Archivo por meses: abril 2013

La misión del juez

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Arnaldo Rivera Quispe

Presidente de la Tercera Sala Civil de la Corte Superior de Justicia de Lima

Piero Calamandrei expresó: “El juez es el derecho hecho hombre y sólo de este hombre puedo esperar, en la vida práctica, la tutela que en abstracto me promete la ley… yo sé que de todo lo que me es íntimamente más caro, tú eres custodio y fiador; en ti saludo la paz de mi hogar, mi honor y mi libertad”.

¿Cuánto podemos decir los jueces sobre nosotros mismos? Sin embargo, ello no es el propósito de este breve enunciado. Me permito precisar que el Elogio de los Jueces, escrito por un abogado, ahora nos compete replicar no solo hacia la comunidad jurídica, sino también en especial a aquellos que demandan tutela judicial, indicándoles que todos los magistrados de este país tenemos virtudes intelectuales, pero básicamente contamos con virtudes morales de lealtad, veracidad, probidad, independencia, imparcialidad, diligencia, decoro, rectitud y firmeza. Esto es, honradez, objetividad, integridad moral, autonomía, responsabilidad, dignidad en el ejercicio del cargo y firmeza en las decisiones tomadas, con justicia, conforme anhela el pueblo.

La misión del juez es dar solución a los conflictos, creando un ambiente de justicia en la sociedad, que asegure la paz social y restablezca el Derecho, cuando ha sido alterado por la conducta antijurídica contraria a las leyes. Sin embargo, dicha misión no podría ser eficaz si no se contara en el ejercicio que se posean los rasgos característicos antes referidos, agregado a ello la vocación de servicio, sensibilidad, honestidad, mística y una conducta accesible e innovadora, ello por cuanto su función incide en resolver conflictos entre seres humanos de diferentes realidades sociales.

Al ser el juez el símbolo de la justicia y guardián del derecho, su conducta debe manifestar la confiabilidad en sus palabras y acciones.

“Al ser el juez el símbolo de la justicia y guardián del derecho, su conducta debe manifestar la confiabilidad en sus palabras y acciones”.

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Abraham Valdelomar, el poeta vivo de 125 años

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Hace 125 años nació aquel señor del billete colorado, el de aire elegante y sereno. Unos fechan su nacimiento el 16 de abril y otros el 27 de ese mes, tan particular fue que hasta para ello era polémico. Él, que se hizo del nombre del jirón de la Unión y hasta se adueñó del propio Perú. Ese caballero de tostada piel y de ademanes refinados es Abraham Valdelomar. Sureño de habilidosa mano que inmortalizó su nostalgia en sus textos.

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Nacido en Ica, varias biografías se contradicen en el día de su nacimiento. En 1888, hace 125 años, el 16 de abril para unos y el 27 para otros. Quienes dan la primera fecha siguen el dato de la partida de bautismo de Pedro Abraham Valdelomar Pinto “un niño de un mes diecinueve días”. Pero el propio dandi criollo afirmaba la última como su fecha de nacimiento, así sus padres y su novia Consuelo Silva Rodríguez le festejaban a fin de mes. Para Luis Alberto Sánchez, todo se debía a un error del documento que continúa apareciendo hasta nuestros días.

Aquella no sería la primera complicación de Valdelomar con las fechas o años. Ya en Lima, al terminar la secundaria en el colegio Guadalupe, se inscribió en la Universidad de San Marcos el 19 de abril de 1905. En la ficha sentenció tener 15 años cuando en realidad tenía 17. Otro dato de Sánchez señala una ficha del archivo central de la Decana de América, en la que el escritor registró en 1910 y en 1911 la edad de 22 años.

Conde de las letras

Si bien Valdelomar nunca fue asiduo a la universidad, parece que nunca la necesitó. El talento que tenía le sirvió desde que era un joven que buscaba distinguirse de los demás. Ya en el Guadalupe fundaría “Idea Guadalupana” y comenzaría su incursión en cuentos, poemas o el periodismo.

Pero el amor a la escritura no sería el único en su vida, el Conde de Lemos tenía una buena mano para el dibujo y colaboró con diversas revistas de la época, como “Monos y Monadas” de Leonidas Yerovi, pero no solo con retratos o caricaturas, también con publicidad. En el primer número de su revista ‘Colónida’ retrató al poeta y compañero José María Eguren, luego a José Santos Chocano y a Percy Gibson.

Valdelomar publicó sus textos en diversos diarios locales, en aquel tiempo era mucho más fácil encontrar literatura en sus páginas. El 1 de enero de 1916, publicó por primera vez el relato ‘Finis desolatrix veritae’ en ‘El Comercio’. Este cuento fantástico es la expresión de ese irremediable encuentro con el final. La imagen del narrador que yace en la cama y que es casi una predicción de su muerte, nos recuerda su tránsito pero ese ya es otro tema.

Soy el Palais Concert

Este dandi criollo no solo haría suyas las letras y los dibujos, también haría de las suyas en una agitada vida que más que una moda era una forma de vivir. Eso era “Colónida” y la integrarían personajes como José Carlos Mariátegui o Federico More, adeptos de provincias como César Vallejo, entre otros. Ahora resultaría difícil imaginar a Abraham, José Carlos y otros “colónidas” en la puerta del Palais Concert. Aquel edificio que aparece junto a él en los billetes, testigo de interminables tertulias y sueños de jóvenes que con su arte engrandecieron al Perú.

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Mientras que este joven de tez morena disfrutaba ser seguido por los ojos de la gente, admirado y odiado, y se besaba las manos diría “El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión y el Jirón de la Unión es el Palais Concert”, de lo demás se encargaría de agregar la historia. El mítico Palais Concert lo haría suyo y su obra lo transformaría en el propio Perú, mestizo y contradictorio nacido del sur.

