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DISCURSO DE COLACIÓN DE GRADO EN LA UBA

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Discurso pronunciado por el Dr. Guillermo J. H. Mizraji

Acto de Colación de grados del día 12 de julio de 2013

Sr. Vicedecano, Prof. Alberto J. Bueres, Sra. Secretaria Académica, Prof. Silvia Nonna, autoridades presentes, señores Profesores, familias, amigos, nóveles abogados, señoras, señores.

Debo agradecer esta oportunidad que me brinda la Facultad de Derecho de ocupar este podio y así pronunciar las últimas palabras – no una despedida – que como estudiantes van a recibir de un profesor que ha abrazado la docencia universitaria con sincera vocación, cariño y respeto a todos ustedes desde hace más de 30 años.

Esta ocasión es para todos los aquí presentes un momento de especial alegría y esperanza. Lo es para mí también: entre ustedes se encuentra mi hija menor quien recibirá el diploma de abogada de mis manos.

Tengan bien en claro que cuando, en unos instantes más, ustedes atraviesen las columnas dóricas de la Facultad y desciendan por la escalinata principal saldrán al mundo, a la nueva vida que les espera en vuestra nueva condición: la de Abogados, la de hombres de Derecho y de Justicia.

Una sociedad los espera ansiosa, preocupada, golpeada por la inseguridad, la educación menoscabada, la censura, el patoterismo. Lo que hasta ayer preocupaba, hoy desespera. Quizás nunca como ahora el futuro de la Patria dependa de quienes tengan por oficio o profesión el deber de remediar injusticias.

Quizás nunca como ahora nuestro futuro dependa de la justa elección que sepamos hacer entre el temor y la esperanza, el acierto y el error, la ventura y el riesgo.

Siento un gran compromiso y una gran responsabilidad al ocupar esta tribuna. Estas breves palabras deben alejarse del habitual formalismo que encierran en cada colación de grados. No son parte de una simple despedida sino un llamado a la reflexión, a convencernos del compromiso que trae ínsito el llevar bajo el brazo el pergamino de una profesión más ligada que cualquier otra a la defensa de la vigencia de las Leyes, de la Justicia, de la República, de la Democracia

Precisamente, la democracia argentina se encuentra en el linde de su dignidad.

Montesquieu, en 1748, hace más de 250 años, señalaba que hay tres especies de gobierno: el republicano, el monárquico y el despótico. En este último, el poder está en uno solo, que es el que gobierna, pero sin ley ni reglas pues gobierna el soberano según su voluntad y sus caprichos.

David Hume, filósofo escocés, en su “Indagación sobre los principios de la moral” (1752) sostuvo que el progreso de las naciones se funda en un principio: el cumplimiento de los contratos, principio éste ya acuñado por los romanos en la consigna “pacta sunt servanda”, los pactos deben honrarse. La vigencia de este principio distingue a las sociedades civilizadas (donde impera la confianza) de las hordas bárbaras (donde impera la espada).

John Locke señaló en 1760 que la sociedad civil se funda sobre un contrato social el cual llamamos “Constitución”. De él, y sólo de él, derivan las leyes. Allí donde se honra el contrato, la Constitución, las sociedades se desarrollan. Allí donde se las desprecia o ignora impera la barbarie, cuyo fruto envenenado es el subdesarrollo.

Vivimos momentos de confusión. La perversión del orden constitucional a la que estamos asistiendo aspira a coronarse con la desarticulación del papel actual de la Corte Suprema.

El populismo “cala hondo”. Manipula al pueblo para satisfacer al caudillo de turno. Pretende una sociedad sin contradicciones, sin disenso, sin pluralidad. No ama la democracia, la soporta. En el populismo siempre molesta la división de poderes, la alternancia política, la independencia de la justicia. Inyecta pereza en el pensamiento, se atrofia la lógica.

Jóvenes colegas, nos toca vivir días implacables. Percibimos que somos parte de un país donde se auspicia la ignorancia, reaparecen los fantasmas del desabastecimiento, de la carencia de seguridad, de la inflación cínicamente negada, de la imposibilidad de brindar a los más carenciados un servicio de salud que les permita sentir la vida con optimismo en esta Patria pensada como tierra de promisión y futuro. A ello se suma, como el Leviatán descripto en el libro de Job, la ya endémica corrupción que desprecia la ley e instaura el culto al coraje. Representado en la llamada “viveza criolla”, la trapisonda, el exhibicionismo farandulesco con declaraciones retóricas y declamaciones vacías que conllevan promesas incumplidas.

Jóvenes colegas, asuman con valentía desde hoy el compromiso de defender derechos y libertades; no pierdan la identidad que es el hecho de ser alguien. Cuando el abogado pierde la identidad, le acontece que se aleja de la “pertenencia”; la membresía desprecia a aquel que borró su identidad.

Ustedes cuentan con armas para luchar por el derecho. Han sido formados en esta facultad para ello. Que Democracia, Libertad, Justicia Social, Solidaridad y Respeto al Disenso no sean palabras gastadas que, por ser usadas “en vacío”, han perdido el sentido para el ciudadano.

El gran Sarmiento en un fuerte debate exclamó: “Para tener derechos, hay que vivir en el Derecho”. Quiso decir que hay que elegir entre la ley de la selva o el estado de derecho obligatorio para todos, tanto para los gobernantes como para los gobernados. Ustedes saben bien, porque en estas aulas lo han aprendido desde las primeras enseñanzas, que el derecho que no se respeta es el primer paso hacia la anomia generalizada, hacia la anarquía.

Defiendan la Justicia por sobre todas las cosas, desde cualquier ámbito en el que ejerzan la profesión. El término “Justicia” no debe confundirse con “caridad”. La Justicia entra en la jurisdicción del Estado, es ciega y trata a todos los hombres de manera igual. Si la Justicia se sometiese al poder político, todos nosotros terminaríamos al servicio de un amo y ya no de la ley. Una nueva servidumbre se habrá perfilado. Aristóteles enseñaba que los gobiernos se disuelven principalmente por las transgresiones de la justicia.

Jóvenes abogados, desde el comienzo mismo de vuestra profesión abracen los principios republicanos; defiéndanlos frente a la arbitrariedad; no claudiquen; no se deslumbren ante lo efímero, lo inmediato, lo volátil. Guarden siempre la “cortesía” con colegas y magistrados y con el prójimo. Opten por las conductas perdurables que modelarán vuestro “estilo”.
Defender la República implica exigir.

1) Periodicidad en los cargos públicos; 2) Publicidad de los actos de gobierno; 3) Prohibir los gastos reservados; 4) Responsabilidad de los funcionarios; 5) Soberanía de la ley; 6) Pleno ejercicio de la ciudadanía; 7) El respeto por las ideas opuestas; 8) La idoneidad en los cargos públicos; 9) Exigir la separación de poderes.

Ya culminando debo decirles que guardo sinceras esperanzas en el retorno a la Patria Grande. Las deposito en ustedes, abogados, en la juventud toda que por ser tal encierra el ímpetu necesario, que por ser tal es valiente, fresca y de corazón honrado.

Para construir una república hace falta virtud y amor por el bien común. Demóstenes afirmaba: “El altar más bello, el más santo, es el corazón del hombre honrado”. Siéntanse orgullosos de oír la palabra “abogado”; identifíquenla con el respeto a la ley; con honrar al prójimo. Aléjenla de los caminos sinuosos, sesgados o espurios. Rechacen la mediocridad y la mentira; canalicen sus esfuerzos hacia el logro de una verdadera paz social; ayuden a construir un país del que se sientan orgullosos de pertenecer.

