Hace mucho tiempo que no sentía la vitalidad que siento ahora. Creo que es parte de los picos y valles que tiene mi depresión y todo mi ciclo emotivo a lo largo de estos meses. Hoy me doy cuenta que tengo muchos planes por los que seguir y que siempre he sido una mujer de planes, retos y proyectos. Eso me llena y me hace feliz.

Parte de todo esto, me hace pensar en él. Cuando compartimos nuestro días, sentí una experiencia completamente nueva y que me enriquecía en formas que nunca había experimentado antes. Fue la primera vez en mi vida que sentía que estaba acompañada en la autonomía del ejercicio de mi vida.

Siento ahora, que al compartir mis días con él, hubieron cosas y proyectos en los que no me acompañó. Durante varios días, meses, momentos en nuestra relación, me sentí sin respaldo hacia lo que yo quería, mis problemas, por lo que yo peleaba, y sobretodo, mis sueños.

En cambio, reconozco haberme esforzado en ofrecer todo mi soporte, energía y recursos disponibles, para acompañarlo en sus sueños, metas y ambiciones. Todo con mucho respeto, y sobretodo, amor con lo que yo creía, podría enseñarle, con el tiempo, a acompañarme. Porque con seguridad me amaba y más de una vez, me pidió comprensión y los malditos ejemplos de cómo hacerlo. (PD: esto de los ejemplos realmente me volvía loca)

Creo, firmemente, que una relación y el amor de deveritas, se trata de eso. Si no es de eso, entonces, ¿de qué es? Es claro que no solo de eso se trata una relación. Hay pasiones, aventuras, peleas, descubrimientos, temores, frustraciones y un largo etcétera. Todas, personales, familiares, sociales y de pareja. Pero, creo que la meta final o lo que hace del amor un ciclo de nutrición constante y recíproco es el ser compañeros genuinos.

Hoy desperté con energía de concretar mis planes, mis ideas y pelear por ellas. Existen momentos en los que quisiera compartirlos con alguien, y por qué no decirlo, con él. Sin embargo, con más claridad veo que la mayor decepción que me llevé del final de esa historia, fue saberme sola en lo que yo pensé era un equipo.

Todo el proceso ex-post, he pasado por mil y un emociones de culpa, nostalgia, tristeza, resentimiento, ira, miedo, y nuevamente, un largo etcétera. En suma, todo eso ha llevado a que me dé cuenta que tal vez sea posible que no encuentre a alguien que disfrute de mi ritmo, mis ambiciones y lo que quiero para mí y por mí. Y, que finalmente, eso ya no me asusta.

Es triste pensar que en pleno siglo XXI, muchos hombres aún no sepan acompañar la vida de las mujeres del siglo XXI. Por que sí, creo que fielmente que se trata de un problema de roles de género.

Para ser honesta, no creo que no es que no quieran, no amen lo suficiente o no crean o se esfuercen en hacerlo. Pero, creo que el entorno social en el que nos desenvolvemos no siempre les enseña cómo ser compañeros de mujeres libres, ambiciosas y sin miedo de pelear por sus sueños y disfrutar de sus talentos. Y, en cambio, a nosotras nos enseñan a ser ese soporte incondicional, incluso sacrificado, que permite su desarrollo (profesional, laboral, familiar, e incluso, emocional).

Como resultado, muchas mujeres terminamos resignadas a no ser acompañadas en nuestros proyectos de vida por nuestras parejas. Sino que encontramos, en nuestras amistades, en otras mujeres y sobretodo en nosotras mismas; el apoyo necesario para pelear por nuestras metas, sueños y en especial, por nosotras mismas.

Qué difícil es desaprender a aplaudir el sacrificio femenino, qué difícil es aprender a dejar de sentir culpa si no somos las más amables, empáticas y compresivas. Qué difícil es sabernos enojadas y no tener reparo en expresarnos con libertad. Porque, claro, si grito, tiro una cachetada, pateo de frustración, tiro las cosas de la mesa o solo blasfemo lisuras en voz alta, podría dejar de ser aquel ser perfecto, celestial y lleno de amor y bondad, que nos enseñaron, significa ser mujer. O, aún peor, podría ser la loca histérica que no supo entender. 

Pero, sobretodo, qué difícil es permitirnos sabernos libres y autónomas como para poder vivir en libertad y autonomía, sin que nos llamen egoístas y desarrollemos culpas en el camino.

Esa presión constante que nos hace anhelar la compañía de una pareja y, por qué no decirlo, la necesidad que sentimos de acompañar a un alguien, no puede costarnos la vida. Literalmente. Si vamos a decidir compartir la vida con alguien, lo mínimo que podríamos esperar es su compañía, ¿cierto? Por favor, no nos esforcemos (y me lo digo a mi misma todos los días) con personas que no están dispuestas a acompañarnos. Ni mucho menos, toleremos ejercicios egoístas, abusivos, muchas veces violentos y autoritarios, justificando a aquellos que dicen amarnos y piden comprensión ante su poca oportunidad de desarrollar seguridad e inteligencia emocional.

(El típico: Cariño, soy un hombre deconstruido que reconoce con valentía sus carencias emocionales. Trabajo en reconstruirme con un hombre sano y libre de los rezagos machistas. Por favor, ayúdame en el camino y siento si a veces se me escapa (un grito, una cachetada, el desinterés, la inseguridad, y un triste y largo etc). Te amo y me esforzaré por hacerte feliz. Qué miedo verse envuelta con alguien así! Te hacen creer su salvavidas.)

Entregar amor sano, no es gratis para las mujeres. Mucho menos es algo innato. Lo aprendemos y nos cuesta esfuerzo. Claramente, es también, porque la sociedad nos lo exige y lo espera de nosotras. Pero, si nosotras podemos, ¿por qué los hombres no?

El ejercicio de la responsabilidad emocional de nuestras parejas es lo mínimo que nos merecemos y que nunca debemos dejar de exigir. No es una suerte encontrar un buen chico, tampoco es un lujo. No naturalicemos más egocentismos, inseguridades, ni mucho menos violencia en cualquiera de sus formas. No es ser madura, no es ser increíble, no es ser excepcional. Es ser y reconocerse humanas. Y, como humanas, merecemos compañeros humanos que sepan respetarnos y acompañarnos.

Finalmente, si vivir mis sueños y pelear por mí me costó sacarte de mi vida definitivamente. No puedo estar más orgullosa de mí misma. Porque, querido, tú y yo sabemos que quien puso el fin valiente y necesario, fui yo. Claro que para mucho de tu ego, la versión oficial nunca reconocería eso (tu versión oficial). Qué alivio que toparnos en estos días, no es más que una imposibilidad.

Nota: Reconozco el sesgo claro a la heteronormatividad de las parejas a lo largo del texto. Sobre eso, dos cosas: (1) Creo que mucho de lo escrito, sobre todo el ejercicio de la responsabilidad emocional se aplica al desarrollo de las relaciones en general (hétero, homo, exclusivas, no exclusivas, monógamas o polígamas, etc). (2) Sin embargo, decidí mantener la heteronormatividad de este texto para evidenciar con claridad que la médula de la irresponsabilidad emocional (propia y hacia una pareja) y algunos comportamientos sistemáticos son resultado de los roles de género nutridos por un sistema patriarcal que aplaude (i) el sacrificio y abnegación femenina y (ii) el éxito egocentrista masculino. Si alguna o alguno le parece esto una síntesis radical o loca de una mujer que no supo superar a su ex, pues hay mucho que como feministas (hombres y mujeres) nos falta por hacer.

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Sobre violencia y amor: Qué difícil saberse libre y exigir respeto sin culpa

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