Le llamaban Charly

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Cierto día, llegamos al Colegio Valentín Salegui y nos recibió entre otros un sonriente Carlos Ridavets SJ, Charles para algunos que lo tuteaban como Charly también. Era el año de 1982. Siempre agradable y bastante discreto, lo conocí desde Piura, donde terminé mis estudios escolares en el colegio San Ignacio (1975), lugar en el que empezé a conocer las misiones del Vicariato de Jaén o San Francisco Javier del Marañón, lugar donde ya estaban los Jesuitas desde los años 40s.

Más pacífico no podía ser Charly, al menos es la imagen que recogí de él. Buscando trabajar en lo suyo, la educación con muchachos donde le tocara estar. Él hayó su vocación en ese internado, en ese trabajo pedagógico con los muchachos awajun y wampis que cursaban sus estudios escolares y a los cuales había que entender a partir de su propia cultura e idioma, cuestión que se complicaba más por la ausencia de escritura en éstas culturas.

Años atrás, una de las anécdotas que le escuché mencionar fue aquella de que en los recreos los alumnos salían muchas veces a cazar pajaritos y allí mismo se los comían, denotando esa relación tan grande de la población local con la naturaleza, la misma que se bebe y se respira desde que se nace. Entre otras cosas, para divertirse y alimentarse, desarrollar sus habilidades de cacería, crecer en el propósito de dominio de la naturaleza, hacerse del medio. Todo ello se vinculaba también al marcado espíritu guerrero que mantienen las poblaciones locales.

Charly se embebió y fue haciendo “escuela” con todas las promociones que pasaron desde la mayor parte del recorrido de los 50 años del Colegio Valentín Salegui, lugar en el que compartió varias de esas décadas, una parte del lapso incluso como director, cuando el colegio era ya parte de la red de Fe y Alegría (Colegio Fe y Alegría 55). Ese fue su testimonio. Compartir su presencia, sus conocimientos, sus experiencias y sus deseos profundos de aprender del medio local, hacerse parte del mismo.

Aunque suene medio poético decir que a Charly le tocó morir como mártir, lo es menos constatar que apareciera maniatado y con algunos signos de violencia. Después de un largo caminaren la zona del Chiriaco, camino que podría haber seguido recorriendo 2 ó 3 lustros más, uno encuentra muy inexplicable su situación. Quizás sea una manera de comunicarnos y recordarnos lo necesaria que es para todos una cultura de paz a todo nivel. Ciertamente una paz basada en la justicia y en la verdad. Puede ser una manera de darle algún sentido positivo a situaciones plagadas de sinrazón.

Muchas veces amar de modo incondicional, aunque parezca contradictorio, nos expone de modos velados o abiertos al mal de nuestro mundo. Al mal, la maldad, el odio y tantos adjetivos que podríamos mencionar. Amar, obrar el bien, abogar por la verdad…, especialmente por los más indefensos, débiles y pobres, nos expone. Hay veces que también el bien de las personas se impone sin sacrificar su vida. En otros casos se suceden situaciones lamentables. Como la misma que le toco vivir a nuestro querido Jesús hace 20 siglos atrás. Y se muere para seguir viviendo. Charly ha empezado una nueva vida.

Guillermo Valera M.
Magdalena del Mar, 13 de agosto de 2018

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