Queridos estudiantes – nunca dejarán de serlo – flamantes colegas, los felicito por el logro obtenido. Es un paso más, no el último. Les deseo éxito, no suerte, porque lo primero es el fruto del esfuerzo y la suerte, parte del azar.

Bienvenidos a la profesión. Muchas gracias y hasta siempre.

Otra fina cortesía de mi amigo Luis Alfredo

 

 

 

 

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UNA LECCIÓN MAGISTRAL

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Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder.Eso es lo que demostró en la practica el Profesor de “Introduccion al Derecho”. Todo con fines pedagógicos y crudamente entendibles.

Una mañana, cuando nuestro nuevo profesor de “Introducción al Derecho” entró en la clase, lo primero que hizo fue preguntarle el nombre a un alumno que estaba sentado en la primera fila:

“¿Cómo te llamas?”

“Me llamo Juan, señor”.

“ ¡Vete de mi clase y no quiero que vuelvas nunca más! “- gritó el desagradable profesor.

Juan estaba desconcertado. Cuando reaccionó se levantó torpemente, recogió sus cosas y salió de la clase.

Todos estábamos asustados e indignados pero nadie dijo nada.

“Está bien…. ¡Ahora sí! …¿Para qué sirven las leyes?…”

Seguíamos asustados pero poco a poco comenzamos a responder a su pregunta:

“Para que haya un orden en nuestra sociedad”

“¡No!”…. contestaba el profesor

“Para cumplirlas”

“¡No!”

“Para que la gente mala pague por sus actos”

“¡¡No!! ….. ¿Pero es que nadie sabrá responder esta pregunta?!”…

“Para que haya justicia”, dijo tímidamente una chica.

“¡Por fin!”…. “ Eso es… para que haya justicia.”….. Y ahora ¿para
qué sirve la justicia?”

Todos empezábamos a estar molestos por esa actitud tan grosera.

Sin embargo, seguíamos respondiendo:

“Para salvaguardar los derechos humanos”

“Bien, ¿qué más?”, decía el profesor.

“Para discriminar lo que está bien de lo que está mal”…

“Para premiar a quien hace el bien.”

“Ok, no está mal pero… respondan a esta pregunta: ¿actué
correctamente al expulsar de la clase a Juan?….”

Todos nos quedamos callados, nadie respondía.

“Quiero una respuesta decidida y unánime”

“ ¡¡No!! “- dijimos todos a la vez.

“¿Podría decirse que cometí una injusticia?”

“ ¡Sí!”

“ Y…. ¿Por qué nadie hizo nada al respecto?….. ¿Para qué queremos
leyes y reglas si no disponemos de la valentía para llevarlas a la
práctica?….. Cada uno de ustedes tiene la obligación de actuar cuando
presencia una injusticia…. Todos. ¡No vuelvan a quedarse callados nunca
más!”

“Vete a buscar a Juan” – dijo mirándome fijamente…..

Aquel día recibí la lección más práctica de mi clase de derecho.

Cabe agregar una gran conclusión:

“Todo lo necesario para que triunfe el mal, es que las personas de bien no hagan nada al respecto”.

(Muchas gracias Amigo Luis Alfredo)

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Amigos y Enemigos

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Para mis amigos: Todo. Para mis enemigos: La Ley.

Óscar R. Benavides, en el apogeo de su dictadura

Tengo el oro para mis amigos y el hierro para mis enemigos.

Marciano, antes de ser derrotado por Atila

Mantén cerca a tus amigos,  pero aún más cerca a tus enemigos.

Michael Corleone, en El Padrino II

 

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El hombre sin cualidades

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Mario Vargas Llosa

Estuve una semana en París y el fantasma de Hannah Arendt me salió al encuentro por todas partes. En tres cines del Barrio Latino exhibían la película que Margarethe von Trotta le ha dedicado y me gustó mucho verla. No es una gran película pero sí un buen testimonio sobre la recia personalidad de la autora de Los orígenes del totalitarismo, su lucidez y su insobornable independencia intelectual y política.

El film está casi totalmente centrado en el reportaje que Hannah Arendt escribió, a pedido suyo, para The New Yorker sobre el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann que se celebró en Jerusalén en 1961, y el escándalo y la controversia que provocó, sobre todo al aparecer ese texto ampliado en un libro en 1963, en el que la pensadora alemana desarrolla su teoría sobre “la banalidad del mal”. La actriz Barbara Sukowa hace una sutil interpretación de Arendt; la mayor flaqueza de la película es la fugaz y caricatural descripción que presenta del vínculo que unió a Hannah Arendt con Martin Heidegger, de quien fue primero discípula, luego amante eventual y al que, pese a la cercanía que aquel tuvo con el nazismo, profesó siempre una admiración sin reservas (al cumplir Heidegger 80 años le dedicó un largo y generoso ensayo).

Y, justamente, nada más salir del cine de ver esa película, descubrí que en el pequeño teatro de La Huchette, donde se siguen dando las dos primeras obras de Ionesco (La cantante calva y La lección) que vi en 1958, se representaba también la obra del autor argentino Mario Diament Un informe sobre la banalidad del amor, subtitulada Historia de una pasión, y dedicada a las relaciones de Hannah Arendt y Heidegger.

¿Existió realmente una pasión entre la brillante muchacha judía que padeció persecuciones, pasó por un campo de concentración y debió exilarse en Estados Unidos para escapar a la muerte y el gran filósofo del ser, que aceptó ser rector de la Universidad de Friburgo bajo las leyes nazis y murió sin haber renunciado nunca a su carnet de militante del Partido Nacional Socialista? En la obra de Diament, sí, tuvieron una pasión compartida, duradera y traumática, que ni las atrocidades del Holocausto pudieron abolir del todo. La obra está bien hecha y los dos actores que encarnan a los protagonistas son magníficos –Maïa Guéritte y André Nerman–, pero en la realidad, al parecer, la pasión fue bastante asimétrica, más profunda y constante de parte de la discípula que del filósofo, en quien aparentemente tuvo un sesgo más superfluo y transitorio. (La verdad es que sobre este asunto hay todavía más conjeturas y chismografías que verdades comprobadas).

En todo caso, estos episodios me llevaron a leer Eichmann en Jerusalén, que había dejado sin terminar la primera vez que lo tuve en las manos. Leído ahora, medio siglo después de su publicación, sorprende que ese denso, intenso y admirable ensayo pudiera provocar al aparecer ataques tan grotescos como los que recibió su autora (llegó a ser acusada de “pronazi” y “antijudía” por algunos exaltados fanáticos que firmaron manifiestos para que fuera expulsada de la universidad norteamericana donde enseñaba). Pero no debería llamarnos demasiado la atención pues el siglo XX no fue solo el de las grandes carnicerías humanas sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron.