(Pamela Loli Soto)

En http://blogs.elcomercio.pe/huellasdigitales/2013/04/abraham-valdelomar.html

 

billete 50 soles anverso

Puede apreciarse la imagen de Valdelomar y del Palais Concert

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Los ojos de Judas

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Abraham Valdelomar

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I

El puerto de Pisco aparece en mis recuerdos como una mansísima aldea, cuya belleza serena y extraña acrecentaba el mar. Tenía tres plazas. Una, la principal, enarenada, con una suerte de pequeño malecón, barandado de madera, frente al cual se detenía el carro que hacía viajes “al pueblo”; otra, la desolada plazoleta donde estaba mi casa, que tenía por el lado de oriente una valla de toñuces; y la tercera, al sur de la población, en la que había de realizarse esta tragedia de mis primeros años.

En el puerto yo lo amaba todo y todo lo recuerdo porque allí todo era bello y memorable. Tenía nueve años, empezaba el camino sinuoso de la vida, y estas primeras visiones de las cosas, que no se borran nunca, marcaron de manera tan dulcemente dolorosa y fantástica el recuerdo de mis primeros años que así formóse el fondo de mi vida triste. A la orilla del mar se piensa siempre; el continuo ir y venir de olas; la perenne visión del horizonte; los barcos que cruzan el mar a lo lejos sin que nadie sepa su origen o rumbo; las neblinas matinales durante las cuales los buques perdidos pitean clamorosamente, como buscándose unos a otros en la bruma, cual ánimas desconsoladas en un mundo de sombras; las “paracas”, aquellos vientos que arrojan a la orilla a los frágiles botes y levantan columnas de polvo monstruosas y livianas; el ruido cotidiano del mar, de tan extraños tonos, cambiantes como las horas; y a veces, en la apacible serenidad marina, el surgir de rugidores animales extraños, tritones pujantes, hinchados, de pequeños ojos y viscosa color, cuyos cuerpos chasquean las aguas al cubrirlos desordenadamente.

En las tardes, a la caída del sol, el viaje de los pájaros marinos que vuelven del norte, en largos cordones, en múltiples líneas, escribiendo en el cielo no sé qué extrañas palabras. Ejércitos inmensos de viajeros de ignotas regiones, de inciertos parajes que van hacia el sur agitando rítmicamente sus alas negras, hasta esfumarse, azules, en el oro crepuscular. En la noche, en la profunda oscuridad misteriosa, en el arrullo solemne de las aguas, vanas luces que surgen y se pierden a lo lejos como vidas estériles… En mi casa, mi dormitorio tenía una ventana que daba hacia el jardín cuya única vid desmedrada y raquítica, de hojas carcomidas por el salitre, serpenteaba agarrándose en los barrotes oxidados. Al despertar abría yo los ojos y contemplaba, tras el jardín, el mar. Por allí cruzaban los vapores con su plomiza cabellera de humo que se diluía en el cielo azul. Otros llegaban al puerto, creciendo poco a poco, rodeados de gaviotas que flotaban a su lado como copos de espuma y, ya fondeados, los rodeaban pequeños botecillos ágiles. Eran entonces los barcos como cadáveres de insectos, acosados por hormigas hambrientas.

Levantábame después del beso de mi madre, apuraba el café humeante en la taza familiar, tomaba mi cartilla e íbame a la escuela por la ribera. Ya en el puerto, todo era luz y movimiento. La pesada locomotora, crepitante, recorría el muelle. Chirriaban como desperezándose los rieles enmohecidos, alistaban los pescadores sus botes, los fleteros empujaban sus carros en los cuales los fardos de algodón hacían pirámide, sonaba la alegre campana del “cochecito”; cruzaban en sus asnos pacientes y lanudos, sobre los hatos de alfalfa, verde y florecida en azul, las mozas del pueblo; llevaban otras en cestos de caña brava la pesca de la víspera, y los empleados, con sus gorritas blancas de viseras negras, entraban al resguardo, a la capitanía, a la aduana y a la estación del ferrocarril. Volvía yo antes del mediodía de la escuela por la orilla cogiendo conchas, huesos de aves marinas, piedras de rara color, plumas de gaviotas y yuyos que eran cintas multicolores y transparentes como vidrios ahumados, que arrojaba el mar.

II

Mi padre que era empleado en la Aduana tenía un hermoso tipo moreno. Faz tranquila, brillante mirada, bigote pródigo. Los días de llegada de algún vapor vestíase de blanco y en la falúa rápida, brillante y liviana, en cuya popa agitada por el viento ondeaba la bandera, iba mar afuera a recibirlo. Mi madre era dulcemente triste. Acostumbraba llevarnos todas las tardes a mi hermanita y a mí a la orilla a ver morir el sol. Desde allí se veía el muelle, largo con sus aspas monótonas, sobre las que se elevaban las efes de sus columnas, que en los cuadernos, en la escuela, nosotros pintábamos así:

f f f f
xxxxxxx

Pues de los ganchitos de las efes pendían los faroles por las noches. Mi padre volvía por el muelle, al atardecer, nos buscaba desde lejos, hacíamos señales con los pañuelos y él perdíase un momento tras de las oficinas al llegar a tierra para reaparecer a nuestro lado. Juntos veíamos entonces “la procesión de las luces” cuando el sol se había puesto y el mar sonaba ya con el canto nocturno muy distinto del canto del día. Después de la procesión regresábamos a casa y durante la comida papá nos contaba todo lo que había hecho en la tarde.

Aquel día, como de costumbre, habíamos ido a ver la caída del sol y a esperar a papá. Mientras mi madre sobre la orilla contemplaba silenciosa el horizonte, nosotros jugábamos a su lado, con los zapatos enarenados, fabricando fortalezas de arena y piedras, que destruían las olas al desmayarse junto a sus muros, dejando entre ellos su blanquísima espuma. Lentamente caía la tarde. De pronto mamá descubrió un punto en el lejano límite del mar.

–¿Ven ustedes? -nos dijo preocupada- ¿no parece un barco?

–Sí, mamá, respondí. Parece un barco…

–¿Vendrá papá? -interrogó mi hermana.

