
La luz que rodeaba a las estrellas incitó a la admiración conjunta de los techeros. Antes, habían colocado un panel de piso y buscaban su perfeccionamiento en la posición.
Más allá, en los pisoteados surcos del cultivo, un grupo el grupo de niños que los acompañaban jugaban 'lobo que estás haciendo' cuando de pronto ocurrió.
La tierra empezó a sonar, el brusco continuo movimiento los hizo agruparse chacra adentro. Algunos segundos de más fuerza dieron paso a una débil réplica. Pronto la tierra se detuvo.
El más pequeño de los niños rompió a llantos. Calmarlos ahora era lo primordial.
No será el terremoto que supuestamente iba a haber en Lima, Ale dijo, la preocupación impulsó al uso de los celulares disponibles. Las llamadas fueron inaccesibles algunos minutos.
Mientras tanto, los cuadrilleros que se encargaban de los niños debían pensar en la manera más segura de reunirlos con sus padres. No podían arriesgarse a pasar entre el camino oscuro y rocoso pues quizá empezaría otro temblor. Esperemos un momento, un cuadrillero propuso.
Los teléfonos celulares empezaron a funcionar. Dime dónde ha sido el epicentro porfa', y si puedes la magnitud también, Nico le dijo a un pata por el nextel de Eve.
Entre los ladrillos de adobe derribados semanas atrás aparecieron los padres de los niños que los techeros sostenían.
Cada uno corrió a abrazar a su hijo.
El reencuentro familiar calmó, en cierto modo, a los presentes.
A lo lejos, los martillazos volvieron a sonar: Prohibido detenerse.