La rigurosa autopsia a que somete Hannah Arendt al teniente coronel SS Adolf Eichmann, hombre de confianza de Himmler y uno de los más destacados especialistas del régimen hitleriano en “el problema judío” –mejor dicho, en la exterminación de unos seis millones de judíos europeos–, a raíz de los documentos y testimonios que se exhibieron en el juicio, arroja unas conclusiones escalofriantes y válidas no solo para el nazismo sino para todas las sociedades envilecidas por el servilismo y la cobardía que genera en la población un régimen totalitario. El espíritu romántico, congénito a Occidente, nunca se ha liberado del prejuicio de ver la fuente de la crueldad humana en personajes diabólicos y de grandeza terrorífica, movidos por el ideal degenerado de hacer sufrir a los demás y sembrar su entorno de devastación y de lágrimas. Nada de esto asoma siquiera en la personalidad de ese mediocre pobre diablo, fracasado en todo lo que emprende, inculto y tonto, que encuentra de pronto, dentro de la burocracia del nazismo, la oportunidad de ascender y disfrutar del poder. Es disciplinado más por negligencia que por convicciones, un instinto de supervivencia abole en él la capacidad de pensar si hay en ello algún riesgo, y sabe obedecer y servir a su jefe con docilidad perruna cuando hace falta, poniéndose una venda moral que le permite ignorar las consecuencias de los actos que perpetra cada día (como despachar trenes cargados de hombres, mujeres, niños y ancianos de todas las ciudades europeas a los campos de trabajos forzados y las cámaras de gas). Con énfasis aseguró Eichmann en el juicio que nunca había matado a un judío con sus manos y seguramente no mintió.

Cualquiera que haya padecido una dictadura, incluso la más blanda, ha comprobado que el sostén más sólido de esos regímenes que anulan la libertad, la crítica, la información sin orejeras y hacen escarnio de los derechos humanos y la soberanía individual son esos individuos sin cualidades, burócratas de oficio y de alma, que hacen mover las palancas de la corrupción y la violencia, de las torturas y los atropellos, de los robos y las desapariciones, mirando sin mirar, oyendo sin oír, actuando sin pensar, convertidos en autómatas vivientes que, de este modo, como le ocurrió a Adolf Eichmann, llegan a escalar las más altas posiciones. Invisibles, eficaces, desde esos escondites que son sus oficinas, esas mediocridades sin cara y sin nombre que pululan en todos los rodajes de una dictadura, son los responsables siempre de los peores sufrimientos y horrores que aquella produce, los agentes de ese mal que, a menudo, en vez de adornarse de la satánica munificencia de un Belcebú se oculta bajo la nimiedad de un oscuro funcionario.

Kafka ya lo identificó en esos invisibles personajes que juzgan y ejecutan a inocentes como K. por crímenes fantásticos e inexistentes, pero el gran mérito de Hannah Arendt es haber sacado de la literatura a ese hipócrita y darle el protagonismo que merece como secuaz indispensable de los verdugos y haberlo tipificado como el agente predilecto del mal en el universo totalitario.

Eichmann “no era ni un Yago ni un Macbeth”, dice Hannah Arendt, ni tampoco un estúpido. “Fue la pura ausencia de pensar – lo que no es poca cosa– lo que le permitió convertirse en uno de los más grandes criminales de su época. Esto es ‘banal’ y hasta cómico, pues, ni con la mejor voluntad del mundo se consiguió descubrir en Eichmann la menor hondura diabólica o demoníaca”. Lo terrible de Eichmann es que no era un hombre excepcional, sino uno común y corriente. Lo que significa que todo hombre común y corriente, en ciertas circunstancias (una dictadura hitleriana, por ejemplo), puede convertirse en un Eichmann.

Algo de esto había dicho años antes Georges Bataille, comentando el prontuario criminal del valeroso compañero de batalla de Juana de Arco al que se le descubrió más tarde que asesinaba niños en serie porque era un pervertido sexual: que, nos guste o no, en el fondo de todos nosotros, no solo los “malos”, también los “buenos”, se esconde un pequeño Gilles de Rais.

Londres, junio de 2013

La República 16 de junio de 2013

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La generación del pulgar

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ANÁLISIS:LA CUARTA PÁGINA

La generación del pulgar

El primer dedo prensil es la estrella de la sociedad tecnológica. Con sus movimientos sobre el teclado de los móviles, el democrático pulgar lo comunica todo. Ya decide quién va a Eurovisión, y pronto, quién gobierna.

En la historia iconográfica encontramos imágenes simbólicas de los dedos de la mano que se han sucedido hasta quedar semánticamente fijadas. El índice, por ejemplo, se ha representado casi siempre como un dedo que “habla” (indica) de nosotros y a los otros; de ahí que sea el más apropiado tanto para desatar la controversia, pues se usa al acusar, reprender, negar o imponer silencio, como para entablar el diálogo pacífico: es el dedo que levantan los alumnos entusiastas para responder a una pregunta y el dedo con que sugerimos que alguien se acerque. Es un dedo indudablemente culto (representa el gesto de pensar, el de hojear libros) y comunicativo (con él escribimos palabras en el aire o dibujamos).

Sin embargo, cuando hace dos millones de años la especie Homo descubrió las posibilidades tecnológicas de la capacidad prensil del pulgar, no podía sospecharse que mucho tiempo después este dedo “pinza” sería la estrella de la nueva sociedad de la Red.

Sin duda, en este caso ha sido la función la que ha potenciado el órgano: a partir de aquel primer pulgar prensil, o aquel arbitrario que decidía la vida o la muerte de los gladiadores, hemos descubierto un democrático pulgar tecnológico que comunica, saluda, llama la atención, corteja, seduce, amenaza o decide, pues un movimiento de miles de pulgares sobre el teclado de un teléfono móvil define la suerte de un programa de televisión y, no ha de tardar mucho, los candidatos que nos gobiernen. Entramos en la era de la “generación del pulgar”, como gustan de llamarse los jóvenes tecnológicos menores de 25 años expertos en tecnologías que caben en la palma de la mano.

El móvil significa estar conectado en todo momento, abierto y localizable para todos

La moderna economía sin vocales de los SMS ya la utilizaron los alfabetos fenicios hace 3.000 años

De entre todos los artilugios tecnológicos modernos sujetos al imperio del pulgar es quizá el teléfono móvil el que ha modificado más radicalmente los modelos de relación social y de comunicación. Vivimos en la llamada sociedad de la información y, sin embargo, esa misma información se ha convertido en un objeto de valor que hay que consumir compulsivamente porque tiene fecha de caducidad. Estar informado significa ahora estar conectado en todo momento, abierto y localizable para todos. No de otra forma han de interpretarse los “toques” con que los adolescentes manifiestan su presencia constante, pero muda. En otras palabras, la función narrativa de sus orígenes (que parece haber quedado relegada al teléfono “fijo”) ha adquirido la fuerza de un imperativo: “hay que estar ahí”.

Por otra parte, el teléfono móvil se ha convertido en una prolongación imprescindible de nuestra imagen social al tiempo que funciona como signo distintivo frente a los demás (“personalizamos” la pantalla, las melodías y hasta la voz del buzón). Curiosamente, aquellos primeros teléfonos celulares que se veían como un signo de ostentación se han convertido en el principal, si no el único, medio de expresión de la juventud. Así pues, el 99% de los jóvenes tiene móvil aunque, ciertamente, cabría mejor decir que dispone de una “navaja suiza tecnológica”, pues sus funciones comunicativas son casi irrelevantes frente a su uso como reproductor de música, máquina de fotos o portal de videojuegos. El hecho de que en términos de mercado los jóvenes sean considerados heavy users (usuarios compulsivos) ha disparado la alarma social hasta el punto de que se tratan ya patologías del adicto tecnológico, figura que coincide con el adolescente “enganchado” a la Red y al móvil.

