Unas palabras de anécdotas celebratorias

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A propósito de que Pedro, mi hijo mayor, terminaba la Universidad en diciembre tuvimos la idea de favorecer al menor, Luis Fernando, para que cambiara de colegio. A un colegio donde pudiera estar más a gusto. No porque fuera malo el colegio donde estudiaba. Era más el deseo de cambiar, de estar en un colegio mixto, de plantearse retos un poco más exigentes.

Para esto debo decir que Nando, así le decimos al menor, tuvo su mejor año de desempeño en los estudios. Pero la decisión estaba tomada. Después de varios rodeos en 5 colegios, nos fuimos inclinando al CIFO, colegio al que quisimos inscribir a nuestro hijo mayor cuando era pequeño y por esas cosas de la vida no se hizo posible. Ahora, estábamos confrontados a una nueva realidad y se hizo.

El tema es que al proceder a su postulación y definición de vacante, nos enteramos que las Teresianas, a cargo del colegio, estaban de celebración de sus 100 años. La fecha: el 11 de enero. La gran sorpresa que nos llevamos estaba en que ese día coincidía con la celebración de mis 25 años de matrimonio con Nila, mujer tan sencilla y querida por tantas razones y coincidencias.

Y ahora estábamos en una nueva coincidencia. Superando otros motivos que podrían habernos evitado ir a una misa juntos, no sólo participamos ese día de una agradable Eucaristía, muy centrada en ser sal de la tierra y luz del mundo, como sentía el Padre Póveda que debía ser la obra que contribuyó a fundar. Fue motivo de encuentro con mucha gente amiga y conocidos que apenas pudimos saludar. Teníamos ya la decisión de una celebración estrictamente familiar y discreta.

Así fue. Compramos un rico pollo a la braza y nos fuimos a casa, donde mi suegra nos esperaba para acompañarnos en nuestra cena de “gala”. Debo decir que brindamos muy discretamente pero con alegría y gusto. Un par de “chilcanos” fue todo lo que tomé de licor. Más fue la conversación, el intercambios del momento, ocurrencias… nada especial, porque lo especial era el hecho de sabernos 25 años juntos, con nuestros hijos y el deseo de seguir adelante con cariño y sentido.

Pensar que 25 años atrás celebramos con carapulca y cerveza; algo de baile, la celebración matrimonial a cargo del “Figue”, sacerdote jesuita con el que trabajé durante 3 años en San Ignacio (Cajamarca), lugar donde conocí a Nila. Un mes antes nos habíamos casado por Civil en la Municipalidad de Lima, acogidos por los compañeros de trabajo, mi grupo comunitario (“Siempre”) y familia.

Recordando un poco, la fecha del matrimonio religioso, tuvimos el gusto de celebrar en familia durante todo el día siguiente a éste. Había ido hasta San Ignacio mi madre, mi hermana mayor (Goncha) y Ester, una prima muy estimada (después sería nuestra comadre y, ahora, ya fallecida).

Al segundo día nos fuimos al Caserío de Huarangos, a cuatro horas de camino en mula, lugar del cual era natural Nila y su familia, donde seguimos celebrando, integrándome mejor a esos campos que ya los había sentido como propios y que ahora me adoptaban más plenamente. Casi una semana después, estuvimos de vuelta a Lima, donde dejamos todo en nuestro nuevo hogar de ambos y nos fuimos un par de días a Paracas para estar un poco más solos y pasear de otra manera por otros lares.

Así empezamos una vida de familia que nunca dejó de tener sus dificultades. Pero pesó siempre el hecho de querernos e intentar ir más allá de nuestros problemas; sabiendo también ceder, comunicarnos, compartir. Aprendiendo a “bajar el volumen” en las discusiones y a renegar menos.

Teniendo disposición para aceptarnos y buscar hacer un proyecto común, aún sabiendo lo distintos que podíamos también ser, las distancias culturales que evidenciábamos. Asumidos más bien como retos y como propósito de aprender a saber amar el Perú amándolo desde lo más fino de sí, como lo es su propia gente y diversidad.

Hoy, 25 años después, son tiempos de celebración. En forma discreta pero celebración. Con mucho cariño hacia Nila mi esposa y mis dos hijos. Los quiero.

Guillermo Valera Moreno

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