El mundo libre es engañoso

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En su texto “Religión y política” (Confluence, II/3, 1953), Hanna Arendt aborda el llamado conflicto entre mundo libre y el totalitarismo, buscando explicar su ubicación como conflicto religioso. En particular, aborda la acepción del “comunismo” como expresión de una “religión secular”. Ello había conducido a un debate de la religión como parte de los asuntos públicos y políticos.

Una cuestión que me parece muy importante es la valoración que hace de Carlos Marx, en tanto fue el primero en ubicar a la religión como un fenómeno social; su aproximación de ella como “falsa conciencia” (de modo ideológico); el darle un marco histórico de interpretación, de la cual deduce que la acción política ha sido siempre primariamente violencia, convertida en la “partera de la historia”, desde la cual se descubre un sentido a la misma. De allí el punto se situará en cómo nos hacemos dueños de nuestras propias acciones y del propio curso de la historia.

Nos dirá que asemejar a ello, a dar un salto al totalitarismo, habrá mucha distancia. Por eso mismo, criticará las visiones funcionalistas que pretenden establecer roles indiferenciados de los contextos y la historia, llegando a equiparar a Hitler con Cristo en tanto “líderes carismáticos”. En ese sentido, las expresiones de totalitarismo reflejarán muy bien “el aspecto radical de la funcionalización de los hombres”.

Es interesante la manera de ubicarse en el debate respecto al totalitarismo, el cual no es recusado por tratarse de una ideología “comunista” (en forma macartista) o de otra índole, sino por romper la posibilidad de situarse abiertamente frente a la vida, el conocimiento, la historia y las personas concretas. Siendo sistemas que pueden tener respuestas para todo y no albergar posibilidad de duda o diálogo fuera de sus paradigmas de pensamiento, limitando la capacidad de las personas para desarrollarse y abrirse a horizontes más amplios.

Pudiera dar la impresión que la autora tiene una postura anticomunista en lo político. Sin embargo, al defender una serie de tesis de Marx y ubicarlas en un lugar justo, intenta ir más allá de los estereotipos que muchas veces se hacían de él. Permite advertir que el debate de ideas se puede situar más a profundidad de las expresiones políticas inmediatas, sobre las cuales muchas veces se tiende a polarizar el debate (entonces entre “mundo libre” – comunismo, muy propio de la guerra fría de esos años). Creo que la autora desglosa bastante bien una serie de argumentos de Marx en lo que se refiere a su mirada de lo ideológico y de lo que, en otros términos, él llamaría el materialismo histórico, como forma de abordar la interpretación de la sociedad actual (proveniente de un proceso histórico y, además, incorporando un sentido teleológico a la historia, una direccionalidad).

La mirada y crítica al funcionalismo que ella desarrolle, le sirve para aclarar que no es Marx quien fundamenta las tesis de los totalitarismos (o las acoge) sino, que son más bien el fruto de esas miradas teóricas, ahistóricas, que buscan establecer lógicas en base a roles como si se tratara de puestos y de funciones las que cumplen las personas más allá de sus respectivas voluntades. En especial se va a referir al “comunismo” desde allí, para intentar (sin decirlo muy explícitamente) diferenciarlo del propio pensamiento de Marx. Además, el hecho de que la violencia fuera considerada la partera de la historia nunca podía hacer deducible que un modelo totalitario fuera su “condenada” herencia, pese a que Marx ya nos habla de la “dictadura del proletariado”.

Por último, el debate respecto a la religión como ideología creo que puede ser entendible como búsqueda de explicación y razones respecto a cómo nos aproximamos más a profundidad al secularismo en tiempos modernos, sabiendo que asistimos a procesos variados donde se pone en juego cuestiones como: la separación de la Iglesia del Estado; la pérdida de influencia del cristianismo en la esfera pública y de referencialidad cultural; la búsqueda de formas de vida religiosas sin necesidad de Dios; la toma de distancia de todo lo que se asemeje a institucionalidad religiosa y normativa. En ese camino se puede identificar formas ajenas a la religión como el comunismo, la cual, en tanto ideología, podría ser considerada como expresión religiosa.

Pero lo principal no estará en ello sino en la manera de organizarse y de dominio para encaminar una mejor (o peor) capacidad de conciencia y vida de fe de las personas, cuestión que no es posible en el marco de un sistema totalitario, ya sea comunista o de cualquier signo. Algo similar podríamos decir de expresiones equivalentes como los llamados “fundamentalismos”, los cuales han dado paso y lugar al debate que antes abarcó el llamado totalitarismo.

Guillermo Valera M.

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