–Él no comerá hoy con nosotros, seguramente, agregó mi madre. Tendrá que recibir ese barco. Vendrá de noche. El mar está muy bravo. Y suspiró entristecida…

El sol se ahogó en sangre en el horizonte. El barco se divisó perfectamente recortado en el fondo ocre. Sobre el puerto cayó la noche. En silencio emprendimos la vuelta a casa, mientras encendían el faro del muelle y desfilaba “la procesión de las luces”.

Así decíamos a un carro lleno de faroles que salía de la capitanía y era conducido sobre el muelle por un marinero, quien a cada cincuenta metros se detenía, colocando sobre cada poste un farol hasta llegar al extremo del muelle extendido y lineal; mas, como esta operación hacíase entrada la noche, sólo se veían avanzando sobre el mar, las luces, sin que el hombre ni el carro ni el muelle se viesen, lo que daba a ese fanal un aspecto extraño y quimérico en la profunda oscuridad de esas horas.

Parecía aquel carro un buque fantasma que flotara sobre las aguas muertas. A cada cincuenta metros se detenía, y una luz suspendida por invisible mano iba a colgarse en lo alto de un poste, invisible también. Así, a medida que el carro avanzaba, las luces iban quedando inmóviles en el espacio como estrellas sangrientas; y el fanal iba disminuyendo su brillor y dejando sus luces a lo largo del muelle, como una familia cuyos miembros fueran muriendo sucesivamente de una misma enfermedad. Por fin la última luz se quedaba oscilando al viento, muy lejos, sobre el mar que rugía en las profundas tinieblas de la noche.

Cuando se colgó el último farol, nosotros, cogidos de la mano de mi madre, abandonamos la playa tornando al hogar. La criada nos puso los delantales blancos. La comida fue en silencio. Mamá no tomó nada. Y en el mutismo de esa noche triste, yo veía que mamá no quitaba la vista del lugar que debía ocupar mi padre, que estaba intacto con su servilleta doblada en el aro, su cubierto reluciente y su invertida copa. Todo inmóvil. Sólo se oía el chocar de los cubiertos con los platos o los pasos apagados de la sirviente, o el rumor que producía el viento al doblar los árboles del jardín. Mamá sólo dijo dos veces con su voz dulce y triste:

–Niño, no se toma así la cuchara…

–Niña, no se come tan de prisa…

III

Papá debió volver muy tarde, porque cuando yo desperté en mi cama, sobresaltado al oír una exclamación, sonaron frías, lejanas, las dos de la madrugada. Yo no oí en detalle la conversación, de mis padres; pero no puedo olvidar algunas frases que se me han quedado grabadas profundamente.

–¡Quién lo hubiera creído! -decía papá-. Tú conoces a Luisa, sabes cuán honorable y correcto es su marido…

–¡No es posible, no es posible! -respondió mi madre, con voz medrosa.

–Ojalá no lo fuese. Lo cierto es que Fernando está preso; el juez cogió al niño y amenazó a Luisa con detenerlo si ella no decía la verdad, y ya ves, la pobre mujer lo ha declarado todo. Dijo que Fernando había venido a Pisco con el exclusivo objeto de perseguir a Kerr, pues había jurado matarlo por una vieja cuestión de honor…

–¿Y ella ha delatado a su marido? ¡Qué horrible traición, qué horrible!

–¿Y qué cuestión ha sido esa?…

–No ha querido decirlo. Pero, admírate. Esto ha ocurrido a las cuatro de la tarde; Kerr ha muerto a las cinco a consecuencia de la herida, y cuando trasladaban su cadáver se promovió en la calle un gran tumulto, oímos gritos y exclamaciones terribles, fuimos hacia allí y hemos visto a Luisa gritar, mesarse los cabellos y, como loca, llamar a su hijo. ¡Se lo habían robado!

–¿Le han robado a su hijo?

Sentí los sollozos de mi madre. Asustado me cubrí la cabeza con la sábana y me puse a rezar, inconsciente y temeroso, por todos esos desdichados a quienes no conocía.

–Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, Bendita eres…

Al día siguiente, de mañana, trajeron una carta con un margen de luto muy grande y papá salió a la calle vestido de negro.

IV

Recuerdo que al salir de la población, pasé por la plazuela que está al fin del barrio “del Castillo” y empecé a alejarme en la curva de la costa hacia San Andrés, entretenido en coger caracoles, plumas y yerbas marinas. Anduve largo rato y pronto me encontré en la mitad del camino. Al norte, el puerto ya lejano de Pisco aparecía envuelto en un vapor vibrante, veíanse las casas muy pequeñas, y los pinos, casi borrados por la distancia, elevábanse apenas. Los barcos del puerto tenían un aspecto de abandono, cual si estuvieran varados por el viento del Sur. El Muelle parecía entrar apenas en el mar. Recorrí con la mirada la curva de la costa que terminaba en San Andrés. Ante la soledad del paisaje, sentí cierto temor que me detuvo. El mar sonaba apenas. El sol era tibio y acariciador. Una ave marina apareció a lo lejos, la vi venir muy alto, muy alto, bajo el cielo, sola y serena como una alma; volaba sin agitar las alas, deslizándose suavemente, arriba, arriba. La seguí con la mirada, alzando la cabeza, y el cielo me pareció abovedado, azul e inmenso, como si fuera más grande y más hondo y mis ojos lo miraran más profundamente.

El ave se acercaba, volví la cara y vi la campiña tierra adentro, pobre, alargándose en una faja angosta, detrás de la cual comenzaba el desierto vasto, amarillo, monótono, como otro mar de pena y desolación. Una ráfaga ardiente vino de él hacia el mar.

