Intentar vivir de otra manera

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Me resultaron muy significativas las lecturas de la biblia del día de hoy (29 de abril), escuchadas en la misa dominical que asistí en mi parroquia. Cada una con diversos aspectos de mensaje. Jesús como la “piedra angular”, aquella que desecharon los arquitectos por considerarla poca cosa o irrelevante. El reconocernos como hijos de Dios, cuestión que a veces puede parecer banal. Jesús como pastor, sinónimo de quien sabe dar la vida por “sus ovejas”.

Porque me hizo pensar… y creo que nos hace pensar, en cómo lo insignificante y a lo que prestamos poca importancia puede ser muchas veces la clave de lo fundamental. Será porque allí también esta la clave de cómo entender el amor de Dios, el que nos rebela Jesús, por el que ofrenda su vida (y resucita, fiel el Padre a su amor y a su promesa). Será porque allí también se comprende por qué los pobres y los débiles son los privilegiados de su atención; y nos sitúan mejor que nadie en el entendimiento de eso de “amar sin esperar nada a cambio”. Ya que siempre que damos algo de uno, esperamos recibir algo en compensación… cuando se nos invita a entenderlo de otro modo eso de “dar” y eso de “recibir”.

Sería bueno preguntarnos si la vida es posible desligando el dar del recibir, o el recibir y el dar. ¿Podríamos pensar la vida desde un “dar gratuitamente” y un “recibir gratuitamente”? Aprender a vivir con esos parámetros, a hacer de ello el sentido de nuestras instituciones, de nuestras actitudes, de nuestra política, de nuestros deseos, de nuestra economía, de nuestro carácter, de nuestra cultura, de nuestra personalidad. Por cierto, de nuestras actividades y labores rutinarias. ¿Sería posible la economía si yo invierto un dinero sin esperar “nada a cambio”? ¿Sería posible trabajar sin esperar un sueldo a cambio? ¿Cómo funcionarían las cosas? En realidad, podría pasar por estar hablando cosas sin sentido. En cierta forma.

Sin embargo, necesitamos pensar la vida de otra manera. Visualizar nuestra vida y la del mundo con otros conceptos a los que nos acostumbramos o devenimos con ésta cultura de la competencia, la evolución y fe ciega en la tecnología. La verdad es que ella no ha servido para mejorar la vida de la humanidad sino para hacernos dar cuenta que podemos conducir el mundo también con nuestras propias ideas y ciencia (y que importante que es), pero si no nos abarca a todos como humanidad y sólo es para disfrute de una minoría ¿de que nos vale? ¿qué valor puede tener la convivencia entre el confort de unos cuantos rodeados de necesidades básicas insatisfechas de muchos… todavía?

Es real que, en un mundo como el que tenemos, capitalista en su economía y sentido cultural, no cabe un razonamiento donde quien invierte económicamente no sea para generar una rentabilidad. El mercado obliga a ello porque, si no, se sucumbe y el vacío lo llena otro. Pero es también cierto que el acuerdo entre las personas podría conducir a establecer pautas que permitan compartir ese “reino de la abundancia” hasta por un interés mismo del desarrollo de los propios mercados y de las empresas (y, por ende, de los capitalistas).

Acaso no es plausible pensar que, siendo un azar el lugar y la familia en la cual nacemos, ¿a todos nos gustaría tener lo adecuado para vivir? Por tanto, todos debiéramos tener esa posibilidad garantizada en cualesquiera circunstancia (J. Rawls y otros podrían dar fe de ello). ¿Acaso no es verdad que mientras más posibilidad haya de generar capacidad de compra en las personas, sería más factible que se desarrolle la oferta de productos y servicios? Por cierto, debidamente orientado y fiscalizado desde el Estado y los organismos que garanticen unos mínimos para todos. Por tanto, a todos nos debiera interesar –empezando por los mismos empresarios y financistas, así como a los Estados- que todos eleven su capacidad adquisitiva y demanden lo que corresponda a sus necesidades de consumo. En fin, así podríamos seguir mencionando otros aspectos.

Nos detenemos ahora en algo que nos devuelve al inicio. Se requieren líderes que razonen de esa manera. Líderes que obren como pastores, capaces de dar la vida por su pueblo y no se espanten ante los peligros o salven su “propio pellejo” (o sólo el de su familia o entorno). Necesitamos pastores que den fe de esa actitud en la política, en la economía, en la cultura… y, por cierto, en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades cristianas, en nuestras familias, en nuestros centros de trabajo… y en la vida de uno mismo.

Porque necesitamos partir de ser líderes de nosotros mismos (ser también nuestros propios pastores). Cada uno en lo que le toca revisar. Extendiéndolo a todo lo que abarca su propia vida y con sencillez. Porque si somos capaces de dar sentido de servicio a todo lo que hacemos, si somos capaces de dar la vida por quienes nos rodean y por quienes son “nuestras ovejas” (en sentido figurado), podremos ser mejor capaces de amar sin esperar nada a cambio, de situarnos desde los débiles e insignificantes y de intentar de vivir de otra manera con todas sus consecuencias.

Guillermo Valera Moreno
Magdalena, 29 de abril de 2012

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