchos otros.

Sin embargo, en nuestro país se produjo un cambio de paradigma sin ajuste de cuentas; las izquierdas pasaron en lo político del paradigma de la revolución al de la democracia, sin mayor explicación. El problema es que en lo académico también se dio una mudanza equivalente, de la preocupación por las clases sociales a la de los movimientos sociales, actores visibles en el contexto de las luchas contra las dictaduras y los procesos de democratización; y de la reflexión sobre el carácter de la sociedad, a la preocupación sobre la democracia como régimen. Esto es resultado de las estrechas relaciones (al punto de indistinción) en esos años entre activismo político y reflexión académica. Rochabrún se mantuvo como teórico marxista, con lo que quedó relativamente aislado en medio del viraje de las ciencias sociales. Pero al ser un académico marxista crítico, también quedó aislado de las ortodoxias marxistas que continuaron el década de los años ochenta.

Así, Rochabrún, desde las ideas centrales e intuiciones de Marx, quedó como un crítico de las modas intelectuales, de los paradigmas y sentidos comunes existentes en nuestras ciencias sociales. Ahora bien, cabe destacar que lo que ocurrió con las ciencias sociales le ocurrió también a Rochabrún, solo que más gradualmente. Rochabrún relata en la introducción cómo con los años se fue alejando él también del marxismo, hasta el punto de pensar que “el pensamiento de Marx tiene mucho que decir en algunos casos, poco o nada en otros, y no puede pretender dirigir el conjunto” (p. 59). Si algún reproche cabe hacer a Rochabrún es que él era probablemente la persona más preparada para llevar adelante un ajuste de cuentas con Marx y con las corrientes del marxismo, y de proponer maneras de pensar el Perú y el mundo contemporáneo. Lo hizo muy parcialmente.

Me viene a la mente el caso de Jon Elster, en Una introducción a Karl Marx, de 1991. Allí Elster se pregunta qué está vivo y qué está muerto en Marx, y responde: está muerto el socialismo científico, el materialismo dialéctico, la teleología y el funcionalismo, la teoría económica, y la teoría de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. ¿Qué vive? El método dialéctico, al menos una versión de él; la teoría de la alienación; la teoría de la explotación y la concepción de Marx de la justicia distributiva; la teoría del cambio técnico; la teoría de la conciencia de clase, la lucha de clases y la política, aunque con límites; y la teoría de la ideología, que está agonizante, pero debe ser resucitada. En nuestro medio no encontramos ningún esfuerzo equivalente.

El camino que siguió Rochabrún fue asumir el papel de crítico, desde lo que podríamos llamar los fundamentos de un método marxista. Recuerdo alguna reunión no hace muchos años en la Universidad Católica, entre profesores de la facultad de ciencias sociales y algunos profesores extranjeros visitantes. Quedamos en hacer una breve rueda de presentación de cada uno; por ejemplo yo dije mi nombre y añadí que me interesaban los partidos, la democracia, los movimientos sociales. Otros dijeron otras cosas, según su especialidad. Cuando le tocó el turno a Rochabrún, dijo: “yo critico lo que hacen ellos”. Antonio Cisneros, en Canto ceremonial contra un oso hormiguero, llamó a Marx “viejo aguafiestas”. Podría decirse que Rochabrún con sus posiciones críticas ha ocupado la misma posición, de permanente y lúcido aguafiestas (no estoy llamando viejo al maestro, por si acaso). Esto explica también su insularidad. Tarea necesaria, imprescindible, pero ingrata.

Uno de los ángulos principales desde el cual Rochabrún ejerció la crítica parte de su carácter de marxista crítico. Al pasarse de la década de los setenta a los ochenta, la izquierda pasó como vimos del paradigma de la revolución al de la democracia, y también los científicos sociales y las ONGs asociados a ésta. Las circunstancias corrieron mucho más rápido que la capacidad de procesar los cambios. Rochabrún resalta que el paso se dió sin hacer un balance, un ajuste de cuentas; por ello, se arrastraron a la etapa “democrática”, sin advertirlo, algunos de los vicios de la etapa marxista. En la década de los años setenta el autor criticó una visión esencialista del proletariado, visto como una suerte de motor de cambio “llamado por la historia”; en la de los ochenta, el lugar que ocupó la clase obrera empezó a ser ocupado por los nuevos movimientos sociales (ver “Del mito proletario al mito popular”, de 1992). De allí que Rochabrún abogue por una saludable y necesaria autonomía de la academia frente a la política.