En medio de esa hora me sentí solo, aislado, y tuve la idea de haberme perdido en una de esas playas desconocidas y remotas, blancas y solitarias donde van las aves a morir. Entonces sentí el divino prodigio del silencio; poco a poco se fue callando el rumor de las olas, yo estaba inmóvil en la curva de la playa y al apagarse el último ruido del mar, el ave se perdió a lo lejos. Nada acusaba ya a la Humanidad ni a la vida. Todo era mudo y muerto. Sólo quedaba un zumbido en mi cerebro que fue extinguiéndose, hasta que sentí el silencio, claro, instantáneo, preciso. Pero sólo fue un segundo. Un extraño sopor me invadió luego, me acosté en la arena, llevé mi vista hacia el sur, vi una silueta de mujer que aparecía a lo lejos, y mansamente, dulcemente, como una sonrisa, se fue borrando todo, todo, y me quedé dormido.

V

Desperté con la idea de la mujer que había visto al dormirme, pero en vano la buscaron mis ojos, no estaba por ninguna parte. Seguramente había dormido mucho, y durante mi sueño, la desconocida, que tenía un vestido blanco, había podido recorrer toda la playa. Observé, sin embargo, los pasos que venían por la orilla. Menudos rastros de mujer que el mar había borrado en algunos sitios, circundaban el lugar donde yo me había dormido y seguían hacia el puerto.

Pensativo y medroso no quise avanzar a San Andrés. El sol iba a ponerse ya, y restregándome los ojos, siguiendo los rastros de la desconocida, emprendí la vuelta por la orilla. En algunos puntos el mar había borrado las huellas, buscábalas yo, adivinándolas casi, y por fin las veía aparecer sobre la arena húmeda. Recogí una conchita rara, la eché en mi bolsillo y mi mano tropezó con un extraño objeto. ¿Qué era? Una medalla de la Purísima, de plata, pendiendo de una cadena delgada, larga y fría. Examiné mucho el objeto y me convencí de que alguien lo había puesto en mi bolsillo. Tuve una sospecha, la mujer; quise arrojarle, pero me detuve.

Guardé la medalla y cavilando en el hallazgo, llegué a casa cuando el sol se ponía. Mi curiosidad hizo que callara y ocultara el objeto; y al día siguiente, martes de Semana Santa, a la misma hora, volví. El mar durante la noche había borrado las huellas donde me acostara la víspera, pero aproximadamente elegí un sitio y me recosté. No tardó en aparecer la silueta blanca. Sentí un violento golpe en el corazón y un indecible temor. Y sin embargo tenía una gran simpatía por la desconocida que vestida de blanco se acercaba.

El miedo me vencía, quería correr y luchaba por quedarme. La mujer se acercaba cada vez más. Me miró desde lejos, quise irme aún; pero ya era tarde. El miedo y luego la apacible mirada de aquella mujer me lo impedían. Acercóse la señora. Yo, de pie, quitándome la gorra le dije:

–Buenas tardes, señora…

–¿Me conoces?…

–Mamá me ha dicho que se debe saludar a las personas mayores… La señora me acarició sonriendo tristemente y me preguntó:

–¿Te gusta mucho el mar?

–Sí, señora. Vengo todas las tardes.

–¿Y te quedas dormido?…

–¿Usted vino ayer señora?…

–No; pero cuando los niños se quedan dormidos a la orilla del mar, y son buenos, viene un ángel y les regala una medalla. ¿A ti te ha regalado el ángel?…

Yo sonreí incrédulo; la dama lo comprendió, y conversando, perdido el temor hacia la señora vestida de blanco, cogido de su mano, emprendí la vuelta a la población.

Al llegar a la plazuela del Castillo, vimos unos hombres que levantaban una especie de torre de cañas.

–¿Qué hacen esos hombres? -me preguntó la señora.

–Papá nos ha dicho que están preparando el castillo para quemar a Judas el sábado de gloria.

–¿A Judas? ¿Quién te ha dicho eso? Y abrió desmesuradamente los ojos.

–Papá dice que Judas tiene que venir el sábado por la noche y que todos los hombres del pueblo, los marineros, los trabajadores del muelle, los cargadores de la Estación, van a quemarlo, porque Judas es muy malo… Papá nos traerá para que lo veamos…

–¿Y tú sabes por qué lo queman?…

–Sí, señora. Mamá dice que lo queman porque traicionó al Señor… – ¿Y no te da pena que lo quemen?…

–No, señora. Que lo quemen. Por él los judíos mataron a nuestro Señor Jesucristo. Si él no lo hubiese vendido, ¿cómo habrían sabido quién era los judíos?…

La señora no contestó. Seguimos en silencio hasta la población. Los hombres se quedaron trabajando y al despedirse la señora blanca me dio un beso y me preguntó:

–Dime, ¿tú no perdonarías a Judas?…

–No, señora blanca; no lo perdonaría.

La dama se marchó por la orilla oscura y yo tomé el camino de mi casa. Después de la comida me acosté.

VI

Estuve varios días sin volver a la playa, pero el sábado de gloria en que debían quemar a Judas, salí a la playa para dar un paseo y ver en la plaza el cuerpo del criminal, pues según papá, ya estaba allí esperando su castigo el traidor, rodeado de marineros, cargadores, hombres del pueblo y pescadores de San Andrés. Salí a las cuatro de la tarde y me fui caminando por la orilla. Llegué al sitio donde Judas, en medio del pueblo, se elevaba, pero le tenían cubierto con una tela y sólo se le veía la cabeza. Tenía dos ojos enormes, abiertos, iracundos, pero sin pupilas y la inexpresiva mirada se tendía sobre la inmensidad del mar. Seguí caminando y al llegar a la mitad de la curva, distinguí a la señora blanca que venía del lado de San Andrés. Pronto llegó hasta mí. Estaba pálida y me pareció enferma. Sobre su vestido blanco y bajo el sombrero alón, su rostro tenía una palidez de marfil. ¡Era tan blanca! Sus facciones afiladas parecían no tener sangre; su mirada era húmeda, amorosa y penetrante. Hablamos largo rato.

–¿Has visto a Judas?

–Lo he visto, señora blanca…

–¿Te da miedo?…

–Es horrible… A mí me da mucho miedo…

–¿Y ya le has perdonado?…

–No, señora, yo no lo perdono. Dios se resentiría conmigo si le perdonase… ¿Usted viene esta noche a verlo quemar?…

–Sí.

