Nueva pauta cultural para la política

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Muchas veces tendemos a menospreciar tanto la política que pensamos que sería mejor vivir sin ella. Si fuera así, la anarquía sería lo que se impondría porque cada quien buscaría hacer lo que “mejor le parece” y llegaríamos a una situación tan antigua como lo que se conoce como la “ley de la selva” o la “ley del más fuerte”.

Si pensamos que todo grupo humano requiere de mínimas “reglas de juego” para gobernarse a sí mismo; para que pueda haber una cierta equidad de relaciones y evitarse los abusos de unos hacia otros, llegaremos a una buena razón de por qué tuvo sentido y se crearon las normas y las leyes. Por experiencia práctica, las mismas se establecieron a partir de ciertas regularidades que podían considerarse como las más pertinentes o justas para una cierta mayoría o para quienes controlaban las decisiones (no necesariamente los más justos).

En realidad las normas y las reglas fueron pensadas muchas veces para establecer equilibrios en las relaciones entre las personas, buscando que se preserve posibilidades más o menos parecidas para todos. Aunque ese “todos” siempre incluyó a muy distintos componentes según las etapas de la historia, hoy estamos ante la circunstancia especial en que podemos pensar una sociedad donde los ciudadanos sean todos sus integrantes. No siempre fue así.

¿Por qué no podemos vivir sin la política? Simple y llanamente porque cada persona es un tejido de relaciones; un grupo humano es un tejido de tejidos de relaciones. Para que dichos tejidos adquieran un sentido relacional que permita la convivencia, se requiere que existan acuerdos entre sus integrantes, empezando sobre cómo resuelven sus necesidades más elementales, pasando por guardar costumbres y recuerdos valorados por el grupo, estableciendo ciertas divisiones de responsabilidades, particularmente en lo que se refiere al gobierno del propio grupo.

Si las cosas no marchan, nunca podrá ser sólo responsabilidad de quienes tienen la tarea “profesional” de gobernar o tomar decisiones. Corresponde a todos los integrantes del grupo el responder por los aciertos y defectos; por las buenas y malas prácticas. No se puede centrar ni concentrar la responsabilidad sólo en unos pocos. Entre otras cosas porque desde lo más elemental de cómo nos relacionamos con los que nos rodean, por ejemplo, nuestros familiares más cercanos, es que se va estableciendo avales o límites para quienes nos gobiernan, así como quienes gobiernan, con sus distintas maneras de proceder y tomar las decisiones van lanzando mensajes de cómo las personas del “común” debieran vivir. Es una cuestión de ida y vuelta pero que muchas veces se sitúa o se estaciona en quienes tienen la “sartén por el mango”.

Y habrá una buena política en tanto quienes la encarnen de manera más directa en el ejercicio del poder (desde el gobierno o del Estado) obren de manera positiva; en tanto se construyan estructuras democráticas de poder que nos sitúen en canales participativos, de transparencia y orientados hacia el bien común. Será una mala política en tanto las cosas apunten al estricto interés personal, a grupos reducidos de interés, conglomerados parciales, o a grupos amplios de interés pero que no toman en cuenta a las minorías que pudieran generarse.

En ésta lógica no es tan fácil la existencia de una buena política. De hecho, la política tiende –por experiencia- a definirse más desde lo negativo, porque normalmente no llega ni siquiera a estándares de intereses mayoritarios (sólo a conglomerados parciales) y, dentro de ellos, se cometen una serie de anomalías como la corrupción, el incumplimiento de compromisos, la vanidad del poder, la mediocridad, etc.

Sin embargo, estamos confrontados no sólo a asumir responsabilidad sobre ello. Estamos llamados también a renovar la política desde donde estamos, a marcar una nueva pauta cultural para la política. Es decir a mejorar nuestras relaciones de vida con quienes nos rodean. A mejorar el lugar donde vivimos y ha ser mejores ciudadanos. A establecer siempre una mirada y acción especial hacia los más débiles, los más vulnerables y los más pobres; a actuar desde ellos y en razón de sus intereses, para garantizar una sociedad civilizada y no prehistórica. A hacernos cargo de participar en la generación de buenas prácticas ciudadanas y de buen gobierno.

Hablamos no solamente de diálogo y convivencia que ya es decir bastante. Planteamos también la necesidad de crecer juntos dentro de horizontes de pluralidad y diversidad; pero que a la vez cuentan con valores mínimos incorporados como es considerar el infinito respeto por toda persona, empezando por su vida, sus necesidades, sus aspiraciones y su capacidad autónoma de realización.

Por todo lo dicho, podemos pensar que la política sería (y es) como el aire que respiramos y a la cual todos estamos llamados a cuidar de ella porque nos pertenece a todos. Cuidarlo del smog y las distintas contaminaciones a las que pueda estar sujeto (y de hecho lo ha estado desde un inicio). No sólo porque para uno es importante (el aire) sino porque para todos es necesario y natural; todos respiramos y qué mejor hacerlo desde su condición limpia y natural y no recurriendo a balones de oxígeno artificial. Así mismo, en la política y todo lo que se relaciona a ésta.

Podemos tener el sueño y la reacción de prescindir de la política. Pienso que ello podría ser posible cuando aprendamos a autogobernarnos social y políticamente y ya no requiramos de un Estado o gobierno (salvo en su dimensión administrativa) que nos marque las pautas de lo que se tiene que hacer o dejar de hacer. Sin embargo, asumiendo que muchas veces no sabemos gobernarnos a nosotros mismos (me refiero a cada persona) o no sabemos guardar un mejor equilibrio en grupos pequeños como una familia o un club, ciertamente estamos aún bien distantes de dicha posibilidad.

Lo real es que no sólo nos necesitamos unos a otros para hacer tareas diversas, sino especialmente para disfrutar de la vida y aprender a ser felices. ¿Cuándo será esa la prioridad de nuestros gobiernos? En Perú estamos en un proceso electoral donde los candidatos se han dejado absorver por la campaña mediática y la lógica residual de tomar a sus ciudadanos como simples espectadores de la misma. Donde el propósito es “venderse” como producto en el mercado electoral. ¿Importa realmente las necesidades de la gente? No pareciera, lo importante es ganar.

De todos modos, creemos que es posible avanzar, desde cada ciudadano, si cada quien hace lo que le corresponde y lo hace bien, o de la mejor manera posible; si actuamos con honestidad en toda circunstancia y aprendemos a orientarnos –discernidamente y en cada caso importante- hacia el bien común y no sólo el propio interés o de grupo. Necesitamos marcar una pauta cultural distinta y una nueva manera de vivir y, por tanto, de hacer política para todos.

Guillermo Valera Moreno
Lima, 9 de marzo de 2010

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