Conviene recordar, sin embargo, que en un principio, en la década de los noventa, los mensajes SMS (Short Messages Service) no formaban parte de la planificación tecnológica de los móviles, pues habían sido diseñados para cumplir una función similar a la del teléfono, pero con las ventajas de Internet. El inesperado éxito que tuvo la opción “mensajes” sorprendió a todas las operadoras, que se vieron obligadas a modificar sus servicios sin sospechar la revolución lingüística que se iba a desatar en los límites de las pantallas.

Desde luego, hoy más que nunca el medio es el mensaje. Es cierto que el teclado condiciona la cantidad de información que puede escribirse y el tamaño de la pantalla la cantidad de información que puede leerse. Esta limitación técnica explicaría que los usuarios condensen sus mensajes porque disponen de poco espacio y, además, el exceso informativo cuesta dinero, como en los antiguos telegramas. Pero las limitaciones tipográficas sólo explican una mínima parte de la configuración de los SMS, pues no suelen utilizarse más de 70 caracteres de los 160 permitidos.

La razón es mucho más profunda y deriva del nuevo concepto de “comunicación” basado en la inmediatez y en la constante disponibilidad que ha impuesto la era de la imagen: desde luego, es menos costoso “ver” el mundo como sucesión de imágenes que “interpretarlo” verbalmente. En consecuencia, los mensajes son fugaces porque la información caduca y debe ser tan condensada como rápida y eficaz.

Por eso, y a pesar de su condición escrita, los SMS nunca serán depósitos de la memoria, pues su función se limita a responder a la urgencia impuesta, a la intrascendencia de un lenguaje inmediato “aquí y ahora” entre iguales que juegan a subvertir códigos sin la conciencia de que sus divertimentos, alharacas revolucionarias, son parte de la esencia misma del lenguaje. Desde luego, es más rápido escribir sin vocales cuando se tiene la certeza de que podrán ser adivinadas y recuperadas por el sonido de la consonante, sólo que esta moderna economía ya la practicaron los primeros alfabetos fenicios hace 3.000 años; de la misma forma, la reutilización de algunos números o signos matemáticos que pueden ser leídos por su valor o por su sonido (sl2 >saludos; d+ >demás) ya se encuentra en el principio jeroglífico de los primeros silabarios del siglo XV a.C. Y las abreviaturas (tk >te quiero) y amalgamas léxicas (APS >amigas para siempre) son tan antiguas como la escritura misma.

Ahora bien, estas tendencias fonético-ortográficas no han de convertirse en norma en ningún caso, pese a la proliferación de diccionarios SMS en la Red, porque este proceso unificador significaría que el lenguaje SMS ha alcanzado la categoría de código convencional. Pero tampoco ha de permitirse que salga fuera del medio para el que fue pensado porque en ningún caso la eficacia compensaría la pérdida de contenido o resolvería las ambigüedades. Por otra parte, está por ver hasta qué punto afectará a nuestra capacidad para procesar el mundo si el lenguaje se reduce tan drásticamente.

Aún así, es innegable que está surgiendo un cuarto medio de comunicación a medio camino entre lo oral, lo escrito y lo gestual. Y, aunque es muy improbable que este cuarto medio suplante a los ya existentes, parece fuera de discusión que se producirán cada vez con mayor frecuencia situaciones mixtas que modificarán, a su vez, los límites -ya de por sí inestables- entre los medios. Esta situación no debería desencadenar la crítica exacerbada, pues ya contamos con ejemplos similares de hibridación de códigos.

Es mucho más preocupante la actitud de quienes defienden que -aunque sea en la pantalla y burdamente- cada vez leemos y escribimos más. El hecho de que la inmediatez que gobierna la composición de estos mensajes se refleje en una escritura minimizada de contenido superficial es una cuestión que no debe justificar en absoluto su uso fuera de este medio ni por razones de expresividad. El pulgar es poco apto para novelas, diarios o canciones. En estos casos, más nos valgan 10 dedos y, acaso, no nos sobren letras sino que nos falten palabras.

Carmen Galán Rodríguez es profesora titular de Lingüística de la Universidad de Extremadura.

En http://elpais.com/diario/2008/05/12/opinion/1210543212_850215.html

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La civilización del espectáculo

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Mario Vargas Llosa

El nuevo libro de Mario Vargas Llosa tras la concesión del Premio Nobel de Literatura

«La cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer»

Mario Vargas Llosa

La banalización de las artes y la literatura, el triunfo del periodismo amarillista y la frivolidad de la política son síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la idea temeraria de convertir en bien supremo nuestra natural propensión a divertirnos. En el pasado, la cultura fue una especie de conciencia que impedía dar la espalda a la realidad. Ahora, actúa como mecanismo de distracción y entretenimiento. La figura del intelectual, que estructuró todo el siglo XX, hoy ha desaparecido del debate público. Aunque algunos firmen manifiestos o participen en polémicas, lo cierto es que su repercusión en la sociedad es mínima. Conscientes de la esta situación, muchos han optado por el discreto silencio. Como buen espíritu incómodo, Vargas Llosa nos entrega una durísima radiografía de nuestro tiempo y nuestra cultura.

«Este pequeño ensayo no aspira a abultar el elevado número de interpretaciones sobre la cultura contemporánea, sólo a dejar constancia de la metamorfosis que ha experimentado lo que se entendía aún por cultura cuando mi generación entró a la escuela o a la universidad y la abigarrada materia que la ha sustituido, una impostura que parece haberse realizado con facilidad, en la aquiescencia general.»

Mario Vargas Llosa

http://www.alfaguara.com/es/libro/la-civilizacion-del-espectaculo-2/

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EL SÍNDROME DEL MANDO A DISTANCIA (ZAPPING)

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LA TELEVISIÓN  COMO ALIMENTO INTELECTUAL.

 

Hoy la televisión lo llena todo. Hace tan sólo veinte o veinticinco años, la vida era diferente sin ella. El hombre actual pasa demasiado tiempo delante de la televisión. ¿Por qué? La respuesta no puede darse de una forma simplista, ya que el asunto es complejo y tiene diferentes lecturas, y más aún con la llegada de los vídeos. La televisión provoca el mismo fenómeno que el de la droga: crea adicción. Es la conducta repetitiva que se va haciendo hábito y de la cual es muy difícil sustraerse; tanto, que las personas con escasos recursos intelectuales, o poca curiosidad por llenar su ocio con una afición o un hobby bien definido, quedan atrapadas en esta malla una y otra vez. Entonces podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la televisión es casi todo su alimento intelectual. De ahí se derivará un hombre escasamente culto, pasivo, entregado siempre a lo más fácil: apretar un botón y dejarse caer, porque todo se reduce a un pasto para sus ojos.

 

Pensemos lo que sucede en muchos países con las películas del fin de semana: se pasa de un argumento amoroso a uno policiaco, luego a una de humor… porque al no existir límites de emisión, siempre hay algo que ver en la pantalla.

 

En este marco no demasiado positivo – dado que la televisión pocas veces es educativa-, aparece un fenómeno nuevo: la posibilidad de entretenerse cambiando de canal sucesivamente. Esta segunda edición puede llegar a ser más fuerte que la primera. Un paciente mío, buen practicador de esta técnica, me comentaba hace poco tiempo: “Yo lo hago para relajarme y después coger mejor el sueño… Normalmente no me quedo viendo ningún canal en concreto, porque la verdad es que no me interesa casi nada.” Esta filosofía pone sobre el tapete algo notable: al telespectador de zapping le interesa todo y nada a la vez; lo que quiere es pasar el rato sin más complicaciones, exactamente igual que la mujer adicta a las revistas del corazón, como aquella señora ya madura que me decía: “¡Ay!, si yo en vez de haber tragado tantas revistas hubiera estudiado una carrera o hubiera leído libros buenos que me hicieran una persona mas culta… Pero las leemos todas y de lo que hablamos es de eso.” Sin comentarios.