–¿A qué hora?…

–Un poco tarde. ¿Tú me reconocerías de noche?… ¿No te olvidarías de mi cara? Fíjate bien -y me miró extrañamente- Fíjate bien en mi cara… Yo vendré un poco tarde… Dime, ¿le has visto tú los ojos a Judas?…

–Sí, señora. Son inmensos, blancos, muy blancos…

–¿Dónde miran?…

–Al mar…

–¿Estás seguro? ¿Miran al mar? ¿Te has fijado bien?…

–Sí, señora blanca, miran al mar…

Sobre la arena donde nos habíamos sentado, la señora miró largamente el océano. Un momento permaneció silenciosa y luego ocultó su cara entre las manos. Aún me pareció más pálida.

–Vamos -me dijo.

Yo la seguí.Caminamos en silencio a través de la playa, pero al acercarnos a la plazuela donde estaba el cuerpo de Judas, la señora se detuvo y mirando al suelo, me dijo:

–Fíjate bien en él… Me vas a contar adónde mira. Fíjate bien… Fíjate bien.

Y al pasar ante el cuerpo, ella volvió la cara hacia el mar, para no ver la cara de Judas. Parecía temblar su mano, que me tenía cogido por el brazo, y al alejarnos me decía:

–Fíjate adónde mira, de qué color son sus ojos, fíjate, fíjate…

Pasamos. Yo tenía miedo. Sentí temblar fuertemente a la señora, que me preguntó nuevamente:

–¿Dónde miran los ojos?

–Al mar, señora blanca… Bien lejos, bien lejos…

Ya era tarde. La noche empezó a caer y las luces de los barcos se anunciaron débilmente en la bahía. Al llegar a la altura de mi casa, la señora me dio un beso en la frente, un beso muy largo, y me dijo:

–¡Adiós!

La noche tenía un color brumoso, pero no tan negro como otras veces. Avancé hasta mi casa pensativo, y encontré a mi madre llorando, porque debía salir un barco a esa hora y papá debía ir a despacharlo. Nos sentamos a la mesa. Allí se oía rugir el mar, poderoso y amenazador. Madre no tomó nada y me atreví a preguntarle:

–Mamá, ¿no vamos a ver quemar a Judas?…

–Si papá vuelve pronto. Ahora vamos a rezar…

Nos levantamos de la mesa. Atravesarnos el patiecillo. Mi hermana se había dormido y la criada la llevaba en brazos. La luna se dibujaba opacamente en el cielo. Llegamos al dormitorio de mi madre y ante el altar, donde había una virgen del Carmen muy linda, nos arrodillamos. Iniciamos el rezo. Mamá decía en su oración:

–Por los caminantes, navegantes, cautivos cristianos y encarcelados…

Sentimos, inusitadamente, ruidos, carreras, voces y lamentaciones. Las gentes corrían gritando y de pronto oímos un sonido estridente, característico, como el pitear de un buque perdido. Una voz gritó cerca de la puerta:

–¡Un naufragio!

Salimos despavoridos, en carrera loca, hacia la calle. El pueblo corría hacia la ribera. Mamá empezó a llorar. En ese momento apareció mi padre y nos dijo:

–Un naufragio. Hace una hora que he despachado el buque. Seguramente ha encallado…

El buque llamaba con un silbido doloroso, como si se quejara de un agudo dolor, implorante, solemne, frío. La luna seguía opacada. Salimos todos a la playa y pudimos ver que el barco hacía girar un reflector y que del muelle salían unos botes en su ayuda.

El pueblo se preparaba. Estaba reunido alrededor de la orilla, alistaba febrilmente sus embarcaciones, algunos habían sacado linternas y farolillos y auscultaban el aire. Una voz ronca recorría la playa como una ola, pasaba de boca en boca y estallaba:

–¡Un naufragio!

Era el eterno enemigo de la gente del mar, de los pescadores, que se lanzaban en los frágiles botes, de las mujeres que los esperaban temerosas, a la caída de la tarde; el eterno enemigo de todos los que viven a la orilla… El terrible enemigo contra el que luchan todas las creencias y supersticiones de los pueblos costaneros; que surge de repente, que a veces es el molino desconocido y siniestro que lleva a los pescadores hacia un vórtice extraño y no los deja volver más a la costa; otras veces el peligro surge en forma de viento que aleja de la costa las embarcaciones para perderlas en la inmensidad azul y verde del mar. Y siempre que aparece este espíritu desconocido y sorpresivo las gentes sencillas vibran y oran al apóstol pescador, su patrón y guía, porque seguramente alguna vida ha sido sacrificada.

Aún oímos el rumor de las gentes del mar. Cuando empezó a retirarse, se apagaron los reflectores y el piteo cesó. Nadie comprendía por qué el barco se alejaba; pero cuando éste se perdía hacia el sur, todo el pueblo, pensativo, silencioso e inmenso, regresó por las calles y se encaminó a la plaza en la que Judas iba a ser sacrificado. Mamá no quiso ir, pero papá y yo fuimos a verle.

Caminamos todo el barrio del Castillo y al terminarlo y entrar a la plazoleta, la fiesta se anunció con una viva luz sangrienta. A los pies de Judas ardía una enorme y roja llamarada que hacía nubes de humo y que iluminaba por dentro el deforme cuerpo del condenado, a quien yo quería ver de frente.

Pero al verlo tuve miedo. Miedo de sus grandes ojos que se iluminaban de un tono casi rosado. Busqué entre los que nos rodeaban a la señora blanca, pero no la vi. La plaza estaba llena, el pueblo la ocupaba toda y de pronto, de la casa que estaba a la espalda de Judas y que daba frente al mar, salieron varios hombres con hachones encendidos y avanzaron entre la multitud hacia Judas.

–¡Ya lo van a quemar! -gritó el pueblo. Los hombres llegaron. Los hachones besaron los pies del traidor y una llama inmensa apareció violentamente. Acercaron un barril de alquitrán y la llamarada aumentó.

