Felipe, ¿agente encubierto?

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Si quiere pasar la noche acá tiene que hacerlo en el calabozo. Si no tendrá que irse a dormir al parque. Felipe se sorprendió por tamaña respuesta del policía pero no tenía muchas opciones ya que se había quedado sin plata, solo con el pasaje para regresar en tren desde Jauja a Lima… y todavía se encontraba en Tarma. Era de noche, hacía mucho frío, estaba algo preocupado pero con el gusto que se había divertido más de lo que hubiera imaginado.

Ya había pasado por la parroquia local y sólo le dieron un buenas noches y que tenga mejor suerte. La verdad que la desconfianza y la inseguridad no sólo venía de la delincuencia que podía haber sino de los remanentes de terrorismo que todavía se dejaban sentir. Por último, porque era un perfecto desconocido, pues era la primera vez que salía sólo en un viaje, hacia una zona que no conocía, salvo por referencias de su madre que había nacido en alguna hacienda camino hacia La Merced.

Allí, a La Merced, llegó cuatro días antes, en una travesía que le resultó familiar por lo agradable del paisaje. Felipe era poco de viajar y siempre lo había evitado hasta que llegó a la universidad y se encontró con una realidad tan diversa de orígenes y presencias que no sólo le llamó la atención sino que se convirtió en una de sus principales motivaciones. Conocer el país, estudiar su antropología, su geología, sus creencias, sus costumbres y cuanta posibilidad hubiese para llegar a nuevos lugares.

En éste caso, era casi una deuda. Entender mejor los recuerdos y manera de ser de su madre; descripciones que su abuelo alguna vez había complementado con mucho sentido de aventura. Llegó tan de noche a Chanchamayo que sólo atinó a ir al hotel, comer algo rápido y meterse a la cama. Durmió tan profundamente y relajado que hacia las 9 de la mañana pudo reaccionar, sorprendido primero por el cantar de distintos pájaros que lo hicieron rápidamente entrar en razón de que estaba en un lugar distinto a los que ya conocía. Se asomó a la ventana que daba a la calle y se llenó más de asombro al verse frente a un hermoso parque, pequeño en realidad, pero de tal verdor como nunca había apreciado, o pocas veces le había impresionado, caído en la cuenta del esplendor de la naturaleza.

Se vistió con avidez y salió a caminar por toda la atractiva ciudad, más parecida a un pueblo enclavado en la ceja de selva. Caminando llegó hasta un puente y el río local… jefe por ahí se va para Satipo y otras rutas más ‘pa dentro, ¿quiere que lo llevemos? No gracias, sólo preguntaba por saber, todavía tengo que ver a unos familiares por acá, muchas gracias. En realidad, no conocía a nadie y de familiares ni los mosquitos, pero ya se sentía en familia desde que bajó del bus. Probó el tacacho, aunque decían que no era el mejor lugar donde se preparaba. Fruta cualquier cantidad. El clima muy templado, pese a que era temporada de lluvias, pues, estábamos finalizando enero; en el día no faltaba un fuerte sol aplacado por la arboleda que servia casi de sombrilla. Y la gente… no sólo muy amigable, parecía que lo reconocieran a uno de ser propio del sitio y la alegría y servicialidad muy propia a la gente de zonas tropicales.

Quizás por eso y gracias a su gran espíritu, no le importó a Felipe pasar la noche en el calabozo de la comisaría, junto con un par de presos y sentir el frío más fuerte que ni en Pasco o Puno sentiría. Esa combinación de frío con humedad y heladera seca sólo podía recordarle la vez que estuvieron en Tumbes y entraron a las enormes cámaras frigoríficas de almacenamiento de pescado que tienen varias empresas locales, con la diferenca de haberlo hecho en medio de un soleado día de primavera. ¿Habría sido mejor la noche en una banca de plazuela? A las 6 de la mañana lo dejaron salir para lavarse y, ciertamente, para que siguiera su camino. Le facilitaron su higiene personal y, mientras se cepillaba los dientes, el teniente a cargo de la comisaría se le acercó a darle la mano y los buenos días, sonriente, con la satisfacción de alguien que ha pasado una prueba.