 

¿Por qué se produce esto?, ¿cuáles son sus principales claves? Creo que podrían resumirse en los siguientes puntos:

 

1.- Representa una nueva forma de consumo. La avidez de sensaciones e imágenes se intenta saciar con el telemando, con el fin de ver qué se está dando en ese momento en cada cadena. Se pasa así de una película a un debate, de un concurso a una retransmisión deportiva, etc.

 

2.- Significa un interés por todo y por nada, lo cual traduce una clara insatisfacción  de fondo. Se busca algo que sea capaz de detener ese cambio frenético, pero generalmente no se encuentra. Si rastreamos más profundamente qué es lo que en realidad siente el sujeto del zapping, encontramos el deseo de abarcarlo todo, de que nada se escape, de poseer todo al mismo tiempo. A esto llaman los estadounidenses picture in picture, una imagen dentro de otra. No hay que olvidar que en E.E.U.U. es una costumbre perfectamente asumida, pues desde los años setenta la tecnología ha facilitado esta posibilidad. El mando a distancia llega a España hacia 1975 y se populariza hacia 1988-89, aproximadamente. La experiencia deja un trasfondo, mezcla de codicia y descontento a la vez. El hombre, al no quedar saciado, pasa y repasa los canales una y otra vez por ver si aparece algo nuevo que sea capaz de suscitar su interés.

 

3.- Se produce un bulimia de novedades  en tanto que se desea una inmersión exploratoria en variedades y mudanzas, buscando no se sabe exactamente qué, zambulléndose en un juego  caleidoscópico de impresiones fugaces que no dejan prácticamente ninguna huella. Por debajo de este oleaje discurre una actitud de dispersión: muchas imágenes y poca consistencia, exceso de información y escasa posibilidad de hacer síntesis de lo que llega permanentemente; fuga, huida carencia de un centro de gravedad personal que dirija toda la conducta. Esta diseminación apunta el tono vaporoso y caótico del que lo práctica.

 

4.- El mando a distancia tiene un efecto sedante. Muchas personas lo utilizan a última hora del día, ya cansados del trabajo de la jornada. Representa una especie de droga que ayuda a conciliar el sueño. Tras diez o veinte minutos practicando esta actividad, suele asomar un plácido sueño que conduce al descanso. Puede que para entonces la persona se haya quedado enganchada a algún canal, pero ya da igual, puesto que la capacidad de captación es mínima a esa hora del día.

 

5.- La televisión cumple con la ley del mínimo esfuerzo: basta dejarse caer en cómodo sillón, apretar el mando y nada más. No hay que poner el menor acto de voluntad. Pero el zapping es ya la carta magna del súper-mínimo esfuerzo: se trata de pasar-el-rato, de estar distraído, de consumir minutos sin más pretensiones. Es la evasión a través del mundo de la fantasía de las imágenes que van entrando por lo ojos y llegan a la cabeza, pero sin archivarse, dada su rápida sucesión y su falta de conexión.

 

PSICOLOGÍA DEL ZAPPING.

 

El mando a distancia se convierte en el chupete del adulto, ¡Ay, si no se encuentra puede ser terrible! Está claro que la incomodidad de tener que levantarse una y otra vez para cambiar de canal hace descender de forma considerable el número de adictos al zapping, palabra de procedencia anglosajona que significa golpear, disparar rápidamente.

 

            En los últimos años, este nuevo fenómeno sociológico ha sido estudiado estadísticamente y es más frecuente en el hombre que en la mujer. La interpretación, al parecer, de este dato podría ser que la mujer se detiene más en lo que ve, porque si pasa muchas horas en su casa quiere aprender todo aquello que pueda enriquecerla. En cambio, el hombre es más crítico y casi nada le satisface realmente; utiliza el zapping para relajarse, para olvidarse de sus tensiones y problemas de trabajo.

 

Cuando este síndrome se hace crónico e invencible, nos hallamos ante la venganza del telespectador por la pésima programación que hoy, con la llegada de canales privados, nos ha traído la denominada televisión basura; brutalidad descarnada, películas, series y culebrones pobres, amorales de ínfima calidad; debates con invitados de opiniones tan diametralmente opuestas que el espectador termina más confuso que al principio de los mismos; y qué decir de los concursos triviales, insustanciales, que dan la espalda a cualquier consideración mínimamente cultural.

 

Hoy, el telespectador se ha endurecido y ya no la impactan los anuncios, con los que empieza a descubrir  eso que, en psicología moderna se denomina lenguaje subliminal: un discurso enmascarado que se cuela por debajo del spot publicitario.

 

Hace quince años la televisión era un medio mágico; hoy ha perdido credibilidad y, salvo en personas que se lo tragan todo empiezan a aflorar un espíritu crítico muy positivo, que conduce a apagarla con más frecuencia, antes de verse uno manipulado y cosificado.

 

Los expertos no han encontrado todavía el modo de evitar las fugas de audiencia. La televisión, que nació como una revolución excelente y de gran porvenir para el mundo de las comunicaciones, ha ido cayendo en los últimos años de forma escandalosa. Por lo general, ver mucha televisión produce seres robotizados, pasivos, acríticos y, lo que es más grave, sin inquietudes culturales.

 

CULTURA DEL ABURRIMIENTO.

 

A lo largo de las páginas de este libro hemos ido hablando de la cultura individualista que se está viviendo hoy: frente al concepto de familia, el de individuo; el yo, opuesto al grupo; el placer en el otro extremo del amor auténtico. Reina el consumismo en lugar de la sobriedad: el estrés en lugar de la vida ordenada y armónica; las revistas del corazón, en lugar de los libros… Todo ello envuelto por la televisión, a través de la cual se adquiere muy poca cultura y, antes o después, asalta el vacío interior. Una nube deambula de acá para allá por el espacio abierto de la pantalla.

 

En los últimos años ha empezado a triunfar el consumo psicológico, encaminado a cultivar cada vez más el narcisismo, los horóscopos, la quiromancia, la opinión del psiquiatra o del psicoanalista… Cada uno quiere saber cómo es la geometría de su personalidad, pero ello no suele acompañarse, de un deseo de cambio, es decir, conocerse mejor para rectificar, cambiar el rumbo y corregir errores de conducta. Es una nueva bulimia: yoga, meditación, zen, terapias de grupos, expresión corporal… como reafirmación de determinadas posturas y satisfacción personal. Es lo que Lasch denomina “terapias psi”, que suelen estar más o menos teñidas de filosofías orientales. Frente al hombre pentadimensional de Spranger, el homus psicologicus, que busca la liberación, y que trabaja por la independencia y autonomía de su yo, rector camuflado de su comportamiento.