Entonces fue el prodigio. Al encenderse el cuerpo de Judas, los ojos con el reflejo de la luz tornáronse rojos, con un rojo iracundo y amenazador; y como si toda aquella gente semi-perdida en la oscuridad y en las llamas, hubiera pensado en los ojos del ajusticiado, siguió la mirada sangrienta de éste que fue a detenerse en el mar. Un punto negro había al final de la mirada que casi todo el pueblo señaló. Un golpe de luz de la luna iluminó el punto lejano y el pueblo, que aquella noche estaba como poseído de una extraña preocupación, gritó abandonando la plaza y lanzándose a la orilla:

–¡Un ahogado, un ahogado!…

Se produjo un tumulto horrible. Un clamor general que tenía algo de plegaria y de oración, de maldición pavorosa y de tragedia, se elevó hacia el mar, en esa noche sangrienta.

–¡Un ahogado!

El punto era traído mansamente por las olas hacia la playa. Al grito unánime siguió un silencio absoluto en el que podía percibirse el nudo manso del mar. Cada uno de los allí presentes esperaba la llegada del desconocido cadáver, con un presentimiento doloroso y silente. La luna empezó a clarear. Debía ser muy tarde y por fin se distinguió un cadáver ya muy cerca de la orilla, que parecía tener encima una blanca sábana. La luna tuvo una coloración violeta y alumbró aún el cadáver que poco a poco iba acercándose.

–¡Un marinero!, gritaron algunos.

–¡Un niño!, dijeron otros.

–¡Una mujer!, exclamaron todos. Algunos se lanzaron al mar y sacaron el cadáver a la orilla. El pueblo se agrupó al derredor. Le clavaban las luces de las linternas, se peleaban por verle, pero como allí en la orilla no hubiese luz bastante, lo cargaron y lo llevaron hacia los pies de Judas que aún ardía en el centro de la plaza. Todo el pueblo volvía a ella y con él yo -cogido siempre de la mano de papá-. Llegaron, colocaron en tierra el cadáver y ardió el último resto del cuerpo de Judas quedando sólo la cabeza, cuyos dos ojos ya no miraban a ningún lugar sino a todos. Yo tenía una extraña curiosidad por ver el cadáver. Mi padre seguramente no deseaba otra cosa, hizo abrir sitio y como las gentes de mar lo conocían y respetaban, le hicieron pasar y llegarnos hasta él.

Vi un grupo de hombres todos mojados, con la cabeza inclinada teniendo en la mano sus sombreros, silenciosos, rodeando el cadáver, vestido de blanco, que estaba en el suelo. Vi las telas destrozadas y el cuerpo casi desnudo de una mujer. Fue una horrible visión que no olvido nunca. La cabeza echada hacia atrás, cubierto el rostro con el cabello desgreñado. Un hombre de esos se inclinó, descubrió la cara y entonces tuve la más horrible sensación de mi vida. Di un grito extraño, inconsciente, y me abracé a las piernas de mi padre.

–¡Papá, papá, si es la señora blanca! ¡La señora blanca, papá!…

Creí que el cadáver me miraba, que me reconocía; que Judas ponía sus ojos sobre él y di un segundo grito más fuerte y terrible que el primero.

–¡Sí; perdono a Judas, señora blanca, sí, lo perdono! si lo perdono a judas señora blanca si lo perdono!!…

Padre me cogió como loco, me apretó contra su pecho, y yo, con los ojos muy abiertos, vi mientras que mi padre me llevaba, rojos y sangrientos, acusadores, siniestros y terribles, los ojos de Judas que miraban por última vez, mientras el pueblo se desgranaba silencioso y unos cuantos hombres se inclinaban sobre el cadáver blanco.

Ocultábase la luna…

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El hermano ausente en la cena pascual

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Abraham Valdelomar

La misma mesa antigua y holgada, de nogal
y sobre ella la misma blancura del mantel
y los cuadros de caza de anónimo pincel
y la oscura alacena, todo, todo está igual…

Hay un sitio vacío en la mesa hacia el cual
mi madre tiende a veces su mirada de miel
y se musita el nombre del ausente; pero él
hoy no vendrá a sentarse en la mesa pascual.

La misma criada pone, sin dejarse sentir,
la suculenta vianda y el plácido manjar;
pero hoy no hay alegría ni el afán de reír

que animaran antaño la cena familiar;
y mi madre que acaso algo quiere decir,
ve el lugar del ausente y se pone a llorar…

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Una muerte más de César Vallejo

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Por Jaime Abanto Padilla

“He nevado tanto, para que duermas.”

Hoy se cumplen 73 años de la muerte del más grande de los poetas peruanos, aquel que murió en la pobreza y perseguido por la justicia; una injusticia que solo hace unos meses recién el Poder Judicial decidió ponerle fin como una manera de desagravio al más connotado representante de las letras peruanas dell siglo XX. Vallejo murió el 15 de abril de 1938 a las 9.20 a.m., a los 46 años de edad.

Vallejo no fue solo el hito en la poesía modernista, significó también el muchacho provinciano que llegó a las esferas más altas de la literatura y la cultura europea. Fue parte del núcleo generador de la cultura peruana de su época junto a Víctor Raúl Haya de la Torre, Antenor Orrego, Alcides Spelucín, Oscar Imaña, Camilo Blas y otros grandes exponentes de la cultura peruana en las primeras décadas del 1900.

Perseguido y encarcelado, libre y enamorado, enamorado de la mujer que vendía chicha en su pueblo, enamorado de la hija de su hermano mayor, – a quien le hizo bellos poemas que fueron clandestinos un tiempo – enamorado de varias francesas después; bebedor y seductor, mujeriego y galante, pero sobretodo un poeta con una fuerza indomable y una nostalgia que se hizo casi una patología que lo crucificó en los maderos curvos de su angustia y su pena insondable por su Santiago de Chuco y el Perú.