¿Sintió mucho frío anoche mi estimado? Disculpe no más que lo maltratáramos un poco pero la supervisión si no nos cae y usted tendrá que informar también en Lima. No deje de saludar al Comandante Camino si tiene oportunidad de verlo, hace tiempo que no he sabido de él, desde que lo cambiaron a Huanta, junto al escuadrón de sinchis que estaba a cargo de la zona. Eh, ¿cómo dice…? Felipe siguió lavándose, se secó con la toalla que le habían facilitado. Claro, los polis pensaban que él era un inspector – supervisor – o lo que fuera, de la policía y que estaba allí cumpliendo funciones…

Les siguió la corriente, alternó unos minutos más y prefirió salir rápido, antes de que lo acusaran -quizás- de impostor o cosa parecida… Había logrado pasar la noche que era lo principal y podia seguir camino a Jauja. Consiguió un camión que lo llevó gratis al sitio. Pensando en refrescarse y descansar un poco, compró algo de pan, unas naranjas y preguntó hacia dónde estaba el río…

Si, camine cuatro cuadras más abajo, de allí baja por la Cusco y llega a un puente, estará sobre el río… La indicación fue clara y caminando llegó bien al destino esperado, con un pequeño detalle que varió sus planes. El río estaba seco, quien lo diría, completamente seco. Pues, decidí seguir caminando, como diez o quince minutos desde donde divicé un árbol apropiado para sentarme a “comer”. No terminé de llenarme… el sueño me ganó tanto que serían las 4 de la tarde cuando desperté, reconfortado.

Me estiré con gran gusto y me puse en pié. Felizmente estaban todas mis cosas, es decir, mi mochila y la bolsa con dos panes y cinco naranjas que me acompañarían el resto del viaje. Tenía pasaje en tren para Lima, pero para las 6 am de mañana, ¿dónde volvía a pasar la noche, mierda?

Volví de regreso al pueblo, no me di cuenta pero me había retirado algo del mismo. Tampoco era tan difícil hacerlo. Preguntando por la parroquia local, terminé de comer lo que llevaba, salvo dos naranjas. No se reprodujeron solas aunque el milagro llegaría después. El padrecito que me atendió me dijo igual que en Tarma: no lo puedo recibir, nos esta prohibido (?). Amigo, algo puedo hacer por usted. Padre aunque sea en una banca de la iglesia. Menos amigo. Bueno, qué le hacemos, iremos otra vez a la comisaría… Amigo, no lo puedo atender pero tenga, el padre sacó de su bolsillo un billete de viente soles y me lo alcanzó. Pero, padre, yo no quiero dinero, sólo pasar la noche. Entonces disculpe pero no puedo hacer más por usted. Bueno padrecito, gracias, tomaré los 20 sino tengo más alternativa…

Se alejó de allí, entre fastidiado y contento. Después de todo, tendría para ir a un hotel. Cuando lo hizo el costo fue de 12 soles y le permitió comer a gusto en la noche. Un buen bistec con papas fritas, arroz, su gaseosa y hasta un pastelito de postre. ¡Por favor, me despierta a las 5.30 de la mañana que viajo en el tren! Ta bien amigo, le pasamos la voz. En realidad no fue necesario, a las 5.15 am abrió los ojos, agradeciendo a Dios la experiencia vivida y por el viaje que concluiría en las siguientes horas. En Ticlio gozó de saber que estaba en el punto más alto por donde mundialmente pasa un tren, con algo de temor que le pudiera dar soroche, pero no hubo problema. Hubo más bien gusto, porque aún tenía para comprar un choclo con queso que disfrutó buena parte del camino, después de San Mateo…

Gabriel
Lima, 19 de marzo de 2011

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