 

El aburrimiento es consecuencia de un exceso de información que al final distrae pero que, estudiado con objetividad durante un cierto tiempo, no aporta gran cosa al hombre. Todo lo más, consigue una plétora de noticias dispersas cuyo argumento es la actualidad. Por otro lado, en la sociedad actual, la televisión tiene “el encargo” de divertir, de que la gente lo pase bien y se olvide de sus problemas; ése es su lema, salvo honrosas excepciones, y para eso pone en funcionamiento un exceso de reclamos y animaciones sin cuento que pretenden captar la atención como sea. El culto al deseo inmediato, junto a la ausencia de inquietudes culturales verdaderas, provoca la pérdida del centro de gravedad de las jerarquías humanas. Es igual un programa de televisión sobre pájaros tropicales que otro sobre le tráfico de drogas, el mundo de los marginados o un debate social en que se busca la verdad por consenso. Al final, llega el aburrimiento, no por falta de contenidos, sino por sobredosis antitética de casi todo. ¿Quién hará la síntesis?… ¿Y para qué?… si  a fin de cuentas lo que vale es lo que a uno le parece, ya que no hay que someterse ni sujetarse a disciplina alguna.

 

El telespectador está cautivado por todo y por nada, excitado e indiferente, diseminado en una opción banal que recorre la pantalla sobresaturada de momentos puntuales. Parece que en tales situaciones se puede decir “lo quiero todo: ya y ahora”, como un niño pequeño cuando su padre le hace escoger algún regalo. El sujeto queda zombi, bloqueado por un aluvión de cosas que le alinean mientras le distraen y relajan de sus actividades profesionales.

 

Nunca como en la actualidad, se han preocupado tanto los medios de comunicación de los mecanismos intrínsecos de la personalidad. Esa curiosidad no brota de la prestación de hacer más sólida tal estructura o instancia de la conducta, sino que se origina de su caída. Un ejemplo de lo que vengo diciendo lo encontramos en los debates televisivos. La mayoría de las veces, el telespectador sale peor del programa que antes de la polémica. ¿Por qué? Porque los participantes suelen tener posturas diametralmente opuestas y la discusión – salvo excepciones- se caracteriza por las descalificaciones, por no dejar hablar al otro o por dar cifras estadísticas sin que se sepa cómo se ha realizado ese muestreo y qué fin persigue. Por tanto, uno encuentra a un hombre insatisfecho que, dada su formación intelectual medianamente sólida, termina por perder sus referencias ante las contradicciones y los diversos puntos de vista que ve reflejados en los contertulios. Ese vértigo de posturas encontradas actúa como disolvente de cualquier trascendencia; ese gueto de mensajes sin forma, sin criterios, suspendida en la interrogación de eslóganes y tópicos que no sabe combatir, ya que para ello es necesario tener más cultura, algo que se consigue a través de la lectura reposada y atenta de los grandes libros y autores que han sabido dar respuesta a las cuestiones esenciales de la existencias.

 

Así pues, el hombre pegado a la televisión es un ser desmantelado de cultura, que se mueve por la baliza de la indiferencia producida por la saturación de antagonismos. Ver la televisión sin espíritu crítico es caer en una jungla de manipulaciones que lleva a un narcisismo febril. El hombre, entonces, se torna frágil, individualista, incapaz de renunciar a nada.

 

Relativismo visual

 

Para analizar el fenómeno del zapping hay que tener en  cuenta más ángulos que los ya apuntados; por ejemplo, la obsesión por no renunciar a nada, una especie de temor a perderse algo interesante o actual. En realidad no se busca nada en especial, sino que se juega a no renunciar; no hay opción, ni se elige nada específico. El sujeto deambula por la oferta elástica de posibilidades; está en todo y en nada, dando lugar a una forma de libertad no descrita hasta ahora: la libertad de verlo todo pero escapando fugazmente de cualquier detención. Es una síntesis entre la dispersión y la evasión de uno mismo y de su entorno.

 

Después de haber comentado el relativismo ideológico del hombre light es preciso hablar del relativismo visual, según el cual todo es criticable y, si lo analizamos con detalle nada merece la pena o todo la merece, dependiendo del punto de vista; el consumidor de zapping comulga con todo y no se identifica con nada, lo que representa la entronización del individualismo más atroz. El hombre se convierte en un absoluto para sí mismo y, de este modo, se absuelve de cualquier reproche moral; es como una ilusión sin argumento, un castillo de fuegos artificiales que brilla con esplendor para apagarse pronto y caer nuevamente en la penumbra.

 

Utilizando una expresión jurídica, se puede que, el límite del relativismo tiene que venir impuesto por la existencia de algo absoluto, objetivo y punto de encuentro de la condición humana. Lo absoluto no puede ser objeto de una opción  ni someterse a un estudio estadístico por el que se alcanza la verdad porque lo dice la mayoría. Hay que buscar la verdad universal, aquella que está por encima de las ideas personales o las preferencias particulares. Si no es así, caemos en una verdad a la carta  que uno encarga según sus gustos u opiniones, Lo absoluto gira y se compone de valores milenarios e invariables, como esas estrellas fijas que iluminan nuestro caminar nocturno.

 

 

ENRIQUE ROJAS

 

“EL Hombre Light”

 

Ediciones Temas de Hoy, Barcelona España, 1995.

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El hombre ‘light’

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Pensamiento débil, convicciones sin firmeza, asepsia en sus compromisos, indiferencia sui generis hecha de curiosidad y relativismo a la vez, todos rasgos del hombre al que debemos educar hoy…

Autor: Enrique Rojas | Fuente: arbíl

Sumario
El Hombre «light». Perfil psicológico. El ideal aséptico. A) Hedonismo y permisividad: El final de una civilización. Revolución sin finalidad y sin proyecto.

Perfil psicológico 

Estamos asistiendo al final de una civilización, y podemos decir que ésta se cierra con la caída en bloque de los sistemas totalitarios en los paises del Este de Europa. Aún quedan reductos sin desmantelar, en esa misma línea política e ideológica, aunque por otra parte se anuncian nuevas prisiones para el hombre, con otro ropaje y semblantes bien diversos.
Así como en los últimos años se han puesto de moda ciertos productos light–el tabaco, algunas bebidas o ciertos alimentos–, también se ha ido gestando un tipo de hombre que podría ser calificado como el hombre light.

¿Cuál es su perfil psicológico? ¿Cómo podría quedar definido? Se trata de un hombre relativamente bien informado, pero con escasa educación humana, muy entregado al pragmatismo, por una parte, y a bastantes tópicos, por otra. Todo le interesa, pero a nivel superficial; no es capaz de hacer la síntesis de aquello que percibe, y, en consecuencia, se ha ido convirtiendo en un sujeto trivial, ligero, frívolo, que lo acepta todo, pero que carece de unos criterios sólidos en su conducta. Todo se torna en él etéreo, leve, volátil, banal, permisivo. Ha visto tantos cambios, tan rápidos y en un tiempo tan corto, que empieza a no saber a qué atenerse o, lo que es lo mismo, hace suyas las afirmaciones como «Todo vale», «Qué más da» o «Las cosas han cambiado».

Y así, nos encontramos con un buen profesional en su tema, que conoce bien la tarea que tiene entre manos, pero que fuera de ese contexto va a la deriva, sin ideas claras, atrapado–como está–en un mundo lleno de información, que le distrae, pero que poco a poco le convierte en un hombre superficial, indiferente, permisivo, en el que anida un gran vacío moral.