La poesía de César Vallejo nació fortalecida por el sentimiento andino y la influencia de los clásicos que había leído sumado a la efervescencia de sus tertulias con los ilustres amigos con los que frecuentaba. Pero se fortaleció más en Europa donde no solo se fortaleció literariamente, sino que asumió un rol decisivo en la compleja situación en que vivía España, por ejemplo, o sus viajes a Rusia y a otros países con políticas distintas, en donde se nutrió ideológicamente de conceptos filosóficos nuevos.

César Vallejo murió sin saber a exactitud la trascendencia que tendría su obra, muchos años antes de viajar a Paris, antes aún de conocer a Georgette soñó que velaban su cadáver en una habitación casi desierta donde solo había una mujer gorda con sombrero llorando – años después, así fue el escenario de su muerte -.

Georgette Philippart, la última mujer de Vallejo, ha sido satanizada por los amigos del poeta. La defensa que hizo siempre de él la convirtió en una mujer intratable. Después de la muerte de Vallejo se peleó con muchos de los amigos del poeta, cacheteó a más de un editor y se enfrascó en dimes y diretes con todo aquel que osaba hablar de Vallejo en forma despectiva. – durante un evento público Georgette le dio una bofetada al editor Carlos Milla Batres, debido a que éste incumplió su promesa de publicar una foto de Vallejo en la carátula del “Homenaje internacional” al poeta consagrado por la revista “Visión del Perú”. En lugar de la foto, Milla Batres colocó un óleo de Macedonio de la Torre, con una representación irreconocible del poeta-

Para Geogette Vallejo era su “Cholo sano y sagrado” y sin duda tenía una similitud con Eliane Karp y Alejandro Toledo, había asumido luego de la muerte de Vallejo una facilidad única para caerle mal a la gente. Era la Florinda Meza de Chespirito, una mujer odiosa e insoportable, pero tierna al fin para enamorar al poeta.

Pero a Georgette le debemos el rescate de la obra de Vallejo, de la póstuma literatura que conocemos de él, aquella que se pudo perder para siempre y que pudo condenarlo al olvido. Georgette le dio a Vallejo una tumba y fue también la que se opuso al traslado de sus restos al Perú. “Porque en su tierra le dieron de palos, lo maltrataron y yo soy obediente a su voluntad.” Había dicho alguna vez. Georgette fue la continuación de Vallejo por muchas décadas. En el epitafio de la tumba de Vallejo escribió “He nevado tanto, para que duermas.” Ella murió en 1984, sus restos están enterrados en el cementerio de la Planicie de Lima, a miles de kilómetros del Vallejo que ella amó como no lo hizo nunca el Perú. Lejos, muy lejos como esa mañana de 1938 cuando se ahogó en su pena cuando Vallejo partió a la gloria para siempre.

En http://www.balconinterior.blogspot.com/

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Día del Poeta Peruano

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Jaime Abanto Padilla – Presidente de la Asociación de Poetas y Escritores de Cajamarca (APECAJ)

Cada 15 de abril se celebra el Día del Poeta Peruano, como un homenaje al que fuera y es hasta hoy el más insigne de la poesía peruana y uno de los más ilustres de la poesía del mundo según la crítica literaria mundial.
Desde 1985, cada 15 de abril se conmemora el Día del Poeta peruano, evocando el fallecimiento de César Vallejo. La fecha quedó establecida gracias a la Ley N° 24616 que fue promulgada el 29 de diciembre de 1985 por el presidente Alan García, como un homenaje al “Peruano Universal”, César Vallejo.
Vallejo murió sin ser famoso, la fama le vino años después, su poesía trató de ser opacada por críticos de pacotilla como Clemente Palma y hasta por poetas, hoy olvidados, que veían en él un nuevo camino en la poesía americana.
Hablar de Vallejo resulta siempre recurrente, miles de libros sobre él se han escrito en todo el mundo y en decenas de idiomas y no hay un día en que no se hable de él y se escriban nuevas líneas sobre su poesía en cualquier punto del mundo.
Vallejo siempre fue visto como un hombre triste, como un hombre bucólico y melancólico al que todo lo deprimía. Callado y pensativo, -por la histórica fotografía recortada en donde con la palma de la mano derecha sostiene su mentón- pero la realidad, y eso ha sido demostrado por muchos biógrafos del poeta santiaguino, es que Vallejo fue un ser humano, con arrebatos y pasiones, mujeriego hasta no más y enamorador hasta el hastío.
Vallejo fue un eterno enamorado, la vendedora de chicha de su natal Santiago le quitaba el sueño, Mirto, Otilia – su sobrina, pues era la hija de su hermano mayor- Rita… y la compañera hasta su muerte, la francesa, Georgette Philippart.
En la vida de Vallejo hubo dos mujeres llamadas Otilia, dos Otilias por las que su corazón y su alma dijeron y escribieron mucho. Una de Ellas fue Otilia Vallejo, la hija de su hermano, su sobrina, mujer a quien el poeta amó con mucha fuerza, sus versos dan cuenta de ese amor que aunque prohibido no necesariamente era imperdonable en un poeta de su magnitud. La otra fue Otilia Villanueva Pajares con la que se conocieron en Lima en 1918, cuando Vallejo forjaba su poemario Trilce -libro que se publicó en 1922- Otilia Villanueva llega a la vida de César Vallejo gracias a que se la presenta un amigo suyo, celendino, llamado Manuel Rabanal Cortegana.
La musa Otilia Villanueva ha sido plasmada en Trilce en más de 20 ocasiones, parece que la vida no fue tan dulce y que aquella relación tuvo un mal desenlace, según Espejo hasta la habría obligado a abortar luego de romper con ella. Por su parte Manuel Rabanal Cortegana contrajo nupcias con Rosa Villanueva Pajares, hermana de Otilia, boda en la que Vallejo fue padrino. Vallejo siempre estuvo distanciado de la idea del matrimonio y más del hecho de tener familia, sus concepciones filosóficas no lo permitían y lo de interrumpir un embarazo con sus parejas no es historia nueva, pero no juzgamos el hecho solo buscamos aportar un aspecto poco conocido del más grande de los poetas peruanos y universales. Vallejo inmortalizó a Otilia en su segundo libro: Trilce.
Después de Vallejo en los 60´y 70´ la poesía peruana entró en ebullición y se enriqueció con dos generaciones que le dieron lustre a la literatura poética de un modo inigualable, Javier Heraud, Antonio Cisneros, César Calvo, Luis Hernández, Rodolfo Hinostroza, Marco Martos, Carmen Luz Bejarano, Livio Gómez, Ricardo Silva Santistevan…
La generación del ´60 fue la más prodigiosa. Hubo muchos chispazos intermitentes después de ella pero lo más selecto se concentró en la del ´60.
Cajamarca tuvo lo suyo, -hoy lamentablemente apagado, no por falta de producción, sino de vena-. Pero del tiempo prodigioso y de los versos que se escribieron destacan: Mario Florián, Jorge Díaz Herrera, Oscar Imaña, Amalia Puga, Manuel Ibáñez Rosazza, Santiago Aguilar, Garrido Malaver…
Ellos también sembraron la poesía en medio de las tardes que recorrían, eran otros tiempos y era otra la forma de pensar y de ver el mundo y la vida. Hoy parece que la vida misma se ha despoetizado y que existe un abandono hacia lo que en algún momento significó uno de los puntos más importantes de unión de nuestra sociedad.
Los festivales poéticos cada vez son más escasos y cuando los hay, están plagados de improvisados de todas las edades buscando una fotografía que los trascienda a la posteridad. En Cajamarca particularmente la poesía está fragmentada como lo están otras artes. Un sobretodo no convierte a nadie en poeta, tampoco la verborrea cantinera, menos la que se auto flagela. Se acabaron los poetas de antaño, los que editaban en mimeógrafo porque sus libros trascendieron a la inmortalidad – como Ibáñez Rosazza o Santiago Aguilar lo hicieron- como aquellos que Manuel encolaba en las madrugadas en la calle Ilo en las alturas de esta ciudad de Cajamarca. Hoy la poesía se ha convertido en frívolas reuniones de los sabelotodo que buscan esquinas oscuras para insultar arteramente, tirar piedras y esconder la mano… como decía el inalcanzable y universal César Vallejo: Hay hermanos, muchísimo que hacer.

