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El sábado 12 se conmemoraron los 28 años de la captura por policías del Grupo Especial de Inteligencia, de Abimael Guzman, dirigente de la organización terrorista Sendero Luminoso, que desató una guerra interna con aproximadamente 69 mil muertos, entre los asesinados por sus integrantes y por efectivos del Ejército, principalmente.

En términos de vidas perdidas, lo vivido en esa guerra interna fue una tragedia para el Perú. Lamentablemente esa captura y la posterior desarticulación de la mencionada organización terrorista fue aprovechada por el gobierno dictatorial de ese entonces para desarticular las organizaciones sociales democráticas y corromper sistemáticamente la política peruana. Eso impidió la generación de liderazgos que ayuden a la sociedad a sacar lecciones de las terribles experiencias sufridas, salvo la de lo fútil de la lucha armada como vía de cambios.

Esa falta de lecciones aprendidas tiene que ver con que hoy, en medio de una pandemia que lleva entre 30 mil y 50 mil familias enlutadas según cómo se cuenten los fallecidos, los políticos en el Ejecutivo y el Congreso pareciera que siguen el guión de una comedia, o, más peruanamente, de sketchs de cómicos ambulantes, parodiando momentos de la investigación de una contratación estatal de un showman por criterios ajenos a sus capacidades para el servicio público.

¿Quiénes son los actores de esos espectáculos chabacanos? De un lado, el Presidente de la República y su entorno de personas cuyos criterios para tomar decisiones no tienen que ver con una visión de país o de servicio al pueblo. Y de otro lado, congresistas principalmente de Acción Popular, Unión por el Perú, Perú Podemos y Alianza por el Progreso, algunos con investigaciones por graves delitos, buscando tomar la presidencia de la República sin ninguna visión alternativa de país o de servicio a la ciudadanía. De ambos lados vemos la ausencia de partidos políticos con dirigentes y estrategas que discutan buscando lo mejor para todos, en especial para los que están padeciendo más. Como ha venido diciendo la lideresa Verónika Mendoza, necesitamos terminar con una política concentrada en peleas por cuotas de poder dejando de lado las distintas urgencias de la gente.

¿Qué nos corresponde a nosotros?

No ser solo espectadores de esta tragicomedia, de sketchs o memes. Sino ser actores de la vida peruana, entendiendo que la política tiene que ver con cosas tan diarias como la calidad, cantidad y precios de las frutas o verduras que compramos en el mercado. O con conseguir trabajo o mantener el que tenemos. O con ser apoyados u obstaculizados si queremos poner una empresa para vender algo. O con tener bonos temporales mientras no se accede a una remuneración. La política tiene que ver con el día a día de la educación de nuestros niños o niñas o con la calidad de la educación superior de nosotros mismos; con nuestra salud física y mental y, en suma, con nuestras posibilidades de ser felices haciendo el bien a otros.

Entendiendo esto, podríamos participar más en la vida del país. Afiliándonos a un partido político con estructuras democráticas y participativas. O informándonos bien de lo que ocurre y compartiendo criterios sobre lo que es bueno para la gente y lo que hemos de evitarle. Y así elegir este próximo 2021 a una nueva dirigencia política para un nuevo Perú en su tercer siglo de independencia nacional.

Pier Paolo Marzo Rodríguez

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