Las conquistas técnicas y científicas–impensables hace tan sólo unos años–nos han traído unos logros evidentes: la revolución informática, los avances de la ciencia en sus diversos aspectos, un orden social más justo y perfecto, la preocupación operativa sobre los derechos humanos, la democratización de tantos paises y, ahora, la caída en bloque del comunismo. Pero frente a todo ello hay que poner sobre el tapete aspectos de la realidad que funcionan mal y que muestran la otra cara de la moneda:

a) materialismo: hace que un individuo tenga cierto reconocimiento social por el único hecho de ganar mucho dinero.

b) hedonismo: pasarlo bien a costa de lo que sea es el nuevo código de comportamiento, lo que apunta hacia la muerte de los ideales, el vacío de sentido y la búsqueda de una serie de sensaciones cada vez más nuevas y excitantes.

c) permisividad: arrasa los mejores propósitos e ideales.

d) revolución sin finalidad y sin programa: la ética permisiva sustituye a la moral, lo cual engendra un desconcierto generalizado.

e) relativismo: todo es relativo, con lo que se cae en la absolutización de lo relativo; brotan así unas reglas presididas por la subjetividad.

El consumismo: representa la fórmula posmoderna de la libertad.

Así, las grandes transformaciones sufridas por la sociedad en los últimos años son, al principio, contempladas con sorpresa, luego con una progresiva indiferencia o, en otros casos, como la necesidad de aceptar lo inevitable. La nueva epidemia de crisis y rupturas conyugales, el drama de las drogas, la marginación de tantos jóvenes, el paro laboral y otros hechos de la vida cotidiana se admiten sin más, como algo que está ahí y contra lo que no se puede hacer nada.

De los entresijos de esta realidad sociocultural va surgiendo el nuevo hombre light, producto de su tiempo. Si aplicamos la pupila observadora nos encontramos con que en él se dan los siguientes ingredientes: pensamiento débil, convicciones sin firmeza, asepsia en sus compromisos, indiferencia sui generis hecha de curiosidad y relativismo a la vez_; su ideología es el pragmatismo, su norma de conducta, la vigencia social, lo que se lleva, lo que está de moda; su ética se fundamenta en la estadística, sustituta de la conciencia; su moral, repleta de neutralidad, falta de compromiso y subjetividad, queda relegada a la intimidad, sin atreverse a salir en público.


El ideal aséptico 

No hay en el hombre light entusiasmos desmedidos ni heroísmos. La cultura light es una síntesis insulsa que transita por la banda media de la sociedad: comidas sin calorías, sin grasas, sin excitantes_ todo suave, ligero, sin riesgos, con la seguridad por delante. Un hombre así no dejará huella. En su vida ya no hay rebeliones, puesto que su moral se ha convertido en una ética de reglas de urbanidad o en una mera actitud estética. El ideal aséptico es la nueva utopía, porque, como dice Lipovetski, estamos en la era del vacío. De esas rendijas surge el nuevo hombre cool, representado por el telespectador que con el mando a distancia pasa de un canal a otro buscando no se sabe bien qué o por el sujeto que dedica el fin de semana a la lectura de periódicos y revistas, sin tiempo casi –o sin capacidad– para otras ocupaciones más interesantes.

El hombre light es frío, no cree en casi nada, sus opiniones cambian rápidamente y ha desertado de los valores trascendentes. Por eso se ha ido volviendo cada vez más vulnerable; por eso ha ido cayendo en una cierta indefensión. De este modo, resulta más fácil manipularlo, llevarlo de acá para allá, pero todo sin demasiada pasión. Se han hecho muchas concesiones sobre cuestiones esenciales, y los retos y esfuerzos ya no apuntan hacia la formación de un individuo más humano, culto y espiritual, sino hacia la búsqueda del placer y el bienestar a toda costa, además del dinero.
Podemos decir que estamos en la era del plástico, el nuevo signo de los tiempos. De él se deriva un cierto pragmatismo de usar y tirar, lo que conduce a que cada día impere con más fuerza un nuevo modelo de héroe el del triunfador, que aspira –como muchos hombres lights de este tramo final del siglo XX– al poder, la fama, un buen nivel de vida_, por encima de todo, caiga quien caiga. Es el héroe de las series de televisión americanas, y sus motivaciones primordiales son el éxito, el triunfo, la relevancia social y, especialmente, ese poderoso caballero que es el dinero.

El hombre light es frío, no cree en casi nada, sus opiniones cambian rápidamente y ha desertado de los valores trascendentes. Por eso se ha ido volviendo cada vez más vulnerable; por eso ha ido cayendo en una cierta indefensión. De este modo, resulta más fácil manipularlo, llevarlo de acá para allá, pero todo sin demasiada pasión. Se han hecho muchas concesiones sobre cuestiones esenciales, y los retos y esfuerzos ya no apuntan hacia la formación de un individuo más humano, culto y espiritual, sino hacia la búsqueda del placer y el bienestar a toda costa, además del dinero.

Podemos decir que estamos en la era del plástico, el nuevo signo de los tiempos. De él se deriva un cierto pragmatismo de usar y tirar, lo que conduce a que cada día impere con más fuerza un nuevo modelo de héroe el del triunfador, que aspira –como muchos hombres lights de este tramo final del siglo XX– al poder, la fama, un buen nivel de vida_, por encima de todo, caiga quien caiga. Es el héroe de las series de televisión americanas, y sus motivaciones primordiales son el éxito, el triunfo, la relevancia social y, especialmente, ese poderoso caballero que es el dinero.

Es un hombre que antes o después se irá quedando huérfano de humanidad. Del Mayo del 68 francés no queda ni rastro, las protestas se han extinguido; no prosperan fácilmente ni la solidaridad ni la colaboración, sino más bien la rivalidad teñida de hostilidad. Se trata de un hombre sin vínculos, descomprometido, en el que la indiferencia estética se alía con la desvinculación de casi todo lo que le rodea. Un ser humano rebajado a la categoría de objeto, repleto de consumo y bienestar, cuyo fin es despertar admiración o envidia.

El hombre light no tiene referente, ha perdido su punto de mira y está cada vez más desorientado ante los grandes interrogantes de la existencia. Esto se traduce en cosas concretas, que van desde no poder llevar una vida conyugal estable a asumir con dignidad cualquier tipo de compromiso serio. Cuando se ha perdido la brújula, lo inmediato es navegar a la deriva, no saber a qué atenerse en temas clave de la vida, lo que le conduce a la aceptación y canonización de todo. Es una nueva inmadurez, que ha ido creciendo lentamente, pero que hoy tiene una nítida fisonomía.

Algunos intelectuales europeos han enunciado este tema. Alain Finkielkraut lo expone en su libro La derrota del pensamiento. Por otra parte, Jean François Revel, en El conocimiento inútil, resalta que nunca ha sido tan abundante y prolija la información y nunca, sin embargo, ha habido tanta ignorancia. El hombre es cada vez menos sabio, en el sentido clásico del término.

En la cultura nihilista, el hombre no tiene vínculos, hace lo que quiere en todos los ámbitos de la existencia y únicamente vive para sí mismo y para el placer, sin restricciones. ¿Qué hacer ante este espectáculo? No es fácil dar una respuesta concreta cuando tantos aspectos importantes se han convertido en un juego trivial y divertido, en una apoteósica y entusiasta superficialidad. Por desgracia, muchos de estos hombres necesitarán un sufrimiento de cierta trascendencia para iniciar el cambio, pero no olvidemos que el sufrimiento es la forma suprema de aprendizaje, otros, que no estén en tan malas condiciones, necesitarán hacer balance personal e iniciar una andadura más digna, de más categoría humana.