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Asunto Hinostroza Pariachi

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Caso del juez Hinostroza Pariachi
Postulación con plagio

http://idl-reporteros.pe/2013/04/09/postulacion-con-plagio/

La grave denuncia del plagio del juez Hinostroza Pariachi: urge pronta reacción de las autoridades

http://www.justiciaviva.org.pe/notihome/notihome01.php?noti=1024

Carta Aclaratoria del Juez  César Hinostroza Pariachi

http://www.projusticia.org.pe/site.php?plantilla=contenido&ncategoria1=114&ncategoria2=209&ncategoria3=211

 

Fiscal acusado de plagio se enreda en sus descargos

http://diario16.pe/noticia/25154-fiscal-acusado-de-plagio-se-enreda-en-sus-descargos

Plagiario y plagiado

http://idl-reporteros.pe/2013/04/12/plagiario-y-plagiado/

 

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Crítica de las resoluciones judiciales

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Jaime David Abanto Torres (*)

Toda persona tiene el derecho a analizar y criticar las resoluciones judiciales. Con frecuencia escuchamos en los medios de comunicación que diversas autoridades, funcionarios o personas expresan sus opiniones con relación a los alcances e implicancias de diversas resoluciones judiciales. Lamentablemente muchas veces, so pretexto de ello, se desciende al terreno de denigrar al juez que dictó alguna resolución con la que el opinante no se encuentra conforme. Peor aún, cuando ello lo hace algún congresista abusando de su inmunidad parlamentaria.

Cualquier persona puede analizar y criticar cualquier resolución judicial, pero no  difamar, injuriar ni calumniar al juez.Hemos escuchado muchas veces la frase: “Las ideas se discuten, las personas se respetan”. Una máxima muy sabia, pero a la vez difícil de respetar cuando tomamos conocimiento de alguna resolución que no es de nuestro agrado. Aunque no lo parezca, es posible analizar y criticar duramente una resolución, sin agraviar a la persona del juez.

Algunos abogados tienen contactos en algunos medios de comunicación, revistas impresas y digitales, en los cuales propalan versiones absolutamente parcializadas de casos judiciales donde están en juego intereses de sus patrocinados. Alaban al juez que les da la razón y menosprecian al que no se las da. Pocos saben que la justicia nada tiene que ver con la demagogia. No olvidemos a Pilato lavándose las manos para contentar al pueblo que quería crucificar a Jesús.

Obviamente los abogados saben perfectamente que pueden apelar las resoluciones  desfavorables a sus clientes. Pero a veces no pueden resistir la tentación de ganarse a la opinión pública en favor de su causa. Resulta lamentable ver que ante un desacuerdo con una resolución, se solicita la intervención de autoridades o funcionarios ajenos al Poder Judicial, sin advertir que ello sería una lamentable interferencia en el ejercicio de la función judicial.

El juez asume las responsabilidades civiles, penales y administrativas por las resoluciones que dicta. Pero ello no enerva que las resoluciones judiciales firmes tienen que cumplirse en sus propios términos. Así es en un Estado Constitucional de Derecho. Negar esta verdad es negar la civilización, y pretender en pleno siglo XXI, el retorno a la ley de la selva, a la anarquía de la justicia por mano propia.

(*) Juez integrante del programa social “Justicia en tu Comunidad” de la Corte de Lima

Expreso, 11 de abril de 2013

En http://www.expreso.com.pe/blog/la-columna-del-juez-90

En http://www.panoramacajamarquino.com/noticia/critica-de-las-resoluciones-judiciales/

En http://www.elregionalcajamarca.com/2013/04/13/critica-de-las-resoluciones-judiciales/

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