El autor fue así un crítico del entusiasmo frente a los movimientos sociales (ver por ejemplo “Izquierda, democracia y crisis en el Perú”, de 1988). Llega el momento de hacer evaluaciones: Rochabrún tuvo razón. Los nuevos movimientos sociales mostraron rápidamente sus límites como expresión de un nuevo orden social, o en términos de su potencial “democratizador” . Ahora bien, yo sostengo que la crítica de Rochabrún puede perfectamente extenderse hasta el presente: el voluntarismo en el análisis de la clase obrera y de los movimientos sociales se expresa hoy en la apuesta por la sociedad civil y de la participación ciudadana como remedios a los límites de la democracia representativa. Llama la atención cómo en la izquierda política, algunos intelectuales y ONGs, persisten estilos de razonamiento y de trabajo, a pesar de la magnitud de los cambios ocurridos en las últimas décadas.

Rochabrún fue también contra la corriente al cuestionar la centralidad de Sendero Luminoso como fenómeno para pensar el conjunto de la sociedad peruana; en algún texto sostuvo que probablemente el país no cambiaría mucho si es que Sendero Luminoso no existiera. De otro lado, el autor llamó la atención sobre la extrañeza que despertaba en las ciencias sociales, a pesar de que Sendero compartía con la izquierda un tronco común, y lo que hacía era llevar a la práctica postulados que muchos otros grupos tenían (“Sendero Luminoso y las profundidades del Perú”, texto inédito de 1989).

También estuvo a contracorriente cuando planteó que las tradiciones racistas, estamentales y excluyentes como forma de organización social no resultaban más válidas en el país, a pesar de que subsistieran en el plano de los imaginarios y de algunas prácticas (ver “Los tiempos y las crisis”, de 1986), planteamiento que retoma el cuestionamiento a la idea de la existencia de una “herencia colonial”, que expuso en su reseña crítica al libro Clases, Estado y nación en el Perú ((La visión del Perú de Julio Cotler. Un balance crítico, de 1978).

Más adelante, en la década de los años noventa, Rochabrún cuestionó la tesis de la existencia de una cultura autoritaria en las clases populares para explicar su apoyo al fujimorismo, y buscó entenderlo apelando a los intereses, la racionalidad y el pragmatismo de los sectores populares (“Descifrando el enigma de Alberto Fujimori”, de 1996). Aquí nuevamente encontramos la idea de que el diagnóstico errado de la existencia de una cultura autoritaria es un espejo de la idea, errada también, de que habría habido una cultura democrática en la década de los años ochenta (ver “¿Crisis de paradigmas o falta de rigor?”, de 1994). También cuestionó la apuesta por la “informalidad”, como clave para el desarrollo capitalista y la renovación social (“De madres de familia a capitalistas: las trampas de la informalidad”, de 1994); también la tesis de la existencia de un problema de representación política (que centra la responsabilidad en la oferta política), y llamó la atención sobre los problemas de representabilidad de los representados, en un contexto de fragmentación y desarticulación social (“El problema está en los representados”, de 2003); así como la idea de la existencia de una grave polarización social en la coyuntura del año 2000 (“¿Polarizaciones…? ¡Las de mi tiempo! Electorado y ciudadanía en los 90 y en el 2000”, de 2000); todo esto en textos de formato breve, pero no por ello menos sustanciosos.

En suma, el libro de Rochabrún condensa la trayectoria de un intelectual cuya lucidez provino de su independencia, de su insularidad, de un trabajo académico riguroso, que no temió ir contra la corriente, y asumir el papel de crítico y de aguafiestas; que tuvo en el marxismo el punto de partida de su reflexión: alejado del “folklore marxista”, y fiel a la idea de ver la realidad como “síntesis de múltiples determinaciones”, y “unidad de lo diverso”, como lo señalara en uno de sus primeros textos, “¿Hay una metodología marxista?”, de 1974). Por todo ello, este libro es un merecido homenaje y una muestra de gratitud para el maestro.(Martín Tanaka)

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