Finalmente, es preciso resumir esa ingente información, la náusea ante un exceso de datos y la perplejidad consiguiente, y para ello lo mejor es extraer conclusiones que pueden ser de dos tipos:

1. Generales: ayudan a interpretar mejor la realidad actual, en su rica complejidad.

2. Personales: conseguirán que surja un ser humano más consistente, vuelto hacia los valores y comprometido con ellos.

A) Hedonismo y permisividad

El final de una civilización 

Estamos ante el final de una civilización. Releyendo el libro de Indro Montanelli, Historia de Roma, pienso que nos encontramos en una situación parecida: posmodernismo para unos, era psicológica o posindustrial para otros. La década de los sesenta nos deparó la polémica del positivismo con la confrontación entre Karl Popper y Theodor Adorno. La de los setenta, el debate sobre la hermenéutica de la historia entre Jurgen Habermas y Hans Gadamer. Los ochenta, el significado del posmodernismo, y los noventa están presididos por la caída de los regímenes totalitarios. Se ha demostrado que una de las grandes promesas de libertad no era sino una tupida red en la cual el ser humano quedaba atrapado sin posible salida.
El panorama hoy es muy interesante: en la política hay una vuelta a posiciones moderadas y a una economía conservadora; en la ciencia ha tenido lugar un despliegue monumental, ya que los avances en tantos campos han dado un giro copernicano brillante y con resultados muy prácticos; el arte se ha desarrollado también de forma exponencial, pero ya es imposible establecer unas normas estéticas: hemos llegado a un eclecticismo evidente en el que cualquier dirección es válida, todos los caminos contienen una cierta dosis artística; igualmente, en el mundo de las ideas y su reflejo en el comportamiento se ha producido un cambio sensible, que es lo que pretendo analizar a continuación.
Las dos notas más peculiares son –desde mi punto de vista– el hedonismo y la permisividad, ambas enhebradas por el materialismo. Esto hace que las aspiraciones más profundas del hombre vayan siendo gradualmente materiales y se deslicen hacia una decadencia moral con precedentes muy remotos: el Imperio Romano o el período comprendido entre los siglos XVII-XVIII.
Como ya hemos avanzado, hedonismo significa que la ley máxima de comportamiento es el placer por encima de todo, cueste lo que cueste, así como el ir alcanzando progresivamente cotas más altas de bienestar. Además, su código es la permisividad, la búsqueda ávida del placer y el refinamiento, sin ningún otro planteamiento. Así pues, hedonismo y permisividad son los dos nuevos pilares sobre los que se apoyan las vidas de aquellos hombres que quieren evadirse de sí mismos y sumergirse en un caleidoscopio de sensaciones cada vez más sofisticadas y narcisistas, es decir, contemplar la vida como un goce ilimitado.

Porque una cosa es disfrutar de la vida y saborearla, en tantas vertientes como ésta tiene, y otra muy distinta ese maximalismo cuyo objetivo es el afán y el frenesí de diversión sin restricciones. Lo primero es psicológicamente sano y sacia una de las dimensiones de nuestra naturaleza; lo segundo, por el contrario, apunta a la muerte de los ideales.

Del hedonismo surge un vector que pide paso con fuerza: el consumismo. Todo puede escogerse a placer; comprar, gastar y poseer se vive como una nueva experiencia de libertad. El ideal de consumo de la sociedad capitalista no tiene otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de objetos por otros cada vez mejores. Un ejemplo que me parece revelador es el de la persona que recorre el supermercado, llenando su carrito hasta arriba, tentada por todos los estímulos y sugerencias comerciales, incapaz de decir que no.

Revolución sin finalidad y sin proyecto 

El consumismo tiene una fuerte raíz en la publicidad masiva y en la oferta bombardeante que nos crea falsas necesidades. Objetos cada vez más refinados que invitan a la pendiente del deseo impulsivo de comprar. El hombre que ha entrado por esa vía se va volviendo cada vez más débil.

La otra nota central de esta pseudoideología actual es, como se ha dicho, la permisividad, que propugna la llegada a una etapa clave de la historia, sin prohibiciones ni territorios vedados, sin limitaciones Hay que atreverse a todo, llegar cada día más lejos. Se impone así una revolución sin finalidad y sin programa, sin vencedores ni vencidos.

Si todo se va envolviendo en un paulatino escepticismo y, a la vez, en un individualismo a ultranza, ¿qué es lo que todavía puede sorprender o escandalizar? Este derrumbamiento axiológico produce vidas vacías, pero sin grandes dramas, ni vértigos angustiosos ni tragedias_ «Aquí no pasa nada», parecen decirnos los que navegan por estas aguas. Es la metafísica de la nada, por muerte de los ideales y superabundancia de lo demás. Estas existencias sin aspiraciones ni denuncias conducen a la idea de que todo es relativo.

El relativismo es hijo natural de la permisividad, un mecanismo de defensa de los que Freud estudió y diseñó de forma casi geométrica. Así, los juicios quedan suspendidos y flotan sin consistencia: el relativismo es otro nuevo código ético. Todo depende, cualquier análisis puede ser positivo y negativo; no hay nada absoluto, nada totalmente bueno ni malo. De esta tolerancia interminable nace la indiferencia pura.

Estamos ante la ética de los fines o de la situación, pero también del consenso: si hay consenso, la cuestión es válida. El mundo y sus realidades más profundas se someten a plebiscito, para decidir si constituye algo positivo o negativo para la sociedad, porque lo importante es lo que opine la mayoría.
Hablamos de libertad, de derechos humanos, de conseguir poco a poco una sociedad más justa, abierta y ordenada. Por una parte, defendemos esto, y, por otra, nos situamos en posiciones ambiguas que no hacen más humano al hombre ni lo conducen a grandes metas. Es la apoteosis de la incoherencia. Entonces, ¿dónde puede el hombre hacer pie?, ¿dónde irá a buscar puntos de apoyo firmes y sólidos?

Un ser humano hedonista, permisivo, consumista y centrado en el relativismo tiene mal pronóstico. Padece una especie de «melancolía» new look: acordeón de experiencias apáticas. Vive rebajado a nivel de objeto, manipulado, dirigido y tiranizado por estímulos deslumbrantes, pero que no acaban de llenarlo, de hacerlo más feliz. Su paisaje interior está transitado por una mezcla de frialdad impasible, de neutralidad sin compromiso y, a la vez, de curiosidad y tolerancia ilimitada. Este es el denominado hombre cool, a quien no le preocupa la justicia, ni los viejos temas de los existencialistas (Soren Kierkegaard, Martin Heidegger, Jean Paul Sartre, Albert Camus_), ni los problemas sociales ni los grandes temas del pensamiento (la libertad, la verdad, el sufrimiento_). Ya no lee el Ulises de James Joyce, ni En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, ni las novelas de Hermann Hesse.

Un hombre así es cada vez más vulnerable, no hace pie y se hunde; por eso, es necesario rectificar el rumbo, saber que el progreso material por sí mismo no colma las aspiraciones más profundas de aquél que se encuentra hoy hambriento de verdad y de amor auténtico. Este vacío moral puede ser superado con humanismo y trascendencia (de tras-, atravesar, y scando, subir); es decir, «atravesar subiendo», cruzar la vida elevando la dignidad del hombre y sin perder de vista que no hay auténtico progreso si no se desarrolla en clave moral.

http://es.catholic.net/educadorescatolicos/694/2410/articulo.php?id=23075

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